Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 1
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Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2)

Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2)

Por Mernd

© inepub.com

Capítulo 1

El hombre dentro del avión

El avión militar despegó cuarenta y dos minutos después de que alguien fotografiara a Evie mientras dormía.

En ese tiempo contemplé tres maneras distintas de llegar hasta ella antes.

La primera consistía en ordenar al piloto que ignorara suficientes protocolos internacionales para reducir seis horas de vuelo a cuatro.

La segunda requería convencer al océano Atlántico de que se volviera considerablemente más estrecho.

La tercera era arrancarme la piel.

Parecía la única opción disponible.

—Si continúas caminando así —dijo Bash—, abrirás un agujero en el suelo.

Di media vuelta al llegar al extremo de la cabina.

—Espero que tengan paracaídas.

—Tienen.

—Excelente. Avísame cuando estemos sobre Boston.

Bash levantó la mirada desde la tableta.

La mancha violácea que yo había dejado sobre su mandíbula comenzaba a extenderse hacia el cuello. El corte del labio estaba cerrado, pero continuaba demasiado visible.

Cada vez que lo miraba recordaba el golpe.

No solo el impacto.

La ausencia de resistencia.

Bash habría podido devolvérmelo. Sabía exactamente cómo derribarme antes de que consiguiera levantar nuevamente el brazo.

No lo hizo porque había comprendido algo antes que yo.

Ninguna fuerza física podía castigarme tanto como descubrir la clase de hombre en que me había convertido.

—Si saltas —dijo—, no pienso seguirte.

—Creí que todavía eras responsable de mi seguridad.

—Hasta que acepten formalmente mi renuncia.

—Entonces tienes obligaciones contractuales.

—Puedo mantenerte con vida desde el interior del avión.

—Una interpretación cobarde de tus funciones.

—Una interpretación práctica.

Volví a caminar.

La cabina había sido diseñada para trasladar funcionarios, militares y miembros de la familia real durante emergencias.

Había ocho asientos, una mesa central, comunicaciones seguras y suficiente espacio para que un príncipe pudiera descubrir que todo su poder resultaba inútil a once mil metros de altura.

Sobre la mesa permanecía la fotografía enviada al teléfono secreto.

Evie dormía junto a una ventanilla. El rostro descansaba sobre una almohada y el abrigo negro cubría parte de su cuerpo. El cabello oscuro caía sobre una mejilla.

Naomi ocupaba el asiento contiguo.

En el reflejo del cristal se distinguía la mano del fotógrafo.

Un traje oscuro.

El emblema dorado de protección diplomática.

La persona que tomó la imagen había estado lo suficientemente cerca para tocar a Evie.

Me detuve frente a la tableta.

—Amplíala otra vez.

—La hemos ampliado diecisiete veces.

—Dieciocho parece una cifra más concluyente.

Bash deslizó los dedos sobre la pantalla.

La imagen perdió definición hasta convertirse en un conjunto de píxeles.

—El distintivo es de Windsor —dije.

—Sí.

—¿Quiénes viajaban con ella?

—Dos agentes contratados por Samantha Reed, un coordinador de Asteria y tres integrantes de protección aeroportuaria. Ninguno debería llevar ese emblema.

—Entonces alguien se incorporó al equipo.

—Eso parece.

—¿Cómo?

—Estamos revisándolo.

—Llevas cuarenta minutos revisándolo.

—Porque las investigaciones reales tardan más que tus intuiciones.

Apoyé ambas manos sobre la mesa.

—¿La cabina consiguió comunicarse con Evie?

—Todavía no directamente.

—Dijiste que estaba consciente.

—Lo confirmó una auxiliar.

—Quiero hablar con ella.

—No.

Levanté la cabeza.

—¿Disculpa?

—Si llamamos a su asiento, quien tomó la fotografía sabrá que tenemos contacto con el avión.

—Puede utilizar el teléfono de la cabina.

—Primero debemos llevarla hasta allí sin alertar al responsable.

—Entonces háganlo.

Bash se recostó lentamente.

—¿Crees que repetir una orden consigue que el proceso avance más rápido?

—Normalmente funciona.

—Con personas que reciben un sueldo por fingir que eres razonable.

Tomé el teléfono seguro.

Bash extendió una mano.

—Dámelo.

—No.

—No sabes qué canal utilizar.

—Puedo aprender.

—Adrien.

Su tono habría detenido a un soldado.

Yo no pertenecía a ninguna organización conocida por su disciplina.

—Evie está encerrada dentro de un avión con una persona que drogó a Naomi.

—No sabemos que fuera la misma persona.

—Le tomó una fotografía mientras dormía.

—Eso sí lo sabemos.

—Puede tener un arma.

—La aeronave fue revisada antes de despegar.

—También lo fue Kensington.

Bash guardó silencio.

La referencia encontró su objetivo.

Le entregué el teléfono.

No porque hubiera recuperado la razón.

Porque mis manos comenzaban a temblar.

Me aparté hacia la ventanilla.

Afuera no había nada salvo oscuridad y el reflejo de un hombre incapaz de llegar a tiempo.

—La policía estadounidense estará preparada —dijo Bash—. El piloto aterrizará en Boston utilizando una emergencia médica como justificación. Nadie abordará hasta que la cabina confirme la ubicación del posible agresor.

—¿Cuánto falta?

—El vuelo de Evie aterrizará en veintisiete minutos.

—Nosotros.

—Cinco horas y doce.

Cerré los ojos.

Cinco horas.

Suficiente para perderla de todas las formas imaginables.

—Alexander está revisando el personal de Windsor —añadió Bash—. Beatrice compara las fotografías de los agentes con el reflejo.

—No deberían involucrarse.

