Donde arde la traición CAPÍTULO 47 #2
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CAPÍTULO 47 #2

Le molestaba que estuviera haciendo exactamente lo correcto.

Julián lo notó antes que nadie.

—Vas a terminar rompiendo ese bolígrafo —dijo una tarde, apoyado de hombros en la puerta de la oficina de Lumbre con su dichosa taza de café en la mano.

Renata bajó la vista, sorprendida en su propio trance. El bolígrafo estaba peligrosamente doblado entre sus dedos.

—Simplemente era de muy mala calidad —se justificó ella, intentando enderezarlo sin mucho éxito y luego echándolo en una papelera cercana—, estos suministros nuevos no sirven para nada.

Julián entró a la oficina y cerró la puerta de un empujón con el pie.

—Tu silencio siempre viene cargado de demasiadas opiniones —comentó él, cruzándose de brazos mientras la examinaba con la mirada—, y últimamente estás más silenciosa que de costumbre.

—Mi silencio es un ciudadano ejemplar que no le hace daño a nadie —replicó ella, arqueando una ceja en un intento de defensa—. Deberías aprender un poco de él.

Renata dejó el bolígrafo sobre el escritorio y volvió al plano extendido frente a ella. Era la última versión de Cobre. La había revisado cuatro veces esa mañana.

—¿Se puede saber qué es lo que quieres —preguntó ella, apartando los ojos del papel—, o solo viniste a quitarme el tiempo?

—Solo quería saber si realmente estás bien —admitió Julián, suavizando un poco el tono—, porque tienes una cara de pocos amigos que asusta al personal.

—Estoy perfectamente bien y sumamente ocupada —mintió ella, volviendo a fijar la vista en los planos de la obra.

Julián la observó con la paciencia molesta que usaba cuando fingía no querer intervenir.

—El proyecto en general va bastante bien —señaló él, caminando hacia la ventana—. Emilio dice que las condiciones actuales son muchísimo mejores que las que cualquier otro socio habría conseguido en una negociación normal.

—Emilio siempre exagera cuando quiere hacerse el hermano indispensable —masculló Renata, restándole importancia con un gesto de la mano—, ya sabes cómo le gusta el drama financiero.

—Catalina también dice que Cobre va a ser un lugar precioso —añadió Julián, observando las notas al margen del plano.

Renata apretó la mandíbula con fuerza.

—Catalina está muy embarazada y sumamente emocional —replicó ella, sintiendo cómo la tensión le subía por el cuello—. Ayer mismo lloró casi diez minutos porque una empanada tenía demasiado aire adentro.

—También dice que todavía no has tenido el valor de leer la carta —soltó Julián, soltando la bomba sin anestesia.

Renata levantó la vista, sintiendo que el aire se volvía pesado en la oficina. Julián sostuvo la mirada sin retroceder un solo centímetro.

—Eso es algo que no le concierne a Catalina —advirtió ella, con una voz que pretendía ser cortante—, y te agradecería que no te metas en mis asuntos privados.

—No le concierne en absoluto —asintió él, sin inmutarse—, pero Catalina tiene la pésima costumbre de ver con claridad las cosas que los demás fingimos no mirar por comodidad.

—Esa maldita carta no importa en lo más mínimo —aseguró Renata, aunque el corazón le dio un vuelco incómodo.

—Entonces no entiendo por qué no la lees de una vez —la acorraló él, dando un paso hacia el escritorio—, si tan insignificante te resulta el papel.

—Porque no me da la gana hacerlo —sentenció ella, clavándole los ojos con furia.

—Entonces eso significa que sí importa, y mucho —concluyó Julián, cruzándose de brazos con suficiencia.

Renata se puso de pie bruscamente, tirando la silla hacia atrás.

—¿Viniste exclusivamente a molestarme esta tarde —le espetó, apoyando las manos sobre el escritorio—, o tienes alguna otra tarea que cumplir en este restaurante?

