CAPÍTULO 32
Salieron sin plan, lo que en Renata era siempre señal de que algo en ella se había aflojado.
Sebastián lo notó cuando ella apareció en la sala del apartamento con los tenis puestos y una chaqueta que no era de trabajo, y le dijo simplemente: «Vamos», sin explicar adónde.
Él no preguntó. Bajaron las escaleras y salieron a la calle con Bogotá abriéndose delante de ellos bajo su luz de domingo; esa luz blanca, fría y alta que a veces hacía que la ciudad pareciera otra, más limpia, casi pacífica.
Caminaron hacia el norte sin apresurarse, con las manos encontrándose cada cierto tiempo de esa forma que ya no necesitaba de una decisión.
El Chicó tenía ese ritmo dominical que Sebastián había aprendido a reconocer: los cafés con las puertas abiertas derramando olor a tostado, la gente paseando perros y las floristerías sacando sus canastas de mirtos y pompones a la acera.
—Ese perro te está mirando de mala manera —dijo Renata, señalando con la barbilla a un bulldog sentado en la entrada de una cafetería con una expresión de decepción universal.
—Todos los perros me miran igual, eso no es nuevo.
—Es porque sospechan de la gente que no sonríe.
Sebastián la miró de reojo, divertido.
—¿No sonrío?
—Creen que planeas algo malo o que eres un agente encubierto de la perrera municipal —ella esquivó una grieta en el andén con un salto pequeño—. Es una vibra muy tensa.
—Mi actitud de hoy es impecable.
—Tu actitud de hoy es aceptable. Hay una diferencia enorme entre impecable y aceptable que algunas personas con egos en las nubes tienden a ignorar.
Sebastián la tomó de la mano antes de que ella pudiera alejarse.
—¿Cuándo fue la última vez que saliste a caminar sin un destino?
Renata lo pensó por un instante, con total honestidad, perdiendo la mirada en los cerros orientales.
—No me acuerdo.
—Eso responde varias preguntas.
—No te emociones. No es una revelación terapéutica, es solo un domingo con buen clima.
Sebastián sonrió sin responder, apretándole los dedos. Siguieron caminando. Pasaron por una plaza donde un grupo de personas mayores bailaba salsa con una seriedad que no admitía ironía. Renata se detuvo un momento a mirarlos con atención, honda y repentina, que a veces la atrapaba por completo.
—Mi papá bailaba así —dijo, sin una emoción particular, como quien suelta un dato histórico—. Con esa cara de que el mundo podía acabarse, pero él iba a terminar la vuelta.
Sebastián no dijo nada. La dejó estar en ese recuerdo. Ella se movió sola después de unos segundos y reanudaron el paso.
En una esquina había un puesto ambulante y Renata se detuvo con la naturalidad de quien toma decisiones pequeñas sin consultar con nadie. Pidió dos obleas con arequipe y dulce de mora, y le entregó una a Sebastián con la misma eficiencia con que emplataba en Lumbre.
—No sabía que te gustaban las obleas.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí —dijo ella, dándole un mordisco crujiente con absoluta satisfacción.
—Cuéntame una.
Renata caminó un trecho masticando con la concentración de quien evalúa si la información vale la pena ser compartida.
—De niña quería ser oceanógrafa.
Sebastián la miró, sorprendido.
—¿Oceanógrafa?
—Había visto un documental de Jacques Cousteau y decidí que quería vivir en el mar. Me duró aproximadamente tres semanas, hasta que mi papá me llevó a Lumbre una noche de servicio y me dejó partir una masa de pan. —Hizo una pausa, mirando el borde de su oblea—. Nunca más pensé en el mar.
—¿Lo extrañas? El mar, no a Cousteau.
—A veces. Cuando Lumbre me pesa demasiado, me imagino que estoy en el fondo del océano, allá abajo, donde todo es oscuro y nadie puede pedirme nada.
Sebastián bajó la vista a su propia oblea, procesando el golpe.
—Eso es lo más perturbador y lo más honesto que me has dicho desde que te conozco.
Renata soltó una carcajada limpia que llegó a los oídos de una pareja que pasaba junto a ellos, haciéndolos girar la cabeza.
—Tu turno —dijo ella, dándole un empujón suave con el hombro—. Una cosa que no sepa.
Sebastián tardó en responder. No porque no tuviera cosas que contar, sino porque tenía demasiadas y la mayoría cargaban con un nombre que no podía pronunciar todavía.
—De niño quería ser arquitecto.
—¿Arquitecto?
—Pasaba horas dibujando planos de casas que no tenían ningún sentido estructural, pero tenían ventanas en todos los lugares correctos. —Hizo una pausa amarga—. Mi padre los tiraba a la basura sin mirarlos.
Renata lo miró un segundo más de la cuenta, deteniendo el paso.
