Donde arde la traición CAPÍTULO 48 #2
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CAPÍTULO 48 #2

—Cada maldita cosa que te sugerí en aquellas conversaciones —insistió ella, buscando ya no sabía qué—, como si hubieras tomado notas de cada palabra.

—Sí, cada pequeño detalle que salió de tu boca quedó registrado —asintió él, con una calma que resultaba casi dolorosa.

—¿También toda esta maravillosa precisión técnica fue parte de tu estrategia de negociación? —la pregunta salió más baja y herida de lo que ella misma habría querido admitir en voz alta.

Sebastián dio un paso hacia adelante de manera instintiva, pero se detuvo casi de inmediato, como si una frontera invisible e infranqueable se hubiera materializado entre los dos en ese mismo pasillo.

—No, esto no tiene nada que ver con los negocios —aseguró él, con una voz profunda que denotaba urgencia—, y lamento mucho que pienses que todo en mí es un cálculo frío.

—Qué explicación tan conveniente para ti —replicó Renata, aunque el argumento ya empezaba a flaquear en su propia mente.

—Lo sé perfectamente, y no pretendo que me creas ahora mismo —reconoció él, bajando los hombros en una señal inequívoca de derrota.

Renata apretó la carpeta de planos contra el pecho, usándola como un escudo improvisado.

—¿Es que acaso no te cansas nunca de aceptar cada uno de mis golpes sin decir nada —le preguntó, picada por la curiosidad y el enfado—, o es que disfrutas el papel de mártir ejecutivo?

—Sí, claro que me canso de esta situación —admitió él, dando una bocanada de aire—, porque no es fácil sostener este peso todos los días.

—Entonces deja de hacerlo de una buena vez —le exigió ella, dando un leve golpe con el pie en el suelo de cemento—, defiéndete o vete.

—No puedo hacer algo así, Renata —sentenció él, pronunciando su nombre con una devoción contenida—; no cuando los golpes vienen de ti y sé perfectamente que tienes toda la razón para dármelos.

La frase no tuvo ninguna intención seductora.

Eso la hizo mil veces peor.

No había una sonrisa lenta en sus labios, ni una voz calculada para el beneficio propio, ni el menor rastro de ese antiguo Sebastián que habría usado la cercanía física como una ventaja táctica para afectarla.

Solo quedaba un hombre visiblemente cansado, guapo de una forma completamente injusta para la salud mental de Renata, parado en medio de un pasillo lleno de polvo y luz filtrada de la obra, mirándola como si todavía estuviera aprendiendo a quererla sin atreverse a ponerle las manos encima.

Renata apartó la vista, incapaz de sostener la intensidad de ese escrutinio por más tiempo.

—Cobre está quedando realmente bien —dijo al fin, señalando el espacio para cambiar de tema de manera drástica.

—Cobre es un espacio tuyo y de nadie más —repuso Sebastián, suavizando el semblante al verla ceder un poco.

Ella volvió a mirarlo de inmediato, con el orgullo herido por la aclaración.

—Eso es algo que ya sé perfectamente sin que me lo recuerdes —le espetó, irguiendo la espalda—, el contrato lo deja bastante claro.

—Lo que quería decirte en realidad es que siempre lo fue —corrigió él, con una mirada cargada de un significado mucho más profundo—, incluso antes de que pusiéramos la primera piedra en este lugar.

El silencio que siguió a sus palabras se instaló entre ellos y le apretó la garganta a Renata con una fuerza casi física.

Renata pasó junto a él sin tocarlo. Apenas sintió el olor de su colonia mezclado con madera y polvo, pero fue suficiente para que el cuerpo le recordara la oficina, la pared, su boca, el temblor de sus manos cuando eligió no avanzar.

Siguió caminando sin mirar atrás.

Él tampoco la llamó y esa maldita decencia tardía, la acompañó todo el camino de vuelta a Lumbre.

Esa noche, después del servicio, Renata llegó a su apartamento con la carta en el bolso.

No recordaba haberla metido allí o quizá sí.

La dejó sobre la mesa. Se quitó la chaqueta. Lavó una taza, aunque estaba limpia. Revisó el teléfono sin leer nada. Se recogió el cabello, se lo soltó, volvió a recogerlo.

Luego se sentó.

El apartamento estaba en silencio.

Demasiado.

La ciudad entraba por la ventana como un rumor lejano. Renata apoyó los dedos sobre el sobre. No estaba lista, pero estaba cansada de vivir obedeciendo a lo que no estaba lista para hacer.

