Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Bash levantó una mano y presionó el auricular.

Escuchó durante varios segundos.

—Naomi perdió el conocimiento después de beber agua —informó—. Evie pidió ayuda, pero Cole insistió en que permaneciera en su asiento.

—¿Cole está junto a ellas?

—Dos filas atrás.

—Sáquenla de allí.

—La auxiliar intentará trasladar a Naomi hacia la zona delantera.

—¿Y Evie?

—La acompañará.

—Cole también.

—La división de primera clase puede bloquearse desde la cabina.

—Si consiguen cruzarla.

Bash no respondió.

No existía una respuesta capaz de volver aceptable aquella condición.

* * *

Evie comprendió que alguien la observaba antes de que la tripulación consiguiera advertirle.

Supe cómo ocurrió varios minutos después, cuando Bash recibió una transcripción del mensaje que ella había escrito desde el teléfono de Naomi.

No estaba dirigido a nosotros.

Lo envió al servicio de asistencia de la aerolínea.

Mi compañera está inconsciente. El agente sentado dos filas atrás no pertenece a nuestro equipo original. No lo enfrenten. Creo que fotografió mi asiento. Necesitamos llegar a la cabina sin que nos siga.

Leí el mensaje tres veces.

—¿Cómo reconoció que era otro agente? —pregunté.

—Naomi debió explicarle la composición del equipo antes de despegar.

—O Evie presta atención a las personas que la rodean.

Bash me observó.

—¿Eso te sorprende?

—No.

Nada de ella debería sorprenderme.

Y, sin embargo, continuaba haciéndolo.

—La auxiliar respondió mediante la aplicación —explicó Bash—. Simularán que necesitan trasladar a Naomi por una emergencia médica.

—Cole intentará acompañarlas.

—Por eso el piloto solicitó que dos miembros de la tripulación bloqueen el pasillo con el carro de servicio.

—No será suficiente.

—Solo necesitan algunos segundos.

Algunos segundos.

La primera vez que conocí a Evie había necesitado menos de uno para rodear su muñeca con los dedos.

Otro segundo para soltarla.

Meses para comprender por qué aquello había importado.

Ahora toda su vida volvía a depender de un intervalo ridículo de tiempo.

Caminé hacia la parte trasera de la cabina.

—¿Dónde vas? —preguntó Bash.

—A encontrar una puerta que pueda golpear sin consecuencias diplomáticas.

—Si encuentras una, avísame. Yo también necesito utilizarla.

Me detuve.

—¿Sabes qué es lo peor?

—La lista parece competitiva.

—Ella debe estar aterrorizada.

Bash no respondió.

—Y yo sé exactamente cómo respira cuando tiene miedo —continué—. Sé que contará cuatro segundos. Sé que presionará el pulgar contra el centro de la palma para obligarse a permanecer presente. Sé que levantará el mentón si alguien la mira porque prefiere parecer furiosa antes que vulnerable.

Me apoyé contra la pared.

—Conozco cada señal. Y no puedo ver ninguna.

—Evie sabe cuidarse.

—Lo sé.

—Entonces confía en ella.

Cerré los ojos.

Había dicho que la amaba cientos de veces.

Con palabras.

Con gestos.

Con amenazas dirigidas a cualquier persona que intentara hacerle daño.

Con casas y llaves y dispositivos de seguridad.

Con cada cosa salvo la única que ella había necesitado realmente.

Confianza.

—¿Cuánto falta? —pregunté.

—Diecinueve minutos.

* * *

La auxiliar levantó a Naomi con ayuda de otro pasajero.

Evie sostuvo su cabeza.

Cole abandonó el asiento inmediatamente.

La información llegaba mediante frases breves transmitidas desde la cabina.

Sujeto avanzando.

Pasillo parcialmente bloqueado.

Pasajeras aproximándose a división delantera.

No había imágenes.

Solo palabras.

Cada una construía una versión distinta de la muerte de Evie dentro de mi cabeza.

—Está siguiéndolas —dijo Bash.

Me sujeté de la mesa.

—¿Tiene un arma?

—No visible.

—Eso no significa que no…

—Lo sé.

El auricular emitió una voz demasiado baja para comprender.

Bash levantó la cabeza.

—Evie cruzó la división.

—¿Naomi?

—También.

—¿Cole?

—Continúa detrás del carro.

El alivio duró menos de un segundo.

Un golpe sonó a través de la comunicación.

Después gritos.

Bash presionó el auricular.

—¿Qué ocurre?

No podía escuchar la respuesta.

Solo fragmentos.

Pasajero.

Cuello.

Objeto metálico.

—Bash.

Alzó una mano.

—Cole tomó a un pasajero.

El mundo se contrajo.

—¿Quién?

—Un hombre. Cincuenta años. Lo sujeta contra la división.

—¿Arma?

—Un bolígrafo metálico contra el cuello.

—Por el amor de Dios.

—Exige que abran la puerta.

—No lo harán.

—Hay ciento ochenta personas detrás de él.

—Y Evie delante.

Bash sostuvo mi mirada.

Ninguno dijo lo evidente.

Yo estaba dispuesto a sacrificar a todos los desconocidos dentro del avión antes que permitir que Cole llegara hasta ella.

Aquello era exactamente lo que Orfeo esperaba de mí.

—¿Qué ordenó el piloto? —pregunté.

—Mantener la división bloqueada hasta el aterrizaje.

—Bien.

La palabra desgarró algo dentro de mí.

Bash también lo sintió.

—Es la decisión correcta —dijo.

—No necesito que la vuelvas más fácil.

—No lo intentaba.

El teléfono seguro vibró.

Un mensaje procedente de la cabina.

Evie solicita hablar con el agente.

—No —dije.

Bash leyó el resto.

