CAPÍTULO 45
A las siete y diez, entró por el acceso lateral para evitar las miradas de lástima de los empleados no sabía si por la muerte de Andrés o por su caída en desgracia dentro del Grupo.
Camila lo esperaba en una pequeña sala de proyectos con el portátil abierto y tres carpetas.
Los hermanos Sandoval habían firmado, en una reunión con los inversionistas la semana anterior, el camino lucía despejado para el desarrollo de Aurum.
—La revisión de los lotes anexos terminó anoche —dijo ella, girando la pantalla—.
No son terceros oportunistas. Las dos inmobiliarias que pediste investigar, las mismas que hicieron un acercamiento a Renata, compraron los lotes estratégicos alrededor del restaurante días antes de la aprobación del proyecto, están conectadas a una firma de consultoría.
Esa firma recibió pagos de alguien vinculado al Grupo Luna.
Sebastián miró el esquema. Su intuición fue certera.
—Alejandro.
—Alejandro —confirmó Camila—. Compró los lotes para encarecer el proyecto y forzar una crisis que debilitara tu propuesta o los revendería por el triple de su valor ahora que sabe que el nuevo proyecto beneficia a Renata Sandoval.
Se aprovecharía de que estás debilitado por la muerte de tu hermano y tu ruptura con Renata.
—¿Mi padre lo sabe? —preguntó Sebastián.
—No. Herrera sospecha que hay irregularidades, pero no a quién apuntan. Ya organicé la presentación de la junta en cuatro bloques para que Alejandro no pueda desviar la atención. Aunque va a intentar usar a Renata para hacerte perder el control.
—¿Garza? —señaló refiriéndose al empresario mexicano.
—Solo pidió explicación sobre los retrasos potenciales.
Las acciones de Alejandro deben barrarse debajo de la alfombra.
Fue un logro tuyo el que Renata haya firmado, los inversionistas están impacientes por iniciar el proyecto, ahora lo único que tienes que lograr es despejar la tenencia de los lotes anexos y continuar en el proyecto hasta la inauguración.
Sebastián tomó la hoja donde aparecía la firma vinculada a Alejandro. La observó con una frialdad que se le instaló en la sangre.
—Esto no va a tocar a Renata —dijo Sebastián, con voz baja y peligrosa.
—Lo hará si Alejandro se siente acorralado —advirtió Camila—. No puedes controlar lo que diga.
Sebastián caminó hacia la ventana, asimilando la lección: no había podido controlar la muerte de Andrés, ni el dolor de su padre, ni la marcha de Renata, pero que lo jodieran si no lograba controlar a Alejandro.
—Si la menciona, no voy a negarlo —declaró, dándose la vuelta—. Le mentí a Renata y asumiré mi culpa, pero no dejaré que la use como cortina de humo. ¿Esto afecta a sus proyectos, Lumbre o Cobre?
—No a su autonomía. Ya preparé las modificaciones legales para blindarlos, pero hay algo más.
Sebastián levantó una ceja.
—Es un comportamiento recurrente. Alejandro se ha forrado los bolsillos a costa de la empresa.
—Hay que profundizar en la investigación para tomar las medidas legales, yo hablaré personalmente de esto con Renata, nadie más tiene que saber la olla podrida que trajo mi primo a la empresa ¿A qué hora es la junta?
—A las nueve.
Sebastián miró su reloj, eran las siete y veintitrés. Tomó la carpeta principal y avanzó hacia la puerta. Tenía todavía un poco de tiempo para prepararse.
—Sebastián —lo detuvo Camila—. Alejandro no va a caer solo. Va a intentar llevarse todo lo que pueda con él.
Pensando en los suyos y en el apellido familiar convertido en un campo de batalla, Sebastián respondió.
—Que lo intente.
**
La reunión en la sala de juntas era para que Augusto Luna nombrara a su sucesor. Sebastián llegó sabiendo que su padre ya había tomado una decisión.
A las nueve en punto, Augusto entró acompañado de Alejandro. Su sonrisa de triunfo lo decía todo: no venía como un empleado más, venía como el elegido para quitarle el puesto a Sebastián.
—Primo —saludó Alejandro con veneno—. No esperaba verte tan temprano.
—Yo tampoco esperaba que durmieras tan tranquilo —respondió Sebastián, dejando una pesada carpeta sobre la mesa.
La sonrisa de Alejandro perdió una fracción de comodidad. Augusto ocupó la cabecera y no perdió tiempo en protocolos.
—Esta reunión es reservada —dijo, apoyando las manos sobre la mesa—. Lo que se hable aquí no saldrá de esta sala salvo por requerimiento legal o instrucción directa mía.
Samuel, del departamento legal, asintió.
Mariana, una de las auditoras, encendió su tableta.
Camila no apartó la vista de la pantalla.
