CAPÍTULO 34
Julián entró a la oficina el martes por la mañana con la expresión de quien trae una conversación que lleva días postergando.
Renata levantó la vista del portátil con gesto fastidiado.
—Ya sé lo que vas a decir.
—Entonces me ahorro el preámbulo. —Se sentó frente a ella sin pedir permiso—. El foro es mañana. Todavía estás a tiempo de confirmar asistencia.
—Julián.
—Escúchame. —Levantó una mano antes de que ella pudiera cerrar el tema—.
No te estoy pidiendo que vayas a negociar.
No te estoy pidiendo que escuches una propuesta ni que consideres nada que no quieras considerar.
Te estoy pidiendo que vayas a representar a Lumbre y a este barrio en una conversación que va a ocurrir con o sin ti.
—Hizo una pausa—. Si no estás en esa sala, alguien más va a hablar por nosotros.
Don Héctor. La señora del estanco. Gente que no tiene lo que tú tienes para decir.
Renata cerró el portátil.
—¿Y qué tengo yo para decir que ellos no tengan?
—La verdad de lo que significa sostener un lugar como este durante
años, con deudas reales y decisiones reales, una nómina y todo eso sin la red de seguridad que tienen ellos. —Julián se inclinó hacia adelante—. Eso no lo puede decir don Héctor. Solo tú puedes decirlo.
Renata no respondió enseguida. Miró hacia la ventana donde Bogotá amanecía con el cielo azul y las nubes algodonosas que indicaban un buen clima.
—Si voy, no voy a sonreír ni a fingir que me parece bien lo que están haciendo.
—Nadie te está pidiendo eso.
—Si dicen algo que no me guste, lo voy a decir.
—Eso es exactamente lo que necesita esa sala.
Renata lo miró un momento más. Julián sostuvo la mirada sin moverse.
—Lo voy a pensar —dijo al fin.
Julián se puso de pie.
—El plazo de confirmación es mañana a mediodía.
Salió sin añadir nada más.
**
Renata se quedó sola en la oficina con el ruido lejano de la cocina abriéndose para el día y la invitación de la Cámara de Comercio todavía sobre el escritorio.
Lo voy a pensar era su forma de decir que ya lo estaba pensando desde hacía días sin admitirlo.
Pensó en Julián. En la forma en que había dicho la verdad de lo que significa sostener un lugar como este con la convicción de quien lo ha visto desde adentro durante años.
Pensó en don Héctor diciéndole no sonaba tan malo con esa expresión entre entusiasta y culpable de quien no quiere defraudarla, pero tampoco puede ignorar lo que vio y por último pensó en Sebastián.
En esa frase suya que todavía no sabía cómo procesar: no puedes pasar tu vida parada en un legado familiar y sostenerlo como lo hizo tu hermano o tu padre.
Había algo en esa frase que iba más allá de la opinión de alguien que la quería bien.
Era demasiado precisa. Apuntaba demasiado exactamente al lugar donde ella guardaba sus contradicciones más viejas, la tensión entre lo que había heredado y lo que había elegido, entre el restaurante de su padre y la pastelería que seguía siendo un dibujo en una libreta.
Renata apartó el pensamiento antes de que terminara de formarse. No era el momento. O quizás era exactamente el momento y por eso lo estaba apartando.
El teléfono vibró sobre el escritorio, vio que era Emilio y contestó al segundo tono.
—¿Cómo sabías que necesitaba que llamaras? —dijo, antes de que él pudiera hablar.
—Porque Julián me escribió esta mañana. —La voz de Emilio tenía el tono de quien ya tomó una decisión y está esperando que ella llegue sola a la misma conclusión—. ¿Ya confirmaste?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque no confío en ellos.
—Eso lo sé desde hace meses. No te estoy preguntando si confías en ellos. Te estoy preguntando por qué no vas.
Renata soltó el aire.
—Emilio.
—Renata. —Su voz bajó un tono, más directo, más personal—. ¿Recuerdas lo que me dijiste cuando te conté que quería irme a Nueva York? Me dijiste que no tomara una decisión sin ver todas las cartas. Que actuar desde el miedo nunca había sido mi estilo ni el tuyo.
—Eso era distinto.
—¿Por qué?
—Porque tú te ibas hacia algo que querías. Yo estaría yendo hacia algo que me quiere quitar lo que tengo.
