CAPÍTULO 29 #2
Renata siguió examinando su libreta y minutos después Sebastián bajó la vista apenas por reflejo. Ella cerró el cuaderno, lo puso sobre la mesita esquinera mientras jugaba con el control remoto y ponía una película de Netflix.
Sebastián alcanzó la libreta antes de que ella pudiera reaccionar.
—¿Qué escondes ahí?
—Nada que quieras ver.
La respuesta salió demasiado inmediata y demasiado honesta.
Él levantó una ceja.
—Ahora definitivamente quiero verlo.
Renata sostuvo la libreta contra el pecho unos segundos. Después soltó aire por la nariz, resignada.
—Te vas a burlar.
—No voy a burlarme.
Ella dudó todavía un instante antes de entregársela. Sebastián abrió la primera página esperando recetas. No encontró ninguna. Había dibujos.
Trazos rápidos de una pastelería pequeña. Ventanales altos. Lámparas colgantes. Una barra clara frente a vitrinas llenas de postres. Notas escritas en los márgenes. Ideas sueltas. Colores. Distribución de mesas.
En una esquina alguien había escrito:
Quiero que huela a mantequilla y café apenas la puerta se abra.
Sebastián pasó la página lentamente y luego otra.
Había algo brutalmente íntimo en aquello. No porque fueran grandes sueños. Sino porque eran sueños honestos. Hechos sin estrategia. Sin cálculo y sin necesidad de impresionar a nadie.
Renata observaba hacia otro lado, incómoda bajo el silencio.
—Es ridículo —murmuró—. A veces dibujo cuando no puedo dormir.
Sebastián no respondió enseguida, porque de pronto aquella libreta entre sus manos se sintió demasiado distinta a todo lo demás que llenaba sus días últimamente.
Mientras él llevaba semanas enterrado entre reuniones tensas, llamadas a medianoche, investigaciones que no avanzaban y la sensación constante de que algo dentro del Grupo Luna empezaba a pudrirse sin que todavía pudiera ver por dónde.
Allí estaba ella, dibujando vitrinas, mesas junto a ventanas y un lugar donde la gente pudiera quedarse más tiempo del necesario.
Eso le apretó algo en el pecho, porque no supo en qué momento empezó a desear que nada de lo que lo rodeaba terminara tocando algo tan suyo como aquella libreta.
Ahora la culpa tenía rostro, textura y dibujos hechos a mano por una mujer que todavía creía en lugares cálidos mientras él vivía rodeado de gente capaz de destruirlos.
**
El monitor de la unidad de cuidados intensivos marcaba el ritmo de la habitación, un pitido constante que era el único diálogo que Sebastián recibía desde hacía meses.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el sofá de cuero sintético.
Se remangó la camisa con la precisión de quien se prepara para una cirugía y se acercó a la cama.
Andrés seguía allí, atrapado en ese silencio blanco. Tenía los ojos abiertos, fijos en algún punto del techo que nadie más podía ver, en esa mirada vacía que los médicos llamaban "estado vegetativo" y que a Sebastián le parecía un exilio sin retorno.
Se acercó a la mesa auxiliar donde una pequeña bomba de infusión trabajaba con un zumbido eléctrico casi imperceptible.
Una bolsa de plástico colgaba de un soporte, llena de un líquido espeso, estéril y amarillento que goteaba rítmicamente a través de una sonda.
Sebastián bajó la mirada hacia el abdomen de su hermano, donde el tubo desaparecía bajo la sábana, conectado directamente al botón gástrico.
Era una forma de alimentación eficiente, calculada al miligramo, pero carente de todo lo que hacía que valiera la pena estar vivo. No había aroma, no había textura, no había el placer de un primer bocado. Era solo combustible para una máquina que se negaba a apagarse.
Tomó una toallita húmeda y comenzó a limpiar las manos de su hermano. Lo hacía con una lentitud, recorriendo cada nudillo, cada espacio entre los dedos, que habría resultado irreconocible para sus socios en el Grupo Luna.
—Hoy el Nikkei cerró a la baja —comenzó Sebastián, su voz baja y monocorde—. Tu cartera de tecnología está resistiendo bien, pero el viejo insiste en que deberíamos mover los activos de Londres.
Abrió el diario financiero que traía bajo el brazo.
Empezó a leer los índices y las proyecciones de riesgo.
Era la farsa que mantenía para el personal médico, para su padre y, quizás, para sí mismo: la ficción de que Andrés solo estaba en una reunión prolongada de la que despertaría para retomar el mando, pero a mitad de un párrafo sobre la inflación, la voz se le quebró.
—A la mierda el mercado, Andrés —susurró.
Dobló el diario y lo lanzó sobre la mesa auxiliar, justo al lado de la bolsa de nutrición sintética. De su bolsillo sacó un libro pequeño, con las cubiertas gastadas. Buscó una página marcada y leyó, pero esta vez su voz tenía otro peso.
— "No es que muera de amor, muero de ti..." —hizo una pausa, tragando saliva—. He vuelto de Guatapé. Deberías haber visto el color del agua al amanecer…
Se inclinó sobre la cama para acomodar la almohada. Sus dedos rozaron la sien de Andrés, retirando un mechón de pelo.
—Fui con Renata. Esa mujer maneja un sarcasmo que te habría vuelto loco, hermano.
Caí en cuenta de que es muy parecida a ti.
Ayer mientras probaba uno de sus postres, pensé en este olor a desinfectante y en esa mezcla de proteínas químicas que te pasan por un tubo y en todo lo que te estás perdiendo.
—Hizo una pausa y miró un punto en la pared—.
Ella me mira como si yo fuera alguien que vale la pena, Andrés.
Como si no hubiera un rastro de sangre y ambición detrás de mi apellido.
Sebastián se sentó en el borde de la cama y tomó la mano de su hermano, tan fina y traslúcida que parecía de papel.
—Me aterra que, si me acerco demasiado, descubra que el hombre que la besó en Guatapé es el mismo que tiene el poder de destruir lo que más ama.
Ella es como una fiebre que no me deja, hermano.
Sé que, a pesar de que lucha contra lo que siente, está exactamente igual que yo...
Estoy cansado de ser dos personas distintas.
El silencio volvió a reinar, roto solo por el suspiro artificial del respirador y el goteo sordo de la sonda. Sebastián cerró los ojos y apoyó la frente contra la mano inerte de su hermano, permitiéndose, por fin, romperse un poco.