—Con la firma de los hermanos Sandoval, Aurum entra en su fase inicial —continuó Augusto—. Después de los últimos acontecimientos, el proyecto necesita una línea de mando estable durante los próximos dos años.
Sebastián sostuvo la mirada en su padre. Era una sucesión operativa disfrazada de orden.
—Sebastián conservará autoridad técnica sobre los puntos exigidos por la transición con Lumbre y Cobre dentro del proyecto —añadió Augusto—. Sin embargo, la dirección operativa de Aurum no puede depender de alguien cuya posición personal ha quedado comprometida.
—Alejandro asumirá como sucesor operativo interino —dijo Augusto—, con facultades sobre desarrollo estratégico, activos anexos y ejecución de la fase dos.
Alejandro inclinó la cabeza.
—Agradezco la confianza, Augusto. Sé que el momento es complejo, pero precisamente por eso el Grupo necesita orden, discreción y una dirección menos expuesta a conflictos personales.
—No —la voz de Sebastián cortó el aire—. No le entregaremos el control a Alejandro.
—No conviertas esto en una escena de dignidad herida —advirtió Augusto con frialdad—. Has convertido un proyecto de inversión en una historia de cama, pusiste a la junta en una posición incómoda y esperas que actuemos como si tu criterio no estuviera comprometido.
La frase fue cruel y dio en el blanco. En otro momento, Sebastián habría respondido con violencia, pero algo había cambiado en él.
—Mi criterio salvó el proyecto original —replicó Sebastián.
—Tu criterio te llevó a trabajar bajo nombre falso en la cocina de una mujer vinculada al activo central.
—Sí, ese fue mi error y cargaré con él —aceptó Sebastián, desconcertando a su padre—. Pero no confundas mi error con incompetencia, ni la obediencia con lealtad. Estás eligiendo al hombre que mejor finge obedecerte.
—Estoy eligiendo al hombre que no ha desestabilizado al Grupo por una mujer.
Sebastián pensó en Renata y en su dolorosa distancia. Miró a su padre.
—No. Estás eligiendo al hombre que todavía no sabes que te está robando.
Augusto miró a Sebastián.
—¿De qué estás hablando?
Sebastián abrió la carpeta.
—Que tu departamento jurídico y legal no ha hecho la tarea como debe ser.
Alejandro se recostó en la silla, aunque el gesto ya no tuvo la misma seguridad. Samuel y Mariana se miraron sorprendidos.
—¿Otra dramatización?
—No —respondió Sebastián, poniéndose de pie—. Esta vez son documentos.
Camila conectó el portátil a la pantalla. En la pantalla aparecieron fechas, sociedades, pagos, matrículas inmobiliarias y una cadena de vínculos que dejaba poco espacio para la interpretación.
—Hace cuatro semanas se detectó una variación anómala en dos lotes anexos al desarrollo oriental de Aurum —explicó Sebastián—. No comprometen la propiedad de Lumbre ni su autonomía, pero sí impactan accesos de servicio, trazado logístico y una parte de los jardines interiores.
Mariana, del departamento de auditoría, tomó una de las copias impresas.
—Esos lotes estaban en negociación directa. —dijo.
—Lo estaban —dijo Camila—. Hasta que fueron cedidos a dos inmobiliarias recién constituidas, una semana antes de la aprobación de la propuesta revisada.
Alejandro abrió las manos con una calma demasiado estudiada.
—Eso es especulación inmobiliaria. Sucede en cualquier proyecto de este tamaño.
Camila cambió la imagen y mostró el nombre del verdadero dueño de esas empresas falsas: Alejandro Luna.
El silencio en la sala se volvió helado. Los encargados de auditoría y legal confirmaron que las pruebas eran reales e imposibles de negar. Alejandro había intentado estafar a su propia familia.
Acorralado y lleno de rabia, Alejandro atacó donde más le dolía a Sebastián: su engaño a Renata.
—¿Tú me vas a dar lecciones de ética? —escupió Alejandro—. ¿El hombre que le mintió a Renata Sandoval, que usó un nombre falso para meterse en su negocio y en su cama mientras nosotros decidíamos el futuro de su negocio?
Sebastián no pestañeó. Sostuvo la mirada, tragándose el dolor.
—Sí. Le mentí a Renata y tendré que responder ante ella, no ante ti. Mi culpa personal no borra tus delitos. Esto es un fraude.
Augusto, con el rostro endurecido por la decepción, se levantó despacio y miró a su sobrino.
—Quedas suspendido de tus funciones operativas con efecto inmediato —dijo—. Habrá un retiro de accesos, una apertura de investigación interna y una auditoría forense antes del cierre del día.
Alejandro lo miró.
—Augusto, esto es una operación de mi primo para sacarme de…
—Sal.
La palabra fue algo más definitiva que una orden. Alejandro recogió sus papeles con la lentitud de quien todavía intenta sostener la dignidad cuando ya no le queda nada más que sostener y salió sin que nadie lo escoltara porque no hacía falta.
