Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Samantha Reed organizó una habitación privada y un equipo de seguridad estadounidense. Ginny contrató a una abogada local. Bash verificó los nombres de cada persona que entraría en la planta.

Yo hice lo único que podía.

Esperé.

Durante las siguientes horas recibimos actualizaciones.

Evie tenía un corte pequeño en la mano causado por el extintor.

Nada más.

El pasajero tomado como rehén necesitó tres puntos en el cuello.

Cole permanecía bajo custodia.

No había hablado desde el arresto.

A una hora de Boston, mi teléfono recibió un mensaje de un número desconocido.

No era una amenaza.

Era Evie.

Ginny me dio este número. Naomi está estable. Yo también.

Leí las palabras hasta que dejaron de parecer reales.

Escribí:

¿Puedo llamarte?

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Regresaron.

Ahora no.

Mi pulgar permaneció sobre la pantalla.

Podía preguntar cuándo.

Podía decir que necesitaba escuchar su voz.

Podía recordarle que ya la había oído enfrentarse a Cole y que aquel sonido continuaba recorriendo mi cuerpo.

Respondí:

De acuerdo.

Guardé el teléfono.

Bash observó la pantalla desde el asiento contrario.

—¿Eso fue todo?

—Me pidió que no llamara.

—Y no lo hiciste.

—Mi crecimiento emocional comienza a resultar ofensivo para todos.

—No te preocupes. Sigues siendo insoportable.

Apoyé la cabeza contra el asiento.

—¿Qué dijo Cole cuando Evie mencionó a Orfeo?

—Que Lawson era débil y Mercer cometió errores.

—Entonces los conocía.

—O recibió información para fingir que los conocía.

—¿Quién ordenó su reincorporación?

—La firma digital fue falsificada. La solicitud se originó desde un terminal de Windsor.

—¿El mismo utilizado para acceder al memorándum?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Y la fotografía?

—Salió desde un dispositivo sin registro.

—Cole no pudo organizar todo esto solo.

—No.

—Pero sabe quién lo hizo.

Bash se acomodó el auricular.

—La policía lo interrogará cuando llegue su abogado.

Miré la oscuridad al otro lado de la ventanilla.

—Espero que sobreviva suficiente tiempo para responder.

* * *

Aterrizamos en Boston poco después de las cuatro de la mañana.

Había vehículos oficiales esperando junto a la pista. La lluvia caía en líneas oblicuas sobre el pavimento y el viento golpeó mi rostro cuando bajé la escalerilla.

No había prensa.

Todavía.

Subimos a un vehículo sin distintivos.

—El hospital está a veinticinco minutos —informó Bash.

—¿Naomi despertó?

—Hace diez. Está desorientada, pero reconoce a Evie.

—¿Cole habló?

—Pidió inmunidad.

—No tiene autoridad para negociar condiciones.

—Tiene información.

—También drogó a una mujer y tomó a un pasajero como rehén.

—Eso no significa que no escuchemos lo que ofrece.

Mi formación universitaria reconocía el valor de una negociación incluso cuando el hombre dentro de mí prefería utilizar otros métodos.

—Quiero verlo —dije.

—Primero iremos al hospital.

—Cole puede morir.

—Evie también podría decidir marcharse antes de que lleguemos.

Giré hacia él.

Bash miraba hacia el frente.

—No estoy diciendo que debas convencerla de nada —añadió—. Pero cruzaste el océano. Al menos comprueba con tus propios ojos que está bien.

No necesitaba convencerme.

El vehículo avanzó bajo la lluvia.

Mi rodilla se movía sin descanso.

No supe si el temblor se debía al miedo, al agotamiento o a la certeza de que volvería a verla después de escucharla terminar conmigo.

Probablemente a todo.

* * *

Evie estaba sentada junto a la cama de Naomi.

La observé desde el pasillo antes de entrar.

Llevaba pantalones negros, una camiseta blanca y el abrigo doblado sobre el respaldo de una silla. El cabello estaba recogido en una coleta desordenada. Varios mechones caían alrededor de su rostro.

Una venda cubría su palma.

Había una mancha de sangre seca en la manga.

No parecía suya.

Naomi dormía conectada a un monitor. Tenía la piel pálida y el cabello corto pegado a la frente.

Evie sostenía su mano.

No me había visto.

Mi cuerpo avanzó antes de que pudiera decidirlo.

Di un paso.

Después otro.

Evie levantó la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron a través del cristal.

Se quedó completamente inmóvil.

Yo también.

La última vez que la había visto, cruzaba la puerta del estudio después de decirme que me amaba y que no podía continuar conmigo.

Había pasado menos de un día.

Parecía otra vida.

Evie se levantó.

Miró a Naomi antes de acercarse al pasillo.

Abrió la puerta con cuidado y salió.

No me abrazó.

Yo tampoco la toqué.

La distancia entre ambos no superaba un metro.

Se sintió mayor que el Atlántico.

—Llegaste —dijo.

—Tarde.

—Cole estaba detenido antes de que despegaras.

—Lo sé.

Mis ojos recorrieron su cuerpo.

La venda.

La sangre.

Una marca rojiza sobre su cuello.

—¿Estás herida?

Evie observó mi mano cuando intenté levantarla.

La dejé caer antes de tocarla.

Ella lo notó.

—La sangre pertenece al pasajero —explicó—. Yo solo me corté con el seguro del extintor.

—¿Te revisaron?

—Sí.

—¿La cabeza?

—También.

—¿Y…?

—Estoy bien, Adrien.

El tono no fue impaciente.

Eso lo volvió más difícil.

Miré a través del cristal.

—¿Naomi?

—El médico cree que el sedante saldrá completamente de su sistema durante las próximas horas. No debería tener secuelas.

