Donde arde la traición CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Sebastián preparaba el desayuno con una concentración casi religiosa cuando Renata entró en la cocina. Llevaba el cabello húmedo, una camiseta oscura y los pies descalzos sobre el piso frío, mientras afuera, la luz del domingo apenas empezaba a disipar la bruma sobre las montañas.

Se apoyó en el marco de la puerta unos segundos, observándolo sin anunciarse.

Había algo muy íntimo en verlo así, partiendo un aguacate, revisando el punto de la sal, apartando una taza de café para ella como si hubiera aprendido en muy poco tiempo dónde empezaban sus manías o a lo mejor la había observado más de la cuenta. Sebastián giró la cabeza.

—Buenos días.

Renata entró despacio.

—Depende — respondió.

—¿De qué? —quiso saber él, divertido.

—De si ese café es tan bueno como el de mi apartamento.

Él le tendió la taza.

—Prueba antes de juzgar.

Renata bebió un sorbo. Lo odió un poco por hacerlo bien.

—Aceptable.

—Eso, viniendo de ti, es una declaración obscena de cariño —replicó Sebastián .

—No abuses. Todavía estoy medio dormida.

Sebastián se acercó y le acarició con el pulgar una marca de almohada que tenía cerca de la mejilla. El gesto fue tan doméstico, tan absurdo en su naturalidad, que Renata sintió la necesidad inmediata de defenderse.

—¿Qué planes tienes hoy, guía turístico de dudosa procedencia?

—La Piedra del Peñol —dijo él, volviendo a la sartén antes de que ella pudiera leerle demasiado—. Luego almorzamos por la zona y, si no intentas asesinarme subiendo escalones, damos un paseo en lancha.

Renata dejó la taza sobre la mesa.

—¿Subir la piedra? —protestó—. ¿Me trajiste a descansar o a entrenar para una maratón?

—Ambas cosas pueden coexistir.

—Te advierto que, si muero en el escalón quinientos, pienso aparecerme en tu cocina cada vez que cortes una cebolla —le aseguró, entrecerrando los ojos. Sebastián sirvió los huevos en dos platos y le acercó uno.

—Tendrías que admitir que me extrañarás incluso muerta.

—Prefiero la condena eterna —sentenció ella—. Lo haría por el placer de mortificarte.

Él se inclinó y le dio un beso breve en la comisura de la boca.

—Come. Vas a necesitar energía para insultarme con ganas.

Renata se sentó intentando no sonreír demasiado.

**

La Piedra del Peñol apareció ante ellos como una exageración de la naturaleza: inmensa, oscura, partida por una escalera que subía en zigzag como una costura irregular.

Renata bajó del auto y levantó la vista.

—No.

Sebastián cerró la puerta con calma.

—Ni siquiera he dicho nada.

—No hace falta. La piedra ya habló, ya me observó y dijo no.

Él caminó hasta su lado, mirando hacia arriba.

—También dijo vista espectacular.

—La vista espectacular puedo verla en internet.

—No es lo mismo.

—Claro que no. En internet no me falta el oxígeno ni cuestiono mis decisiones de vida.

Sebastián se cruzó de brazos.

—¿Tienes miedo?

Renata giró lentamente la cabeza y lo señaló con el dedo.

—Cuidado, Torres. No intentes manipularme con orgullo. Soy perfectamente capaz de subir esa cosa si quiero. Corro por deporte.

El apellido salió de ella como una burla ligera, pero a Sebastián le cayó en la boca del estómago. Torres. El nombre prestado. Una de esas ironías que el destino dejaba caer en el momento exacto para recordarle que la mentira no se quedaba quieta, que respiraba entre los dos. Se obligó a seguir.

—Entonces quieres —insistió él, forzando de nuevo el tono ligero.

—No he dicho eso.

—Tus ojos sí.

—Mis ojos están planeando tu asesinato.

—Muy verdes para tanta violencia —le soltó, mirándola de frente.

Renata abrió la boca para responder, pero él le tomó la mano y empezó a caminar hacia la entrada.

—Vamos. Si te cansas, paramos. Ella miró la mano de él como si fuera una trampa evidente. Con Sebastián, últimamente, casi todo lo parecía.

—No me cansaré —replicó, apresurando el paso para emparejarse con él—. Te digo que corro por deporte, es solo que quería un fin de semana de descanso total.

—Tus pobres huesos son capaces de aguantar el ascenso. Vamos.

—Te lo echaré en cara por años.

—Me halaga que ya estés proyectándome en tus quejas futuras.

