Donde arde la traición CAPITULO 41
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CAPITULO 41

Habían pasado tres días desde el fin de semana en Sisga y seis desde lo ocurrido en el foro.

Seis días de levantarse antes de que sonara la alarma, de llegar a Lumbre cuando el equipo todavía estaba abriendo cajas y de quedarse hasta que el último cubierto estuviera guardado.

El trabajo era lo único que tenía forma reconocible.

En la cocina las reglas eran claras, los tiempos eran medibles, los errores se corregían y los platos salían bien o no salían.

No había ambigüedad. No había un hombre al otro lado de la encimera que resultara ser otra persona.

Renata trabajaba y no pensaba o a lo mejor intentaba no pensar, que no era lo mismo, pero se le parecía lo suficiente como para funcionar.

Por las noches llegaba al apartamento, se servía agua y se acostaba sin ver nada en el teléfono. Dormía mal, comía lo justo. Julián lo notaba y no decía nada, que era su forma de decir todo.

Tatiana le había escrito tres veces. Ella había respondido con monosílabos.

Pablo le había dejado una bolsa de obleas en la puerta de la oficina en Lumbre sin nota.

Eso lo agradeció más que cualquier palabra.

Le conmovía el cariño de sus amigos y aunque se sentía afortunada al saberse rodeada de afecto, el resentimiento por lo ocurrido había virado a una melancolía que no sabía cómo arrancar del pecho.

Sebastián no había llamado, tampoco esperaba que lo hiciera, pero a una parte de ella le dolía que no intentara arrastrarse a sus pies.

Renata llevaba una copia de la propuesta en el bolso y una tensión fija en la nuca.

El fin de semana con Julián, Tatiana y Pablo la había dejado más cansada de lo que se fue; la habían cuidado demasiado bien, con la honestidad que solo los amigos de años se permiten, pero la propuesta seguía allí, en su bolso y en su vida.

En medio de todo lo que intentaba separar de Sebastián Luna sin conseguirlo.

Estaba triste, vacía de una forma que el trabajo llenaba durante el día y que volvía puntualmente a las once de la noche cuando la cocina se apagaba y el apartamento tenía demasiado silencio.

Fue en ese estado cuando una tarde sonó el teléfono.

—Estamos aterrizando en El Dorado, Ren. Catalina tiene un antojo feroz de ese bizcocho de guayaba tuyo. Dice que, si no aparece uno en los próximos noventa minutos, no responde por ella ni por el bebé.

Renata se quedó quieta en medio de la cocina, con el trapo de sacudir suspendido en el aire.

—¿El bebé?

Un silencio breve y culpable se produjo al otro lado de la línea. Luego, se escuchó la voz de Catalina, amortiguada pero clarísima, regañándolo de fondo: «¡Emilio! Se suponía que era una sorpresa, esas noticias se dicen en persona» .

—Ya, mi amor, perdóname, se me salió —le dijo Emilio a su esposa entre risas.

Volvió a pegar el teléfono al oído, con una voz que era una mezcla inédita de orgullo y pánico—.

Bueno, ya qué. Me adelanté, Ren, pero es que de verdad dice que es un asunto de vida o muerte; tenía que darte un incentivo.

Por lo que más quieras, no le vayas a decir nada a mamá todavía.

Estamos un poco demorados, aún estamos en el avión, nos vemos en un rato.

Renata cerró los ojos. Sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un calorcito limpio que no recordaba haber sentido en los últimos cinco días. Una sonrisa real le ganó la cara.

—Voy a casa de mamá —respondió ella, tragándose el nudo de la garganta—. Yo llevo el bizcocho.

—Te queremos, enana. Nos vemos allá.

Colgó. El bullicio habitual de la cocina de Lumbre —el tintineo de los cubiertos, el calor de los fogones— pareció regresar a su alrededor, desvaneciendo la niebla de los últimos cinco días. No era felicidad absoluta, pero sí la primera tregua que el mundo le concedía en una semana.

Fue a buscar a Aurora, que estaba revisando las comandas.

—Aurora, necesito que me desocupes el horno del fondo ya mismo. Voy a hornear algo personal.

**

Llegó a la casa de los Sandoval, ubicada en el norte de la ciudad con el bizcocho todavía tibio envuelto en papel de cocina y el olor a guayaba impregnado en la chaqueta. Gloria abrió la puerta tan pronto ella tocó el timbre, con el delantal puesto y una expresión que cambió en cuanto la vio.

No dijo nada durante dos segundos, pero tiempo después sin poderse aguantar le dijo:

—Has perdido peso.

—Mamá.

—Tienes la mirada apagada. —Gloria la recorrió de arriba abajo sin moverse del umbral—. No te he visto en días y llegas así.

—Llegué con el bizcocho para Catalina.

—El bizcocho no me explica esa cara.

Renata le tendió el paquete.

—¿Puedo entrar o seguimos el interrogatorio en la puerta?

Gloria tomó el bizcocho y se hizo a un lado sin dejar de mirarla.

