CAPÍTULO 49 #2
—No me hables como si todo fuera deseo —pidió ella en un susurro, con los ojos brillando demasiado.
—No lo es. Te amo con culpa, con vergüenza, con hambre y con paciencia. Te amo sabiendo que te fallé, y sabiendo que, si vuelves a elegirme, tendrá que ser porque el hombre que soy ahora te alcanza, no porque el que fui dejó una deuda pendiente.
Renata siguió en silencio.
—No voy a perseguirte con flores, ni con proyectos, ni con discursos públicos —dijo él—. No voy a convertir mi culpa en espectáculo. Pero tampoco voy a quedarme mirando desde la puerta mientras tú finges que esto se terminó solo porque es más digno sufrir en silencio.
Renata soltó una risa seca, herida.
—Eres el mismo arrogante de siempre. Creí que habías avanzado.
—Avancé lo suficiente para saber que no puedo decidir por ti, pero no lo suficiente para renunciar a la mujer que amo solo por orgullo o por vergüenza, haré la penitencia que consideres conveniente.
La frase la afectó. Sebastián lo vio en la respiración que se le cortó, en la forma en que sus dedos dejaron de apretar la baranda.
—Me mentiste —reprochó ella, con la voz quebrada—. Me humillaste. No sabes cuánto te odié por eso.
—No —asintió él, recibiendo el golpe—. Pero sé cuánto me odié yo cuando entendí que te había quitado algo que era tuyo.
Renata se llevó una mano a la boca para sostenerse.
—Leí tu carta —confesó—. Me molestó que no pidieras nada.
—Era la idea.
—También me molestó eso —añadió ella, soltando un aire tembloroso.
—He sido muy irritante en mi intento de no ser irritante —admitió Sebastián, ofreciéndole la mano ante los últimos compases de la canción—. Baila conmigo.
Renata miró su palma abierta.
—No te he perdonado todo.
—No te pedí eso. Solo un baile Renata.
Renata lo miró y, despacio, puso su mano sobre la de él. Sebastián cerró los dedos alrededor de los suyos con certeza y la acercó. El contacto fue un incendio apenas controlado. Durante unos segundos solo respiraron, moviéndose en un vaivén mínimo.
Tú, el aire que respiro yo y la luz de la luna en el mar…
—Estás temblando —murmuró ella, con la frente apoyada contra su mandíbula.
—Sí —reconoció él, bajando la mirada hacia su boca—. Soy lo bastante fuerte como para que me veas temblar.
—Cobre es precioso —murmuró ella.
Sebastián cerró los ojos.
—Es tuyo.
—Ya sé que es mío. No lo construiste para que te lo agradeciera, pero igual te lo agradezco.
Sebastián dejó de moverse. Renata levantó la cabeza, rompiendo el abrazo por apenas unos centímetros.
—No me mires como si te acabaran de perdonar los pecados.
—No me los perdonaste —recordó él, con un matiz áspero en la voz—. Por eso todavía estoy a salvo; tu orgullo es el único escudo que nos queda antes de que tu perdón me deje a tu merced.
Renata lo miró en silencio. Esta vez la sonrisa apareció, ese gesto que solo le pertenecía a ella. Sebastián sintió que podría morirse allí mismo, de pie en esa terraza, con la ciudad brillando a sus espaldas y ella volviendo a mirarlo como si no pudiera evitarlo.
—Estás siendo tan correcto —soltó ella en un susurro que a él lo obligó a contener el aliento.
Sebastián se quedó inmóvil.
—Renata...
—Me irrita —insistió ella, desviando un segundo la mirada hacia un punto lejos de él.
—He notado que muchas cosas de mí te irritan —reprochó él, acortando imperceptiblemente la distancia.
—Tu distancia, sobre todo.
Él absorbió la frase como un disparo directo al pecho. Dejó que el aire saliera despacio antes de hablar.
—La puse porque tú la pediste —le recordó, con los dedos firmes en su cintura—, y porque te la debía.
Renata alzó la barbilla, desafiante, recuperando el control de su propia respiración.
—Estoy diciendo que ya no quiero esa distancia.
