CAPÍTULO 42
A la mañana siguiente, Lumbre abrió como si nada hubiese cambiado.
Mateo discutió con un proveedor por una caja de tomates demasiado maduros, Aurora pidió más mantequilla para la mise en place de postres y alguien dejó caer una bandeja en la zona de lavado con un estruendo que hizo que todos levantaran la cabeza al mismo tiempo.
Renata agradeció la actividad que le impedía escuchar lo que había dentro de su cabeza.
Había llegado temprano y leído de nuevo el contenido de la carpeta azul, la carta cerrada de Sebastián seguía escondida entre los separadores, en el mismo lugar donde la había metido el día anterior para no verla.
La propuesta, en cambio, sí porque pertenecía a Lumbre y el restaurante no iba a esperar a que ella terminara de ordenar el desastre que Sebastián Luna había dejado en su vida.
A las nueve, Emilio llegó con Catalina, entró con la expresión de seriedad que a Renata le producía una mezcla incómoda de ternura y ganas de golpearlo con un trapo húmedo.
Catalina caminaba a su lado, rozagante y con la mano apoyada sobre el vientre y la otra sosteniendo una bolsa de pan que había comprado en una panadería cercana, porque aseguró, que el bebé tenía opiniones fuertes sobre los carbohidratos colombianos.
Julián llegó cinco minutos después con la prudencia de quien sabe que ha tensado los hilos y la suerte se le acababa, una sola palabra equivocada podía costarle la nariz.
Con él venía Victoria Méndez, la abogada externa recomendada por Pablo.
Una mujer de unos cuarenta años, cabello corto, gafas de marco oscuro que encerraba una mirada inteligente y sagaz.
Tenía el aspecto de la profesional que no se dejaría intimidad por el apellido Luna.
Se instalaron en el salón privado de Lumbre.
Renata había elegido ese lugar a propósito; la oficina era demasiado pequeña y el salón, en cambio, tenía una mesa amplia de madera, una pared con fotografías antiguas del restaurante y una ventana grande que daba hacia la calle.
Allí habían celebrado cumpleaños familiares, cenas importantes y conversaciones que cambiaron el rumbo de las cosas antes de que alguien pudiera nombrarlas.
Si iban a hablar del futuro de Lumbre, lo harían dentro de Lumbre. Renata dejó la carpeta sobre la mesa y miró a todos antes de sentarse.
—Voy a decir algo antes de empezar.
Emilio se acomodó en la silla. Renata respiró hondo y continuó:
—Esta reunión no es sobre Sebastián Luna. Tampoco sobre si una parte de esta propuesta demuestra buenas intenciones. Si alguien usa la palabra "intención", lo saco del salón.
Julián levantó las manos en son de paz.
—Ni siquiera está en mi vocabulario.
—Mejor.
Victoria Méndez tomó el bolígrafo y destapó su libreta.
—Hoy hablaremos del documento.
Renata agradeció la intervención con una mirada corta.
—Exacto. El documento. Lumbre. Cobre. Riesgos. Condiciones. Nada más.
Emilio la observó unos segundos, midiendo su templanza.
—Si en algún momento necesitas parar, paramos.
Victoria abrió la carpeta azul e, instantes después, levantó la vista.
—Voy a explicarlo sin adornos —dijo—. Como está escrito ahora, Renata, no estás vendiendo Lumbre.
Renata contuvo el aire. Emilio también.
—¿Qué estamos haciendo, entonces? —preguntó ella.
—Están entrando en una asociación. El Grupo Luna aporta la estructura, la inversión y el espacio dentro del complejo. Tú conservas la marca, la cocina, las decisiones operativas y la identidad absoluta del restaurante.
—¿Pueden cambiar el nombre?
—No.
—¿Pueden modificar el concepto?
—No sin tu firma.
—¿Pueden imponer un menú?
—No.
—¿Proveedores?
—Tampoco. Hay una lista de proveedores estratégicos recomendados, pero la aprobación final queda contigo o con la persona que tú designes.
Julián se inclinó hacia adelante, interesado.
—¿Y el equipo?
Victoria pasó una página, buscando el anexo técnico.
—El equipo clave de cocina queda protegido. No pueden reemplazar personal operativo esencial sin una causa justificada y sin la aprobación de Renata durante el periodo inicial de transición.
—¿Periodo inicial? —preguntó Emilio.
—Tres años. Yo pediría ampliarlo a cinco.
Renata anotó aquello en su libreta, arrastrando el lápiz con fuerza.
—¿Pueden usar la imagen de Lumbre para vender el proyecto, aunque yo me retire? —preguntó.
Victoria repasó las líneas subrayadas.
—Como está escrito, no podrían usar tu marca ni tu historia si decides salir. Pero esta parte necesita blindarse mejor. Aquí hay una frase ambigua que dice “material previamente aprobado”. Yo pediría que todo uso futuro requiera una autorización nueva, caso por caso.
—Anótalo —ordenó Emilio.