—Qué hombre tan agradable, tu padre.
—Es un hombre convencido de que el mundo tiene una sola forma correcta y que él la conoce.
—¿Y tú?
Sebastián desvió la mirada hacia el tráfico de la carrera Séptima.
—Yo llevo años intentando demostrarle que hay otras.
La frase cayó entre los dos con un peso plomizo que ninguno quiso nombrar. Renata terminó su oblea y se limpió los dedos con la servilleta de papel. El viento de la tarde bogotana empezaba a colarse entre los edificios.
—Volvamos —dijo—. Tengo frío.
Sebastián le pasó el brazo por los hombros sin hacer un espectáculo de ello. Ella se pegó a su costado y se dejó llevar, lo que en Renata era mucho más elocuente que cualquier cosa que pudiera decir.
El apartamento olía al café de la mañana y a algo dulce que Renata había dejado en el horno antes de salir.
Ella fue directamente a la cocina a revisar, con la chaqueta todavía puesta, y Sebastián cerró la puerta y se quedó un momento en el pasillo mirándola moverse en su espacio con la soltura de quien está en el único lugar del mundo donde no tiene que explicarse.
Había algo en verla así, descalzándose con un pie mientras revisaba el horno con la otra mano, el cabello suelto, el sonrojo de sus mejillas, que le apretaba algo en el pecho con una fuerza que ya no sabía cómo administrar.
—¿Qué es? —preguntó, acercándose.
—Bizcocho de almojábana y guayaba. —Ella cerró el horno—. Lleva unos minutos más.
—¿Para quién es?
—Para mí. —Lo miró con una ceja levantada—. No todo lo que cocino tiene destinatario.
Sebastián se acercó despacio. Le quitó la chaqueta de los hombros con un movimiento que ella no detuvo, dejándola caer sobre la silla.
Se plantó justo detrás de ella, acortando cualquier distancia, y le rozó la nuca con los labios, apenas, lo suficiente para que Renata soltara el aire despacio, con esa forma suya de rendirse sin admitirlo.
Su mano bajó por el costado de ella, delineando la curva de su cintura por encima de la tela fina de la blusa, apretando con suavidad.
—El bizcocho —murmuró ella, aunque su cuerpo ya se estaba inclinando hacia atrás, buscando el apoyo de su pecho.
—Tienes unos minutos.
—Diez tal vez.
—Suficiente.
Renata se giró entre sus brazos con la media sonrisa que llegaba antes que cualquier argumento.
Sebastián no esperó; la tomó de la cintura con una fuerza casi violenta y la levantó en vilo, sentándola sobre el borde de la encimera de la cocina, justo entre el calor que subía del horno y el frío del granito.
La boca de Sebastián cayó sobre la suya con una urgencia que ya no pudo contener.
El beso no tuvo preámbulos; fue húmedo, pesado, devorador, mezclado con el sabor dulce de la oblea y el borde de una desesperación que Renata pareció captar de inmediato.
Ella enterró los dedos en su cabello, tirando de él con la misma fuerza, mientras las manos grandes de Sebastián subían por sus muslos desnudos, arrugando la falda sin delicadeza, buscando desesperadamente la calidez de su piel como si temiera que fuera a desvanecerse.
Se desvistieron allí mismo, a medias, a tirones, con la prisa implacable de quien lucha contra un reloj invisible.
Cuando el cuerpo de Renata chocó contra el de él, un jadeo áspero se les escapó a ambos.
Sebastián la cercó con su propio peso, asediándola.
Sus manos no solo recorrían su espalda; se enterraban en su carne, memorizando la textura de su piel, apretando la firmeza de sus caderas con un reclamo silencioso y posesivo.
Entró en ella de un solo empuje, lento pero implacable, tan profundo que le arrancó a Renata un gemido agudo que él ahogó de inmediato estrellando sus labios contra el cuello de ella.
Lo que ocurrió después tuvo una intensidad febril.
Un roce abrasador de cuerpos que se buscaban para no soltarse.
Sebastián se movió dentro de ella con una exigencia posesiva, clavándole la mirada, obligándola a sostenerle los ojos oscuros mientras sus dedos le atrapaban las manos contra el granito.
Cada embestida era un intento mudo de sellarse en su memoria.
Quería morirse en esos brazos y en medio de sus piernas.
El clímax los alcanzó entre susurros desesperados, jadeos rotos y el eco de sus nombres arañando las paredes de la cocina silenciosa.
Terminaron colapsando el uno contra el otro, con los pechos subiendo y bajando, los latidos desbocados y la piel sudorosa pegada, antes de trasladarse, sin soltarse un solo segundo, a la cama.
La luz de la tarde entraba por la ventana de la habitación en franjas oblicuas y afuera Bogotá seguía con sus ruidos de domingo, indiferente y perfecta.