—Cree que puede distraerlo.

—No.

—Adrien.

—No abrirán esa puerta.

—Puede hablar mediante el intercomunicador.

—Cole quiere llegar hasta ella.

—Por eso podría mantener su atención lejos del rehén.

—No.

Bash dejó la tableta.

—No decides.

La frase encontró cada herida abierta de las últimas veinticuatro horas.

—No está aquí para decidir.

—Está dentro del avión. Solicitó hacerlo.

—No conoce el riesgo.

—Lo conoce mejor que nosotros.

Me acerqué.

—Si abre esa división…

—No la abrirá.

—Si Cole consigue atravesarla…

—La tripulación tiene instrucciones.

—No son agentes.

—Y tú estás a cinco horas de distancia.

No lo golpeé.

La posibilidad apareció.

Desapareció.

—Dile al piloto que la deje hablar —dije.

Bash transmitió la respuesta.

Después escuchamos.

La comunicación de la cabina permitió que la voz de Evie atravesara los altavoces del avión y llegara hasta nuestro canal.

—Nathan.

Una sola palabra.

Firme.

Más firme de lo que debía sentirse.

—Sé quién eres —continuó—. Y sé que no vas a salir de este avión si lastimas a ese hombre.

La voz de Cole llegó amortiguada.

No conseguí comprender las palabras.

Evie sí.

—Entonces no viniste por mí —respondió—. Viniste para que Adrien supiera que podías alcanzarme.

Mi nombre en su voz consiguió detenerme el corazón.

Cole gritó algo.

Bash aumentó el volumen.

—El príncipe no puede protegerte —dijo el hombre.

Evie guardó silencio durante un instante.

—Esto no tiene que ver con él.

—Todo tiene que ver con él.

—Entonces te decepcionará saber que ya no estamos juntos.

Cole rio.

El sonido era bajo, áspero.

—Él no lo cree.

No necesitaba verla para saber que aquellas palabras habían encontrado una herida.

Evie tomó aire.

Cuatro segundos.

—Suelta al pasajero —dijo—. Si quieres hablar conmigo, hazlo.

—Abre la puerta.

—Primero suéltalo.

—No tienes autoridad.

—Tú tampoco. Solo eres un hombre con un bolígrafo creyendo que eso lo vuelve importante.

A pesar del terror, la comisura de mi boca se movió.

Bash me miró.

—La mujer que amas está provocando a un secuestrador —murmuró— y tú pareces orgulloso.

—Ambas emociones pueden coexistir.

Cole comenzó a insultarla.

Evie no contestó.

La tripulación transmitió una cuenta regresiva.

El avión estaba a menos de tres minutos de tocar tierra.

—Nathan —dijo Evie—. Orfeo va a matarte.

El silencio al otro lado fue inmediato.

Bash se enderezó.

Yo también.

—No sabes nada —respondió Cole.

—Sé que Lawson murió.

—Lawson era débil.

—Mercer también está muerto.

—Cometió errores.

—¿Y tú no?

La respiración de Cole se volvió audible.

Evie continuó:

—Te encontraron antes de que el avión aterrizara. Utilizaste una credencial identificable y enviaste una fotografía desde dentro. Orfeo no perdona errores.

—Cállate.

—Cuando abran las puertas, estarás solo.

—He dicho que te calles.

—La única manera de sobrevivir es soltar a ese hombre y entregarte.

Un golpe resonó en la transmisión.

Después un grito.

Me incliné hacia el altavoz.

—¿Evie?

No podía oírme.

Nadie respondió.

—Bash.

—Espera.

El avión tocó tierra.

El sonido atravesó la comunicación como un rugido. Hubo maletas cayendo, personas gritando y órdenes de la tripulación.

Después escuchamos a Evie:

—¡Ahora!

La división se abrió.

No para permitir que Cole avanzara.

Dos miembros de la tripulación empujaron el carro contra él mientras el rehén se dejó caer. Evie lanzó un extintor a través del espacio y golpeó a Cole en el hombro.

El hombre perdió el equilibrio.

Tres pasajeros se abalanzaron sobre él.

La transmisión se llenó de golpes y respiraciones.

Bash mantenía una mano presionada contra el auricular.

—Lo redujeron —dijo.

No reaccioné.

—Adrien.

—¿Evie?

Esperó la confirmación.

—Está bien.

Mis piernas dejaron de sostenerme.

Me senté.

No hubo elegancia en el movimiento. Caí dentro del asiento y cubrí el rostro con ambas manos.

El aire entró en mis pulmones de una sola vez.

Demasiado.

Doloroso.

Evie estaba viva.

No porque yo hubiera llegado.

No porque diera una orden adecuada.

Porque ella había entendido el peligro, protegido a Naomi, negociado con un hombre armado y encontrado el instante exacto para actuar.

Bash se sentó frente a mí.

—Está viva —repitió.

Asentí.

No confiaba en mi voz.

—Naomi continúa inconsciente, pero sus constantes son estables. Las trasladarán a un hospital.

—¿Cole?

—Detenido.

Levanté la cabeza.

—Quiero aislamiento total. Nada de personal británico, Windsor ni contratistas privados.

—La policía estadounidense tiene la custodia.

—Necesito que Ginny consiga representación independiente para Evie.

—Ya lo hizo.

—¿Cuándo?

—Mientras tú caminabas en círculos.

Me pasé ambas manos por el cabello.

—Nos quedan cinco horas.

—Cuatro y cuarenta y nueve.

—Eso no ayuda.

—No pretendía hacerlo.

* * *

Naomi había ingerido un sedante dentro de una botella sellada.

Alguien la manipuló antes de que subiera al avión.

No existían signos de envenenamiento grave, pero permanecería ingresada hasta que despertara.

Evie se negó a abandonar el hospital.