Donde arde la traición CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

El foro de la Cámara de Comercio ocupaba un salón del piso catorce de un edificio sobre la avenida Séptima, con ventanas que daban hacia el norte y sillas dispuestas en herradura alrededor de un podio central.

Cuando Renata llegó a las dos y cuarenta y cinco el salón ya tenía alrededor de treinta personas.

Se registró en la entrada, recibió una carpeta con el orden del día y buscó un lugar en la segunda fila.

Julián le había dicho esa mañana, antes de que ella saliera: recuerda que solo vas a escuchar, no a negociar.

Ella había asentido sin responder porque ya lo sabía y porque decirlo en voz alta habría requerido admitir que estaba nerviosa.

Saludó a don Héctor que llegó dos minutos después con su chaqueta de los domingos y una expresión entre orgullosa y aliviada de verla ahí.

Saludó a la señora del estanco y al arquitecto del gimnasio de la setenta y ocho.

Reconoció a dos periodistas de publicaciones gastronómicas y a un representante de la Alcaldía que tomaba notas en una libreta pequeña.

Se sentó y abrió la carpeta. El orden del día tenía tres puntos. El tercero decía: Presentación del proyecto Aurum. Impacto urbanístico y gastronómico en Chapinero Alto. Representante del Grupo Luna.

Renata leyó esa línea dos veces.

No había nombre.

**

Sebastián llegó a las dos y cincuenta. Saludó al organizador, firmó el registro y entró al salón, asumiendo el control del espacio antes siquiera de hablar. Pero en cuanto se acomodó en el podio, su mundo se detuvo por completo.

Se quedó inmóvil, con la carpeta de piel entre los dedos y el aire volviéndose de repente insuficiente.

No podía ser. Ella no iba a venir. Alejandro le había mandado la lista definitiva de asistencia y el nombre de Renata no estaba allí; se había asegurado de ello.

Aquello era una emboscada de alguien que conocía sus debilidades y había esperado el momento de máxima exposición para herirlo de muerte.

En ese preciso instante, ajena a la marea que se le venía encima, Renata giró la cabeza y sus ojos encontraron los de él.

Sebastián sintió una caída libre hacia el vacío.

Durante semanas había ensayado aquella confesión en la intimidad, buscando las palabras exactas para explicarle que nada de lo que sentía por ella había sido una mentira.

Pero esto era una ejecución pública: con la carpeta corporativa del Grupo Luna bajo el brazo y toda la maquinaria empresarial que le había ocultado durante casi tres meses.

Renata estaba uniendo las piezas. Recordando las confidencias de almohada.

Revisando cada caricia bajo una luz diferente.

Él supo que cuanto más tiempo permaneciera ella sentada en esa silla, asimilando el engaño, más letal sería la conclusión a la que llegaría.

Ya no importaba la junta del jueves, los inversionistas, ni los millones comprometidos.

Lo único que le importaba estaba en la segunda fila, mirándolo con la comprensión de una mujer inteligente cuando la última pieza del rompecabezas encontró por fin su lugar.

Renata lo recorrió con la mirada de arriba abajo, despacio.

El traje que gritaba opulencia, la carpeta con el logo plateado del Grupo Luna y esa maldita sensación de familiaridad que ahora cobraba un sentido diferente.

No era la primera vez que veía a ese hombre, solo era la primera vez que lo veía sin la máscara.

Todo aquello que nunca terminó de cuadrar en el tipo que se había metido en su cocina, la autoridad que destilaba, la facilidad con que le hacía sugerencias, acababa de alinearse.

Un orgullo feroz y herido la recorrió, se sintió profundamente estúpida al comprender que las señales siempre habían estado allí y había sido ella quien, cegada por los sentimientos que empezaban a brotar, había elegido ignorarlas.

El foro inició, el organizador se acercó al micrófono, rompiendo el aire:

—En nombre del Grupo Luna, nos acompaña hoy el señor Sebastián Luna, vicepresidente de Desarrollo Corporativo.

La reunión inició de forma normal. Renata no desvió los ojos hacia el estrado.

