CAPÍTULO 43
Sebastián estaba en la sala de espera de la clínica cuando recibió el mensaje de Camila.
Renata Sandoval solicitaba una reunión preliminar para la revisión de las condiciones de la propuesta sin compromiso de ninguna clase, con una copia a Emilio Sandoval y Victoria Méndez, abogada externa. No para él.
Leyó el mensaje dos veces y después una tercera.
Negándose a sentir esperanza que era una palabra demasiado luminosa para aquel pasillo y aquellas circunstancias.
Escuchó el sonido de los monitores detrás de la puerta, y por primera vez en días sintió que una de las puertas no se cerraba.
Guardó el teléfono sin responder de inmediato.
Al otro lado del vidrio, Andrés seguía conectado al respirador.
La crisis de esa madrugada no había cedido como las anteriores.
El médico había hablado con ellos hacía una hora, con voz cuidadosa y ojos cansados.
Había explicado que la infección avanzaba, que el cuerpo de Andrés estaba agotado, que el soporte mantenía funciones que ya no respondían por sí solas.
Augusto no había dicho una palabra desde entonces. Paula estaba sentada en una esquina, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la puerta de la habitación. Elena desgranaba las cuentas de un Rosario en murmullos ininteligibles.
Sebastián se había quedado de pie durante tanto tiempo que sentía las piernas rígidas, pero no podía sentarse. Sentarse implicaba aceptar que esperaban algo y lo que esperaban no tenía la forma de una recuperación.
El médico regresó poco después del mediodía. Era un hombre de cincuenta años, con cabello canoso y una expresión serena que en ese momento no intentaba fingir buenas noticias.
—Señor Luna —dijo, mirando primero a Augusto y luego a Sebastián—. Necesitamos hablar.
Augusto se puso de pie. Paula y Elena también.
Entraron a una sala pequeña, con una mesa redonda, cuatro sillas y una caja de pañuelos en el centro que a Sebastián le pareció brutal por su simple existencia. Las malas noticias, pensó, siempre venían con algún tipo de logística.
El médico no se sentó hasta que todos lo hicieron.
—La situación de Andrés ha empeorado —dijo—. La infección no está respondiendo como esperábamos y su cuerpo muestra signos claros de agotamiento. En este momento, el respirador está haciendo por él lo que su cuerpo ya no puede hacer solo.
Augusto apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Qué opciones tenemos?
El médico sostuvo su mirada con respeto.
—Podemos continuar con soporte, pero debo ser honesto. No estamos hablando de una intervención que lo lleve a una recuperación que lleve a su anterior estado. Estamos prolongando un proceso que, médicamente, ya no parece reversible.
Paula cerró los ojos. Sebastián sintió que el aire se comprimía en la sala. Elena tomó uno de los kleenex y se sonó la nariz.
Augusto no se movió.
—Mientras respire, hay posibilidad.
El médico guardó silencio un segundo.
—Entiendo que necesite aferrarse a eso.
—No me diga lo que necesito. —La voz de Augusto no subió, pero se endureció de inmediato—. Dígame qué pueden hacer.
El profesional lo miró con algo parecido a la compasión, a lo mejor estaba acostumbrado a tratar con familiares como Augusto, que así pudieran mantener vivos a sus seres queridos partidos en pedazos era preferible a no tenerlos más en este plano.
—Podemos mantener el soporte —respondió el médico—. O podemos iniciar un proceso de retiro progresivo, con sedación y cuidados para hacerlo lo más favorecedor para él. Sería una muerte acompañada, no una agonía prolongada.
La palabra muerte quedó en medio de la mesa.
Nadie la tocó. Elena se llevó una mano a la boca. Augusto se levantó de golpe.
—No.
—Papá —dijo Sebastián.
—No.
Augusto miró al médico como si pudiera convertirlo en subordinado por pura fuerza de costumbre.
—No voy a autorizar que apaguen una máquina mientras mi hijo sigue aquí.
Sebastián cerró los ojos. Mi hijo. Como si Andrés siguiera siendo una posesión y el amor en esa familia, siempre tuviera que venir con alguna forma de dominio.
—No se trata de lo que tú autorices —dijo Sebastián.
Augusto giró hacia él con una lentitud peligrosa.
—¿Y ahora también vas a decidir por tu hermano?
La pregunta que fue dicha para herir. Funcionó, pero Sebastián, esta vez, no bajó la mirada.
—No —dijo—. Por una vez voy a respetar lo que mi hermano decidió.
Voy a hacer honor a su deseo, te he llevado la idea estos años, esperando a que lo aceptaras, no más.
Andrés no merece esto. —la última frase subió el tono de voz.
Sebastián enfrentó a su padre con las manos encima de la mesa como si estuvieran en una jodida junta.
El silencio se tornó tenso. Paula los observó a los dos. Augusto se quedó inmóvil y Elena aferró a Sebastián por el brazo, como si con ese gesto pudiera calmarlo.
—¿De qué estás hablando?
Sebastián apoyó las manos sobre la mesa, no para imponerse, sino para sostenerse.
—Andrés me lo dijo. Él no quería esto.
Augusto soltó una risa breve e incrédula.
—No uses a tu hermano para justificar una cobardía.