El mundo pareció perder el sonido. Sebastián no escuchó el eco lejano de la fiesta, ni el rumor de la noche; solo el golpe violento de la sangre en sus sienes.
—No juegues conmigo —advirtió, y su voz descendió una octava, volviéndose más grave, más densa.
Renata sostuvo la mirada, inflexible.
—¿Quién te dijo que estoy jugando?
Ella respiró hondo, y Sebastián vio el leve temblor en sus hombros antes de que volviera a hablar con una madurez que dolió.
—No quiero regresar a Sebastián Torres. Ese hombre no existe, y aunque una parte de mí todavía extrañe el fantasma, no estoy enamorada de una mentira.
Sebastián asintió, encajando la verdad del reproche.
—Bien.
—Tampoco quiero al Luna que decidía por mí porque creía saber qué era lo mejor.
—Ese hombre está intentando morirse de vergüenza —replicó él de inmediato—. Está en proceso de extinción.
Renata negó con la cabeza, pero la comisura de los labios le traicionó un amago de sonrisa.
—Quiero saber quién eres ahora.
Sebastián bajó la frente hasta casi rozar la de ella, compartiendo el mismo aire.
—Soy el hombre que te ama y que no va a volver a ocultarte nada.
—Espero que así sea. —susurró ella, con los ojos fijos en los suyos.
—Y soy el hombre que va a pelear por ti todos los días, hasta que desees sellar la puerta de salida.
Renata tragó saliva, y la firmeza de su postura pareció ceder un milímetro.
—Eso suena mejor.
—También soy el hombre que lleva meses queriendo besarte hasta olvidar cómo se respira.
La mirada de Renata cayó, inevitable, hacia la boca de él.
—Eso suena terriblemente imprudente. Hay gente mirando desde el salón —advirtió ella, aunque no hizo el menor amago de retroceder.
—Ya estaban mirando antes.
—Julián podría matarte.
—Julián lleva meses buscando una excusa para hacerlo —dejó caer él con una nota de ironía—. Ya es parte del paisaje.
Renata soltó una risa breve que se ahogó en su propia garganta cuando Sebastián levantó una mano y le acarició la mejilla con los nudillos.
Fue un roce mínimo, una caricia que pedía un permiso que las palabras ya habían concedido.
Ella no se apartó; al contrario, pareció inclinarse sutilmente hacia el calor de su mano.
Sebastián la besó como quien vuelve a una casa incendiada y encuentra una habitación intacta. Con cuidado al principio, con una sujeción que le dolió en los huesos.
Renata se quedó quieta y luego sus dedos se cerraron en la solapa de su chaqueta.
Ahí acabó la prudencia. Sebastián la atrajo contra él y profundizó el beso.
Renata respondió con una intensidad que le arrancó un sonido bajo, casi una rendición.
Su boca sabía a champaña, a guayaba, a meses de distancia y a una decisión que todavía no se atrevía a reconocer.
Él le sostuvo la nuca, ella se aferró a él y el mundo desapareció. Sebastián se separó apenas, respirando contra su boca.
—No voy a soltarte otra vez por miedo.
Renata abrió los ojos.
—No me aprietes tanto que no pueda respirar. —Él aflojó de inmediato. Ella lo tomó por la chaqueta y lo atrajo de nuevo—. Pero tampoco tanto que parezca que no me quieres.
Sebastián soltó una risa rota contra sus labios.
—Eres imposible.
—Estás advertido.
Volvió a besarla. Esta vez fue Renata quien marcó el ritmo.
Más lento con más hambre elegida. Sebastián entendió la diferencia y se dejó guiar por ella, aunque cada parte de su cuerpo le exigía cargarla fuera de allí, llevarla a cualquier sitio donde pudiera decirle con las manos y con su cuerpo lo que la boca no alcanzaba.
Pero esa noche no iba a robarle nada. Cuando se separaron, Renata tenía los labios hinchados y los ojos demasiado vivos.
—Tengo invitados —murmuró ella—. Tengo que volver.
—Lo sé.
—Después no te vayas.
Sebastián cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, ya no había rastro de duda.
—No pensaba hacerlo.
Regresaron al salón sin tomarse de la mano. No hacía falta. Todo el mundo los había visto besarse.