—Puede ser las dos cosas al mismo tiempo.
—Una pausa—. O puede que vayas y descubras que tienes más poder del que crees en esa sala.
Que la gente que representa al barrio te vea y entienda que Lumbre no es solo un restaurante sino una razón para resistir.
—Otro silencio—. Tomar una decisión sin escuchar todas las cartas nunca fue tu estilo, Ren. No empieces ahora.
Renata cerró los ojos un segundo.
—Si voy y es una trampa, te lo voy a cobrar por años.
Emilio soltó una risa breve.
—Llevo años debiendo cosas más caras que esa. —Hubo una pausa corta—. Oye, Ren.
—¿Qué?
—Catalina y yo estamos pensando en volver a Bogotá pronto. Hay cosas que queremos contarte en persona.
Renata frunció el ceño levemente.
—¿Qué cosas?
—En persona —repitió él, y había algo en su voz que era simultáneamente alegre y nervioso, una combinación que en Emilio ella no recordaba haber escuchado antes—. Primero resuelve lo del foro.
Colgaron.
Renata se quedó con el teléfono en la mano mirando la invitación sobre el escritorio.
Tomar una decisión sin escuchar todas las cartas nunca fue tu estilo.
Lo mismo que le señaló Sebastián, pero, dicho de otra forma. Lo mismo que Julián, desde otro ángulo. Tres personas que la conocían de formas distintas apuntando al mismo lugar.
Eso no era coincidencia. Era un patrón y Renata Sandoval había aprendido a no ignorar los patrones.
Tomó la invitación, la abrió por segunda vez y la leyó completa por primera vez.
Luego escribió un correo de confirmación de asistencia antes de que pudiera cambiar de opinión.
**
El día del foro, un par de horas antes, Alejandro revisó la lista de confirmados con la concentración de quien busca algo específico.
Lo encontró en el séptimo nombre.
Renata Sandoval. Lumbre. Propietaria y chef ejecutiva.
Se recostó en la silla con la lista sobre la mesa y la sonrisa de quien acababa de descubrir que el destino tiene mejor sentido del humor de lo que esperaba.
Había pasado semanas esperando el momento correcto.
Fichas movidas, artículos publicados, semillas plantadas en el barrio con la paciencia de quien sabe que los árboles que más duran son los que crecen despacio y ahora Renata Sandoval había tomado sola la decisión de caminar hacia la sala donde Sebastián iba a estar.
Alejandro abrió el documento de la lista en su ordenador.
Seleccionó la línea con el nombre de Renata Sandoval. La eliminó, guardó el archivo y luego llamó a Sebastián.
—Necesito que vayas esta tarde al foro de la Cámara de Comercio en representación del Grupo Luna. Augusto tiene una reunión en Medellín que no puede mover y yo tengo una situación con los socios de Barranquilla que surgió esta mañana.
Sebastián frunció el ceño.
—¿El foro sobre Chapinero?
—Sí, tu idea, algunos comerciantes del sector, la prensa local, nada que no hayas manejado cien veces.
La presentación ya está lista, solo tienes que estar ahí y responder preguntas.
Manejas el tema, al fin y al cabo, fue tu iniciativa y tienes amplia experiencia en el sector.
—señaló con evidente burla—. Aún no le veo el objetivo a estas reuniones, pero nada se le niega a Sebastián Luna.
Te mando la lista de participantes ahora.
La lista llegó al correo de Sebastián cuarenta segundos después.
Cuarenta y un nombres en orden alfabético.
Sebastián revisó la lista esperando encontrar el nombre de Renata o el de algún otro empleado de Lumbre, cuando vio que no estaban en la lista, decidió aceptar, el único que lo había visto era don Héctor, cuando había ido a comprar en un par de ocasiones un café, pero estaba seguro de que atendía docenas de gente a lo largo del día.
No encontró nada más que lo alarmara.
—Está bien —dijo—. Estaré ahí a las tres.
Cortó la llamada.
Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa y miró hacia la ventana con Bogotá abriéndose abajo.
Esa tarde a las tres Sebastián Luna iba a entrar a una sala convencido de que tenía el control de la situación y Renata Sandoval iba a estar sentada entre el público.
Alejandro recogió sus papeles y salió de la oficina con sonrisa satisfecha.