La tensión en la mesa se aflojó apenas, lo suficiente para que Renata pudiera tomar un sorbo de café. No estaba bien, pero estaba funcionando. Y en los últimos días había aprendido a no despreciar cualquier cosa que funcionara.
Victoria siguió revisando el borrador. Habló de salidas, garantías, participación, protección de marca y posibles vacíos legales. Lo hizo sin tecnicismos innecesarios, traduciendo cada párrafo corporativo a un idioma que todos en la mesa pudieran entender.
—En palabras simples —concluyó la abogada—, el documento está diseñado para que tú no pierdas el control de Lumbre.
Eso no significa que debas firmarlo tal como está; hay que reforzar cláusulas, pedir garantías más claras y corregir ambigüedades, pero no es una propuesta hecha para quitarte el restaurante.
El silencio que siguió fue de pura incomodidad.
Renata miró la mesa, las hojas y los párrafos resaltados.
Odiaba esa conclusión. La odiaba con una parte mezquina de sí misma que habría preferido encontrar una trampa burda, la prueba definitiva de que Sebastián no había hecho más que mentir desde el principio hasta el final.
Pero no. El muy maldito había construido algo que realmente protegía a Lumbre, y aunque eso no lo absolvía, solo hacía que todo resultara más difícil de odiar con ganas.
—¿Y Cobre? —preguntó Catalina.
Renata cerró los ojos un segundo. Victoria pasó al siguiente anexo.
—Cobre está planteado como una marca independiente. El espacio estaría dentro del proyecto, pero la propiedad conceptual queda en manos de Renata. Carta, estética, proveedores, equipo y dirección creativa serían decisión suya.
—¿Pueden sacarlo del proyecto después? —preguntó Julián.
—No sin activar compensaciones y condiciones de salida muy costosas. Aun así, esta parte también la reforzaría. Si Cobre va a nacer ahí, debe nacer con una protección impecable. Que no sea un regalo bonito con una cuerda escondida.
Renata abrió los ojos de golpe.
—Exactamente.
Emilio la miró.
—¿Qué?
—Eso es lo que se siente —dijo ella, con la voz más baja—. Como un regalo bonito con una cuerda escondida.
Catalina apoyó una mano sobre la mesa, buscando sus ojos.
—Entonces le quitamos la cuerda.
Renata la miró, escéptica.
—¿Así de fácil?
—No, pero estoy segura de que será más fácil que dejar de querer tu proyecto solo porque alguien te lo puso en una caja que no puedes soportar mirar.
Renata apartó la vista hacia la ventana. Catalina tenía razón; no podía castigar a Lumbre solo porque Sebastián le había dado una salida.
Afuera, una mujer pasaba caminando con un perro pequeño. Dos hombres descargaban cajas en la acera del frente. El barrio seguía allí. El mundo por el que llevaba meses peleando seguía vivo y no tenía la culpa de que Sebastián hubiera convertido su corazón en un campo minado.
—No voy a firmar nada todavía —sentenció Renata.
Victoria asintió, conforme.
—Quiero que quede por escrito que esta reunión no nos compromete a nada —aseveró Emilio.
—Y quiero una reunión preliminar con el Grupo Luna —añadió Renata—. Solo para la revisión de las condiciones.
Emilio anotó en su tableta.
—¿Con Sebastián?
Renata sintió que el nombre le atravesaba el pecho, pero no permitió que se le notara en la cara.
—Con quien el Grupo designe.
Julián la miró y ella le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Si por la condición de los inversionistas él tiene que estar, estará. No voy a pedir que lo saquen como si me diera miedo verlo.
Catalina la observó en silencio mientras Renata continuaba:
—Eso sí, estará como representante del proyecto. Nada más. Si intenta convertir esa reunión en otra cosa, me levanto y me voy.
—Lo pondré en el correo de respuesta —dijo Emilio.
Renata negó con la cabeza de inmediato.
—No. Eso no se pone en un correo.
—Renata...
—El correo será estrictamente profesional. Lo otro lo sabrá él cuando me tenga al frente.
Nadie discutió. Victoria cerró la carpeta con un golpe suave.
—Entonces la conclusión es esta: no aceptas la propuesta, pero tampoco la rechazas. Pides ajustes, revisión y una reunión preliminar.
Renata asintió. Tomó su portátil y redactó el correo con frases limpias, formales, casi frías. Lo envió a Camila, con copia a Emilio y a Victoria Méndez. No puso a Sebastián en la casilla de destinatarios. No escribió su nombre. No le concedió ese pequeño lugar en su pantalla.
Cuando presionó enviar, la invadió una tremenda responsabilidad. Se percató de que esa sensación, aunque pesada, era mucho mejor que la rabia. La rabia la había mantenido de pie, sí, pero la responsabilidad le devolvía el mando de su vida.
Se levantó de la mesa, alisándose el delantal.
—Tengo servicio en una hora.
Emilio la miró como si quisiera decir algo más, pero al ver la fijeza de su expresión, decidió callar. Catalina se puso de pie despacio.
—Yo puedo ayudarte en la estación de postres.
Renata la miró y, por primera vez en días, asintió con una pizca de paz.