CAPÍTULO 29
El vuelo de regreso fue corto y silencioso. Renata apoyó la cabeza contra el respaldo con los ojos cerrados y Sebastián la dejó estar, sin conversación forzada, sin gestos de más.
En el taxi desde el aeropuerto, ella miró por la ventana cómo la ciudad los iba recibiendo con su tráfico de siempre, y tuvo la sensación incómoda de que Guatapé ya empezaba a parecerse a algo que había ocurrido en otro tiempo, en otro cuerpo.
Sebastián se despidió en la puerta de su edificio, hubiera querido pasar la noche con ella, pero por sus gestos meditó que a lo mejor ella necesitaría su espacio y no se equivocó al ver la mirada agradecida de ella. Le dio un beso breve y llevó la mano a su nuca unos segundos antes de soltarla.
—Descansa —dijo.
Renata asintió. El apartamento la recibió, con el molde de cobre todavía sobre la encimera donde lo había dejado, lo miró un momento antes de ir a darse una ducha.
Dejó que el agua caliente golpeara su rostro, tratando de lavar la extraña vibración que todavía sentía bajo la piel.
Guatapé había sido un paréntesis fuera del tiempo.
Allí, entre el agua y el silencio de la piedra, Sebastián, o Torres, como su mente insistía en llamarlo a veces, se había filtrado por grietas que ella creía selladas con cemento.
La intensidad de esos dos días no había sido solo física, aunque el recuerdo de sus manos la obligó a cerrar los ojos bajo la ducha. Había sentido una familiaridad absoluta.
No lo había invitado a subir porque el apartamento le pareció, de repente, un refugio demasiado pequeño para la magnitud de lo que traían de vuelta.
Verlo allí, junto al molde de cobre que había despertado en ella el deseo de volver a la pastelería y sus libros de cocina, hubiera hecho que lo ocurrido en el viaje dejara de ser un paréntesis para convertirse en su realidad y no estaba lista para eso.
Necesitaba recuperar su entorno, volver a ser la mujer que no necesitaba que nadie le sostuviera la mirada.
Al final, la gratitud que él había leído en sus ojos no era solo por el espacio, sino por la sabiduría de él al no forzar la entrada.
Se refugiaría en su trabajo porque en la cocina ella mandaba, en la cocina las reglas eran claras.
Allí, entre el fuego y el acero, quizás podría manejar la tormenta que él había desatado sin pedir permiso.
Pensó en el nombre Cobre flotando entre los dos frente a la fogata. En la forma en que Sebastián la había alentado y luego no había dicho nada más. En sus dedos cubriendo los de ella sobre la manta.
Se durmió con la certeza vaga y algo molesta de que el fin de semana había cambiado algo que ya no era fácil de nombrar.
**
Los primeros días de vuelta fueron normales en la superficie.
El servicio. Los proveedores. Su contador con un correo sobre los documentos del banco que ella archivó mentalmente para el jueves.
Mateo quejándose de un proveedor de aceite.
Entre el correo de la mañana había un sobre de la Cámara de Comercio que dejó sin abrir.
Julián reorganizaba el menú de temporada con la eficiencia de siempre y que nunca pedía aplausos.
Sebastián llegaba por las noches a su apartamento, sin anunciarse y con demasiado tiempo de anticipación, sin quedarse más de lo que ella necesitaba. Trabajaba desde su lado del mundo que ella no terminaba de ver, y volvía. Eso no había cambiado.
Excepto que sí cambiaba. Renata tardó dos días en identificarlo. No era la distancia, él seguía estando, presente, respondiendo cuando se le hablaba, anticipando lo que ella necesitaba con la misma atención de siempre. Era otra cosa. Algo más difícil de atrapar.
Era la forma en que a veces la miraba cuando creía que ella no lo veía. No con deseo, aunque eso también estaba. Con algo más parecido a la preocupación o al peso. Como alguien que carga con una cuenta pendiente y no sabe todavía cómo saldarla.
Intentó concentrarse en el trabajo con ahínco, pero lo que antes era su refugio de eficiencia, ahora le parecía un interludio vacío.
La verdadera vida, la que importaba, empezaba cuando el reloj marcaba el final de la jornada y el mundo exterior dejaba de exigirle una compostura que cada vez le pesaba más.
Se escudaba en su sarcasmo, una ficción que ella misma se obligaba a sostener para no admitir cuánto terreno había cedido. Sebastián se había vuelto inevitable y no era solo que él apareciera cada noche; era que él ya habitaba en ella mucho antes de que invadiera su espacio.
Al recibirlo, Renata experimentaba una rendición absoluta que la asustaba y la fascinaba a partes iguales.
Ya no había rastro de la mujer que daba órdenes.
El anhelo con el que lo esperaba era una acumulación que sumaba una capa más a su necesidad.
En la penumbra de su apartamento, lejos de las miradas y de las etiquetas profesionales, Renata comprendía que Guatapé le había arrebatado la capacidad de ser indiferente.
