CAPÍTULO 50
Aurum quedó atrás con las luces todavía encendidas. Renata salió por el acceso lateral junto a Sebastián. Afuera, Bogotá los recibió con el frío nocturno que volvía más nítida la urgencia de la piel.
Sebastián caminaba a su lado sin tocarla. Su mandíbula tensa y la rigidez de sus hombros delataban el control salvaje que estaba ejerciendo sobre sí mismo. Al llegar al coche, él le abrió la puerta, sosteniéndole la mirada con una fijeza implacable.
—Puedo llevarte a tu apartamento —dijo.
Renata sintió una punzada de ternura y fastidio.
—¿En serio vas a hacer esto toda la noche?
—¿Qué cosa?
—Darme todas las salidas posibles como si fuera a demandarte por falta de salidas.
Algo le cruzó la mirada. Casi una sonrisa.
—He desarrollado un respeto saludable por cualquier cosa que decidas hacer.
—Eres insufrible.
—Me lo has dicho varias veces.
Renata lo observó bajo la luz amarilla de la entrada.
El traje oscuro, la camisa ligeramente abierta en el cuello, el cabello menos ordenado que al comienzo de la noche, la boca que todavía conservaba algo de ella.
Era injusto que un hombre pudiera verse así después de haberla hecho sufrir tanto.
Era más injusto que ella siguiera queriendo tocarlo.
—No quiero ir a mi apartamento —dijo.
La expresión de Sebastián cambió, aunque solo un poco.
—¿A dónde quieres ir?
Renata sostuvo su mirada.
—Al tuyo, es hora de conocer tu cama.
Él no pestañeó. La recorrió de arriba abajo con una mirada lenta que pareció desvestirla bajo la luz amarilla de la calle.
—Sube al auto, Renata.
El tono no fue una invitación; fue un decreto y Renata disfrutó del cambio, necesitaba al hombre fuerte, tenaz y apasionado del que se había enamorado.
El trayecto por el norte de la ciudad fue un silencio denso.
El primer roce no fue un accidente. Sebastián estiró la mano, le tomó los dedos con un agarre firme, posesivo, y se los llevó a los labios sin apartar los ojos de la ventana.
No había disculpas en su tacto. Había una declaración de propiedad que a ella le encendió el vientre.
El edificio de Sebastián estaba en una calle tranquila, sobria, custodiada por árboles altos y una portería discreta. No era ostentoso de una manera vulgar. Tenía esa elegancia silenciosa de los lugares donde el dinero no necesita levantar la voz.
Renata bajó del auto y miró la fachada.
—Muy de tu estilo.
Sebastián se colocó a su lado en silencio. El portero saludó a Sebastián con una deferencia seria y miró a Renata con la rapidez profesional de quien sabe no parecer curioso.
Subieron en el ascensor privado sin pronunciar palabra. Renata se miró en el reflejo metálico: el vestido verde oscuro, los labios encendidos. No aguantó más la distancia física y se pegó a su pecho. Sebastián la acarició con suavidad.
—No me toques como si fuera de cristal, Sebastián.
Él la acorraló contra la pared de metal justo antes de que las puertas se abrieran. Su cuerpo, alto y macizo, la dejó sin espacio.
—No eres de cristal —murmuró él, con el aliento rozándole la boca—. Sé exactamente cuánta fuerza soportas.
La contención siguió allí, pero ya no era distancia. Era control. De esa clase que no debilita a un hombre, sino que lo vuelve más peligroso porque una sabe exactamente cuánto está reteniendo.
—Me muero por tocarte. —tragó saliva—. No tienes ni idea.
La puerta del ascensor se abrió antes de que ella pudiera responder.
El apartamento estaba en penumbra. Sebastián encendió una luz lateral al entrar.
Renata dio unos pasos hacia el interior y se detuvo, observándolo todo con una curiosidad que le pareció casi reverente.
No había fotografías familiares en exceso ni objetos puestos para impresionar.
El espacio era amplio, de líneas limpias, ventanales altos y una vista de Bogotá extendida como una constelación irregular.
Había libros en una pared, una mesa de madera oscura, una cocina impecable que parecía usarse menos de lo que debería y un sillón de cuero junto a una lámpara de lectura.
Era elegante, frío y demasiado ordenado.
Un lugar donde un hombre podía dormir, trabajar, beber café de pie frente a una ventana y no dejar demasiadas pruebas de que estaba vivo.
Renata caminó despacio hasta la sala.
—Siempre imaginé tu apartamento.
—No había mucho que imaginar.
—Te equivocas.
Sebastián dejó las llaves sobre una bandeja.
—¿Qué imaginabas?
Ella pasó los dedos sobre el respaldo del sillón.
—No sé. Algo más arrogante.
—Siento decepcionarte.
—Algo con una barra de whisky demasiado grande y una vista diseñada para intimidar mujeres.
Sebastián sonrió y Renata quiso acercarse y besarle las comisuras de sus labios, poner alegría en su vida y en su mundo, ser la mujer que diera vuelco a su ceño fruncido y a la melancolía escondida bajo el uniforme de la suficiencia y el control.
