CAPÍTULO 39
Renata no quería salir de Bogotá. No quería salir de su apartamento. Tampoco quería quedarse en él. No quería ver a nadie; pero tampoco quería estar sola.
En realidad, no quería tomar ninguna decisión.
Las últimas cuarenta y ocho horas le habían demostrado que decidir era solo caer en trampas elegantemente disfrazadas de opciones.
Cuando Julián la llamó el sábado por la mañana para proponerle un fin de semana en una cabaña en el embalse de Sisga, ella clavó la mirada en la pantalla con el ceño fruncido.
—No necesito una excursión terapéutica —dijo, caminando descalza hacia la cocina. Abrió la nevera y la cerró de golpe sin sacar nada.
—Qué alivio, porque no soy terapeuta y detesto las excursiones. —respondió Julián al otro lado de la línea.
—No estoy de humor para mirar el agua y fingir que el paisaje me cura.
—El paisaje no cura nada, pero al menos no habla. Ven, Renata. Solo el fin de semana. Tatiana y Pablo vienen. No tienes que hablar si no quieres, pero estarás acompañada.
Ella apoyó la mano sobre la encimera. Estaba fría. En esa misma superficie, Sebastián había dejado una taza una mañana cualquiera, sonriendo con el cabello revuelto. Renata apartó la mano como si se hubiera quemado.
—No quiero que me miren como si fuera a romperme en cualquier momento.
—Entonces no te rompas. Paso por ti en una hora y media. Si te doy dos, vas a cambiar de opinión.
Una hora y media después, Renata bajó al auto con una maleta pequeña, y una expresión de pocos amigos cubierta con gafas oscuras. Julián la esperaba apoyado contra el vehículo y cuando le ayudó a acomodar la maleta en el baúl vio que tenía los nudillos inflamados.
—¿Qué te pasó? —preguntó ella, señalándolo con el mentón.
—La vida. —Julián le abrió la puerta trasera sin mirarla a los ojos—. Sube.
Renata no se movió.
—La vida acabó de sufrir un golpe fuerte.
Él soltó el aire por la nariz, cansado, y volvió a esconder la mano.
—Renata.
—¿A quién golpeaste?
Julián sostuvo la puerta abierta.
—Sube al auto.
—Julián.
—Después.
Ella lo miró con una mezcla de sospecha y agotamiento. Habría querido insistir, pero en ese momento no tenía fuerzas para arrancarle una verdad más a nadie.
—Sube, Renata.
Tatiana iba en el asiento del copiloto, envuelta en una bufanda enorme. Pablo asomó la cabeza desde atrás con una bolsa que contenía panes y almojábanas.
—Traje carbohidratos —anunció Pablo, extendiendo la bolsa de papel—. No están de parte de nadie.
—Magnífico —respondió Renata, mientras se ajustaba el cinturón de seguridad—. Siempre quise contar con la lealtad moral de una almojábana.
—Es una almojábana con experiencia —remató él, encendiendo el carro—. Sabe escuchar y no juzga.
Tatiana giró el rostro.
—También traje café.
Renata se ajustó el cinturón.
—¿Bueno o del que hace Julián?
—Bueno —respondió Tatiana—. No estamos tan desesperados.
Julián arrancó sin defenderse y Bogotá empezó a quedarse atrás.
Los edificios dieron paso a las montañas cubiertas de neblina de la sabana.
El paisaje cambiaba con una calma que le resultó casi insoportable y se arrepintió de haber ido.
Renata habría querido que el mundo mostrara alguna señal visible de que algo importante se había roto, pero los árboles seguían donde estaban, las nubes avanzaban sin prisa y los automóviles pasaban en sentido contrario con gente que probablemente discutía por asuntos normales y manejables.
El trayecto transcurrió en un silencio tenso, apenas interrumpido por charlas triviales, hasta que llegaron al embalse del Sisga. El agua era una superficie gris y quieta. La cabaña, de madera oscura y grandes ventanales, se alzaba frente a la laguna.
—Es de mi tío —dijo Julián, abriendo la puerta—. La usa tres veces al año y pasa las otras cuarenta y nueve quejándose de los impuestos.