Cada vez que sus ojos se encontraban al abrir la puerta, ella confirmaba su propia vulnerabilidad: Sebastián no solo era el hombre que deseaba, era el único lugar donde ya no necesitaba recordar quién se suponía que debía ser.
Su apartamento, antes un símbolo de su independencia, se había transformado en el escenario de una entrega que, aunque silenciosa, era total.
**
El jueves Julián apareció con dos cafés y la expresión de quien trae algo más que cafeína.
Renata lo miró por encima del monitor.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Dejó el café sobre la mesa y se apoyó en el marco de la puerta—. Te ves rara.
—Qué observación tan útil, Julián. Gracias.
—Rara de la manera en que te ves cuando algo te está dando vueltas y todavía no has decidido si vas a admitirlo.
Renata cerró el portátil.
—Sebastián está distinto.
Julián no se sorprendió. Bebió un sorbo de café y esperó.
—Desde que volvimos —continuó ella—. Está presente, pero hay algo... no sé. Como si estuviera pensando en otra cosa mientras hace todo lo demás.
—¿Y eso te preocupa o te molesta?
Renata abrió la boca. La cerró.
—Las dos cosas —admitió.
Julián asintió, con la parsimonia de siempre y que a ella le resultaba a la vez útil e irritante.
—¿Has pensado en preguntarle?
—No quiero parecer toxica, ni necesitada, me conoces.
—También es el hombre con quien pasaste el fin de semana en Guatapé, con el que compartes casi todas tus noches, creo que eso te da cierto derecho a preguntarle cualquier cosa.
Renata no respondió.
—Si algo te pesa, pregúntale —dijo Julián, dejando la taza sobre el escritorio—. Peor que no saber es inventarse la respuesta.
Salió sin esperar que ella dijera nada más.
**
Sebastián sabía exactamente lo que Renata estaba notando y lo sabía porque él mismo lo sentía: una tensión nueva que no tenía que ver con el deseo ni con el trabajo sino con la mentira que crecía cada día que pasaba sin decir nada.
No sabía si Guatapé había sido un error, porque, al contrario, había ocurrido algo demasiado bueno y real que hacía muy difícil de sostener sobre lo que él escondía.
Había pasado los últimos días intentando calcular cuánto tiempo le quedaba antes de que alguna de las dos cosas explotara: la verdad que él seguía reteniendo o la presión de Alejandro que seguía acumulándose en silencio, porque su primo no se había quedado quieto, había rasgado la superficie de su entramado y él estaba en una carrera contra el tiempo para darle una nueva visión a Aurum y poder convencer a parte de los implicados para llegar fuerte a la junta.
El jueves por la noche Sebastián llegó más tarde de lo habitual.
Llamó dos veces, como siempre. Renata abrió con el pijama puesto y el cabello suelto y una expresión que no era sorpresa porque hacía días había dejado de serlo.
Se hizo a un lado sin decir nada. Él entró, dejó la chaqueta sobre una silla, se quitó los zapatos en el pasillo.
Renata observaba cada uno de sus movimientos y sin poderse aguantar le preguntó.
—Estás distinto desde que volvimos.
Él no lo negó.
—Lo sé.
—¿Qué pasó?
Sebastián la miró. Había algo en la forma en que ella preguntaba, directa, sin drama, sin acusación, que le hacía más difícil esquivarlo.
—Nada que tenga que ver contigo.
—Entonces tiene que ver con otra cosa.
Renata esperó. Cuando entendió que él no iba a seguir, soltó el aire.
—No te voy a obligar a contarme nada. —Se apartó de la encimera—. Pero si algo de lo que estás cargando tiene que ver con Lumbre o con lo que hay entre nosotros, prefiero saberlo.
Sebastián sintió el peso de esa frase asentarse en algún lugar entre el pecho y la garganta y la forma en que lo dijo no era excusándolo. Era lo mismo que había dicho en la cena coreana cuando él tampoco había hablado.
Un aviso. Recordó el tiempo que ella le había dado para contarle lo que lo atormentaba, sabía que caminaba en el filo, pero ahora más que nunca mientras trataba de atajar la crisis del Grupo con la nueva idea en la que trabajaba, tenía una mordaza que le impedía hablar.
—Cuando pueda decirte lo que necesito decirte, lo haré.
Renata lo miró un momento más. Leyó algo en su cara que no alcanzó a descifrar del todo, era como desesperación mezclada con temor, no quiso presionarlo más.
—Está bien —dijo al fin, con una voz que era más tranquila de lo que la situación merecía—. Cuando puedas, me lo dices.
La cocina olía todavía al postre de la noche anterior.
Renata volvió al sofá donde había estado revisando su libreta, con las piernas recogidas bajo el cuerpo y el cuaderno abierto sobre la rodilla.
Sebastián fue a la cocina, se sirvió agua, apagó la luz de la campana extractora que ella siempre dejaba encendida sin darse cuenta.
Se sentó a su lado. Ella no preguntó dónde había estado ni por qué había tardado. Él no explicó nada. Afuera la ciudad hacía sus ruidos nocturnos.
Sebastián apoyó la nuca en el respaldo y cerró los ojos.