Donde arde la traición CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Renata se tensó antes de girarse lentamente.

Cuando sus ojos se encontraron con los de él, no hubo sorpresa. Solo una larga y contenida marea de cuentas pendientes.

Sebastián estaba en la entrada del salón, con el traje oscuro impecable y esa expresión demasiado controlada que a ella le provocaba una mezcla molesta de rabia y memoria. Durante un segundo, Renata sostuvo su mirada. Luego bajó los ojos hacia la carpeta que llevaba bajo el brazo.

Una sonrisa amarga, casi imperceptible, le rozó la boca.

—Siempre hay un papel contigo, Sebastián.

Él no respondió enseguida. Tal vez porque se merecía esa frase y por una vez, no iba a defenderse de algo que era verdad.

—Vine a explicarte un ajuste.

—Qué considerado. —señaló ella con un tono de voz que escondía el desconcierto de volver a verlo—. Camila sabe hablar. También existen los correos, los mensajeros y esa maravillosa invención moderna llamada teléfono.

La mandíbula de Sebastián se tensó apenas.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

La pregunta quedó atravesada entre los dos.

Sebastián bajó la vista un segundo hacia la carpeta, pero Renata supo, con claridad molesta, que no estaba buscando una respuesta en los documentos.

Estaba decidiendo cuánta verdad podía poner sobre la mesa y eso le molestaba porque a pesar de sus mentiras, había rasgos que seguían siendo los de su Sebastián Torres, todavía podía leerlo y eso la puso en guardia enseguida.

Porque una parte imperdonable de sí misma seguía reconociéndolo en sus gestos y silencios.

—Pasa al salón privado —dijo ella, con una voz en apariencia calmada. No lo recibiría en su oficina donde tantas cosas habían pasado, necesitaba la distancia ya bastante difícil que era respirar su mismo aire—. No voy a discutir esto en medio del salón.

Caminó por el pasillo lateral sin esperar a ver si la seguía. Sebastián lo hizo. Observó la parte posterior del cuello y el gesto de ella de llevarse la mano allí, como si adivinara sus pensamientos.

Al cerrar la puerta, el ruido residual de la cocina quedó fuera. El espacio pareció reducirse de inmediato. El perfume de Renata le golpeó con violencia.

Ella se apoyó contra el borde de la mesa y se cruzó de brazos.

—Habla.

—Hubo una contingencia con dos lotes anexos del proyecto —dijo él—. Está contenida. No afecta la propiedad de Lumbre ni tu autonomía sobre Cobre, pero obliga a que revises estos papeles y el cronograma de los jardines interiores que irán dentro de Cobre.

Renata soltó una risa breve sin recibir la carpeta.

—Contingencia. Me encanta cómo los empresarios convierten los problemas en palabras elegantes.

Sebastián aceptó su sarcasmo sin moverse.

—Hubo una operación irregular. El Grupo la detectó, la aisló y está recuperando el control jurídico y operativo de esos lotes.

—¿Quién?

—No puedo darte detalles de una investigación interna en curso.

La expresión de Renata se enfrió.

—Claro. Siempre hay una parte que no puedes decirme. Típico de ti.

—No necesitas ser tan irónica. Esta vez no estoy ocultando algo que te pertenece.

—¿Y quién decide eso?

Sebastián levantó la vista hacia ella.

—Tú. Por eso estoy aquí.

La respuesta la dejó quieta durante un segundo. Después la rabia volvió a ocupar su sitio.

—Mentira.

Él se quedó inmóvil. Renata volvió a mirarlo. Sus ojos estaban demasiado brillantes, demasiado vivos, demasiado furiosos para alguien que pretendía estar en control.

—Esos papeles son una excusa. Una buena, tal vez. Suficientemente profesional para que no pareciera lo que es, pero sigue siendo una excusa. ¿Qué quieres, Sebastián?

Sebastián respiró.

—Necesitaba verte.

La sinceridad le caló hondo, desajustándola antes de que pudiera buscar una réplica.

—No tienes vergüenza.

—Tengo demasiada, pero si dejo que se note, no voy a poder decirte lo que vine a decirte sin pedirte perdón cada dos frases. Y ya te pedí perdón en mi cabeza tantas veces que hasta eso empieza a parecer una forma egoísta de acercarme.

Renata apretó los brazos contra el pecho.

—No necesito tu culpa. No quiero tu arrepentimiento tardío.

—Lo sé.

—No quiero que vengas aquí con esa voz, con esa cara y con esa maldita forma de quedarte quieto como si fueras el único hombre del mundo que ha descubierto el dolor.

La mirada de Sebastián cambió; se llenó de anhelo y de todo lo que llevaba semanas apretando los dientes para no decir.

—¿Quieres que finja que no me estoy muriendo por tocarte? —preguntó, con una voz baja, ronca, demasiado desnuda—. ¿Eso sería más honesto para ti?

Renata dejó de respirar.

—No te atrevas.

El silencio que siguió fue insoportable.

Sebastián no se movió, y quizá eso fue lo que terminó de destrozar algo en ella.