Después se quedaron quietos con el bizcocho todavía en el horno y ninguno con prisa por recordarlo.
Renata tenía la mejilla apoyada en su pecho y los ojos abiertos mirando la pared y pensando algo que todavía no ha decidido si debía decir. Sebastián le pasaba los dedos por el cabello despacio, disfrutando del rastro de sudor que aún les entibiaba la piel.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
—En que el bizcocho ya estará listo.
—Mentira.
Ella sonrió contra su piel, delineando un círculo perezoso sobre el abdomen de Sebastián.
—En que esto se siente demasiado bien y no quiero que nada lo arruine.
Sebastián no respondió.
—Porque las cosas que se sienten así siempre tienen un precio que uno no ve hasta que ya lo está pagando.
La frase le entró a Sebastián en un lugar que no supo nombrar. La abrazó un poco más fuerte sin decir nada, aspirando el olor a sexo y guayaba que flotaba en el aire.
Renata se levantó a los dos minutos con la practicidad de siempre, se puso la camiseta y fue a rescatar el bizcocho.
Sebastián se quedó mirando el techo.
Las cosas que se sienten así siempre tienen un precio.
Tenía cuatro horas antes de la cena con Herrera.
**
La cena fue en un restaurante discreto de Los Rosales, una mesa al fondo que Cesar Herrera había reservado a nombre de su asistente con la discreción de quien lleva décadas haciendo negocios en espacios donde las paredes oyen.
Era un hombre de sesenta y tantos años, con el temperamento de quien ya no necesita demostrar nada y la atención de quien todavía disfruta cuando alguien le presenta un argumento que no había considerado.
Había llegado antes que Sebastián, en la mesa había una botella de vino ya abierto y los anteojos sobre la mesa.
—Llevo treinta años en juntas con tu padre —dijo, cuando Sebastián terminó de presentar la propuesta—. Y es la primera vez que alguien de la familia Luna me trae un proyecto que tiene más sentido cultural que financiero.
—Tiene tanto sentido financiero como cultural —rebatió Sebastián enseguida—. Los números están en la última página.
Herrera los revisó sin apresurarse. Sebastián esperó.
—El margen es mayor al del proyecto original —admitió al fin.
—Porque el proyecto original dependía de absorber Lumbre.
Este depende de construir alrededor de Lumbre.
Son modelos distintos y el segundo tiene una ventaja que el primero no puede comprar: una historia que el sector ya reconoce y un sentido de pertenencia que no tiene ningún otro lugar en la ciudad y ambos sabemos que los tiempos han cambiado y esos espacios deben preservarse.
Herrera dejó los papeles sobre la mesa y tomó el vino.
—¿Augusto sabe que estás aquí?
—No.
El hombre lo miró durante un segundo que valió por varios.
—¿Y la mujer? ¿Renata Sandoval sabe que estás construyendo un proyecto sobre su restaurante?
Sebastián sostuvo la mirada.
—Todavía no.
Herrera asintió, con la expresión de quien registra la respuesta sin juzgarla todavía.
—Vas a necesitar que ella diga que sí antes de que esto llegue a junta. Sin su firma, el proyecto es una propuesta bonita sin sustento real.
—Lo sé. Por eso necesito que la junta lo apruebe primero. Si llego a Renata con el respaldo de los inversionistas, llego con algo concreto. No con una promesa.
—¿Y si ella dice que no de todas formas?
Sebastián tardó un segundo.
—Es su derecho.
Herrera lo miró con algo que podría haber sido respeto o podría haber sido lástima. Con los hombres de su edad a veces era difícil distinguirlo.
—Tienes mi voto —dijo al fin, cerrando la carpeta—. Mueve la junta antes de que Alejandro encuentre la forma de bloquearla.
—La muevo esta semana.
—Bien. —Herrera levantó la copa—. Otra cosa. —Esperó a que él lo mirara—. Lo que estás haciendo tiene más de una forma de salir mal. Asegúrate de que cuando salga bien, la mujer esté preparada para lo que viene.
Sebastián chocó la copa sin responder.
Salió del restaurante pasadas las diez con la propuesta firmada por Herrera en la carpeta bajo el brazo.
Caminó una cuadra.
El teléfono vibró.
Era un mensaje de Camila: El grupo mexicano confirma. Quieren la junta el jueves.
Sebastián se detuvo en la mitad del andén con Bogotá moviéndose a su alrededor.
El jueves.
Cuatro días.
Miró la pantalla un momento más y luego guardó el teléfono en el bolsillo y siguió caminando.
En algún lugar de la ciudad Renata probablemente estaba dormida con el olor a bizcocho de guayaba todavía en el apartamento, sin saber que en cuatro días el mundo que habían construido juntos iba a cambiar de forma irreversible.
Sebastián esperaba estar a la altura de lo que venía.
No estaba seguro de estarlo.