CAPÍTULO 48
La primera visita formal al espacio de Cobre, ocurrió ocho meses después del inicio de la obra, un jueves por la tarde.
Renata llegó tarde porque en Lumbre se había dañado una nevera auxiliar y Aurora había declarado el incidente como “una tragedia refrigerada de proporciones bíblicas”.
Emilio la esperaba en la entrada del proyecto con casco blanco, camisa arremangada y una expresión demasiado satisfecha para su propia seguridad.
—Ni una palabra —advirtió Renata al verlo.
—No he dicho nada.
—Tu cara dijo tres párrafos.
—Mi cara está orgullosa de ti.
Emilio sonrió y le ofreció un casco.
Entraron por el acceso lateral. Aurum todavía era una mezcla de promesa y esqueleto: estructuras metálicas, jardines a medio instalar, muros cubiertos, obreros cruzando con herramientas, olor a pintura fresca y madera recién cortada.
Pero ya se intuía la escala. Los jardines interiores empezaban a trepar por las paredes como una respiración verde.
La luz caía desde los tragaluces con suavidad que transformaba el polvo en algo casi bello.
Renata caminó en silencio.
Podía imaginar a los clientes entrando, el murmullo de las mesas, el sonido de las copas, los pasos del personal desplazándose por rutas que ella había peleado centímetro a centímetro. Allí, donde antes había habido planos, ahora había espacio.
—Por aquí —dijo Emilio.
Renata lo siguió hasta una zona todavía cubierta con paneles de protección.
Hacía cuatro meses se había convertido en papá de una preciosa niña con el color de sus ojos, llevaba en el rostro las noches sin dormir, pero la expresión de felicidad suprema.
Emilio y Catalina habían decidido ir y venir de Nueva York a Colombia para que Gloria y Renata no se perdieran de verla crecer.
Un encargado retiró una cinta provisional y abrió el paso.
—Cuidado con el escalón —advirtió.
Renata entró y se quedó quieta.
El espacio de Cobre estaba incompleto, pero ya era Cobre.
No necesitó vitrinas terminadas ni hornos encendidos para reconocerlo.
Lo supo en el pecho antes que en los ojos.
La madera cálida de los mesones, todavía cubierta con plástico protector.
La línea de cobre cepillado alrededor de la barra.
La cocina visible al fondo, abierta sin volverse espectáculo barato.
La terraza orientada hacia los jardines, íntima, luminosa, pensada para que la tarde cayera sobre las mesas como una caricia lenta.
Una pared lateral había sido reservada para los moldes antiguos de su padre, tal como ella lo había dibujado una noche en una libreta que creyó secreta.
Renata dio un paso y luego otro. Emilio no dijo nada.
El olor era de obra limpia, a polvo fino, madera, metal, pintura y algo más que todavía no existía, pero que ella pudo imaginar con una nitidez dolorosa: mantequilla dorándose, café recién molido, guayaba tibia, chocolate amargo, azúcar caramelizada.
Apoyó la mano sobre el borde de la barra.
El plástico crujió bajo sus dedos. Se acordó de la noche en su apartamento.
De Sebastián sentado a su lado. Ella le había mostrado su diseño de Cobre sin darse cuenta de que estaba entregando algo íntimo.
Le había contado que no quería una pastelería de vitrinas frías y postres perfectos sin alma.
Quería un lugar donde la gente viera el trabajo.
Donde el azúcar no pareciera lujo muerto, sino memoria viva.
Sebastián lo había recordado todo. Cada palabra y cada sueño dicho sin defensa.
Renata sintió que algo se le aflojaba por dentro con una violencia silenciosa.
—Maldito seas —susurró.
Emilio la oyó, pero no preguntó.
Ella caminó hasta la terraza. Todavía no tenía mesas.
Solo el suelo terminado y la baranda protegida con cinta.
Los jardines interiores se extendían abajo, a medio plantar, con andamios y bolsas de tierra alrededor.
Aun así, Renata pudo verlo. La gente. Las luces.
Las bandejas saliendo. El primer cliente probando un postre que no sabría todo lo que había costado llegar hasta allí.
Cobre era suyo. Sebastián no había construido una jaula bonita, había construido una puerta y luego se había quedado del otro lado.
—Ren —dijo Emilio con suavidad.
Ella levantó una mano sin girarse.
—Dame un minuto.
—Claro.
Escuchó sus pasos alejándose.
Renata se quedó sola en la terraza, con el casco puesto, la carpeta contra el pecho y una presión incómoda detrás de los ojos.
No lloró. No quería hacerlo allí, frente a ladrillos, polvo y obreros que no tenían la culpa de nada.
Pero la emoción le subió igual, áspera, contradictoria, imposible de nombrar sin darle demasiado poder.
Era reconocer que Sebastián había hecho algo hermoso y que eso no borraba lo que había hecho mal.
Era aceptar que dos verdades podían existir al mismo tiempo: él la había traicionado y también la había visto como nadie y tal vez, pensó con rabia, también era lo que empezaba a salvarlo.