En otro momento, él habría avanzado; habría usado esa voz baja, su paciencia peligrosa y esa forma de ocupar el espacio hasta volver inevitable lo que quería.

Esta vez la dejó elegir. Renata lo miró retroceder medio paso, apenas lo suficiente para devolverle el aire, y sintió una rabia absurda y feroz contra sí misma y contra el deseo que seguía vivo cuando todo lo demás parecía haber quedado hecho escombros.

Le molestaba encontrarlo guapo, así el aura de melancolía nublara sus facciones y recuerdos de la intimidad compartida aparecieron de golpe.

Él abrió los ojos y esa vez la miró sin defensa.

—Entonces dime cómo responderte, Renata. Porque si digo que te extraño, te hago daño. Si te pido perdón, no me creerás y si digo que te amo, no quiero que pienses que es otra forma de pedirte algo. Si me quedo callado, te enfureces, y si me acerco...

Renata cruzó la distancia antes de que la razón pudiera salvarla. Lo tomó por la solapa y lo besó.

Fue un beso de guerra. Una acusación hecha con la boca.

Un impacto de rabia, deseo y memoria. Sebastián tardó medio segundo en reaccionar, como si el cuerpo se le hubiera quedado atrás, atrapado entre la culpa y el hambre.

Después la rodeó por la cintura y la atrajo contra él con una urgencia que no tuvo nada de elegante.

La carpeta resbaló de la mesa y cayó al suelo con un golpe seco, pero ninguno de los dos miró hacia abajo.

Renata soltó un sonido bajo, furioso, casi roto.

Sus manos subieron por el pecho de Sebastián, arrugando la camisa impecable, buscando debajo del traje al hombre que había querido, al que odiaba, al que todavía reconocía, aunque le doliera admitirlo.

Lo mordió, y Sebastián cerró los ojos un instante y respiró contra su boca, como si ese castigo le perteneciera.

—Hazlo otra vez —murmuró, ronco.

Renata lo empujó con ambas manos.

—No me des órdenes.

—No son órdenes, es un jodido ruego.

La frase terminó de romper algo. Volvió a besarlo con más rabia.

Sebastián la sostuvo por la cintura y la hizo retroceder hasta que la espalda de Renata chocó contra la pared del salón.

El impacto no fue fuerte, pero sí suficiente para arrancarle una respiración entrecortada.

Él apoyó una mano junto a su cabeza, sin encerrarla del todo, y la otra quedó en su cintura, firme, abierta, temblando apenas sobre la tela.

Ese temblor la enfureció.

Renata ladeó el rostro cuando Sebastián bajó la boca por su mandíbula.

Sintió el roce de su respiración en el cuello, los labios apenas rozándola, sin besarla todavía, como si incluso en ese estado estuviera esperando una señal.

Como si el maldito hombre hubiese decidido volverse decente justo cuando ella necesitaba odiarlo sin matices.

—No seas cobarde ahora —susurró ella.

Sebastián se quedó inmóvil. Luego levantó la cabeza y la miró con una intensidad que le apretó el vientre.

—No estoy siendo cobarde. Estoy intentando no volver a tomar algo que no me des.

La respuesta le dolió más de lo que debía.

Renata quiso contestar. Quiso decirle que ya había tomado bastante.

Que había entrado a su restaurante, a su familia, a su cama, a sus planes, a su vida.

Quiso insultarlo con una frase exacta, cruel, de esas que dejaban sangre sin tocar la piel.

Pero Sebastián le rozó el cuello con la boca y todo el lenguaje se le desordenó.

—Te odio —dijo, aunque sonó menos firme de lo que habría querido.

—Lo sé.

—No, no lo sabes —le aferró el rostro con ambas manos y obligó a que la mirara—. Te odio porque todavía quiero que me toques. Te odio porque me dueles y me haces falta en la misma respiración. Te odio porque una parte idiota de mí sigue buscando a Sebastián Torres debajo de todo lo que eres.

Las palabras le dieron de lleno en el pecho, pero él no se defendió; solo cerró más los dedos sobre su cintura.

—Ese hombre también era yo.

Renata soltó una risa amarga.

—Mentira.

—Era yo —insistió, con la voz rota por primera vez—. El que te mintió, también. El que te deseó, también. El que se enamoró de ti antes de tener derecho a hacerlo, también.

Renata tragó saliva. El salón privado parecía haberse quedado sin aire.

Olía a café frío, a madera antigua y a él.

A esa mezcla limpia y cara que siempre le había parecido insoportable en los hombres arrogantes, hasta que se volvió el olor de una noche en Guatapé, de una cocina a oscuras, de unas manos que sabían dónde tocarla incluso cuando no debían.

—Cállate —dijo ella.

Sebastián obedeció y Renata lo besó otra vez, pero esta vez el beso no tuvo solo furia.

Tuvo hambre. Tuvo duelo. Tuvo una tristeza tan sucia que casi parecía deseo.

Sebastián respondió con un gemido ahogado, la estrechó contra su cuerpo y Renata sintió de inmediato cuánto la quería, cuánto la recordaba, cuánto había intentado contenerse hasta ese momento.

