CAPÍTULO 36
Renata llegó al apartamento sin recordar el trayecto.
Había tomado un taxi en la puerta del edificio de la Séptima con la cabeza en un lugar sin nombre donde la rabia todavía ardía, pero empezaba a tener debajo algo más blando y más doloroso.
Subió las escaleras en lugar de tomar el ascensor porque necesitaba los cuatro pisos para decidir si iba a poder entrar al apartamento sin derrumbarse antes de cerrar la puerta.
Pudo.
Dejó la carpeta sobre la encimera. Se quitó los zapatos en el pasillo.
Fue a la cocina, abrió la nevera, la cerró sin sacar nada.
Se apoyó en la encimera con las manos planas sobre el mármol frío y miró el molde de cobre que seguía en el mismo lugar donde lo había dejado días atrás, cómo si ese espacio fuera un maldito altar.
Sebastián lo había visto ahí. Muchas veces, sabía lo que significaba, sabía todo. Lo derribó de un manotazo, el utensilio se estrelló contra la pared del frente.
Tomó el teléfono y escribió un mensaje al grupo de los tres.
Necesito que vengan. Ahora.
Julián respondió primero: Voy.
Tatiana: Dame veinte minutos.
Pablo: Ya salí.
Renata dejó el teléfono sobre la mesa y fue al baño a lavarse la cara con agua fría. Se miró en el espejo un momento, con el maquillaje corrido y los ojos brillantes de una rabia que empezaba a parecerse demasiado al llanto.
—No todavía —se dijo en voz baja.
Salió del baño y puso agua a hervir porque necesitaba hacer algo con las manos.
Julián llegó primero, diecisiete minutos después, con la expresión de quien ya sabe que algo grave ocurrió, pero estaba esperando que ella se lo confirmara.
La miró una vez, de arriba abajo, y no dijo nada, dejó las llaves en el gancho como si viviera ahí y fue directamente a apagar el agua que ya estaba hirviendo de más.
Recogió el utensilio de cobre y lo dejo encima del mesón, pero al ver la expresión de Renata, decidió guardarlo en uno de los aparadores.
Pablo llegó dos minutos después con una botella de vino que no había tenido tiempo de enfriar y la abrazó. Renata quiso derrumbarse allí en medio de ese momento cálido, pero la indignación le impedía llorar. Julián y Pablo cruzaron miradas interrogantes con temor a preguntar que había salido mal.
Tatiana llegó la última, se quitó el abrigo en el pasillo y miró a Julián con una pregunta silenciosa. Él negó levemente con la cabeza y Pablo frunció los hombros sin saber qué hacer con la botella.
Los cuatro se sentaron en la sala. Renata en el sofá con las piernas recogidas bajo el cuerpo. Julián en el sillón de enfrente. Tatiana a su lado. Pablo en el suelo con la espalda contra la mesita baja.
Nadie habló durante un momento. Renata soltó el aire y se tomó su tiempo antes de hablar.
—Sebastián Torres no existe —dijo—. Se llama Sebastián Luna. Es el vicepresidente de Desarrollo Corporativo del Grupo Luna.
El silencio que siguió fue de los que tienen peso físico y ocupaba un gran espacio.
Tatiana cerró los ojos.
Pablo dejó la botella sobre la mesa con un golpe suave.
Julián no se movió, pero algo en su expresión cambió, no con sorpresa sino con la expresión de quien acaba de confirmar algo que llevaba tiempo sin querer terminar de pensar.
—¡Lo sabía! ¡Hijo de puta!
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Tatiana a Renata.
—Desde hace dos horas.
—¿Cómo?
—Lo presentaron en el foro. —La voz de Renata era plana, sin temperatura—. Entré a escuchar al Grupo Luna y el Grupo Luna tenía su cara.
—¡Hijo de puta! —repitió Pablo en voz baja.
—Renata... —empezó Julián.
—No. —Ella negó con la cabeza—. Todavía no. Déjame terminar.
Julián cerró la boca.
—Entró a mi cocina sabiendo quién era. Sabiendo lo de la hipoteca, lo del artículo de Raíz Clara, lo de los proveedores.
Cada noche que estuvo en este apartamento sabía exactamente lo que su familia quería hacerme.