—Tu hermana se negó a permanecer al margen.

—Naturalmente.

—Y Alexander conoce mejor que nosotros los protocolos de traslados diplomáticos.

Saqué mi teléfono oficial.

Había seis mensajes de mi hermano.

El primero preguntaba si habíamos despegado.

El segundo contenía una lista de los agentes que habían trabajado durante las visitas españolas.

Los siguientes incluían fotografías, credenciales y fechas.

El último había llegado dos minutos antes.

Beatrice cree que encontró al hombre. Estamos verificándolo.

Llamé.

Alexander respondió inmediatamente.

—Adrien.

Su voz estaba agitada.

Escuché movimientos al otro lado y el sonido de un bastón golpeando el suelo.

—Siéntate —dije.

—Estoy sentado.

—Mientes peor de lo que crees.

—Eso parece ser un defecto familiar.

Beatrice habló desde algún punto cercano.

—Dile que encontramos al agente.

Me incorporé.

—¿Quién es?

—Nathan Cole —respondió Alexander—. Cuarenta y dos años. Protección diplomática durante nueve años.

Bash se acercó.

Activé el altavoz.

—Cole trabajó en Windsor —continuó mi hermano—. También participó en dos traslados de Isabella cuando llegó a Londres.

—¿Pertenecía al equipo de Evie? —preguntó Bash.

—No inicialmente.

Escuchamos el sonido de varias páginas.

Beatrice tomó el teléfono.

—Reemplazó a una agente llamada Sophie Turner tres horas antes del vuelo.

—¿Motivo?

—Una emergencia familiar —respondió—. Su hijo tuvo un accidente y alguien de Windsor autorizó el reemplazo.

—¿Quién?

—La orden lleva la firma digital del comandante del equipo.

Bash escribió algo en la tableta.

—¿La confirmó?

—Dice que nunca la envió.

Me aparté de la mesa.

—Orfeo.

Nadie respondió.

No necesitábamos hacerlo.

—¿Dónde está Sophie? —preguntó Bash.

—En un hospital de Londres —dijo Beatrice—. Su hijo realmente sufrió un accidente.

—¿Qué clase?

—Un automóvil lo atropelló frente a la escuela. El conductor huyó.

El silencio llenó la cabina.

No había sido una casualidad.

Habían herido a un niño para abrir un espacio dentro de la escolta de Evie.

—Está estable —añadió Beatrice rápidamente—. Una pierna rota y una conmoción. Va a sobrevivir.

—Cole necesitaba que Sophie se retirara —dije.

—O alguien necesitaba que Cole ocupara su puesto —respondió Bash.

Alexander recuperó el teléfono.

—Cole fue suspendido hace ocho meses.

—¿Por qué? —pregunté.

—Accedió a registros de desplazamientos sin autorización. Marcus recomendó despedirlo, pero alguien redujo la sanción.

—¿Quién?

Mi hermano guardó silencio mientras revisaba los documentos.

—No aparece ningún nombre. Solo una decisión del comité.

Por supuesto.

En mi familia hasta las conspiraciones podían ocultarse detrás de una reunión.

—Enviaré el expediente a Bash —dijo Alexander—. Adrien, escucha. Cole conoce los protocolos. Si sospecha que lo identificaron, puede utilizar a los pasajeros.

—La policía está preparada.

—No me preocupa la policía. Me preocupa lo que harás tú cuando llegues.

Apreté la mandíbula.

—Estaré a cinco horas de distancia.

—Precisamente.

Alexander respiró con dificultad.

—No ordenes nada sin consultarlo con Bash. No intentes hablar con Evie si eso puede alertar a Cole.

—Sé cómo funciona una operación de seguridad.

—Golpeaste a tu jefe de seguridad hace menos de veinticuatro horas.

Beatrice emitió un sonido que parecía una risa sorprendida.

—¿Qué hiciste? —preguntó.

Miré a Bash.

—No es relevante.

—Tiene un hematoma —dijo mi hermano—. Parece bastante relevante.

—Lo discutiremos cuando regrese.

—No —respondió Beatrice—. Lo discutiremos ahora.

—Evie está dentro de un avión con un posible asesino.

—Eso no explica por qué golpeaste a Bash.

—Se interpuso.

—Es literalmente su trabajo.

Bash ocultó una sonrisa detrás de la mano.

Lo señalé.

—No disfrutes esto.

—Es lo mejor que me ha ocurrido durante el vuelo.

Alexander habló antes de que Beatrice pudiera continuar:

—La cabina establecerá contacto en cuanto sea seguro. Por favor, Adrien. Permite que las personas preparadas hagan su trabajo.

Su voz tenía un temblor que no pertenecía al cansancio.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Siéntate.

—Ya estoy…

—Escuché tu bastón.

—Se cayó.

—Alexander.

—Me sentaré.

Beatrice apareció al fondo de la llamada.

—Yo me aseguraré.

—No lo dejes solo.

—No pensaba hacerlo.

La comunicación terminó.

Observé el nombre de mi hermano desaparecer de la pantalla.

Alexander había entregado sus registros, expuesto su enfermedad, reconocido sus periodos de ausencia y colaborado en cada fase de la investigación. Había intentado impedir que firmara el memorándum español. Se había enfrentado públicamente al Palacio para defender a Evie.

Y ahora, mientras yo cruzaba el océano, permanecía despierto revisando expedientes para mantenerla viva.

No existía una sola persona en el mundo en quien confiara más.

Bash recibió un mensaje.

Su cuerpo se tensó.

—La auxiliar llegó hasta Naomi.

—¿Y Evie?

—Está despierta.

El aire regresó a mis pulmones.

—¿Puede hablar?

—No todavía.

—Dijiste…

—Espera.