CAPÍTULO 28
Por la tarde subieron a una lancha pequeña que los llevó por el embalse.
El guía manejaba la lancha con esa pereza experta de quien conoce cada metro del embalse de memoria. En algún momento sacó un pequeño parlante bluetooth, lo conectó sin decir nada y dejó sonar lo que sonaba.
Los primeros acordes de guitarra llegaron suaves, casi como parte del agua. Sebastián reconoció la canción antes de que empezara la voz.
Renata giró la cabeza hacia el parlante con una expresión que no era del todo casual. La escuchó un momento, con el cabello moviéndosele alrededor de la cara y los ojos entrecerrados contra el sol del agua.
Sebastián no la miró de inmediato. Miró el embalse, las orillas verdes, el cielo abierto sobre ellos, y dejó que la canción ocupara el espacio entre los dos.
Soy el fuego que arde en tu piel. Soy el agua que mata tu sed.
Fue ahí, con esa voz susurrada sobre el motor y el agua abriéndose a los lados de la lancha, cuando el pensamiento lo asaltó con una violencia que no esperaba.
Quería besarla. No como la había besado la noche anterior, con urgencia de piel.
Quería besarla allí, frente al agua, con el mundo abierto alrededor, hasta que ella dejara de mirar el paisaje y lo mirara a él como si también fuera un lugar al que pudiera volver.
Quería más que su cuerpo, y esa certeza le golpeó con una brutalidad inesperada.
Lo que empezaba a desear de ella no cabía en una cama ni en dos días escondidos lejos de Bogotá.
Quería sus pensamientos antes de que los convirtiera en sarcasmo.
Quería sus miedos antes de que los disfrazara de eficiencia.
Quería los sueños que guardaba en cajas viejas, las recetas que no se atrevía a escribir.
Tú el aire que respiro yo. Y la luz de la luna en el mar.
Sebastián la miró entonces.
Renata ya lo estaba mirando a él.
No con la guardia habitual. Con algo más quieto, más adentro, como si la canción le hubiera abierto una puerta que ella no recordaba haber cerrado. Sus ojos tenían esa mezcla profunda y cambiante que a veces lo descolocaba más que cualquier cosa que ella dijera.
La garganta que ansío mojar, que temo ahogar de amor.
Ninguno de los dos habló.
La canción siguió sonando sobre el agua.
Dices tú, mi tesoro basta con mirarlo, tuyo será, tuyo será.
Sebastián entendió en ese momento que el apellido falso seguía entre ambos como una piedra bajo el embalse: invisible desde la superficie, suficiente para partirlo todo cuando llegara el golpe.
La idea fue posesiva. Imperdonable. Porque Sebastián no era un hombre que se permitiera querer así. Él tomaba decisiones, administraba pérdidas, calculaba riesgos. Pero ahí estaba, deseando reclamar un sitio en ella cuando ni siquiera le había entregado su verdadero nombre.
La culpa le cerró la garganta.
Renata apartó la vista primero. Miró el agua con una expresión que Sebastián no supo leer del todo, o quizá sí supo y no quiso nombrarlo.
El guía señaló una casa enorme sobre una loma, brillante y fría en medio del paisaje, y empezó a hablar de quién la había construido.
Sebastián no escuchó nada de lo que dijo.
Renata la observó y soltó una risa baja.
—Qué manía la de algunos hombres de creer que grande significa importante.
Sebastián sintió el comentario en un sitio demasiado personal.
—Mi padre habría amado ese lugar.
Renata giró hacia él.
—¿Porque es enorme?
—Porque parece imposible de contradecir.
La respuesta cayó entre los dos con un peso que no pertenecía al paseo. Renata no hizo chistes. Solo apoyó el codo en el borde de la lancha y lo miró de perfil.
—Debe ser agotador crecer con alguien así.
Sebastián tardó un segundo.
—Uno aprende a respirar bajito.
El motor llenó el silencio durante unos metros. Renata se quitó los zapatos y dejó que una salpicadura fría le mojara los tobillos.
Sebastián la miró. Luego miró el agua.
Pudo decir algo. Pudo abrir una grieta en la mentira antes de que se volviera más grande que los dos.
El guía habló desde adelante, avisando que debían regresar antes de que cayera la tarde.
—Nada —dijo Sebastián al fin—. Que tu padre habría odiado esa casa abandonada.
Renata sonrió.
—No. Primero habría preguntado si tenía cocina.
Sebastián soltó una risa baja. Cuando atracaron en el muelle, Sebastián sintió vibrar el teléfono en el bolsillo. Era Camila de nuevo. Lo dejó sonar.
Volvió a vibrar cuando subían hacia la casa.
—Ve —dijo Renata, sin mirarlo—. Yo preparo algo caliente.
Él respondió en el corredor, de espaldas al embalse. Camila no perdió tiempo.
