CAPÍTULO 33
Don Héctor, el dueño de la cafetería de la otra calle, donde Renata acostumbraba a tomar café, la frenó en plena acera el lunes por la mañana. En su rostro se mezclaban el entusiasmo y la culpa, una combinación que Renata ya se sabía al derecho y al revés: se venía algo que no quería escuchar.
—Renata, ¿ya supo lo del proyecto de Chapinero?
—Algo he oído.
—Es que estuve en una reunión la semana pasada.
Vinieron unos muchachos de La Cámara de Comercio a explicar el proyecto del Grupo Luna.
—Se acomodó el delantal con ese gesto de cuando algo lo incomodaba, pero lo decía igual—.
La verdad es que no sonaba tan malo. Hablaron de renovar las fachadas, de los negocios que estarán al frente del proyecto para crear una unidad y de mejorar el andén, de traer más flujo de gente al sector.
Dicen que los negocios históricos tendrían protección.
Renata lo miró con paciencia que le costó más de lo habitual.
—Don Héctor, eso es exactamente lo que uno dice cuando quiere que la gente baje la guardia.
El hombre levantó las manos.
—No digo que haya que creerles todo. Solo digo que no sonaba tan malo.
Renata siguió caminando.
Pero el comentario se le quedó pegado durante todo el trayecto hasta Lumbre. Don Héctor no era un hombre fácil de convencer y eso decía algo sobre cómo el Grupo Luna estaba moviendo sus fichas en el barrio.
Subió a la oficina, dejó el bolso sobre la silla y se quedó de pie frente al escritorio mirando el desorden organizado de siempre. Facturas. El informe del contador. Una libreta con cuentas a mano.
En la esquina había un sobre que había empujado hacia un lado dos veces sin abrirlo.
Lo sacó de debajo de la factura del proveedor de aceite. Lo miró un momento. Cámara de Comercio de Bogotá. Lo abrió.
Foro de Desarrollo Urbano y Gastronómico: Chapinero Alto y su futuro.
El lenguaje era neutral y entre los invitados había comerciantes, empresarios, líderes gastronómicos, propietarios históricos del sector y al final, casi como dato administrativo: se analizará el impacto del proyecto Aurum en la zona.
Renata dobló la invitación y la dejó sobre el escritorio.
Julián apareció en la puerta con los consabidos dos cafés, de antes de iniciar la jornada y la mirada voló al dichoso sobre.
—¿Lo abriste?
—Sí.
—¿Y?
—Y nada. —Tomó el café sin mirarlo—. Es un foro de la Cámara de Comercio.
—¿Puedo? —señaló hacia el dichoso sobre.
Renata le dijo que sí y Julián leyó la nota.
—Con Aurum en el orden del día.
—Sí.
Julián se apoyó en la esquina del escritorio.
—El Grupo Luna estuvo hablando con los vecinos del sector la semana pasada. Don Héctor, la señora del estanco, los del gimnasio de la setenta y ocho. —Una pausa—. Varios piensan que el proyecto podría ser bueno para la zona.
—Ya sé. Don Héctor me lo dijo esta mañana y me parece que están comprando voluntades antes de entrar a comprar terrenos.
Julián dejó su café sobre el escritorio y la miró un momento más, a lo mejor buscando las palabras que le hicieran bajar la guardia.
—Puede ser las dos cosas al mismo tiempo, Renata. Que estén comprando voluntades y que el proyecto tenga partes que genuinamente beneficien al sector.
—Julián.
—Solo digo que cuando el enemigo empieza a caerle bien a tus vecinos, ignorarlo es una estrategia muy cara.
—No los estoy ignorando. Estoy eligiendo no darles el espacio que buscan.
—Eso es lo mismo, dicho de otra forma.
Renata lo miró.
—¿Tú crees que debería ir?
Julián recogió su café y se movió hacia la puerta.
—Creo que, si no vas, otros van a hablar por Lumbre y por este barrio. —Se detuvo en el umbral—. No la tires todavía.
Salió sin esperar respuesta.
Renata se quedó mirando la invitación sobre el escritorio.
**
Esa noche Sebastián llegó al apartamento de Renata con el nudo habitual entre los hombros y la certeza de que la junta se acercaba con una velocidad que ya no le daba margen para respirar.
Renata estaba en la cocina preparando algo que olía a tomillo y mantequilla, concentrada como quien cocina para pensar, no para comer.
—Un vecino me paró en la calle esta mañana —dijo ella, sin mirarlo, mientras revolvía algo en la sartén—. Dice que el Grupo Luna estuvo hablando con los vecinos del sector. El Grupo quiere que la comunidad conozca el proyecto. —Una pausa—. Que no sería tan malo escuchar.
Sebastián dejó lo que hacía, abrir una botella de vino que había llevado y la miró con atención.
—¿Y qué piensas tú?
—Pienso que están comprando voluntades antes de entrar a comprar terrenos.
Sebastián dejó la botella sobre la encimera y se apoyó en la encimera frente a ella.
—¿No puede ser que genuinamente el proyecto tenga beneficios para el sector?