—Una pausa—. En Guatapé también lo sabía.
Cuando me habló de su hermano, cuando vio la libreta de Cobre, cuando me dijo que merecía ser real. Todo eso lo hizo sabiendo…
La voz se le quebró en la última frase. Tatiana le puso una mano en el brazo y eso fue todo lo que ella necesitó.
La compuerta de orgullo que Renata había sostenido, desde el pasillo del foro hasta ese sofá, se abrió sin pedir permiso y el llanto llegó sin dramatismo, sin convulsiones, con esa forma silenciosa y devastadora que tiene el llanto de las personas que no lloran casi nunca.
Pablo se movió del suelo al sofá y la rodeó con el brazo sin decir nada.
Julián se inclinó hacia adelante con los codos en las rodillas y miró el suelo con la expresión de quien está procesando una rabia que no es la suya, pero la siente igual.
Tatiana le apretó la mano.
Renata lloró durante un tiempo que nadie midió. No dijo nada más. No hacía falta. Sus tres personas más cercanas estaban ahí con el silencio exacto que la situación necesitaba, sin intentar arreglarlo, ni decirle que iba a estar bien y mucho menos preguntarle qué iba a hacer ahora.
Solo estaban allí, apoyándola.
Cuando el llanto se fue apagando, Renata se limpió la cara con el dorso de la mano y miró el techo.
—Lo más trágico de todo esto —dijo al fin, con la voz todavía rota pero más tranquila— no es que me mintiera.
Es que yo lo habría elegido de todas formas.
Si me hubiera dicho la verdad desde el principio, mirado a los ojos, dicho quién era y lo que estaba pasando, yo lo habría elegido a él antes que a cualquier estrategia corporativa de su familia.
Nadie respondió enseguida.
—Lo sé —dijo Tatiana al fin, en voz baja—. Te enamoraste Ren, eso no es pecado.
—A veces pienso que, si me hubiera dicho la verdad desde el principio, yo lo habría intentado. —Tatiana le pasó un kleenex y ella se limpió los ojos y la nariz—. No sé si eso me hace sentir mejor o peor.
Julián levantó la vista.
—¿Qué vas a hacer?
Renata miró la botella de vino sin abrir sobre la mesa.
—Esta noche, nada. —Soltó un suspiro tembloroso—. Mañana ya veremos.
Pablo abrió la botella sin preguntar y sirvió cuatro copas, pero nadie brindó, pero los cuatro bebieron juntos en el silencio mientras cada uno digería las noticias de diferente forma.
**
Sebastián salió del edificio de la Séptima cuarenta minutos después de que las puertas del ascensor se cerraran.
No supo qué hizo durante esos cuarenta minutos. Caminó, probablemente. Bogotá siguió moviéndose a su alrededor con su indiferencia habitual y él dejó que lo hiciera.
Cuando por fin sacó el teléfono del bolsillo marcó el número de Alejandro.
Alejandro contestó al segundo tono.
—Primo. —saludó en tono festivo—. ¿Cómo estuvo el foro?
Sebastián no respondió enseguida. Dejó que el silencio hiciera el trabajo.
—Interesante —dijo al fin, con una voz que no tenía volumen, solo una temperatura de cero grados—. La lista que me mandaste tenía cuarenta y un nombres.
Alejandro no dijo nada.
—La lista oficial de la Cámara de Comercio tenía cuarenta y dos.
Otro silencio. Más largo esta vez.
—¡Ups! Estas cosas pasan —dijo Alejandro, con una calma que era puro artificio—. Errores administrativos.
—Sí —dijo Sebastián—. Estas cosas pasan, eres un hijo de puta.
Cortó la llamada enseguida, porque lo que tenía que decirle a Alejandro no era para una llamada telefónica y ambos lo sabían. Guardó el teléfono en el bolsillo y siguió caminando.
Alejandro que se quedara con eso esa noche. Con la certeza de que Sebastián sabía y con la incertidumbre de lo que vendría después. Era lo menos que se merecía y por ahora era suficiente.
**
Paula contestó al tercer tono con la voz de quien no estaba dormida, pero tampoco esperaba que la llamaran.
—Hola, Pau —dijo Sebastián.
—Son las diez y media. ¿Qué pasó?