—Encontramos un patrón en la investigación de los lotes. Las mismas empresas llevan tres años comprando terrenos antes de que el Grupo Luna entrara oficialmente a negociar. Siempre un par de meses antes de que se aprobaran los movimientos internos.
Sebastián abrió los archivos que ella le enviaba. Fechas, nombres de sociedades distintas, también había nombres de representantes distintos, pero el comportamiento era idéntico: compras por debajo del mercado y reventas infladas. Una y otra vez.
Alguien dentro del grupo filtraba información estratégica y el Grupo Luna pagaba millones extra por terrenos que jamás debieron encarecerse así.
—Sigue investigando —dijo en voz baja—. Y no le digas a nadie lo que encontraste. A nadie.
Colgó. Se quedó un momento apoyado en la pared del corredor con el teléfono en la mano y el nombre de Alejandro instalándose en la cabeza con una frialdad que no tenía nada de sorpresa. Su instinto le decía que él estaba involucrado.
Desde adentro llegó el olor a café recién hecho y la voz de Renata preguntando si quería panela o azúcar.
Sebastián guardó el teléfono y entró.
**
Esa noche encendieron una fogata en la terraza.
La temperatura bajó rápido y Renata se envolvió en una manta clara, sentada en uno de los sillones con las piernas recogidas bajo el cuerpo.
Sebastián abrió una botella de vino y puso dos copas sobre la mesa baja.
El fuego lanzaba chispas pequeñas hacia el aire oscuro, y el embalse, invisible ya, seguía sonando abajo como una respiración enorme.
Durante un rato no hablaron.
Eso empezaba a ser otra intimidad entre ellos: no llenar todos los silencios, no convertir cada pausa en amenaza.
Sebastián le sirvió vino y se sentó a su lado, lo bastante cerca para compartir el calor de la manta cuando Renata, fingiendo fastidio, terminó extendiéndola sobre sus piernas también.
—No te emociones —dijo ella—. Es solidaridad térmica.
—No asumiría otra cosa de ti, mi pequeño erizo —replicó él.
—Mentira. Te mueres por ponerle nombre a esto.
—Me muero por muchas cosas contigo —admitió él, bajando la voz lo justo—. Ponerle nombre a esto es solo el principio.
Renata sonrió, desviando la mirada hacia el fuego. Sebastián bebió un sorbo y apoyó la copa sobre la rodilla.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó él. Ella supo de inmediato a qué se refería. Sin embargo, preguntó.
—¿La pastelería?
Él asintió. Renata contempló el fuego, que le doraba el perfil y le suavizaba la expresión.
—Cobre —dijo al fin. Sebastián se quedó quieto, saboreando la palabra.
—¿Cobre?
—Por los moldes antiguos —explicó ella—. Por el color del caramelo justo antes de quemarse. Por el recuerdo de las cocinas de antes... por esa sensación de algo cálido, resistente y usado por muchas manos —hizo una pausa, rompiendo el hechizo con una sonrisa tímida—. Suena tonto dicho en voz alta.
—No suena tonto —aseguró Sebastián, con total seriedad.
—Ni se te ocurra ponerte trascendental.
Renata giró la copa entre las manos. Él bajó la mirada al vino, conteniendo una sonrisa.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Bien. Porque si me dices que luche por mi sueño, te lanzo el vino a la cara y sería un desperdicio de buena uva.
Él soltó una risa baja, reteniendo el matiz de intimidad en los ojos.
—Entonces me guardo el discurso.
Renata guardó silencio un instante, buscando un terreno menos vulnerable para continuar.
—El vino está increíble —comentó, sopesando la botella—. La cava está muy bien surtida. Esto vale una pequeña fortuna.
—Yo no me preocuparía por eso —respondió él, con una fijeza que ella no supo descifrar.
Ella regresó la mirada a las brasas. Durante varios segundos, solo se oyó el crujido de la madera consumiéndose entre los dos.
—Lo dejé en una libreta —dijo ella—. El diseño de Cobre.
Hace años. Dibujé vitrinas, sabores, una terraza que no tenía, mesas que no podía pagar, un horno que costaba más que mi dignidad.
Después mi papá enfermó, Lumbre necesitó más manos, Emilio se fue quedando también y la libreta terminó en una caja.
—¿La conservas?
Renata asintió.
—Creo que es uno de los esqueletos de mi armario.
Sebastián la miró con una tristeza contenida.
—No está muerto.
Ella soltó una risa sin humor.
—Está bastante tieso.
—Dormido, entonces.
—Qué optimista estás este fin de semana —lo miró de reojo dándole un codazo—. Me preocupa.
Él se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Quizá porque escucharte hablar con emoción de ese sueño, me hace pensar que no has perdido eso —admitió él—. Solo lo guardaste en un sitio donde pudieras rescatarlo más adelante. Me gustaría ver ese cuaderno.