Siguió clavando la vista en Sebastián, y él sostuvo la mirada como quien espera el impacto de un pelotón de fusilamiento.

El resto del auditorio se desvaneció para ella.

Ya no veía a su Sebastián Torres, el cocinero que discutía con ella por el punto de una salsa y se sentaba descalzo en su barra de cocina a medianoche.

Ese hombre era una invención para despojarla.

Sebastián Luna era el verdadero depredador.

De pronto, su interés desmedido por los balances de Lumbre, sus preguntas sutiles y aquellas conversaciones nocturnas sobre planes de expansión cobraron un tinte sucio.

Había estado alimentando al enemigo con sus propios secretos.

La humillación se convirtió en una furia hirviente; no le dolía solo el engaño, le enfurecía la audacia de su alcance.

Trataron los dos primeros puntos del programa, Renata no prestó atención, tuvo la clara intención de levantarse e irse, pero su orgullo decidió no darle esa satisfacción.

—Cedo la palabra al representante del Grupo Luna para presentar los avances del proyecto Aurum —anunció el organizador.

Sebastián inspiró profundamente, tensando los músculos para sostenerse con pura fuerza de voluntad antes de avanzar. Había hablado ante juntas hostiles sin que le temblara un músculo, pero nunca le había costado tanto articular un saludo, porque la mirada de Renata lo estaba desollando vivo.

—Buenos días.

La voz brotó firme, entrenada para fingir imperturbabilidad mientras las entrañas se le caían a pedazos.

Sebastián no supo cuánto duró la exposición.

Cada diapositiva y cada cifra se sentía como una confesión criminal.

Cada vez que hablaba de "optimización de espacios gastronómicos" veía la mirada incandescente de Renata; cada vez que mencionaba "absorción de marcas locales" recordaba los bocetos de Cobre desplegados sobre la mesa de su apartamento, los mismos que ella le había mostrado con total confianza y que él expondría en algún momento como trofeos de caza.

Renata notó que él buscaba el vaso de agua con una frecuencia inusual y que su voz tropezaba al buscar palabras que normalmente manejaba con arrogancia.

Descubrir su sufrimiento no le causó compasión, sino un placer oscuro y vengativo.

A medida que lo escuchaba, empezó a identificar conceptos exactos que ella misma le había esbozado en la intimidad.

Ideas que creyó nacidas del apoyo mutuo y que ahora brotaban de la boca del vicepresidente como parte de un plan de adquisición.

La había estado usando como un foco de información andante.

El hombre del que se había enamorado y el ejecutivo despiadado eran exactamente la misma persona.

Cuando la charla terminó y los aplausos estallaron, Renata se puso de pie de inmediato.

No sentía una tristeza sumisa ni ganas de huir a llorar.

La rabia visceral y resentida que la embargaba le pedía sangre.

Salió al corredor desierto con paso firme, dispuesta a despedazar la soberbia de ese hombre antes de sacarlo de su vida para siempre.

Escuchó los pasos apresurados de él detrás de ella, el eco de su respiración agitada rompiendo el silencio del pasillo antes de que lograra alcanzarla.

—Renata.

Ella levantó una mano con brusquedad sin detenerse.

—Ni se te ocurra dar un paso más.

Sebastián se quedó petrificado bajo la luz fría del corredor, el cuerpo rígido y la mirada descolocada ante la violencia en sus ojos. A lo lejos el eco de los invitados abandonando el salón era un murmullo ajeno y perfectamente indiferente.

—Déjame explicarte —soltó él, dando un paso al frente con las manos abiertas en un ademán que a Renata le pareció patético.

Una risa seca y despectiva golpeó las paredes del pasillo.

—¿Explicarme qué exactamente, Sebastián?

¿Qué parte del guion corporativo me vas a soltar ahora?

—Le clavó una mirada cargada de un resentimiento que nunca antes había mostrado—.

¿Me vas a explicar cómo hiciste para no matarte de la risa cada noche en mi cama mientras me sacabas información para tu maldito Grupo Luna?

