CAPÍTULO 44
Sebastián nunca había sentido tanto frío en un entierro y no era por el cielo gris de Bogotá, sino por el mármol, la tierra húmeda y las manos de su padre, quietas sobre un bastón que no necesitaba, pero que la prensa mañana registraría como un símbolo de la tragedia.
El entierro fue privado, aunque nada en la familia Luna lo era del todo.
Hubo socios discretos y periodistas apostados más allá del límite de seguridad.
Sebastián estuvo de pie junto a Paula, con el traje negro rígido y la sensación de que su cuerpo obedecía solo por costumbre.
Todos en las condolencias hablaban de un Andrés brillante, un heredero corporativo interrumpido.
Nadie parecía recordar al mismo Andrés que él: el que odiaba las corbatas, el que se reía en las cenas solemnes y le había enseñado a manejar demasiado rápido.
Ni siquiera muerto lo dejaban ser solo su hermano.
Cuando bajaron el ataúd, Paula le apretó los dedos en silencio.
Augusto permaneció inmóvil, el rostro tallado en piedra, pero cuando la primera palada de tierra cayó sobre la madera, el bastón tembló apenas entre sus manos.
Sebastián lo vio y por primera vez, no sintió rabia.
Sintió compasión. Frente a la tumba, Augusto Luna ya no parecía un gigante, sino un hombre viejo que descubría que ninguna estructura podía sostener lo que se iba bajo tierra.
Después del entierro, Sebastián no volvió de inmediato al apartamento.
Pidió al conductor que lo dejara unas cuadras antes y caminó sin rumbo. Llevaba días moviéndose entre pérdidas Andrés, Renata y la empresa.
También su padre, aunque tal vez a Augusto lo había perdido mucho antes y solo ahora empezaba a entenderlo.
**
Al día siguiente entró al edificio donde se realizaría la reunión preliminar quince minutos antes de la cita que tendría lugar en una oficina privada de consultoría legal cerca de la calle ochenta y dos, el lugar, donde lo hicieron pasar después de anunciarse, era una oficina de paredes claras, una mesa amplia, y ventanales que daban a la carrera séptima.
Agradeció que el espacio no fuera el Grupo Luna ni Lumbre; agradeció cualquier territorio donde los recuerdos no tuvieran ventaja.
Camila ya estaba allí revisando documentos. El departamento Legal aceptó incorporar la mayoría de los ajustes.
—Renata pidió que no hubiese una presentación comercial y que tu intervención se limite a revisar algunos puntos del documento.
—Está en su derecho — respondió Sebastián, sosteniendo la mirada mientras asimilaba el peso de la condición sin alterar un solo músculo del rostro.
Él caminó hasta la ventana. Bogotá estaba abajo, gris, ocupada, ajena. Apoyó ambas manos en el alféizar y respiró hondo. Iba a verla.
La puerta se abrió a las diez en punto. Sebastián no se volvió de inmediato. Escuchó primero las voces.
La de Victoria Méndez, clara y profesional. La de Emilio Sandoval, grave, contenida y luego la de ella que le dijo algo a Emilio antes de entrar.
En cuanto se dio la vuelta, la abogada y el hermano desaparecieron para que la presencia de Renata llenara todo el lugar.
Nada lo preparó para volver a verla. Había tenido días para imaginar ese momento, para ordenar la respiración, para repetirse que aquella reunión no era sobre él ni sobre lo que había perdido, ni sobre el amor que todavía le dolía con una humillación propia.
Era una reunión sobre Lumbre. Sobre Cobre.
Sobre condiciones, límites y garantías. Sobre el derecho de Renata a exigir hasta el último centímetro de control que él debió poner en sus manos desde el principio.
Saludó a los demás con parsimonia y cuando la miró a ella, le titubeó la voz, como un jodido adolescente. Carraspeó y los invitó a tomar asiento.
Renata se sentó al otro lado de la mesa.
Había dejado el bolso junto a la silla, la libreta abierta frente a ella y un bolígrafo entre los dedos.
No miraba hacia él más de lo necesario. Cuando lo hacía, su expresión era impecable.
Cortés. Profesional, con una disciplina que él conocía demasiado bien porque la había visto sostener cocinas enteras con esa misma calma.
Llevaba el cabello recogido en un moño severo y una chaqueta color café oscuro encima de una blusa de seda marfil, que la hacía parecer inaccesible, pero Sebastián recordaba lo que había debajo y ese era el castigo.
Recordaba la nuca expuesta cuando ella se inclinaba sobre algo, ese tramo de piel que siempre parecía pedirle la boca, aunque estuvieran rodeados de gente.