—No tengo tiempo para sueños, demasiada vida real alrededor.
—Los sueños se pueden cumplir.
Renata se quedó inmóvil. El fuego iluminó la humedad repentina de sus ojos antes de que ella pudiera apartar la cara.
—¿Y si perdí el toque? —murmuró.
Sebastián giró hacia ella.
—No lo has perdido.
—No puedes saberlo —insistió ella.
—Lo sé, tengo esa certeza.
Él no la tocó. Quería hacerlo, pero se obligó a quedarse quieto.
Renata respiró hondo, recuperándose a su manera: bebiendo vino, acomodándose la manta, fingiendo que no acababan de tocarle una herida.
—Julián dice algo parecido —admitió—. Con menos elegancia, claro. Él lo diría como: Ren, dejaste tu vida en una repisa y ahora te quejas de que tiene polvo.
—Me cae bien Julián.
—A Julián no le caes bien tú.
—Eso también lo hace inteligente.
Renata sonrió.
—Te tolera porque sospecha que me haces bien y dice que eres muy bueno en tu trabajo, pero dice que hay algo en ti, que no le permite confiar del todo. Lo cual es bastante irritante, porque Julián siempre suele tener razón y eso le ha hecho un daño espantoso a su personalidad.
Sebastián la observó con atención que ya no intentaba disimular.
—¿Qué lugar ocupa él?
Renata apoyó la cabeza en el respaldo del sillón.
—El de la persona que eligió quedarse cuando las cosas se pusieron difíciles.
Julián y yo empezamos juntos, casi de la misma edad, cuando Lumbre ya era algo.
Él no llegó a construir desde cero, llegó porque creyó en lo que mi padre había construido, y se quedó porque creyó en Emilio, y luego en mí.
Incluso en los momentos en que yo dejé de creer en ciertas partes mías. Eso no tiene precio.
El fuego crujió.
Sebastián extendió la mano y dejó los dedos sobre la manta, cerca de los de ella. Renata los miró. Luego los cubrió con los suyos.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Has querido así? ¿Con ese tipo de lealtad?
Sebastián soltó el aire.
—No sé si he querido bien alguna vez.
—Eso es demasiado triste incluso para ti.
—Es la verdad.
Renata lo miró de frente.
—He sabido desear —continuó él, mirando sus dedos bajo los de ella—. He sabido quedarme lo justo para no quedar mal. He sabido irme antes de que alguien pudiera pedirme algo que no estuviera preparado para dar. Pero querer bien... no estoy seguro.
—¿Y ahora?
La pregunta salió antes de que Renata pudiera detenerla. Sebastián levantó la vista. La fogata le marcaba sombras en el rostro. Por un momento pareció mucho más joven y mucho más cansado.
—Ahora estoy intentando no arruinarlo.
A Renata le dolió un poco la honestidad. También le dio miedo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo sin mentirte.
La palabra quedó ahí.
Mentirte.
Renata sintió un cambio mínimo en el aire. No supo por qué. No todavía.
—Entonces no me mientas —dijo, apretándole los dedos—. No necesito promesas perfectas. No necesito que me digas que esto va a ser fácil o limpio o sensato. Solo necesito saber que, cuando te mire, estoy mirando a la persona real.
Sebastián sintió que la frase le entraba como una cuchilla. Por un segundo el fuego pareció arder demasiado fuerte.
—Renata…
Ella no soltó su mano.
—¿Qué?
Ahí estaba. Con el vino, el fuego, el agua abajo y el nombre de Cobre todavía latiendo entre los dos. Sebastián entendió que la mentira ya no era una estrategia. Era una deuda acumulando intereses.
Pero también entendió que, si hablaba en ese instante, lo perdía todo y había mucho en juego en ese momento como para arruinarlo, tanto para ella como para él.
—Que no sé si merezco que me mires así —dijo.
Renata tragó saliva. Había algo en esa frase que le habría parecido evasivo en otro momento. Esa noche le pareció vulnerable.
Se acercó y apoyó la frente contra la suya.
—Probablemente no —susurró—. Pero no arruines el momento intentando estar de acuerdo conmigo.
Sebastián cerró los ojos. Ella lo besó primero. No fue un beso urgente. Fue lento, tibio, lleno de esa confianza incipiente que a veces nace sin pedir permiso, como si el cuerpo creyera antes que la cabeza.
Sebastián le sostuvo la cara con cuidado, casi con reverencia y mientras la besaba, el nombre de Cobre quedó grabado en algún lugar de su memoria con una nitidez que no tenía nada de inocente.
Lumbre era su raíz.
Cobre era su sueño y Sebastián, que había llegado a su vida como una mentira, a su favor tenía el empeño de construir algo que no necesitara destruirla. El inconveniente era que todavía no sabía cómo salvarla de él.