—Un hombre con prioridades claras —murmuró Pablo, entrando con las bolsas.
Tatiana encendió algunas luces mientras Julián cargaba la leña hacia la chimenea. Renata dejó la maleta en el cuarto que le indicaron y se quedó de pie junto a la ventana. Desde allí el agua parecía una cosa antigua, cerrada sobre sí misma. No pedía explicaciones. No ofrecía consuelo.
Eso también lo agradeció.
Pasaron la tarde en la cocina, Renata ayudó a cortar verduras mientras el olor de la cebolla inundaba el espacio. El cuchillo entraba en la zanahoria con un golpe seco. Las reglas de la cocina aún funcionaban: cortar, saltear, hervir. El fuego no mentía; si quemaba, lo hacía de frente.
Sebastián también había parecido fuego, y resultó ser otra cosa. Apretó el cuchillo con demasiada fuerza.
—Vas a asesinar esa zanahoria —advirtió Pablo desde la mesa.
—Necesito aire —Renata soltó el utensilio, se lavó las manos y salió a la terraza.
El viento helado le golpeó la cara. Se abrazó a sí misma, mirando el embalse bajo la tarde que empezaba a caer. Al poco tiempo, oyó pasos detrás de ella. Tatiana se apoyó en la baranda a su lado, contemplando el embalse oscuro.
—Si vienes a decirme que todo va a estar bien, te empujo al agua.
—No vine a decir mentiras.
Tatiana se apoyó en la baranda a su lado. Durante un rato solo miraron el agua.
—Julián está raro —comentó Renata, sin mirarla.
—Estamos preocupados por ti.
—No me trates como si fuera de cristal. No quiero hablar de él.
—No te pregunté por él.
—Pero está ahí, en todo lo que nadie dice.
Sebastián estaba en el cuidado excesivo de Julián, en las bromas medidas de Pablo, en la forma en que Tatiana no decía su nombre.
Estaba en la maleta que Renata no había querido empacar en su propia habitación porque no soportaba abrir el cajón donde él había dejado una camiseta una noche.
Estaba en la rabia. En el cansancio. En el asco.
En ese hueco insoportable donde antes había una expectativa.
Al caer la noche, la cena terminó con más vino del necesario. Pablo recogió los platos y Tatiana fingió ir por leña, dejando a Renata y a Julián solos frente a la chimenea. El fuego crujió, quebrando el silencio.
—Ya —dijo Renata, cruzándose de brazos—. Dilo.
Julián dejó su copa sobre la mesa y la miró de frente.
—Necesito hablarte de algo antes de que decidas odiarme.
Renata sintió que el cuerpo se le ponía rígido. Dio un paso hacia atrás, comprendiendo enseguida que tema iba a tratar.
—No. Me trajiste hasta aquí para que no pudiera pedir un taxi y largarme en cuanto mencionaras su nombre.
—Te traje porque en Bogotá ibas a hacer exactamente eso.
—¡Es una encerrona! —la voz de Renata se elevó, justo cuando Tatiana y Pablo reingresaban a la sala—. Me trajiste a mitad de la nada para que no pueda escapar sin parecer una histérica. ¡Eres un traidor!
—No fue una encerrona.
—No insultes mi inteligencia.
—Ren...
—No me pidas que me calme. No cuando acabo de descubrir que mi mejor amigo también considera aceptable manipular el escenario para administrarme una verdad.
Julián recibió el golpe sin apartar la mirada.
—Tienes razón.
Renata se quedó callada. No esperaba eso.
—Lo hice mal —continuó él—. Debí decírtelo en Bogotá. Debí darte la opción de colgarme el teléfono, de cerrarme la puerta o de mandarme al infierno en tu propio territorio. No debí traerte aquí con una segunda intención.
—Qué alivio que lo tengas tan claro.
—Pero lo haría otra vez.
La frase encendió algo feroz en sus ojos.
—¿Perdón?