Recordaba el gesto casi imperceptible con que se mordía el labio inferior antes de corregir una salsa, y cómo ese mismo gesto, en la penumbra de su apartamento, había dejado de ser concentración para volverse invitación.
Recordaba la forma en que se quitaba los zapatos al llegar a casa, el suspiro que soltaba cuando por fin dejaba caer la tensión del día, la manera en que su cuerpo parecía cambiar de idioma lejos de Lumbre: menos batalla, más mujer; menos defensa, más calor.
Recordaba sus manos enterradas en su cabello, la presión de sus dedos en la nuca cuando lo atraía hacia ella sin pedir permiso, el modo en que su respiración se quebraba contra su boca justo antes de rendirse a un beso.
Recordaba el olor a café, guayaba y piel caliente en aquella cocina que durante unas horas había parecido un lugar fuera del mundo.
El mármol frío bajo los muslos de Renata.
Su espalda arqueándose contra sus manos.
La falda recogida con torpeza, la blusa abierta a medias, el sonido ronco de su nombre escapando de los labios de ella como si todavía creyera que podía confiar en él. Aquello fue lo que más lo castigó.
Recordar la intimidad como una casa a la que ya no tenía derecho a volver.
Recordar que había conocido el peso exacto de su cuerpo contra el suyo, el sabor de su risa en una calle de Chapinero.
Recordar que Renata Sandoval no había sido una conquista, había sido la primera mujer que lo hizo querer quedarse y él había convertido ese deseo en otra cosa que dolía mirar de frente.
Sebastián obligó a su cuerpo a moverse. Rodeó la mesa solo lo necesario para ocupar su lugar, a una distancia que no invadiera el espacio de Renata. Vio a Emilio sentarse junto a ella.
La reunión comenzó. Victoria habló primero, marcando el tono con precisión tranquila. Todo lo discutido quedaría sujeto a revisión posterior. Nada tendría carácter vinculante. Sebastián se obligó a no tomar el control ni anticipar las respuestas.
—En el punto cuatro —dijo Victoria— necesitamos reforzar que cualquier modificación al concepto gastronómico requiere aprobación expresa y escrita de la señora Sandoval.
Sebastián obligó su atención a volver al documento.
—De acuerdo.
Camila giró la cabeza hacia él. Había esperado tal vez una precisión, una contrapropuesta, una defensa del margen operativo del Grupo. Sebastián no le dio nada de eso.
—Podemos incorporarlo como condición no negociable —añadió.
Renata levantó la vista. Fue un segundo en el que sus ojos se encontraron con los de él antes de volver a la hoja.
Ese gesto bastó para dejarlo sin aire. Antes, esa mirada habría estado llena de desafío, de ese fuego suyo que lo hacía querer besarla en mitad de una discusión solo para descubrir si era capaz de hacerla callar a ella primero.
Ahora había distancia y una frialdad improvisada para sobrevivir a la incomodidad de la reunión.
Una muralla levantada con todo lo que él había roto.
Sebastián bajó la mirada al documento.
No tenía derecho a extrañarla, a que le doliera verla hermosa, firme, lúcida, rodeada de los suyos, defendiendo su restaurante con la misma inteligencia que a él lo había enamorado antes de que tuviera el valor de nombrarlo.
Esa era otra verdad que lo golpeaba con claridad brutal.
Se había enamorado de Renata Sandoval.
De su terquedad, de su forma de mirar el mundo como si nada mereciera respeto hasta demostrarlo, de su lealtad feroz y su cansancio escondido detrás de una eficiencia casi cruel, de la manera en que defendía a Lumbre como si cada mesa, cada plato y cada vieja cicatriz de la madera fueran una extensión de su cuerpo.
Se había enamorado por primera vez en su vida y había hecho con ese amor lo peor que podía hacer un hombre como él.
Intentar administrarlo, prepararle un escenario seguro antes de entregarle la verdad y en el proceso le había quitado lo único que Renata jamás perdonaría que le quitaran: la elección.
—También queremos revisar el apartado de Cobre —intervino Emilio—. Debe quedar jurídicamente separado de Lumbre. Si Renata decide que Cobre no avanza, el Grupo no puede desarrollar un concepto parecido.
—Eso limita futuras líneas del proyecto —observó Camila.
—Ese es el punto —cortó Renata, con voz calmada y firme—. Cobre no es un anexo bonito para vestir una terraza. Si se incluye, es bajo mis términos. Si no, no existe.
Sebastián sintió un dolor sordo en el pecho, mezcla de orgullo y destrucción. Ella era incapaz de aceptar migajas, y él, intentando proteger el amor a su manera, le había quitado lo único que Renata jamás perdonaría: la elección.