—Lo siento.

—No fuiste tú.

—Todo esto ocurre por mí.

—No.

Evie cruzó los brazos.

—Ocurre por la persona que está eligiendo hacerlo.

—Te seleccionó para manipularme.

—Eso no convierte cada una de sus decisiones en tu responsabilidad.

—Cole dijo que todo tenía que ver conmigo.

—Cole también creyó que podía secuestrar a alguien utilizando un bolígrafo.

—Pudo matarlo.

La ligereza desapareció de su rostro.

—Lo sé.

Sus dedos buscaron la venda de su palma.

El pulgar presionó el centro.

Cuatro segundos.

La observé tomar aire.

—Tuviste miedo —dije.

Evie levantó la mirada.

—Naturalmente.

—No parecía.

—Esa era la idea.

—Cuando hablaste con él…

—No quiero hablar de eso ahora.

Asentí.

—De acuerdo.

La respuesta pareció sorprenderla.

—¿Eso es todo?

—Me pediste que no habláramos de ello.

—Normalmente necesitas al menos tres argumentos y una vulneración de privacidad antes de aceptar un límite.

—Estoy experimentando con métodos nuevos.

La comisura de su boca se movió.

No llegó a ser una sonrisa.

Aun así, mi cuerpo la recibió como si lo fuera.

Evie se apoyó contra la pared.

El agotamiento apareció cuando dejó de obligarse a permanecer derecha.

—Durante algunos segundos deseé que estuvieras en el avión —confesó.

Mi pecho se contrajo.

—Yo también.

—No porque creyera que podías salvarme.

—Eso mejora considerablemente la confesión.

—Porque sabía que habrías tenido más miedo que yo y podría haberte insultado para distraerme.

—Una función que desempeño de manera excelente.

Esta vez sí sonrió.

Pequeña.

Cansada.

La misma boca que había besado hasta olvidar mi propio nombre.

No me acerqué.

Evie observó la distancia que mantenía.

—Gracias por activar la respuesta —dijo.

—Tú conseguiste llegar hasta la cabina. Tú descubriste cómo distraerlo.

—Bash coordinó a la policía.

—Me está resultando ofensivo cuánto disfruta siendo competente.

—Lo golpeaste.

La sonrisa desapareció.

—Sí.

—¿Por mí?

—No.

Evie esperó.

La mentira habría sido sencilla.

Ya no quería las sencillas.

—Se negó a localizarte después de que pediste que no te buscara —admití—. Lo golpeé porque no pude soportar que eligiera tu voluntad por encima de la mía.

Sus facciones se endurecieron.

—Adrien.

—Me disculpé. Aceptó las disculpas, pero mantiene su renuncia.

—¿Y qué aprendiste?

—Que amarte no vuelve correctas mis decisiones.

Evie bajó los ojos.

—No digas eso.

—¿Qué parte?

—Que me amas.

—No es una petición.

—Sigue pareciendo una presión.

La frase me obligó a retroceder medio paso.

Evie lo vio.

—Lo siento —murmuró.

—No tienes que disculparte.

—No quería que retrocedieras como si te tuviera miedo.

—Quizá deberías.

Su cabeza se levantó.

—Nunca he tenido miedo de que fueras a golpearme.

—No es la única forma de hacer daño.

Permanecimos en silencio.

Una enfermera pasó junto a nosotros. Reconoció mi rostro, pero tuvo la cortesía de fingir que un príncipe dentro del pasillo era un efecto secundario normal de trabajar durante la madrugada.

—¿Todavía irás a Los Ángeles? —pregunté.

Evie miró hacia la habitación de Naomi.

—Cuando ella pueda viajar.

—Podrían regresar a Londres.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Sentí el golpe.

No lo discutí.

—La seguridad estadounidense puede acompañarlas —dije—. Ginny verificará el equipo.

—Ya está organizado.

—Bien.

—No intentarás averiguar dónde viviré.

—No.

—Ni revisarás mis llamadas.

Recordé al hombre cuyo nombre había aparecido en la comunicación del hospital.

Noah Reyes.

Todavía no sabía quién era.

Ya lo odiaba de una manera improductiva.

—No —repetí.

Evie me estudió como si esperara encontrar una cláusula escondida.

—Llegaste hasta otro país para asegurarte de que estuviera viva —dijo.

—Habría llegado más lejos.

Sus ojos se llenaron de una tristeza silenciosa.

—Eso nunca fue lo que nos destruyó, Adrien.

—Lo sé.

Y lo sabía.

Habría atravesado un océano, desafiado Gobiernos y convertido cada palacio de Europa en cenizas para salvarla.

Pero cuando me había pedido la verdad, escogí una mentira porque resultaba más fácil que arriesgarme a perderla.

Evie miró mis manos.

—Deberías irte.

Cada parte de mí rechazó la frase.

—¿Quieres que me vaya?

—Necesito estar con Naomi.

—Puedo esperar afuera.

—Eso solo conseguirá que piense en que estás esperando.

Asentí.

—De acuerdo.

Me volví.

—Adrien.

La esperanza me hizo girar demasiado rápido.

Evie continuaba junto a la puerta.

—Gracias por no entrar en la habitación sin preguntar.

No era una declaración de amor.

No era perdón.

Era el reconocimiento de una puerta que no había cruzado.

—Buenas noches, Evie.

—Ya es de mañana.

—Eso explica por qué la conversación resultó tan desagradable.

Una última sonrisa tocó sus labios.

Me marché antes de confundirla con una invitación.

* * *

Había llegado al ascensor cuando escuché una voz masculina dentro del pasillo.

No era Bash.

Me detuve.

La puerta de la habitación de Naomi permanecía abierta y Evie hablaba por teléfono.

No intenté escuchar.