Donde arde la traición CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Un día después de la junta, Sebastián lo vio cuando ya era tarde para evitarlo.

Salía del edificio de apartamentos cuando Julián se separó de la pared de enfrente y cruzó la calle con pasos rápidos. Tenía la expresión de quien lleva tiempo esperando y ya ha terminado de decidir lo que va a hacer.

Sebastián se detuvo en la acera.

No había forma de esquivarlo y tampoco era el momento de intentarlo.

Julián llegó hasta él y sin preámbulo y sin una sola palabra, le dio dos puñetazos limpios en la mandíbula que lo hicieron retroceder tres pasos y golpear la espalda contra la pared del edificio.

Se quedó quieto. No levantó las manos ni se defendió. Julián respiraba con dificultad, los puños todavía cerrados y los ojos encendidos por una rabia que le subía desde el pecho, recortado contra la luz ámbar de los postes de la calle.

—Eso era mío —dijo Julián, con la voz rota—. De parte de ella y mío.

Sebastián se incorporó despacio. Se pasó el dorso de la mano por la comisura del labio, limpiando el hilo de sangre, y miró la mancha oscura en su piel.

—Lo sé.

—No. No tienes ni idea —Julián soltó una risa seca, mirando hacia los lados de la calle desierta.

—¿Cómo me encontraste? —preguntó Sebastián, sosteniéndole la mirada.

—El mundo es más pequeño de lo que crees, cabrón. Le pedí a un amigo de Pablo que te siguiera desde ayer. Solo tuve que esperar a que salieras de tu madriguera —Julián dio un paso hacia él, pero se contuvo. La noche bogotana estaba fría, silenciosa—. Camina.

—¿A dónde?

—A cualquier parte donde pueda hablarte sin darte otro golpe en la puerta de tu casa.

Caminaron en silencio hacia una esquina más oscura, lejos de la entrada del edificio. El cielo nocturno tenía una claridad fría de los días en que se ausentaba la lluvia. Julián se detuvo junto a un paradero de buses vacío y se pasó una mano por el cabello.

—¿Sabes qué es lo que más me jode de todo esto?

Que me caías bien. Intenté que no fuera así, había cosas que no me cuadraban: cómo hablabas, lo que sabías...

la forma en que mirabas Lumbre como si calcularas algo más, pero ella era feliz.

Hacía años que no la veía así, bajando la guardia.

Así que me convencí de que yo estaba exagerando.

—Julián... —intervino Sebastián, bajando la vista.

—No digas mi nombre como si esta fuera una conversación civilizada. Todavía no llegamos a esa parte —Julián se acercó para obligarlo a sostenerle la mirada bajo la luz de la farola.

Algo en la expresión de Sebastián se quebró de inmediato.

—¿Cómo está ella?

—No voy a contarte cómo está. No te ganaste ese derecho. Eso le pertenece a ella, no a ti.

Sebastián recibió la frase sin moverse.

—Pero sí voy a decirte algo —continuó Julián—. Ayer no rompiste a una mujer ingenua. No hiciste llorar a una niña que no sabía cómo funciona el mundo. Le fallaste a una mujer adulta, inteligente, orgullosa, que había decidido confiar en ti aun cuando todo en ella le decía que tuviera cuidado.

Esas palabras dolieron más que un puñetazo. Sebastián lo supo por la forma en que el aire pareció faltarle de pronto.

—Esa es la parte que no puedes arreglar con documentos, Sebastián. Porque ella no perdió solamente a un hombre. Perdió la certeza de que todavía podía creer en su propio criterio.

—No me cuentes eso para castigarme —pidió Sebastián, cerrando los ojos contra el frío.

—Te lo cuento porque tienes que saberlo.

—Ya sé que la destruí.

—No, no lo sabes. Sabes que la hiciste enojar y que te odia, pero ella no está furiosa solo porque le mentiste.

La frase se instaló entre ambos con crueldad. Sebastián apartó la vista hacia el asfalto húmedo.

—Está furiosa porque bajó la guardia.

—Me dijo que me habría elegido —murmuró Sebastián.

—Sí, también nos lo dijo a nosotros —Julián endureció la mandíbula—. Aun no entiendo por qué.

Sebastián soltó un aire lento que se volvió vapor en la noche, perdiendo la compostura impecable que siempre llevaba como armadura.

—Le mentí porque tuve miedo. Al principio era solo entrar, observar el negocio y salir, pero luego empecé a conocerla de verdad. Cada día era más difícil decir la verdad porque cada día había más que perder. Además, empecé a recuperar algo que creí perdido y de pronto no quise alejarme, no pude.

—Qué conveniente —Julián lo miró con desprecio—.

Pobre niño rico. Hablas de perderla como si fuera una tragedia que te pasó, y no.

La perdiste porque elegiste callarte cada mañana, cada noche, cada vez que te abrió la puerta y la recibiste con las manos llenas de información.

¿Te acostaste con ella sabiendo lo que iba a pasar?

—No lo digas así —Sebastián apretó los puños—. No la insultes ni me insultes.

—¿Cómo quieres que lo diga? ¿Con términos cómodos para tu conciencia?

—la voz de Julián se afiló en la penumbra —.

Esa es la parte que a ella le duele. Tú estabas en su cama con una identidad falsa.