—Tiene razón —dijo Sebastián, sosteniendo su mirada el tiempo suficiente para que entendiera que no iba a usar aquella frase para acercarse.—. Cobre debe quedar protegido. Si la señorita Sandoval decide no desarrollarlo, el Grupo no podrá utilizar sus elementos conceptuales.
La llamó señorita Sandoval porque era lo correcto y, aun así, la formalidad le supo a vidrio molido.
Renata.
Quiso decir su nombre como lo había dicho tantas veces en su cocina, en su cama, en medio de una risa, contra su piel. Quiso volver a aquella intimidad absurda donde una palabra podía ser una caricia, una disculpa, una provocación o una forma de volver a casa, pero ese lugar ya no existía.
Él mismo le había prendido fuego.
La reunión avanzó entre proveedores y garantías.
Sebastián aceptó cada límite razonable sin pelear por orgullo, usando la sesión para hacer lo único que aún podía por ella: devolverle el poder en lugar de quitárselo.
Camila, eficiente como siempre, registraba cada cambio sin perder detalle, aunque de vez en cuando lo miraba como si aún intentara acostumbrarse a esa nueva versión de él: una que no peleaba por ganar cada punto.
—Entonces queda pendiente una versión corregida —dijo Victoria, cerrando su libreta—. Con las modificaciones discutidas hoy.
Camila asintió.
—La enviaremos en un plazo de cuarenta y ocho horas.
Al terminar, Renata recogió sus papeles, lo miró con distancia y dijo:
—Gracias por aceptar los ajustes y siento mucho la muerte de Andrés.
—Gracias —respondió él sorprendido sin añadir nada más.
Ella salió de la sala con los suyos. Sebastián permaneció de pie junto a la mesa, mirando la silla vacía.
—Lo hiciste bien —comentó Camila en silencio.
—No era una presentación —concluyó él—. Era una oportunidad de no quitarle nada más.
**
En el ascensor, Emilio rompió el hielo.
—Eso fue raro. Civilizado e incómodo.
—Desde el punto de vista de la negociación, fue fácil —apuntó Victoria.
—Desde el emocional, una patada en las costillas —remató Renata.
Había esperado arrogancia, algún tipo de control. Un intento de demostrar que la propuesta era generosa y que ella debía sentirse agradecida.
No encontró nada de eso. Encontró a un hombre pálido, más delgado, con el duelo escrito bajo los ojos que él trataba de mantener bajo raya y que le resultó infinitamente más difícil de enfrentar que cualquier discurso.
Sebastián no la había presionado. Había aceptado y llamado necesarios a sus límites.
Eso le hacía difícil mantener vivo su resentimiento porque la afectaba de manera en que ella no quería ser tocada.
Al salir a la calle, Renata miró a su hermano.
—Me enteré de lo de su hermano esta mañana.
Le pasó el teléfono a Emilio, quien leyó la breve nota de prensa sobre el fallecimiento de Andrés Luna. Emilio soltó un insulto bajo.
—No cambia nada —dijo Renata, más para sí misma—. No cambia lo que hizo.
—No —asintió Emilio—. Pero es una mierda Ren, el hombre acaba de enterrar a su hermano y no presentó batalla. Te dio lo que quisiste.
Todos sabían que ese gesto no disminuía la traición, pero humanizaba al culpable y Renata hubiera preferido que esa rabia siguiera siendo simple y fácil de sostener.
—Sentir compasión por él no te obliga a perdonarlo —dijo Emilio, intentando aligerar el tono.
—Vamos a Lumbre —cortó ella—. Tengo servicio.
Subió al auto y, mientras avanzaban hacia Chapinero, apoyó la frente contra el vidrio frío.
Le dolía aceptar que, incluso después de la mentira, Sebastián seguía siendo un hombre capaz de sufrir, y ella una mujer capaz de sentirlo.
Ahí, en la penumbra del vehículo, la rabia ya no le alcanzó para cubrir el vacío.
Se odió por la fragilidad de sus propias defensas, por descubrir que el amor que le tenía no era un sentimiento que pudiera demoler con orgullo o clausulas legales.
Seguía ahí, intacto y rebelde bajo el resentimiento, doliéndole en el pecho con la misma intensidad con la que él la había amado en privado.
Amar a un hombre que te ha traicionado era una humillación silenciosa, pero admitir que lo amaba todavía más al verlo derrotado por el dolor, dispuesto a entregarlo todo con tal de no quitarle nada más, la dejaba completamente expuesta ante sí misma.
Miró la ciudad pasar, sabiendo que Lumbre la esperaba con los hornos encendidos y lo único que todavía sabía manejar sin que le temblaran las manos: el trabajo. Por ahora, tendría que bastarle.