La casa olía a café y a la vela de vainilla de todas las tardes. Por la ventana observó el jardín del patio que lucía impecable. El radio de la cocina sonaba bajo con la emisora de siempre.

Su madre le brindó un café y Renata se sentó en la silla que daba al mesón de la cocina donde Gloria arreglaba unas mazorcas para echarle al ajiaco que ya hervía en el fogón de la estufa. Charlaron de trivialidades y del restaurante hasta que escucharon el timbre de la puerta diez minutos después.

Renata los escuchó antes de verlos, la voz de su hermano en la entrada saludando a Gloria, la risa de Catalina llenando el espacio antes de que ella misma entrara, la alegría genuina de Gloria ante la noticia del embarazo.

Luego Emilio apareció en el umbral de la sala, alto y oscuro y los ojos grises que siempre le habían parecido a Renata demasiado serios para la cara que los cargaba.

La miró un segundo. Cruzó la sala y la abrazó sin decir nada.

Renata cerró los ojos. Emilio olía igual que siempre, a jabón neutro y a algo que era simplemente él, y ese olor le apretó algo en el pecho que llevaba días sin encontrar dónde ponerse.

Catalina apareció detrás de Emilio con una sonrisa cálida y evaluadora, trigueña y de cabello largo oscuro, con ese brillo particular que Renata ahora entendía y que todavía no tenía nombre oficial en esa sala. Estaba más redonda de lo que recordaba.

—Renata. —La abrazó con calidez genuina—. El bizcocho llegó antes que nosotros. Eso dice mucho de tus prioridades y me parece perfecto.

—Catalina, estás...

—Enorme —dijo ella, con naturalidad—. Lo sé, el medico me dice que si no lo hubiera comprobado con el ultrasonido parecería que tuviera una barriga de gemelos.

Cinco meses y tengo un antojo de bizcocho de guayaba que lleva más de tres semanas sin resolverse porque en Nueva York el dulce de guayaba no sabe igual, por más de que he emulado tu receta una docena de veces.

Emilio abrazó a su esposa por detrás mientras la miraba con una expresión de los hombres que han ganado algo que no sabían que necesitaban y todavía no terminan de procesar la magnitud del premio.

—Felicidades —dijo Renata, y la palabra le salió más rota de lo que quería.

Catalina la miró con un gesto de quien lee las situaciones antes de entrar en ellas y no dijo nada más. Solo le apretó el brazo antes de ir a la cocina donde Gloria ya había puesto el bizcocho sobre la tabla.

Emilio se quedó de pie frente a Renata con las manos en los bolsillos.

La miró de la misma forma en que la había mirado siempre cuando sabía que algo pasaba y estaba esperando que ella decidiera cuándo decirlo.

—Luego —dijo ella en voz baja.

Él asintió una vez y fue a ayudar a su madre.

**

Almorzaron alrededor de la mesa de la cocina con el ajiaco de Gloria que a la pareja le supo a dicha suprema, y el bizcocho de guayaba partido en el centro de la mesa.

La conversación fue de Nueva York, a la casa en Brooklyn, cerca al restaurante, que Emilio y Catalina habían dejado en manos de una amiga chef de Catalina, hablaron de los nuevos restaurantes que habían visitado en el último mes, de una tormenta de nieve en febrero que Catalina describió todavía sin terminar de acostumbrarse al frío del norte.

Gloria preguntaba y escuchaba. Renata comía despacio y respondía cuando le preguntaban, miraba a su hermano y a Catalina con algo que era alegría genuina mezclada con una tristeza que no tenía nombre todavía.

Fue Gloria quien lo dijo primero. Solo una observación pequeña, dicha mientras recogía los platos, lo que puso a Emilio en guardia.

—Renata llegó con cara de tragedia —dijo, sin mirar a nadie en particular—. Presiento que no es cansancio del trabajo.

El silencio que siguió fue breve pero suficiente. Catalina miró a Emilio. Emilio miró a Renata. Renata dejó la servilleta sobre la mesa.

—Hay algo que debo contarles —dijo.

Gloria sirvió café para todos, un té para Catalina y Renata lo contó todo, cómo se cuentan las cosas cuando se llevan días guardadas, con saltos y pausas y momentos donde la voz se adelgazaba sin que ella pudiera evitarlo.

Lo de Torres. Lo de Guatapé. Lo de la libreta de Cobre.

Lo del artículo de Raíz Clara y la visita de Alejandro al restaurante.

Habló de la invitación al foro y cómo Julián y Emilio y Tatiana la convencieron de ir.

Lo que ocurrió en el salón y luego en el pasillo del edificio de la Séptima con la carpeta del Grupo Luna y el nombre que ella no esperaba escuchar y luego habló de la propuesta.

Gloria escuchó sin interrumpir con las manos sobre la mesa y la expresión de quien procesa el desengaño de su hija sintiéndolo propio.

Catalina escuchó inclinada hacia adelante, los ojos muy abiertos y la mano de Emilio sobre la suya.

Emilio lo hizo mirando a su hermana. Una furia fue creciendo despacio en su pecho y que se notó en el brillo de sus ojos grises y en la expresión crispada. No dijo nada durante todo el relato. Solo escuchó, pero Renata conocía esa mandíbula apretada y sabía lo que significaba.