—Es uno de mis talentos principales —admitió él, esbozando una sonrisa cansada—, y me gusta mantenerlo bien practicado.

—Pues hoy no estoy de humor para soportar tus talentos —le cortó ella, dándole la espalda para mirar hacia la pared.

Julián asintió. Por primera vez en varias semanas no hizo una broma inmediata.

—Escúchame, Ren, no tienes que perdonarlo para leer lo que escribió —le dijo con suavidad inusual, obligándola a escuchar—. Es solo un papel, no un contrato de rendición.

—No quiero darle ese lugar en mi vida —confesó ella, con la voz un poco rota—, no se lo merece.

—El problema es que ya lo tiene —sentenció Julián, mirándola con fijeza.

La frase cayó entre ellos sin delicadeza. Renata abrió la boca para responder, pero no encontró una mentira lo bastante digna para sostenerse. Julián se acercó al escritorio y apoyó los nudillos sobre la madera.

—No estoy de parte de Sebastián en absoluto —aclaró él de inmediato, atajando su reacción—.

No me mires con esa cara de traición. Ese tipo todavía me cae mal por principio, por método de vida y por puro compromiso personal contigo, pero hay situaciones a las que debemos dar el cierre adecuado para que no terminen amargando nuestra vida.

—Qué enorme alivio me da escuchar eso —irónica, Renata soltó una bocanada de aire.

—Debes entender que lo que decides no leer también te ata —le recordó Julián, con una seriedad que la desarmó—. El silencio también es una forma de seguir amarrada a él.

Renata apartó la mirada hacia la ventana. Afuera, el salón de Lumbre se preparaba para el servicio de la noche. Lucía acomodaba copas en una mesa. Mateo cruzó con un delantal limpio colgado del hombro. La vida seguía obedeciendo a los horarios, como si eso bastara para mantener a raya el caos.

—Es que no sé si realmente quiero saber qué fue lo que escribió —admitió en voz baja, pegando la frente al vidrio fresco de la ventana.

Julián no respondió enseguida. Se tomó su tiempo para procesar el peso de sus palabras.

—Entonces mi consejo es que no la leas hoy —sugirió él, caminando hacia la salida con paso lento—, pero por favor, no la conviertas en una absurda prueba de fuerza diaria.

A veces una puerta cerrada no protege absolutamente nada; solo te impide respirar el aire nuevo y se vienen muchos cambios, todos para bien y es momento de soltarlo.

Renata giró hacia él, intentando recuperar su máscara de siempre.

—¿Desde cuándo te volviste un hombre tan jodidamente filosófico? —le preguntó, esbozando una sonrisa de lado.

—Desde que Pablo me regaló un libro de frases baratas para hombres emocionalmente lentos —bromeó Julián, abriendo la puerta de la oficina—, creo que me está haciendo un efecto retardado.

Ella soltó una risa breve, pequeña, casi oxidada por la falta de uso. Julián sonrió, complacido con el resultado.

—Ahí está —comentó él, mirándola con cariño antes de salir—. Me alegra ver que sigues viva después de todo.

—No abuses de mi buen momento —le advirtió ella, aunque el tono ya no era hostil.

—Jamás me atrevería a tanto, jefa —respondió él, desapareciendo por el pasillo.

Se fue antes de que ella pudiera decirle algo amable.

Esa noche, Renata sacó la carta de la carpeta.

No la abrió. La dejó sobre la mesa de su apartamento, junto a una taza de té que se enfrió sin que la tocara.

La miró mientras se quitaba los zapatos.

La miró mientras se cambiaba de ropa. La miró mientras fingía ordenar la cocina.

La miró con la misma hostilidad con que se mira a un animal pequeño capaz de morder.

Renata.

Su nombre escrito por Sebastián seguía allí, sobrio, sin apellido, sin logo, sin defensa. Solo Renata. Le pareció injusto que seis letras pudieran hacerle tanto daño.

No la abrió esa noche. Tampoco la siguiente.

La vida volvió a empujarla hacia la obra.