—Lo haría otra vez —repitió Julián, más duro—, porque te conozco. Porque sé lo que haces cuando estás herida. Te vuelves brillante, fría y destructiva. Tomas una decisión impecablemente razonada que en realidad está hecha de rabia y luego pasas años sosteniéndola solo para no admitir que te dolía.
Renata dio un paso hacia él.
—Ten mucho cuidado.
—Lo tengo y aun así voy a decirlo. Si te hablaba de esto en Bogotá, no ibas a escuchar. Ibas a convertir cada palabra en una defensa de Sebastián y te ibas a ir antes de llegar a la única parte que sí importa.
—Nada que venga de él importa.
—Lumbre sí.
—Julián lo hizo muy mal —intervino Tatiana, sentándose en el brazo del sillón para contener el daño—. De una forma arrogante, masculina y muy idiota.
—Sigo aquí —murmuró Julián.
—Lo sé, por eso lo digo alto, pero lo que tiene que decirte no es para justificar a Sebastián. Es sobre una propuesta que afecta a Lumbre.
Renata clavó sus ojos en Julián.
—Habla.
—Fui a buscar a Sebastián ayer, después de averiguar donde vivía —confesó Julián, tocándose los nudillos—. Lo golpeé por eso tengo los nudillos así.
Renata contuvo el aliento, procesando la información. Una parte peligrosa de sí misma quiso preguntar cómo estaba Sebastián, pero la reprimió.
—¿Y después de golpearlo decidiste conversar?
—Hablamos de Lumbre. La propuesta fue aprobada, Renata.
La nueva versión de Aurum. El restaurante no sería absorbido; mantendrías la marca, la cocina y el control operativo.
El Grupo construiría alrededor de lo que ya es, no encima de sus ruinas.
No pueden obligarte a vender. Tendrías autonomía real.
Renata se quedó inmóvil, con la respiración contenida.
—Y Cobre está incluido —añadió Julián en un susurro—. Como espacio independiente. Terraza, marca propia y control total tuyo sobre la carta y el equipo. No sabíamos nada de ese proyecto. —concluyó con sentimiento.
—Cállate —Renata se llevó una mano al pecho, sintiendo que el aire le faltaba. Cobre. Su libreta, sus dibujos, sus sueños dichos a media voz en una cama. Todo convertido en un anexo corporativo, su sueño más personal—. ¿Tienes el documento aquí?
—Sí.
Renata soltó una risa amarga.
—Por supuesto.
—No he leído la propuesta completa.
—Pero la trajiste. a esta cabaña. Después de invitarme con la excusa de descansar.
—Sí.
Renata asintió.
—Eres un imbécil.
—Lo sé.
—No me respondas con tu falsa humildad porque te rompo la nariz.
Pablo levantó una mano con cautela.
—Solo para efectos logísticos, me opongo a más violencia en interiores. La cabaña es prestada y no sé cuánto cubre el seguro.
Tatiana le dio una mirada asesina.
—No es el momento.
—Lo sé —murmuró él—. Por eso estoy hablando bajito.
—La propuesta está en la maleta. No espero que la leas esta noche ni que me perdones la jugada.
Renata respiró hondo, tragándose las lágrimas y la furia que le quemaba la garganta.
—Si mañana leo una sola línea que huela a manipulación, voy a quemar esa propuesta en la chimenea y me devuelves a Bogotá en el acto. Voy a dormir. No me hablen hasta mañana.
Caminó hacia el pasillo. Antes de entrar a su habitación, se detuvo y miró a Julián por encima del hombro.
—Si volviste a hablar con él después de traerme aquí, te lanzo al embalse.
—No he vuelto a hablar con él —aseguró Julián.
—Pero le partió el labio —acotó Pablo, incapaz de quedarse callado.
Renata cerró la puerta de su cuarto sin golpearla.
En la penumbra de la habitación, se recostó de lado con la ropa puesta, escuchando el viento mover los árboles afuera.
No quería pensar en Sebastián, pero las palabras socia, control y autonomía daban vueltas en su cabeza.
Eran todo lo que siempre había querido, pero venían manchadas por el mismo hombre.
Cerró los ojos con fuerza, sabiendo que, al amanecer, no tendría más remedio que abrir esa puerta.