¿O me vas a detallar lo divertido que fue ver cómo una ingenua te abría las puertas de su negocio y de su vida?

Sebastián absorbió el golpe sin moverse.

—¿Cómo fue exactamente? —continuó ella, acortando la distancia con paso firme, obligándolo a retroceder—.

¿Pensabas en la junta mientras me escuchabas hablar de mi padre?

¿Tomabas notas mentales cuando te mostré la libreta de Cobre?

¿O simplemente eras tan buen actor que ya ni tú mismo sabías cuándo estabas mintiendo?

—Renata...

—Cállate. —La palabra fue corta y limpia—. Todavía no has terminado de escucharme.

Sebastián cerró la boca.

—Sabes qué es lo que más me repele de ti —dijo ella, y la voz bajó un tono, que era siempre más peligroso que cuando subía—.

Que miro atrás y me siento estafada por nuestra historia entera.

Lo que me está matando no es descubrir quién eres.

Es descubrir que el hombre que me hacía sentir segura era exactamente la persona de la que necesitaba protegerme.

Sebastián abrió los ojos. No sentía el más mínimo temor de perder una junta directiva, pero lo estaba devorando el pánico de ver el monstruo que ella le reflejaba.

—Mientras yo me preguntaba cómo era posible que alguien me entendiera tanto, tú solo estabas haciendo un inventario de mis debilidades.

Cada conversación, cada noche, cada cosa que te conté que no le cuento a nadie...

todo fue una maldita estrategia. Me utilizaste de la forma más baja en que se puede utilizar a una persona.

Él intentó atraparla por las muñecas.

—¡Nunca fue así!

—¡No me toques! —El manotazo resonó en el pasillo—.

¿Cómo pretendes que te crea? Dime cómo voy a distinguir al hombre que me abrazaba del vicepresidente que firmaba la orden para destruir mi restaurante.

Entraste a Lumbre con una identidad falsa y te cagaste en todo lo que yo era para ganarte una maldita medalla de tu junta directiva.

—¡Al diablo la junta directiva!

La frase estalló entre los dos.

Sebastián se pasó una mano por el cabello, desencajado, con la voz rota de quien ya no tiene nada que perder excepto una sola cosa.

—Construí una propuesta para protegerte.

—Lo dijo despacio, con la desesperación de quien sabe que ya es demasiado tarde, pero lo dice igual—.

No para absorber Lumbre. Para blindarlo.

Para darte control real sobre tu cocina, tu marca, tu historia.

Lo hice sin decirte nada porque quería tener algo concreto que ponerte delante antes de confesarte la verdad y sé que eso también fue una cobardía y sé que no cambia nada de lo que hice antes pero no me digas que todo fue por una junta porque eso es mentira.

El silencio cayó entre los dos.

Renata lo miró durante un segundo largo. Lo que vio en su cara no le ablandó el corazón. Solo le confirmó que el daño era real en los dos sentidos y eso era peor que si él hubiera sido indiferente.

Cuando habló de nuevo la voz le salió cansada. Sin filo. Que era lo más devastador de todo.

—Yo te habría elegido, Sebastián. —Una pausa—. Me habría enfrentado a tu apellido, al Grupo Luna y a quien hiciera falta. Habría mandado todo al demonio por ti porque era lo suficientemente estúpida como para quererte de verdad.

Lo vio palidecer por completo.

—Pero decidiste jugar a ser Dios con mi vida porque eres un cobarde que prefirió manipularme antes que tener las agallas de mirarme a los ojos y decirme la verdad. —Se giró hacia el ascensor—. Quédate con tu maldita empresa, Sebastián. Disfruta de tu victoria, porque va a ser lo único que te quede.

Presionó el botón y cuando las puertas se abrieron, ella entró sin mirarlo. Las puertas se cerraron.

Sebastián se quedó solo en el pasillo con el logo del Grupo Luna en la carpeta que todavía sostenía en la mano y la frase yo te habría elegido instalándose en algún lugar del pecho donde ya no había estrategia que sirviera de nada y él acababa de perder lo único que en meses había sentido que valía la pena no perder.