La puerta se cerró.
Augusto miró a Samuel.
—Esto no sale de esta sala más allá de lo estrictamente legal.
—Entendido.
Mariana y Samuel salieron. Cuando la sala quedó en silencio, Augusto se quedó mirando la silla vacía donde había estado su sobrino con la expresión de un hombre que acaba de confirmar algo que no quería confirmar.
—Auditoría forense necesitará acceso completo antes del cierre del día —añadió Augusto.
Camila tomó nota, cerró su portátil y salió en silencio, dejando a padre e hijo a solas en la sala.
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Sospechaba, desde antes del foro, pero las pruebas definitivas llegaron anoche y Camila me las mostró esta mañana.
Augusto miraba la silla vacía, luciendo de pronto mucho más viejo.
—Me equivoqué con él —admitió el viejo—. Me mostró el respeto y la obediencia que yo quería ver.
—Te mostró un espejo cómodo —respondió Sebastián con cansancio—. Alejandro casi nos destruye y tú ibas a darle el poder solo por no mirarme a mí, por no ser el hijo que querías.
Tras un largo silencio, Augusto bajó la vista.
—No, no lo eres, pero quizá eso ya no sea lo importante.
No hubo un abrazo ni un perdón mágico, pero sí una tregua.
Augusto miró a su hijo.
—Sigues a cargo de la vicepresidencia del proyecto Aurum, pero el nombramiento de presidente queda pendiente de resolución. Necesito tiempo.
Sebastián aceptó, pero con una condición innegociable: un blindaje absoluto para proteger el restaurante y la marca de Renata.
Nadie volvería a tocar los negocios de la mujer que amaba a sus espaldas.
Su padre, sin más remedio, tuvo que aceptar.
Sin embargo, el nombramiento de CEO ya no le quitaba el sueño.
Había llegado a Lumbre por un mensaje que prometía un cargo.
Se iba de la sala de juntas sin él, y no le importaba.
—Sebastián.
Se detuvo en la puerta.
—Lo que trajiste hoy —dijo Augusto, sin girarse—. Lo hiciste bien.
No era un elogio. Era el reconocimiento mínimo de un hombre que no sabía dar más que eso todavía. Sebastián salió sin responder.
En el pasillo, Camila lo esperaba.
—Los contratos actualizados van a Victoria Méndez por correo —dijo él antes de que ella pudiera hablar.
—Hay un problema —dijo Camila—. Uno de los ajustes afecta directamente el patio trasero de Lumbre. No es grave, pero requiere firma de Renata en persona. No puede resolverse por correo porque el notario necesita presencia física de ambas partes.
Sebastián la miró.
—¿Cuándo?
—Esta semana si quieren mantener el cronograma de la obra.
Sebastián guardó el teléfono en el bolsillo. Tenía que ir a ver a Renata sin agenda, solo con un documento que requería su firma y todo lo que ninguno de los dos había terminado de decirse.
—Dame la carpeta —dijo Sebastián, extendiendo la mano.
—Podría enviar un mensajero y luego vas al notario, no tendrías que encontrarte con ella.
—Necesito verla.
Camila lo observó un segundo de más, midiendo el cambio en su postura. No era urgencia lo que veía en él, sino una resolución fría, de esas que toma un hombre cuando decide caminar directo hacia una tormenta. Sacó el expediente de su portafolios y se lo entregó.
—Renata está en el restaurante desde el mediodía —añadió él en voz baja ya que conocía su horario—. Avísale al notario ahora, podemos coordinar la firma antes de que empiece el servicio de la noche.
Camila asintió una sola vez mientras Sebastián guardaba el documento bajo el brazo. No hubo más instrucciones.
El trayecto hacia Lumbre fue acompañado del nubarrón de pensamientos por lo ocurrido en la junta y el pretexto para verla de nuevo.
Cuando cruzó el umbral de Lumbre, el olor a madera y especias lo recibió como un golpe familiar.
El restaurante estaba en esa hora muerta y suspendida entre turnos; las mesas vacías, las sillas a medio acomodar y el eco de los cubiertos en la cocina resonando al fondo.
La vio al final del salón. Renata estaba de espaldas, revisando una de las bitácoras sobre la barra de despacho, con el cabello recogido y la rigidez en los hombros que delataba que el peso de los últimos días tampoco le había sido ligero.
Lucía abrió los ojos y lo miró de mala manera, los meseros se acomodaron cerca para escuchar lo que tendría que decirle.
Sebastián no se detuvo a ensayar el saludo. Dio tres pasos firmes sobre el suelo de madera, deteniéndose justo a la distancia exacta donde el aire entre los dos empezó a volverse denso.
—Necesitamos tu firma —dijo, y su voz sonó más rota de lo que pretendía en el espacio vacío.