Sebastián ya no se permitió retroceder ante esa clase de frases. No con Andrés detrás de una pared, convertido otra vez en territorio de disputa.
—Tenía veintidós años —dijo—. Habíamos ido a visitar a un amigo suyo después de un accidente.
Estaba en una unidad de cuidados intensivos.
No podía moverse, no respondía, la familia estaba afuera hablando de milagros porque era lo único que podían soportar decir.
Andrés no dijo nada durante toda la visita.
Paula bajó la mirada. Augusto seguía de pie, rígido. Sebastián continuó:
—Cuando llegamos a casa, se quedó sentado conmigo en el garaje.
Me dijo que, si alguna vez le pasaba algo así, si alguna vez su cuerpo seguía aquí, pero él ya no podía volver, no permitiera que lo convirtieran en una espera interminable.
Me pidió que no lo dejara reducido a una habitación, a máquinas y a gente hablando alrededor de él como si él ya no tuviera voz.
La respiración de Augusto cambió.
—Eso nunca me lo dijiste. —La frase salió baja. Casi ofendida—. Andrés nunca me lo dijo.
—Porque contigo nadie hablaba de miedo, papá.
Sebastián tragó saliva antes de seguir.
—Contigo todos teníamos que ser fuertes.
Andrés también. Sobre todo, Andrés. Yo lo intenté recién cayó en ese estado, no me escuchaste, a lo mejor lo olvidaste.
Entiendo que estabas bajo mucho estrés, te lo dije y no me escuchaste.
Después te aferraste a él de esa manera tiránica que no permitía nada más, solo que él respirara y se hiciera el milagro, y yo también decidí en contra de los deseos de mi hermano, decidí aferrarme a la esperanza de que saldría de este estado vegetativo, pero no ocurrió y ya a estas alturas no es amor, padre, es crueldad.
Augusto se quedó en silencio. El médico, prudente, no intervino.
—No sé qué habría querido sobre la empresa —continuó Sebastián—. No sé si habría aprobado lo que hice con Lumbre. No sé si habría entendido a Renata. No sé qué habría elegido en muchas cosas, aunque tú lleves años hablando como si pudieras responder por él. Pero esto sí lo sé. Esto me lo dijo él.
Augusto miró hacia la puerta, como si pudiera ver a Andrés al otro lado.
—Era joven.
—Sí.
—La gente joven dice cosas sin entenderlas.
—La gente joven también dice verdades que los adultos no quieren escuchar.
La mandíbula de Augusto tembló apenas. Sebastián no recordaba haber visto algo así en su padre. Nunca.
—No puedo hacerlo —dijo Augusto.
Por primera vez no sonó como una orden. Sonó como una confesión. Sebastián sintió que algo dentro de él cedía, no hacia el perdón, sino hacia una comprensión dolorosa.
Augusto no era solo el hombre que había convertido a Andrés en arma.
También era el padre que llevaba años negándose a aceptar que su hijo no iba a volver.
—No tienes que hacerlo solo —dijo Elena, con la voz rota.
—No estás solo papá.
Augusto la miró como si acabara de recordar que ella estaba allí.
Luego miró a Sebastián.
—¿Tú puedes?
La pregunta lo atravesó, porque la respuesta era no. Nadie podía, pero una cosa era no poder soportarlo y otra muy distinta era seguir obligando a Andrés a sostenerlos a todos desde una cama.
Sebastián respiró hondo.
—Puedo quedarme.
Augusto cerró los ojos.
El médico explicó el procedimiento con sobriedad que Sebastián agradeció. Habló de sedación, de ausencia de dolor, de acompañamiento. Dijo que tendrían tiempo para estar con él. Dijo que no habría prisa. Dijo muchas cosas necesarias que nadie en esa sala iba a recordar con exactitud después
Cuando salieron, el pasillo parecía más largo y más frío.
Paula fue la primera en entrar a la habitación de Andrés.
Se acercó a la cama y le tomó la mano con delicadeza que quebró algo en Sebastián.
Después entró Augusto. Se quedó junto a la puerta al principio, incapaz de avanzar.
El gran Augusto Luna, el hombre que había mandado sobre empresas, empleados, hijos y enemigos, no sabía cómo cruzar tres metros hasta la cama de su hijo.
Sebastián se acercó a él. No lo tocó. Solo dijo:
—Ven.
Augusto no respondió, pero caminó.
Los tres se quedaron alrededor de Andrés mientras el equipo médico preparaba todo. Ninguno intentó convertir aquel momento en algo más grande que el cuerpo frágil de un hombre al que habían amado mal, demasiado, de formas distintas y casi siempre insuficientes.
Sebastián miró a su hermano.
Recordó al Andrés de veintidós años en un garaje oscuro, con las manos sobre el volante y los ojos demasiado serios para alguien que siempre había parecido invencible. Prométemelo, Sebas, había dicho. No me dejes así.
Durante años había olvidado esa conversación a medias, o había fingido olvidarla porque no había sido necesario recordarla. Ahora volvió completa, con claridad cruel.
—Te lo prometí —susurró con la voz entrecortada.
Todos lo oyeron ninguno dijo nada. Augusto se acercó a su exesposa y le aferró la mano. Elena lloraba sin contención.
El médico preguntó si estaban listos.