Donde arde la traición CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

—Pasaron facturas. Nóminas. Deudas. El miedo a que una mala semana destruyera meses de trabajo. Pasó que Emilio se fue y yo le dije que podía con todo porque en ese momento necesitaba creerlo.

Sebastián se recostó un poco en la silla, atento. Renata no lo miraba, quizá por eso siguió hablando.

—Él quería quedarse. Quería renunciar a lo suyo por temor a dejarme sola con la carga. Pero yo no quería quitarle lo que Catalina le había devuelto. Así que hice lo que hacen las hermanas con complejo de heroína: levanté la barbilla, mentí muy bien y dije vete, yo me encargo.

—Eso no te convierte en heroína —murmuró Sebastián.

Renata volvió la vista hacia él.

—¿No?

—Te convierte en alguien que ama mucho y pide poco.

La frase le tocó algo profundo. Renata tomó la servilleta y la acomodó sobre su regazo con más cuidado del necesario.

—No me psicoanalices antes del almuerzo. Es de mala educación.

Sebastián aceptó el cambio de tono, pero no apartó la mirada.

—¿Qué querías tú, antes de encargarte de todo?

Llegaron los platos y ella agradeció la interrupción. El pescado estaba dorado, el limón brillante sobre la piel crujiente. Renata probó primero el hogao, luego el arroz, luego un trozo de patacón. Se tomó su tiempo. Sebastián esperó.

—Una pastelería —dijo al fin, casi como si se le escapara—. No una vitrina cualquiera con tortas bonitas. Un lugar donde los postres no fueran el final del menú, sino el motivo para sentarse.

Sebastián dejó los cubiertos un instante.

—¿Cómo sería?

Renata soltó una risa suave, incómoda.

—No sé. Ya no pienso en eso.

—Mentira.

Renata quiso molestarse, pero la pregunta ya le había abierto una ventana por dentro. Miró el agua, los manteles moviéndose con el viento, la luz de la tarde sobre los platos.

—Sería luminosa. Con cocina abierta. Una carta corta que cambie con la temporada. Vainilla de verdad, frutas colombianas, chocolate oscuro, café, guayaba, lulo, uchuva, feijoa. Nada de postres decorados como si fueran joyas sin alma. Que cada cosa tuviera una historia.

Sebastián la escuchaba como si estuviera memorizando una confesión.

—¿Nombre?

Renata sonrió con tristeza.

—Lo he pensado mil veces, pero apenas hace poco me llegó uno que encajaba.

—Dímelo.

Ella negó con la cabeza.

—¿Por qué?

Sebastián le aferró la mano, a pesar de su trabajo en la cocina, tenía la piel suave, acarició la cicatriz de la muñeca en forma de moneda, nunca le había preguntado sobre ella.

—Porque entonces parecería demasiado real.

Sebastián bajó la mirada al plato. Sintió algo hundirse dentro de él, una mezcla de ternura y culpa que ya no sabía separar.

La mentira volvió a tensarle algo en el pecho.

La sensación constante de estar acercándose demasiado a una mujer a la que estaba ayudando desde las sombras sin decirle la verdad.

Como caminar con una soga invisible alrededor del cuello.

—Quizá merece ser real —dijo, aun así.

Renata clavó los ojos en él.

—No hables como si todo lo que una persona deja aparcado pudiera recuperarse solo porque alguien lo dice bonito durante un almuerzo.

Sebastián aceptó el golpe sin defenderse.

—Tienes razón. Guarda tus púas, mi pequeño erizo. Solo estamos soñando.

—Estoy soñando yo. Tú solo me escuchas.

—Estoy aprendiendo a escuchar.

—No es necesario. Solo es una charla en un almuerzo, en medio de un paisaje hermoso.

—Es más que eso y lo sabes.

Renata soltó una risa, pero esta vez la sonrisa de Sebastián no llegó del todo a sus ojos. Bajó la vista un instante y se quedó demasiado callado.

Ella lo observó con atención.

—Oye.

—¿Qué?

Renata dejó la servilleta sobre la mesa y se puso de pie rodeándola. Sebastián frunció el ceño, confundido, pero no alcanzó a decir nada porque ella terminó sentándose de lado sobre sus piernas con total naturalidad.

Él soltó una exhalación corta.

—¿Qué estás haciendo?

