Donde arde la traición CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

Sebastián terminó de abotonarse la chaqueta frente al espejo y se quedó mirando sus propias manos.

Durante años había creído que el control era una forma superior de inteligencia; anticiparse, construir la salida antes de que alguien notara el incendio.

Eso había hecho con Renata y la había perdido.

Lo que existía ahora eran meses de distancia correcta.

Le había dado espacio, se lo debía, aceptando su rabia sin defenderse y su desconfianza sin exigir clemencia.

Pero esa noche entendió algo con claridad brutal: respetarla no significaba desaparecer.

Amarla no era quedarse inmóvil esperando que ella cargara sola con el peso de cruzar el último puente .

Pero sí podía plantarse frente a Renata Sandoval y decirle, sin estrategias ni disfraces, que seguía allí.

Entero. Dispuesto y cansado de pagar su culpa con una ausencia que a ninguno de los dos le estaba dando paz.

Sintió vibrar el móvil. Era Camila.

—El auto está listo —anunció ella—. Los socios ya llegaron. Augusto está con Herrera y Cobre está cerrado hasta que Renata entre.

Sebastián levantó la vista, sorprendido.

—¿Pidió eso ella?

—No, lo pedí yo —replicó Camila—. Alguien tenía que entender que esa entrada debía ser suya.

Él sintió que algo se le apretaba en el pecho.

—Gracias —murmuró, tomando su reloj.

—Hoy no conviertas tu culpa en costumbre, vas a pasar a la friend zone si sigues así.  —le advirtió ella, mientras daba un par de instrucciones a alguien.

Sebastián soltó el aire.

—No voy a hacerlo —aseguró, enderezando los hombros—, y tampoco voy a seguir fingiendo que no la quiero con la misma violencia con la que la quise desde que supe que estaba perdido.

—Eso suena mucho mejor —asintió Camila soltando una risa suave.

Sebastián salió al pasillo.

—Voy a recuperar a la mujer que amo.

—¿Y si ella no quiere?

Él se detuvo en la puerta. La pregunta dolió, pero ya no lo debilitó.

—Entonces se lo diré igual —sentenció él, con una fijeza implacable—. Ya no voy a esconder mi amor detrás de una distancia correcta.

La entrada principal de Aurum estaba iluminada con elegancia.

Jardines interiores, madera, hierro negro y lujo silenciosos; el resultado era mejor que cualquier cosa que el Grupo hubiera diseñado sin Renata.

El aire olía a madera recién pulida y a una nota de mantequilla dorándose que él estaba seguro venía desde Cobre.

Era el sello inconfundible de Renata. Ella misma había pasado el día entero encerrada allí con su equipo, con los dedos manchados de harina y el ritmo frenético de quien produce cada postre de forma casi obsesiva, asegurándose de que el menú de esa noche fuera impecable.

Ahora, las líneas de producción seguían la marcha que ella había dejado armada.

Los demás locales estaban ya abiertos, los invitados pululaban por el lugar.

Los jardines colgantes caían desde las estructuras superiores como una respiración verde.

A lo lejos, Lumbre seguía vivo: el murmullo del equipo, el sonido de platos, la energía reconocible de una cocina que no había sido absorbida por nada.

—Lo hiciste bien —dijo Augusto a su lado.

Sebastián no se volvió.

—Tarde bastante —admitió Sebastián con amargura.

Augusto, más delgado y menos estatua desde la muerte de Andrés, asintió . El dolor no lo había vuelto dócil, pero sí menos invencible. Elena y Paula habían salido de viaje, por eso no estaban allí esa noche.

—Voy a decir unas palabras —anunció el viejo—, y no te preocupes, no hablaré de Renata como el rostro humano de una inversión. Si la reconozco, la reconozco a ella.

El salón empezó a llenarse. Sebastián saludó y sonrió cuando correspondía, pero una parte de él permanecía girada hacia la entrada. Hasta que la vio.

Renata entró con Emilio a su lado y el resto de la familia Sandoval siguiéndola. Llevaba un vestido verde oscuro que le marcaba la cintura y el cabello recogido con algunos mechones sueltos en la nuca. No parecía una invitada; parecía la dueña de una parte secreta del fuego.

Renata caminó hacia la entrada de Cobre.

Sebastián permaneció lejos, obligándose a no robarle el instante.

Ella tomó la cinta color cobre y, en lugar de cortarla, la desató.

Sebastián sintió la diferencia con una punzada en el pecho.

Esa mujer no destruía entradas. Las abría a su manera.

Las puertas se deslizaron y el aroma a guayaba, chocolate oscuro y azúcar tostada inundó el salón.

Quería acercarse, acompañarla, le costó. Dios, cómo le costó.

Sebastián la vio desaparecer en el interior y tuvo que meterse una mano en el bolsillo para no seguirla.

Los demás locales abrieron sus puertas y aunque era un evento pequeño, en el lugar había una energía contagiosa, un bullicio de risas y copas que chocaban, ajeno por completo a la tormenta silenciosa que él llevaba por dentro.

Poco después, Augusto subió a la tarima.