Sebastián estaba sentado en un bar que había encontrado abierto después de una hora de estar caminando, en la barra estaba el tercer whisky a medio terminar delante de él y la carpeta del Grupo Luna en la silla de al lado como un recordatorio que no necesitaba.
—Se enteró.
Paula no preguntó quién. No hacía falta que lo hiciera.
—¿Cómo?
—Alejandro manipuló la lista de asistentes del foro y ella estaba ahí cuando me presentaron.
El silencio de Paula duró exactamente lo que necesitaba para procesar la noticia.
—Dios mío, Sebastián, ¿estás bien?
—Estoy hecho una mierda.
—¿Hablaron?
—En el pasillo. Después del foro.
—¿Cómo está ella?
La pregunta lo golpeó de una forma que no esperaba. No cómo estás tú sino cómo está ella. Eso era Paula.
—Destrozada y furiosa. —Soltó un suspiro antes de continuar—. Tenía razón en todo lo que me dijo.
—¿Qué te dijo?
Sebastián miró el café frío.
—Que el hombre que la hacía sentir segura era exactamente la persona de la que necesitaba protegerse.
Que la convertí en una decisión que yo podía controlar.
Que soy un cobarde. —Una pausa más larga y bajó aún más el tono de voz que salió ronco y angustiado—.
Que me habría elegido si le hubiera dicho la verdad.
Paula soltó el aire.
—¿Y tú qué hiciste?
—Absorberlo.
—¿Le explicaste lo de la propuesta?
—Sí.
—¿Y?
—Se fue igual.
Otro silencio. Sebastián escuchó a Paula moverse al otro lado, el sonido de una silla, pasos sobre madera.
—Te lo dije —dijo ella al fin, y no había crueldad en la frase, solo el peso de quien lleva tiempo viendo algo venir—. Te dije que no lo convirtieras en una presentación. Que llegaras como persona y no como heredero de los Luna con un plan alternativo.
—Lo sé.
—¿Lo sabes o lo repites porque es lo que toca decir?
Sebastián no respondió enseguida.
—Lo sé, Paula. —La voz le salió más rota de lo que quería—.
Sé que tuve mil oportunidades y elegí no hacerlo cada vez.
No una vez, no dos. Cada día fue una decisión de seguir callando y no había estrategia detrás, era miedo.
Miedo a perderla si decía la verdad y la perdí de todas formas por no decirla. —Titubeó—. No sé cómo se arregla eso.
—No se arregla rápido —dijo Paula, con una honestidad que era simultáneamente dura y compasiva—.
Y no se arregla con argumentos ni con propuestas ni con nada que tenga que ver con el Grupo Luna.
Si algún día se arregla va a ser porque ella decida que puede volver a mirarte y tú estés ahí sin pedir nada. Solo ahí.
—¿Y si no decide eso nunca?
Paula tardó.
—Entonces habrás perdido lo más importante que tuviste por no atreverte a arriesgarlo cuando podías y eso va a ser lo más caro que hayas pagado en tu vida, mucho más caro que la empresa.
Sebastián cerró los ojos.
—La junta es mañana.
—Te irá bien.
—Voy a presentar la propuesta. No por la empresa ni por los inversionistas. —Tardó un momento antes de volver a hablar—. Porque es lo único concreto que puedo hacer por ella ahora mismo, aunque ella no lo sepa todavía.
Paula guardó silencio un momento.
—Eso está bien —dijo al fin—. Haz la junta, pero Sebastián, cuando todo eso termine y tengas oportunidad de hablar con ella, llega solo con lo que haya en tu corazón.
—¿Y si ya es demasiado tarde?
—Eso no lo sabes tú. Eso lo decide ella.
Cortaron. Sebastián se quedó con el teléfono sobre la barra del bar y el cuarto vaso de licor delante.
Pensó en Renata llorando o no llorando, probablemente no llorando, probablemente con la espalda recta y la mandíbula apretada y con su manera de convertir el dolor en gasolina antes de que nadie se diera cuenta de que le había dolido.
Pensó en la libreta de Cobre.
Pensó en yo te habría elegido.
Dejó el dinero sobre la barra y salió a la calle.
Al día siguiente tenía una junta que ganar y después de eso no tenía nada excepto la posibilidad remota de que Paula tuviera razón.