Renata levantó la vista de la sartén.
—¿Perdón?
—Digo que no todo lo que hace el Grupo Luna tiene que ser malo por definición.
—No quiso sonar a la defensiva, pero estaba cansado de que nadie viera el esfuerzo que hacía para que las cosas no se fueran al carajo—.
Si están hablando con los vecinos sobre renovación de fachadas y aumento de actividad comercial en el sector, quizás esa parte es real, aunque sus intenciones con Lumbre sean un poco más ambiciosas.
Renata lo miró con la expresión que Sebastián ya conocía como señal de que estaba procesando si lo que acababa de escuchar merecía una respuesta o un silencio.
—¿Me estás diciendo que escuche al Grupo Luna?
—Te estoy diciendo que quizás don Héctor no es un ingenuo.
—Don Héctor lleva veinte años en esa esquina y nunca ha tenido que pelear por su negocio porque nunca ha tenido nada que valga la pena quitarle. —La voz no subió, pero se afiló—. Yo sí.
—Puede que el negocio de don Héctor no sea tan valioso como Lumbre, pero es valioso para él, no lo minimices.
—Discúlpame sé que sonó arrogante, pero el Grupo Luna me enferma.
Sebastián la observó con una mirada ilegible.
—Eso no significa que todo lo que proponga el Grupo sea algo malo.
—No, significa que tengo las razones concretas para desconfiar que don Héctor no tiene.
Sebastián sostuvo su mirada.
—Renata, escuchar no es rendirse.
Ella apagó el fuego de la sartén con un gesto de su mano y se giró hacia él con los brazos cruzados.
—¿Desde cuándo eres tú el que me dice cómo manejar mi relación con el Grupo Luna?
La pregunta no era un ataque. Era genuina y Sebastián quiso darse contra la pared.
Era Renata, por Dios, solo quería abrazarla, besarla y llevarla a la habitación, borrar el día de mierda que había tenido y dormirse escuchando su respiración .
Estaba jodidamente enamorado y no sabía qué hacer con nada de aquello.
Ni con el amor que le crecía cada día en el pecho.
Ni con la mentira que seguía interponiéndose entre ellos cada vez que ella lo miraba.
Ni con el proyecto que avanzaba más rápido de lo que él podía controlar.
Porque después del jueves las cosas empezarían a moverse de verdad, y por primera vez no estaba seguro de poder proteger a Renata de lo que venía.
No se atrevía a pronunciar las dos palabras, no la merecía, no le diría a una mujer por primera vez en su vida que la amaba con la identidad de otro pobre diablo.
Sebastián soltó el aire.
—Desde que te veo gastar energía en defenderte de algo que quizás podrías usar a tu favor si lo conocieras mejor.
Tarde o temprano tendrás que aceptar que el mundo evoluciona y tú también deberás hacerlo, no puedes pasar tu vida parada en un legado familiar y sostenerlo como lo hizo tu hermano o tu padre.
Renata lo miró un momento más. Algo en su expresión cambió, no se suavizó del todo, pero perdió el sesgo defensivo, se le notó cuando sus hombros se relajaron.
—No voy a ir a ese foro —dijo al fin, con una voz que era más tranquila que antes y acercándose a abrazarlo y besarlo como había intuido que él lo necesitaba—. Pero tampoco voy a seguir discutiendo esto esta noche.
Sebastián asintió, duraron unos segundos fundidos en un abrazo.
Ella volvió a la sartén, encendió el fuego de nuevo y siguió cocinando como si la conversación hubiera terminado. Sebastián se sentó a la mesa sin decir nada más.
La cena fue tranquila. Hablaron de otras cosas, del menú de temporada de Lumbre, de una película que ninguno de los dos había terminado de ver, de si el café de don Héctor había mejorado o si simplemente uno se acostumbraba.
Pero algo había quedado en el aire, no como pelea sino como una pregunta sin responder que ninguno de los dos estaba listo para responder.
Cuando Sebastián salió esa mañana antes de que clareara, pensó en las reuniones que el equipo de comunicaciones del Grupo Luna había organizado en el sector las últimas semanas con cafés de trabajo, presentaciones en PowerPoint y un lenguaje cuidadosamente diseñado para que el progreso se sintiera como algo que ya estaba ocurriendo y no como algo que había que decidir.
Había sido su idea, la estrategia de acercamiento comunitario, la narrativa del beneficio local, el trabajo previo con comerciantes y propietarios para que cuando llegara el Grupo Luna, no se sintieran excluidos.
Era el tipo de movimiento que en una sala de juntas se llamaba gestión de la parte interesada y que en una acera de Chapinero se llamaba convencer a don Héctor.
Había funcionado para algunos, eso era innegable, pero Renata lo había visto venir desde el principio como una encerrona. Ella poseía una inteligencia que no necesitaba un MBA para leer los movimientos del poder.
Sebastián siguió caminando.
Las cosas se iban a poner difíciles. No solo con la junta, no solo con su padre. Con ella. Que era la única dificultad que en ese amanecer le importaba de verdad y la única para la que no tenía estrategia preparada.