—Intervención humanitaria.

—Eso suena ilegal.

—Tu cara también. Pareces un vaquero del viejo Oeste listo a desenfundar sus armas.

La risa se le escapó antes de poder contenerla. Fue un gesto breve, pero real. Renata sonrió satisfecha.

—Mucho mejor —apuntó ella, acomodándose un mechón detrás de la oreja—. Hace un momento parecías uno de esos vaqueros trágicos que saben que el duelo no va a terminar bien y aun así salen a enfrentar al malo.

—¿Quién te dice que yo no soy el malo? —le preguntó, sosteniéndole la mirada.

Renata negó con la cabeza . Sebastián se quedó mirándola un rato mientras volvía y le acomodaba el mechón de cabello que se había salido de nuevo de lugar y sintió una punzada de advertencia justo en el centro del pecho.

Ella le atribuía una nobleza que él no poseía, buscando luz donde solo había sombras corporativas y secretos heredados.

—Los malos de verdad nunca preguntan eso.

Mirar a Renata era, para él, asomarse a una vida prohibida: una donde las caricias eran honestas y el éxito no se medía en la destrucción del rival. Ella le inspiraba una necesidad casi dolorosa de rendirse, de soltar el control y quedarse a vivir en la tregua de su cocina.

—Qué ingenua eres, chef.

—No creas eso ni medio segundo —replicó ella, arqueando una ceja—. Tengo buen ojo para los hombres complicados.

Lo malo de tener buen ojo, pensó de inmediato, mientras sentía la firmeza de las manos de él en su cintura, era que también implicaba saber cuándo alguien estaba ocultando el peso del mundo.

Sebastián era un laberinto, uno lleno de giros oscuros que no alcanzaba a descifrar, y lo verdaderamente alarmante era lo mucho que le apetecía perderse en sus recovecos.

Él soltó una risa baja.

—¿Crees que soy complicado?

—No lo creo, lo sé —sentenció con una sonrisa.

Obligándose a recuperar la distancia emocional que nunca debió perder, la miró con una condescendencia fingida.

—No sabía que fueras tan cruel.

—Y eso que aún no te cuento la vez que incendié un microondas intentando derretir chocolate y culpé a Emilio durante años —añadió, divertida.

—¿Durante años?

—Dos y medio —admitió ella, encogiéndose de hombros—. El remordimiento también tiene límites.

Esta vez Sebastián soltó una carcajada que llegó a los oídos de los demás comensales que le destinaban miradas curiosas.

Las manos terminaron rodeándole la cintura casi por instinto y por un instante apoyó la frente cerca de su hombro, cerrando los ojos un segundo.

Como si aquella pequeña estupidez le hubiera dado un respiro que no sabía que necesitaba.

Renata, sintiéndolo aflojarse contra ella cuando el beso cedió, entendió que Sebastián Luna llevaba demasiado tiempo sosteniendo cosas que nunca decía en voz alta.

Como si aquel pequeño momento absurdo hubiera logrado aflojar algo que llevaba demasiado tiempo apretado dentro de él.

—No te acostumbres —murmuró Renata, apartándose apenas para mirarlo—. Sigo evaluando si eres una mala decisión con buena mandíbula.

—Tu romanticismo, me encanta. —señaló burlón.

—Lo intento.

Ella le rozó la mejilla con los dedos antes de levantarse de sus piernas.

—Voy al baño antes de que llegue el postre y me juzgues por pedir dos.

—Ya te juzgo por eso.

—Perfecto. Así la relación avanza.

Sebastián la vio alejarse entre las mesas con una sonrisa todavía instalada en la boca.

Entonces vibró el teléfono.

Lo sacó del bolsillo. Era Camila. Lo miró un segundo, con el nombre parpadeando en la pantalla y el ruido del restaurante alrededor, y lo guardó sin contestar.

Lo que Camila tuviera que decirle podía esperar hasta mañana. Renata no.

—Oye, ¿qué hiciste con el chico guapo que me acompañaba?

Sebastián alzó la vista. La sonrisa seguía allí, pero ahora parecía sostenida por pura voluntad.

—Tuvo que volver al mundo real por unos segundos, pero tenle fe, volverá.

Renata se quedó mirándolo unos segundos, sintió que algo invisible acababa de sentarse con ellos a la mesa.