Cuando ella terminó, el silencio duró lo suficiente para que el radio de la cocina llenara el espacio con algo que ninguno de los cuatro escuchó.

Fue Gloria quien habló primero.

—¿Y tú cómo estás?

Renata miró a su madre.

—No lo sé todavía —dijo, con una honestidad que le costó más de lo que esperaba.

Gloria asintió como si esa fuera exactamente la respuesta correcta.

Emilio se puso de pie. Fue a la cocina. Se escuchó el agua del grifo y luego un exabrupto:

—¡Hijo de puta!

Catalina le apretó la mano a Renata sobre la mesa.

Emilio volvió de la cocina y se sentó frente a su hermana. Se inclinó hacia adelante con los codos sobre la mesa, los ojos grises fijos en ella.

—Cuéntame lo de la propuesta —dijo.

—Emilio...

—No te estoy pidiendo que decidas nada. Te estoy pidiendo que me cuentes a profundidad todo. —Se tomó su tiempo—. Lumbre es de los dos, Ren. Aunque tú lo hayas cargado sola estos últimos años.

Renata lo miró un momento. Luego empezó a contar.

Gloria recogió la cocina en silencio mientras sus hijos hablaban en el comedor. Apagó el radio, guardó las sobras del ajiaco, limpió el mesón.

Antes de salir de la habitación se detuvo en el umbral el tiempo suficiente para ver a sus dos hijos mirarse como cuando eran niños y algo entre ellos necesitaba resolverse sin ella.

Renata tomó el sobre, que aún no había abierto, antes de que alguno pudiera preguntar. Lo dejó boca abajo sobre la esquina de la mesa.

—Eso no se lee —dijo.

—Entonces no se lee —asintió Emilio.

Renata respiró hondo y abrió la carpeta. Durante la siguiente hora, la propuesta de Lumbre y la de Cobre quedó suspendida entre ellos. Emilio leía en silencio, tachando con un bolígrafo; Catalina tomaba notas en una libreta, atrapando el fondo emocional del lenguaje corporativo.

—Aquí —señaló Emilio—. «El control operativo de cocina y menú queda bajo decisión de Renata Sandoval» .

—Sigue —ordenó ella.

—Está bien armado, Ren. Cada párrafo parece diseñado para responder a una pregunta específica y porque alguien entendió qué partes de Lumbre no podían tocarse.

—Qué frase tan preciosa —ironizó Renata—. ¿La bordamos en la próxima servilleta de la traición?

Emilio dejó el documento sobre la mesa. Catalina los observaba en silencio.

—Ren, mírame. Esto no justifica a Sebastián, ni borra que debió decirte la verdad antes de acercarse a ti. Pero si hablamos de Lumbre, de lo que papá construyó y de lo que tú has sostenido, no puedo fingir que este documento no importa solo porque viene de él.

—Tú me dijiste que fuera al foro —reclamó ella, molesta—. Fui directo a que me partieran la vida en dos. El hombre que metí en mi cocina era el mismo del que llevaba meses protegiéndome. Fui una imbécil.

—No fuiste una imbécil —cortó Emilio con firmeza—. Y no voy a permitir que te quedes con una culpa que no es tuya.

Catalina se inclinó hacia adelante.

—Lo que hizo Sebastián fue una traición, Renata, pero confiar no fue tu error. Puedes odiarlo y leer la propuesta; rechazar esto sin revisarlo no es una victoria. No le entregues a la traición el poder de reescribirlo todo.

Renata miró el sobre blanco.

—Él dice que construyó esto para proteger Lumbre y lo odio más por haberlo entendido. Él me vio, Emilio. Vio lo que me daba miedo querer... y usó esa información para hacer algo que no puedo odiar del todo.

Catalina le tomó la mano. Esta vez Renata no se apartó. Emilio cerró la carpeta con suavidad.

—Entonces hagamos lo que sabemos hacer: trabajar.

Vamos a revisar esto con un abogado externo, cláusula por cláusula.

Si la propuesta es buena, la haremos mejor y si decidimos sentarnos con ellos, no vas a ir sola.

Lumbre también es mío, pero más que eso, eres mi hermana.

Si el Grupo Luna quiere hablar de nuestra historia, tendrá que hacerlo con los dos.

Escuchar ese «con los dos» le aflojó a Renata un peso antiguo.

—No quiero a Sebastián en la primera reunión y no vamos a sentarnos con el Grupo Luna sin que alguien revise esto primero. Ya pedí cita con una abogada amiga de Pablo. Es experta en derecho comercial.

Emilio asintió.

—Quiero saber exactamente qué estoy leyendo antes de pedirle una sola reunión a nadie.

Se levantó de la silla y miró a su hermano.

—Ahora, vamos a Lumbre. Hay un servicio que atender.

Emilio sonrió y buscó su chaqueta.

—Ni se te ocurra tocar mi estación —advirtió ella cruzando la puerta.

—No soñaría con semejante suicidio.