Cuando salió de Cobre, Sebastián estaba en el pasillo principal.
Renata se detuvo.
No sabía que él estaría allí. O quizá sí. En el fondo, últimamente siempre parecía saberlo antes de verlo, como si el cuerpo hubiera desarrollado una forma humillante de alerta.
Sebastián hablaba con Camila y un ingeniero. Llevaba casco, traje oscuro sin corbata. Tenía la barba apenas marcada y la expresión concentrada que la irritaba porque lo volvía demasiado atractivo para la paz de cualquier mujer razonable.
Al verla, se calló. Camila siguió hablando unos segundos más hasta notar la tensión flotando en el aire y cerró la carpeta con eficiencia misericordiosa, interrumpiendo su propia explicación.
—Reviso estos últimos flecos con el equipo de legal hoy mismo —dijo la mujer, rompiendo el hielo mientras recogía sus cosas de la mesa—, así que no se preocupen por los plazos de entrega.
El ingeniero se retiró a paso rápido detrás de ella. Sebastián quedó completamente solo frente a Renata, separado por una distancia de varios metros que de pronto pareció un abismo insalvable. A lo lejos Emilio hablaba con uno de los ingenieros de espaldas a ella.
Podría haberse acercado.
No lo hizo.
—Buenas tardes, chef Sandoval —saludó él, manteniendo una postura ríspida y un tono de voz que pretendía ser puramente profesional.
Renata sintió unas ganas casi físicas de tirarle el casco de la obra a la cabeza.
—Hola, Sebastián —el nombre salió de sus labios antes de que pudiera procesarlo y corregir el impulso—, no esperaba encontrarte metido en la obra a estas horas.
Él recibió el uso de su nombre de pila como si le hubieran puesto un objeto extremadamente frágil en las manos y no supiera muy bien qué hacer con él; por un instante, una pequeña y sutil sonrisa descolló en su rostro cansado.
—¿La visita de inspección de esta tarde fue completamente satisfactoria —preguntó él, dando un paso lateral para darle espacio—, o encontraste algún otro detalle técnico que requiera modificaciones inmediatas?
Qué pregunta tan absurdamente idiota. Renata lo miró con un profundo sentimiento de frustración que ya ni siquiera sabía de dónde demonios venía.
—Todo está en perfecto orden con los contratistas —contestó ella, sosteniendo la carpeta con fuerza contra su costado—, así que no tendrás que ordenar que derriben ninguna otra pared por mis caprichos culinarios.
Sebastián asintió, asimilando el tono de la respuesta.
—Me alegra muchísimo escuchar eso —aseguró él, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—, porque mi única prioridad es que el espacio final sea exactamente lo que tú necesitas para trabajar.
No dijo nada más, dejando que el murmullo lejano de las herramientas llenara el vacío.
—¿De verdad eso es todo lo que tienes que decirme —lo retó Renata, dando un paso hacia el frente—, o vas a seguir fingiendo que somos dos extraños firmando un acuerdo comercial en un pasillo?
Él pareció medir la densidad del aire y la temperatura de la sala antes de atreverse a responder.
—No quiero invadir tu espacio personal bajo ninguna circunstancia —explicó él, mirándola fijamente a los ojos—, ni tampoco pretendo que te sientas incómoda con mi presencia en tu propio restaurante.
Renata soltó una risa seca, desprovista de cualquier asomo de gracia.
—Qué propuesta tan novedosa de tu parte —atacó ella, entornando los ojos—; de verdad me sorprende este repentino respeto por mis fronteras.
El comentario llegó directo al objetivo. Lo vio en la mínima tensión que endureció su mandíbula, en la forma en que bajó los ojos durante un breve segundo y en cómo, inmediatamente después, volvió a mirarla de frente sin la menor intención de defenderse.
—Sé que me lo merezco absolutamente —admitió él, con una gravedad que le bajó el tono a la conversación—, y no tengo ninguna intención de justificar mis errores del pasado contigo.
—No me respondas de esa manera tan pulcra, como si estuviéramos testificando en una audiencia judicial —le espetó ella, irritada por su falta de resistencia—, porque no estoy buscando una declaración jurada.
—Es que la verdad ya no sé cómo responderte sin empeorar las cosas entre nosotros —confesó Sebastián, soltando un suspiro pesado—, y lo último que deseo es aumentar la distancia que ya nos separa.
La absoluta sinceridad de sus palabras la desarmó lo justo para molestarla todavía más, detestando el control que él seguía teniendo sobre sus emociones.
Renata desvió la mirada hacia la estructura de Cobre y luego volvió a fijarla en él.
—Lo recordaste absolutamente todo, ¿verdad? —le cuestionó en un susurro, señalando los acabados de la madera—; no se te olvidó ni una sola de las especificaciones que te mencioné hace meses.
Sebastián no fingió no entender a qué se refería.
—Sí, lo recordé todo de principio a fin —confirmó él, sin apartar los ojos de su rostro—, desde el tipo de iluminación hasta la ventilación de los hornos.