Rompió la solapa con cuidado. Habría preferido abrirla con rabia, rasgar el papel, dejar alguna marca visible de la violencia que llevaba meses administrando por dentro. Pero sus dedos fueron cuidadosos. Traidores.

Sacó la hoja. La letra de Sebastián ocupaba apenas una página y media. Renata respiró hondo y leyó.

Renata:

No escribo esto para pedirte perdón.

Sé que esa frase debería venir después de muchas otras, pero necesito empezar por ahí porque cualquier disculpa mía, ahora, corre el riesgo de parecer otra forma de acercarme a ti.

Lo que hice no tiene excusa ni defensa. Entré a Lumbre con un nombre que no era el mío. Me quedé más tiempo del que debía. Callé cuando ya sabía que callar te iba a hacer daño. Me dije que estaba esperando el momento correcto, pero la verdad es menos cómoda: tuve miedo.

Miedo de perderte.

Miedo de que, al saber quién era, todo lo que habíamos vivido se volviera sospechoso y eso fue exactamente lo que provoqué.

No tengo derecho a pedirte que separes al hombre que conociste del hombre que te mintió. Los dos soy yo. Ojalá pudiera darte una versión de mí que no te hubiera fallado, pero sería otra mentira y ya te debo demasiadas verdades.

Cobre no está en la propuesta para comprarte.

Está porque era tuyo antes de que yo supiera cómo ayudarte a hacerlo real.

Te escuché hablar de ese lugar como si hablaras de una vida que no te permitías querer demasiado.

Lo recordé porque, cuando hablabas de Cobre, había algo en ti que dejaba de defenderse.

No quise usar eso contra ti. Lo sé, mi palabra no basta.

Tal vez nunca vuelva a bastar, pero necesitaba que lo supieras.

Si decides hacer Cobre, quiero que nazca protegido.

Si decides no hacerlo, nadie en el Grupo tocará una sola idea tuya.

Si decides no volver a verme, haré todo lo posible para que mi ausencia no se convierta en otro obstáculo.

Entiendo tarde algo que debí entender desde el principio: amar no es preparar el camino para que alguien elija lo que uno desea. Amar es decir la verdad y aceptar la elección del otro, incluso cuando esa elección nos deja fuera.

Yo no te di eso y no sabes cuanto lo lamento.

No te pido nada.

Sebastián.

Renata dejó la hoja sobre la mesa.

No se movió durante mucho rato.

La carta no tenía dramatismo, ni tampoco una frase diseñada para quebrarla. Era honesta. Renata se levantó y caminó hasta la ventana. Apoyó ambas manos en el marco, inclinándose hacia adelante como si necesitara más aire del que había dentro del apartamento.

Lo odiaba todavía por haber escrito exactamente lo que debía escribir, por no pedirle nada y no usar el amor como un anzuelo.

Lo odiaba porque esa carta le quitaba la comodidad de creer que la rabia era todo lo que sentía, porque debajo de ella burbujeaba el sentimiento que se había negado a admitir durante meses.

**

Un mes después, el teléfono vibró sobre la mesa. Renata no se movió. Volvió a vibrar. Esta vez giró la cabeza, era un mensaje de Camila.

Chef Sandoval, buenas noches. Le envío la invitación formal a la preapertura privada de Aurum y Cobre. Será una presentación reducida para socios, equipo fundador y familia. La fecha queda sujeta a su aprobación, como acordamos.

Debajo había un archivo adjunto. Renata miró la pantalla. Luego recordó la carta.

Se llevó una mano al pecho y soltó una risa baja, incrédula, sin humor.

Había pasado meses peleando por que su voz pesara.

Ahora pesaba. Había pasado años soñando con una pastelería que no se atrevía a convertir en prioridad.

Ahora existía. Había pasado semanas diciéndose que Sebastián era una herida que debía cerrar con orgullo y allí estaba, sacó de nuevo la carta, la leyó buscando algo, que no sabía que era y descubriendo que el orgullo podía ser una habitación muy digna y muy vacía.

Mientras tanto contestó el mensaje de Camila.

La fecha propuesta estaba bien y confirmo asistencia.

Lo envió antes de arrepentirse. Después tomó de nuevo la carta, la dobló con cuidado y la guardó de nuevo en el sobre.

La dejó sobre la mesa, a la vista. Como una puerta que todavía no sabía si se atrevería a cruzar.