—La vista está a tu disposición.
—Sí, pero no intimida.
Sebastián se apoyó contra el marco de la entrada al salón, observándola recorrer su espacio.
Había deseado a Renata muchas veces. De pie en una cocina.
Al otro lado de una mesa de juntas. Furiosa en su oficina.
Vulnerable en una terraza. Pero verla allí, en su apartamento, tocando sus libros, midiendo el silencio donde él había vivido esos meses, le produjo una especie de vértigo.
La mujer que amaba estaba entrando en un lugar donde nadie entraba de verdad.
—No traigo gente aquí —dijo.
Renata giró hacia él.
—¿Ni siquiera mujeres?
—Nadie.
La respuesta quedó suspendida. Renata sostuvo su mirada con una seriedad nueva.
—¿Por qué?
Sebastián miró el apartamento, como si lo viera por primera vez a través de ella.
—Porque este lugar no tenía nada que ofrecer. Era práctico, seguro y silencioso.
—Como tú.
—Como era yo.
La corrección fue pequeña, pero Renata la escuchó.
Caminó hacia la mesa auxiliar donde había una fotografía enmarcada.
La tomó con cuidado. En la imagen, Sebastián aparecía mucho más joven junto a Andrés.
Ambos sonreían, sudados, con ropa de paseo, apoyados contra un carro viejo en algún lugar de carretera.
Andrés tenía un brazo alrededor del cuello de su hermano y Sebastián, aunque intentaba parecer serio, estaba riéndose.
Renata sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—Andrés.
Sebastián asintió.
—Tenía veintidós ahí. Yo diecinueve.
—Te pareces a él. Era muy guapo.
—Antes me molestaba que lo dijeran.
—¿Y ahora?
Sebastián tardó en responder.
—Ahora me alegra que algo de él siga mirándome desde alguna parte.
Renata dejó la fotografía en su sitio con suavidad.
—Lo siento.
Sebastián la miró como si le bastara con que ella conociera su dolor por la pérdida de su hermano.
Renata se acercó a él y cada paso redujo sus defensas. Sebastián no se movió. Cuando quedó frente a él, levantó la mano y le acarició la mejilla.
—Este lugar sí tenía algo que ofrecer.
—¿Qué?
—A ti, pero estabas escondido incluso aquí.
La frase le afectó más que cualquier otra palabra dicha esa noche porque tocaba una de sus heridas más profundas.
Sebastián se quitó la chaqueta y la arrojó sobre un sillón sin romper el contacto visual. Se desabotonó los puños de la camisa con parsimonia que a ella la encendió, había terminado el tiempo de las confesiones.
—Ven aquí —ordenó él.
Renata dio los pasos necesarios y, al llegar, Sebastián la tomó de la nuca con una mano firme, enredando los dedos en su cabello recogido.
La besó con una intensidad que ya no tuvo nada de cautelosa.
Como si hubiera dejado la culpa en la puerta y hubiera entrado, por fin, con todo el amor, todo el deseo y toda la memoria que llevaba meses encerrando bajo trajes perfectos y frases correctas.
El beso no tuvo transiciones. Fue directo, devorador, una toma de posesión que le arrancó a ella un gemido de puro alivio. Sebastián la pegó a su cuerpo con fuerza, obligándola a sentir la dureza de sus músculos y la violencia de su propio deseo. Bajó la boca por su cuello.
—He soñado contigo aquí —murmuró contra su piel.
La besó hasta que Renata perdió la cuenta de los pasos, de la sala, de la ciudad más allá de los ventanales.
Sintió la pared a su espalda y luego el cuerpo de Sebastián contra el suyo, firme, caliente, real.
Sus manos no dudaron esa vez. Le recorrieron la cintura, la espalda, los costados, aprendiendo de nuevo lo que ya sabían y descubriendo lo que el dolor había cambiado.
Renata le desabotonó la camisa con dedos torpes. Sebastián soltó una risa baja contra su boca.
—¿Nerviosa?
—No te conviene provocarme.
—Al contrario, me encanta provocarte.
Ella le mordió el labio. Él dejó escapar un sonido oscuro.
—Renata. Si haces eso otra vez, no respondo por mi control.
Por primera vez en la noche, ella sonrió con esa malicia suya, la que a él le había arruinado el juicio desde la primera vez que la vio en Lumbre.
—Qué frágil resultó tu desarrollo personal.
Sebastián la levantó en vilo sin esfuerzo. Renata le rodeó la cintura con las piernas por instinto, aferrándose a sus hombros mientras él la llevaba por el pasillo, devorándole la boca y el cuello.
La depositó en la cama de sábanas oscuras e, inmediatamente, se colocó entre sus piernas, apoyando una rodilla en el colchón. Sebastián se terminó de abrir la camisa, enviando un botón al suelo, impaciente por el contacto directo.
Renata le quitó la camisa con movimientos urgentes. Cerró sus ojos. Necesitaba tocarlo. Sentir el calor de su pecho, la tensión de sus músculos, la vida palpitándole debajo de las manos. Cuando volvió a cubrirla con su cuerpo, Renata abrió los ojos.