El cuerpo de ella lo entendió antes que su orgullo. Se arqueó contra él y Sebastián perdió el aire.

—Renata...

—No digas mi nombre así.

—¿Así cómo?

—Como si todavía tuvieras derecho sobre mí.

Él apoyó la frente contra la de ella. Respiraba fuerte. Demasiado cerca. Demasiado vivo.

—No lo tengo.

—Entonces suéltame.

Sebastián aflojó la mano de inmediato. Eso debió tranquilizarla, pero no lo hizo.

Renata fue quien volvió a atraparlo por la camisa y lo atrajo hacia ella.

Sebastián dejó escapar una maldición baja antes de tomarle la cara y besarla con una desesperación distinta, menos cuidadosa, menos noble.

Sus dedos se enredaron en el cabello de ella.

Renata gimió contra su boca y odió el sonido en cuanto salió de su garganta, porque no parecía una protesta. Parecía una rendición.

Sebastián se separó apenas.

—Mírame.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Renata.

—No.

Él cerró los ojos como si aquello lo partiera, pero no insistió.

Bajó la boca a su cuello y la besó allí, de nuevo, con una lentitud que no tuvo nada que ver con la calma.

Renata apretó los dedos en sus hombros. El calor le subió por el pecho, por la garganta, por la cara.

El cuerpo la traicionaba con una sinceridad obscena, recordando lo que la cabeza quería enterrar.

Sebastián la levantó, lo suficiente para sentarla sobre el borde de la mesa amplia de madera. La estructura crujió bajo su peso. La falda de Renata se subió unos centímetros y él se quedó quieto, con las manos apoyadas a cada lado de sus muslos, sin avanzar.

Ella lo miró entonces. Los dos quedaron suspendidos en ese segundo.

La boca de Sebastián estaba marcada por ella. La camisa, desordenada. El traje perfecto convertido en una mentira más, pero era una mentira a punto de deshacerse entre sus manos. Renata sintió una punzada feroz, absurda, porque lo quería así. No impecable. No inalcanzable. No poderoso.

Suyo.

La palabra atizó su rabia.

—No —susurró.

Sebastián se apartó de inmediato, pero Renata no estaba hablándole solo a él; se estaba hablando a sí misma. Bajó de la mesa con torpeza, se alisó la falda y se llevó una mano al cabello. Respiraba como si hubiera corrido y hubiera escapado.

Sebastián permaneció inmóvil, con los puños cerrados junto al cuerpo.

—Esto no cambia nada —dijo ella.

—Lo sé.

—No me has recuperado.

—No he venido a recuperarte con un beso.

Renata soltó una risa sin humor.

—Qué alivio, por un momento casi pareció que tu estrategia corporativa había evolucionado.

La mandíbula de Sebastián se tensó, pero aceptó el insulto.

—No tengo estrategia contigo. Ese ha sido mi problema desde el principio.

Ella lo miró con furia.

—Tu problema fue mentirme y entrar aquí con otro nombre.

—Sí.

—Tu problema fue hacerme sentir segura contigo.

Aquello lo dejó sin respuesta.

Renata tragó saliva. Los ojos le ardían, pero no iba a llorar. No por él. No delante de él. Tomó la carpeta del suelo, la cerró con demasiada fuerza y la apretó contra el pecho como si fuera un escudo.

—Revisaré esto con Victoria.

—Hazlo.

—Si hay una sola cosa escondida...

—No la hay.

Renata lo miró con una dureza que no consiguió borrar el temblor de su boca.

—No te creo.

Sebastián asintió, como un hombre que entendía que había perdido el derecho a que su palabra bastara.

—Entonces compruébalo todo. Con tu abogada, con Emilio, con quien quieras. No firmes nada hasta que cada línea te pertenezca.

El silencio que siguió fue peor que una discusión. Renata abrió la puerta del salón privado antes de que el cuerpo le ganara la partida otra vez.

El bullicio de Lumbre volvió a golpearla: el tintineo de los platos, las voces cruzadas de los muchachos, los cuchillos rítmicos contra las tablas de picar. Era el mundo real siguiendo su curso con una crueldad sencilla, recordándole quién era ella cuando no estaba entre sus brazos.

No se volvió a mirarlo.

—Vete, Sebastián.

Él se arregló la chaqueta, recuperando una compostura que ya no engañaba a nadie.

Antes de cruzar la puerta, se detuvo.

—Yo también te odio un poco —dijo, sin mirarla.

Renata se quedó helada.

Sebastián giró el rostro. Sus ojos tenían una tristeza oscura, casi insoportable.

—Porque contigo descubrí quién podía ser y ahora no sé cómo volver a eso.

Renata no respondió.

Si abría la boca, podía cometer otra estupidez. Sebastián salió. Ella cerró la puerta con cuidado. Demasiado cuidado.

Luego apoyó la espalda contra la madera, bajó la mirada hacia la carpeta y se llevó dos dedos a la boca, como si todavía pudiera borrar de sus labios el sabor de él. No pudo.