Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 1 #4
4%

Capítulo 1 #4

Me habría resultado más convincente si hubiera continuado caminando.

—Estoy bien —decía—. Te lo prometo.

Silencio.

—No, no tienes que venir.

La voz masculina respondió lo suficientemente alto para atravesar el dispositivo.

—Evie, ya reservé un vuelo.

Ella se pasó una mano por el cabello.

El gesto era íntimo por agotamiento, no por seducción.

Mi cuerpo no apreció la diferencia.

—Noah, no seas dramático.

Noah.

El nombre encontró inmediatamente un lugar dentro de mí reservado para enemigos que todavía no habían hecho nada.

—No quiero que estés sola —dijo él.

—Naomi está conmigo.

—Naomi está en una cama de hospital.

Evie cerró los ojos.

—Llegaremos mañana.

—Entonces te recogeré.

—No es necesario.

—Quiero hacerlo.

Hubo una pausa.

Evie sonrió.

No como había sonreído conmigo en el pasillo.

Aquella sonrisa era más suave.

Menos dolorosa.

—Bien —respondió—. Te llamaré cuando sepamos la hora.

Entré en el ascensor antes de escuchar algo más.

Bash esperaba dentro.

Sus ojos pasaron de mi rostro al pasillo.

—¿Quién es Noah?

—No lo sé.

Presioné el botón de la planta baja con más fuerza de la necesaria.

—Pero estás a punto de averiguarlo.

—No.

Las puertas se cerraron.

Saqué el teléfono.

Había un informe preliminar sobre las comunicaciones realizadas desde el hospital. Los números estaban protegidos, salvo aquellos que Evie había autorizado revisar por seguridad.

Uno pertenecía a Noah Reyes.

Productor.

Cantante.

Treinta y tres años.

Los Ángeles.

Abrí su perfil público.

El rostro de un hombre de cabello oscuro y sonrisa fácil ocupó la pantalla. Tenía tatuajes en los antebrazos, ojos marrones y varios millones de seguidores.

En una fotografía aparecía junto a Evie dentro de un estudio.

Su mano descansaba sobre el respaldo de la silla de ella.

No la tocaba.

Todavía.

—Adrien —advirtió Bash.

Bloqueé el teléfono.

—Solo comprobaba que no estuviera relacionado con la amenaza.

—Naturalmente.

—Es una revisión legítima.

—¿Encontraste un arma entre sus fotografías sin camisa?

Guardé el dispositivo.

—No sé de qué hablas.

—Tu expresión cambió cuando viste los abdominales.

—Estoy preocupado por la decadencia de la industria musical.

—Y yo por tu incipiente madurez. Ambos atravesamos momentos difíciles.

Las puertas se abrieron.

* * *

Nathan Cole estaba encerrado dentro de una sala de interrogatorios situada en un edificio federal cercano al aeropuerto.

No alcanzamos a verlo.

El vehículo avanzaba hacia allí cuando Bash recibió la llamada.

Su postura cambió.

—¿Cuándo? —preguntó.

Escuchó durante varios segundos.

—Aíslen la sala. Nadie entra ni sale.

Terminó la comunicación.

—Cole está muerto.

Sentí que el cansancio desaparecía.

—¿Cómo?

—Se desplomó durante el interrogatorio.

—¿Veneno?

—Los paramédicos creen que fue un paro cardíaco.

—Tenía cuarenta y dos años.

—También presentaba una herida durante el arresto.

—Un golpe en el hombro no detiene un corazón.

Bash miró por la ventanilla.

—Solicitarán una autopsia.

—¿Dijo algo?

—Pidió inmunidad y aseguró que podía identificar a Orfeo.

—¿Después?

—El abogado solicitó una conversación privada. Las cámaras permanecieron encendidas, pero no había sonido.

—¿Quién era el abogado?

—Credenciales verificadas. Se llama Charles Bennett. Trabaja en Boston desde hace quince años.

—Cole no pudo contratarlo desde un avión.

—Alguien lo hizo por él.

—Encuéntrenlo.

—Desapareció después de abandonar el edificio.

La respuesta era demasiado predecible.

—¿Cole dejó algo?

Bash no respondió.

—¿Qué ocurre?

Sacó el teléfono y abrió una fotografía enviada desde la sala.

Nathan Cole yacía junto a una silla volcada. Un agente intentaba reanimarlo.

Sobre la mesa había una palabra escrita con sangre.

Las letras eran irregulares y pequeñas.

ORFEO.

—¿Su sangre? —pregunté.

—Se mordió el interior de la mejilla y utilizó los dedos.

—¿Por qué escribir un nombre que ya conocemos?

—Quizá no intentaba identificarlo.

Amplié la fotografía.

Debajo de la palabra aparecía una línea incompleta.

Un trazo vertical.

Cole había empezado a escribir algo más.

No tuvo tiempo de terminar.

—Quería añadir un nombre —dije.

—O una ubicación.

—El abogado sabía que hablaría.

—Es una posibilidad.

—Y encontró la manera de matarlo dentro de un edificio federal.

Bash guardó el teléfono.

—Orfeo consiguió infiltrar Kensington, Windsor, Asteria y un vuelo internacional. No deberíamos continuar sorprendiéndonos.

Mi teléfono secreto vibró.

Lo saqué inmediatamente.

El mensaje no procedía de Evie.

Número oculto.

Esperaba que llegaras a tiempo.

Debajo aparecía una segunda fotografía.

Evie estaba junto a la ventana del hospital, hablando por teléfono.

Sonreía.

La imagen había sido tomada desde el edificio situado al otro lado de la calle.

Alguien continuaba observándola.

Mostré el teléfono a Bash.

Él comenzó a dar órdenes antes de terminar de leer.

El vehículo cambió de dirección.

Volví a mirar la fotografía.

Evie estaba viva.

Naomi despertaba.

Cole había muerto.

Noah esperaba al otro lado del país.

Y Orfeo todavía podía observarla desde cualquier ventana.

La primera noche que conocí a Evie, creí que el peligro era un hombre situado sobre una plataforma.

Después comprendí que podía esconderse dentro de un palacio.

Ahora sabía que podía cruzar fronteras, vestir nuestros uniformes y utilizar cada una de mis reacciones para dirigir la siguiente fase del juego.

Guardé el teléfono.

—No entraremos al hospital —dije.

Bash se volvió.

—¿Qué?

—Si regresamos públicamente, confirmaremos que la fotografía consiguió provocarme.

—Existe un observador cerca.

—Evie tiene un equipo dentro. Cierren el perímetro sin relacionarlo conmigo.

—¿Y tú?

Miré por la ventanilla.

El hospital desaparecía detrás de los edificios.

—Haré lo que me pidió.

—¿Dejarla ir?

Las palabras dolieron de una forma casi física.

—Mantenerme lejos.

Bash sostuvo mi mirada.

Después habló con el conductor y ordenó dirigirnos al consulado.

Saqué el teléfono una última vez.

El contacto de Noah permanecía dentro del informe de seguridad.

No tenía derecho a conservarlo.

Tampoco a revisar sus fotografías, investigar su vida ni decidir si era suficientemente bueno para acercarse a Evie.

Eliminé el informe de mi dispositivo.

Después abrí la papelera.

El archivo continuaba allí.

Solo necesitaba presionar un botón para recuperarlo.

No lo hice.

Pero tampoco vacié la carpeta.

Al parecer, convertirme en un hombre decente sería un proceso considerablemente más lento que cruzar un océano.

Y mucho más doloroso.