Ahora ella tiene que revisar cada recuerdo íntimo preguntándose si estuvo con un hombre o con una estrategia.

—Nunca fue una estrategia.

—Para ti —Julián lo señaló con el dedo—. Tú crees que la intención te salva. A ella no le devuelve la capacidad de mirar hacia atrás sin sentirse utilizada.

—Yo no la utilicé —la frase de Sebastián salió baja, peligrosa. Por primera vez en la noche, sonó dispuesto a pelear.

—Entonces dime qué carajos hiciste.

Sebastián abrió la boca, pero la cerró al instante. El silencio nocturno fue respuesta suficiente. Julián asintió, decepcionado, y fijó la vista en la carpeta que el otro llevaba apretada contra el costado.

—La propuesta fue aprobada esta mañana —declaró Sebastián, rompiendo la tensión.

—¿Qué propuesta?

—La nueva versión de Aurum. La que no absorbe Lumbre ni compra su marca. El restaurante queda como el ancla gastronómica del proyecto, pero Renata conserva el control operativo, la cocina y la narrativa. El Grupo construye alrededor de lo que ya es, no encima de sus ruinas.

Julián entrecerró los ojos, procesando la información bajo la luz intermitente del poste.

—Cobre también está incluido como un espacio independiente y bajo el control de Renata. Ella decide la carta, la estética y el equipo. Todo.

—¿Qué carajos es Cobre?

—Pregúntale a ella.

—¿Ella sabe esto?

—No.

—Claro que no —Julián soltó una carcajada amarga—. Tu forma favorita de amar es construirle una vida a escondidas y esperar que te agradezca la arquitectura.

—No espero que me agradezca nada. Te lo cuento porque tú vas a ser el primero en leer la propuesta. Envíame tú correo por WhatsApp. Renata no va a querer verla si viene de mí, y necesito que alguien que la quiera revise que no haya trampas antes de que ella decida.

Julián lo observó detenidamente mientras un taxi pasaba a lo lejos, rompiendo el silencio de la noche.

—¿Qué pasó en la junta?

—Aprobaron los cambios. Mi padre me sacó de la empresa. Cuando Renata firme o rechace los términos, termino mi trabajo en el Grupo.

Julián parpadeó, perdiendo un grado de hostilidad.

—¿Te echó?

—Sí. pero no te lo cuento para pasar por mártir. Te lo cuento porque Renata debe saber que el proyecto ya no depende de mi padre ni de la propuesta original. Tiene una salida real.

—No uses la palabra "salida" como si fueras su salvador —Julián dio un paso atrás, marcando distancia—. Que hayas perdido tu puesto no convierte la mentira en un sacrificio romántico y deja de buscar que te vean como el héroe.

—No soy el héroe —respondió Sebastián en un susurro—. No de esta parte. pero tampoco soy el hombre que ella cree que vio ayer en ese foro. No sé cómo reparar esto.

—Tal vez no puedas. Tal vez lo único que debas hacer es dejar de romper más cosas.

—¿Qué necesita ella?

—De ti, ahora mismo, nada —la respuesta de Julián fue inmediata—. Necesita espacio para odiarte sin que intentes corregirle el sentimiento. Leeremos la propuesta porque Lumbre importa, no por ti y si descubro una sola cláusula engañosa, te destruiré personalmente.

—No hay trampas —aseguró Sebastián.

—Más te vale —Julián se dio la vuelta para irse, pero se detuvo tras un par de pasos en la oscuridad—.

Sebastián... Cuando ella dijo que te habría elegido, no lo dijo para salvarte.

Lo dijo porque era verdad y eso es lo imperdonable.

No la perdiste por ser un Luna; la perdiste porque no tuviste el valor de darle la verdad cuando todavía podía elegirte sin sentirse traicionada.

Julián se alejó definitivo, su silueta perdiéndose bajo las sombras de los árboles de la acera. Sebastián permaneció allí, tiritando apenas por el frío de la noche, con el labio partido y la certeza de que el puñetazo había sido lo menos doloroso de la jornada.

Sacó el teléfono y marcó. Camila respondió al segundo tono, con voz somnolienta.

—¿Sebastián? ¿Pasó algo?

—Necesito que prepares una copia completa de la propuesta para Renata Sandoval. Sin resúmenes, el documento limpio y con anexos.

—¿Se la enviamos mañana a primera hora?

—No, todavía no —Sebastián miró hacia la calle vacía—. Quiero que la revise legal y Herrera otra vez. No quiero un solo término que se preste a malas interpretaciones.

—Ya está aprobada, Sebastián... ¿Estás bien?

—No —él tocó la herida de su labio con la lengua, sintiendo el sabor metálico—. Prepara el documento, Camila.

Colgó. Guardó el teléfono y empezó a caminar sin rumbo fijo por el barrio residencial, lejos de la seguridad de su apartamento y del edificio corporativo que había sido su jaula.

Por primera vez en su vida no tenía un cargo al que volver, ni una estrategia que ejecutar.

Tenía un padre que lo había expulsado y a la mujer que amaba odiándolo en la oscuridad de la ciudad.

Renata lo habría elegido.

Caminó con las manos en los bolsillos, sabiendo que el peor castigo era que, al final del camino, ya no habría nadie esperándolo.