El silencio cambió de peso cuando su voz resonó:

—Gracias por acompañarnos en la preapertura privada de Aurum —dijo—. Durante años, el Grupo Luna ha construido proyectos desde una premisa clara: visión, escala y permanencia. Creíamos entender bien esas palabras. Este proyecto nos obligó a escuchar otra clase de lenguaje.

Renata estaba frente a Cobre, con Emilio, Gloria y Catalina cerca. Sebastián solo la miraba a ella.

—Aurum no existe para reemplazar una historia —continuó Augusto—. Existe porque aprendió a rodearla sin devorarla y eso se lo debemos a Lumbre y a la familia Sandoval.

Renata permaneció inmóvil.

—A Renata Sandoval le debemos más que una asociación estratégica —declaró Augusto, mirando a la multitud—.

Le debemos su negativa a permitir que un proyecto de esta escala confundiera crecimiento con despojo.

Cobre abre esta noche como un espacio nacido de la visión de una mujer que entendió antes que nosotros que la belleza no sirve de nada si no respeta de dónde viene.

Sebastián sintió que la garganta se le cerraba. Augusto hizo una pausa.

—También quiero anunciar que Sebastián Luna continuará al frente de Aurum y asumirá la vicepresidencia de la nueva división gastronómica del Grupo. No porque este proyecto haya sido fácil, sino porque supo defenderlo cuando todavía no entendíamos qué debía protegerse.

El aplauso llenó el salón. Cuando Sebastián subió a recibir el micrófono, no llevaba un discurso escrito. Buscó los ojos de Renata entre la gente.

—Este proyecto cambió porque una mujer defendió su historia cuando nosotros todavía hablábamos de metros cuadrados —dijo Sebastián, con voz tranquila pero firme—.

Lumbre nos obligó a recordar que no todo lo valioso se compra.

Cobre nos obligó a entender que no todo sueño necesita permiso para existir.

Hay lugares que uno no crea; solo tiene el privilegio de ayudar a que lleguen a ser.

No dijo su nombre porque no hacía falta. Sebastián dejó que la noche fuera de ella. La vio reír con Catalina y atender a los invitados con la combinación de firmeza y vulnerabilidad que lo tenía de rodillas.

Entonces Camila apareció a su lado.

—Se me olvidó comentarte que recibí un correo de Renata, había olvidado abrirlo, dijo algo de que Cobre no era una deuda sino una decisión. —susurró.

Sebastián dejó de respirar por un segundo.

—Leyó mi carta —aseveró Sebastián.

—¿Escribiste una jodida carta? —Sebastián asintió. Camila lo miró con paciencia—. Muévete, Luna ya has perdido mucho tiempo.

La encontró en la terraza lateral, alejada del ruido, mirando los jardines interiores desde la baranda de hierro negro. Sebastián caminó hacia ella sin apresurarse.

—Sabía que ibas a encontrarme —dijo Renata sin volverse.

Él se detuvo a un par de pasos.

—No estabas escondiéndote muy bien.

—Tal vez no quería esconderme —confesó ella, girándose despacio. La luz de la terraza le tocaba el rostro de lado, revelando el cansancio en sus ojos y ese orgullo en la boca que a él tanto lo encendía.

Sebastián metió las manos en los bolsillos para no tocarla antes de tiempo.

—Tu padre estuvo correcto —añadió ella para romper la tensión.

—Le costó —admitió Sebastián, dando un paso al frente—. Ensayé tres formas de quitarle el micrófono si decía una estupidez.

Renata lo miró y una sonrisa mínima le cruzó la boca.

—Qué considerado.

Sebastián sintió el deseo como una punzada vieja y nueva a la vez. Había noches en que la belleza de Renata lo enfurecía, no porque fuera perfecta, sino porque no lo era. Era una mujer arrebatadora en su esencia.

—Ya te di espacio —continuó él, acortando la distancia—. Te di cada centímetro de silencio que te debía. Pero no voy a seguir usando el respeto como excusa para esconderme.

Dentro del salón, los primeros acordes de Tuyo llegaron hasta la terraza, suaves e inconfundibles. Renata miró hacia adentro con incredulidad.

—No hiciste poner esa canción.

Soy el fuego que arde tu piel. Soy el agua que mata tu sed…

—Te lo juro que no —dijo él, levantando las manos.

Al fondo, Pablo levantaba una copa con una expresión de inocencia tan falsa que resultaba ofensiva, mientras Tatiana lo empujaba. Renata se sintió mortificada por haberle contado detalles tan íntimos a sus amigos.

—Voy a matar a Pablo —murmuró Renata, cerrando los ojos.

—Haz fila —pidió Sebastián.

Ella soltó una risa breve, involuntaria, y Sebastián sintió que algo en su pecho se abría con un dolor nuevo.

—Renata —la llamó, obligándola a mirarlo—. No vine a hacerte una escena. Vine a decirte la verdad.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó ella, apretando los dedos sobre la baranda.

La garganta que ansío mojar. Que temo ahogar de amor…

—Te quiero a ti —soltó él, sin pestañear—. Te quiero con tu rabia, con tu orgullo, con esa forma imposible que tienes de convertir cualquier conversación en una charla moral. Te quiero en cada lugar donde todavía no tengo derecho a entrar, pero sigo queriendo ganarme esa jodida entrada.