Él estaba allí. Sebastián Luna. No el ejecutivo oculto detrás de una mentira. Él. con sus heridas, su apellido, su culpa, su deseo y esa mirada que ya no intentaba convencerla de nada.
—Todavía tengo miedo —confesó ella.
Sebastián apoyó la frente contra la suya.
—Yo también.
—Pero no quiero que te vayas.
El aire se le rompió a él en el pecho.
—No me voy.
Renata le rodeó la espalda con los brazos.
Él buscó el cierre de su vestido y lo bajó de un solo tirón definitivo.
La tela verde cayó a un lado. Cuando Sebastián la contempló en ropa interior bajo la luz grisácea de la ventana, la mandíbula se le apretó tanto que pareció a punto de romperse.
No había espacio para la ternura contenida en ese momento; era puro instinto.
—Entonces ven.
Le quitó las prendas restantes con movimientos ágiles y dominantes. Cuando volvió a cubrirla con su peso, el calor de sus pieles conectó con un magnetismo salvaje.
—Mírame —ordenó él, tomándola de la barbilla.
Renata lo miró. Vio al hombre poderoso, al que se había equivocado pero que no pensaba perderla, al hombre que reclamaba lo que era suyo con una honestidad brutal.
—No te muevas —le advirtió él al oído antes de entrar en ella con una embestida profunda, firme y certera.
Sebastián la besó con una fuerza que le sacudió el alma. El placer la atravesó como un rayo. Renata se arqueó, clavándole las uñas en la espalda recta. Sebastián marcó un ritmo intenso, carnal, sin la prudencia de los meses anteriores.
—Eres mía, Renata —gruñó él contra su boca, perdiendo por fin el control, la respiración rota, acelerando el paso hasta volver el aire del dormitorio un incendio compartido.
El cuerpo recordaba, pero esta vez el corazón estaba despierto.
—Te amo —dijo Sebastián contra su boca, con la voz rota.
Renata sintió que el placer le subía como una ola imposible.
Se encontraron en la cima del espasmo casi al mismo tiempo, aferrados el uno al otro en una entrega salvaje que no dejó espacio para el orgullo.
con la frente hundida en su cuello y los brazos cerrados a su alrededor como si el mundo se hubiera reducido a proteger ese instante.
Sebastián dio gracias al cielo por la nueva oportunidad que le brindaba la vida.
Durante un rato no hablaron. Sebastián permaneció sobre ella con cuidado, sin dejar caer todo su peso. Renata le acariciaba la espalda con dedos lentos, todavía temblando. Él se movió para apartarse, pero Renata lo sujetó.
—No. —Sebastián se quedó inmóvil—. Quédate así un momento.
Él apoyó la frente en su hombro.
—Todo el tiempo que quieras.
Ella cerró los ojos. Más tarde, Sebastián se acomodó detrás de ella y la envolvió con los brazos. Le besó la nuca, el hombro, la línea de la espalda. Renata sintió el gesto como una caricia y una disculpa que ya no necesitaba decirse en voz alta.
—Esto cambia las reglas de todo lo que hemos construido estos meses —murmuró.
Sebastián la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo. Luego le tomó la mano y entrelazó sus dedos.
—No viniste por las reglas, Ren —replicó él, y una sonrisa oscura le rozó los labios—. Viniste a reclamar lo que es tuyo. Yo ya me entregué; ahora hazte cargo.
Renata giró dentro de sus brazos hasta quedar frente a él.
—No será tan fácil. Todavía vamos a discutir.
—Lo espero.
—Voy a preguntarte cosas incómodas y voy a desconfiar algunos días.
—Me quedaré.
—No puedes volver a decidir por mí. Nunca.
Sebastián le sostuvo la mirada.
—Nunca.
Renata apoyó la mano sobre su pecho.
—Yo te habría elegido antes.
Él cerró los ojos. Esas palabras aún le dolían.
—Ahora te estoy eligiendo sabiendo quién eres.
Sebastián abrió los ojos. No había victoria en su mirada, solo gratitud y algo más profundo, más vulnerable y más intenso.
—No voy a arruinarlo.
—Más te vale.
Él sonrió.
—Sigues amenazándome incluso desnuda en mi cama.
—No pierdo el profesionalismo.
Sebastián soltó una risa baja y la atrajo contra él.
—Te amo.
Renata lo miró un largo instante, luego se inclinó y lo besó.
—Yo también te amo —dijo contra su boca—. Aunque sigas siendo insoportable.
El rostro de Sebastián cambió. La miró como si acabara de escuchar algo que llevaba meses esperando y aun así no se atrevía a creer.
Pero Sebastián no era un hombre que dudara ante lo que deseaba.
La atrajo hacia sí con una lentitud posesiva, devorándole la boca en un beso que sabía a tregua y a un futuro innegociable.
Al fin, entre el calor de su cuerpo y la ciudad extendida más allá del cristal, Renata entendió que no todo fuego venía a destruir; algunos incendios, cuando se tenían las agallas de mirarlos de frente, solo existían para iluminar el camino hacia un nuevo comienzo.