—No te emociones —le advirtió ella, de buen humor—. En mis quejas futuras también hay espacio para proveedores, bancos y gente que cocina el arroz sin sal.

Él soltó la risa. El sonido se mezcló con el murmullo de los visitantes y con el viento que bajaba de la piedra.

—Entonces estoy en buena compañía.

Renata levantó la vista hacia la escalera blanca que trepaba por la roca y respiró hondo.

—Más te vale que la vista sea obscenamente buena.

Sebastián le apretó la mano una sola vez, un contacto breve y cálido.

—Lo será —aseguró—. Confía en mí.

Renata lo miró de reojo mientras cruzaban hacia la entrada. La frase, dicha así, le tocó un lugar incómodo. Confía en mí. Qué fácil sonaba en su boca. Qué peligroso se sentía en el cuerpo.

—Estoy aquí, ¿no? —murmuró, intentando cubrir la respuesta con ironía—. No abuses.

Sebastián no contestó. Solo siguió caminando con ella de la mano.

Subieron los primeros escalones con más dignidad que entusiasmo. A los cien, Renata aún mantenía la espalda recta. A los doscientos había dejado de responder con frases completas. A los trescientos, Sebastián tuvo la inteligencia de detenerse antes de que ella lo odiara de forma irreversible.

—Pausa —dijo él, apoyándose contra la baranda.

Renata se detuvo a su lado, respirando con cuidado.

—Qué noble de tu parte admitir tu debilidad.

Sebastián le ofreció la botella de agua sin alterar la respiración.

—Estoy destrozado por dentro.

—Se nota. Casi me das pena.

Él la miró mientras bebía. Tenía las mejillas encendidas, un mechón pegado a la sien, los ojos brillantes por el esfuerzo. La belleza de Renata, descubrió en ese instante, era más peligrosa cuando no intentaba controlar nada.

—¿Qué? —preguntó ella, bajando la botella.

Sebastián tardó un segundo.

—Estaba pensando que me gusta verte así.

—¿Sudada y al borde de un infarto?

—Viva.

La palabra la alcanzó en un lugar inesperado. Renata bajó la mirada primero, no porque no quisiera afrontarlo, sino porque a veces Sebastián decía cosas sin adornos y esas palabras eran las peores. Las que la enfrentaban a lo que sentía por una persona que apenas conocía.

—Sigue subiendo —dijo, devolviéndole la botella—. Antes de que diga algo meloso y arruine mi reputación.

Él no sonrió. Solo volvió a tomarle la mano y siguieron.

Cuando llegaron arriba, el viento les golpeó la cara con una fuerza limpia. Guatapé se extendía debajo como un mapa de agua y verde, islas dispersas, techos de colores, montañas suaves, cielo abierto.

Renata se quedó sin palabras.

Sebastián no la interrumpió. Se limitó a observarla mientras ella miraba el paisaje con una expresión que no le había visto en Lumbre: asombro sin defensa.

Fue en ese instante, al verla recortada contra el horizonte, cuando cayó en la cuenta de que el verde de los ojos de Renata era casi idéntico al reflejo del agua abajo, una mezcla profunda y cambiante que parecía absorber la luz de la mañana.

—Está bien —dijo ella al fin, con la voz algo rota por el viento—. Admito que no se vería así en internet.

Sebastián se apoyó en la baranda a su lado y soltó una risa baja.

—Te lo dije.

Renata parpadeó, sacudiéndose la distracción, y lo miró de frente.

—¿Qué? —quiso saber, al notar la fijeza de su atención.

—Estaba pensando —comentó él, acortando la distancia justo lo necesario para que el viento no se llevara sus palabras— que tienes el mismo color del embalse en los ojos. Una trampa verde.

Ella sostuvo la mirada, un tanto descolocada por el cambio de tono.

—¿Una trampa?

—De las que dan ganas de quedarse —admitió él, aunque por dentro la culpa le dio un sutil aviso.

Renata lo miró de reojo, con el cabello moviéndosele alrededor del rostro.

—Gracias —dijo.

—¿Por traerte?

—No por la subida. Esa parte sigo considerándola un acto de violencia. —Hizo una pausa—. Por sacarme de allí.

Sebastián apoyó los antebrazos en la baranda.

—A veces uno confunde el lugar que ama con la obligación que lo está consumiendo.

Renata se quedó quieta.

—¿Eso te pasa a ti?

—Sí. Con demasiadas cosas.

Ella sintió que había otra puerta ahí. Pero esta vez no quiso empujarla. Cuando disfrutaban del momento en la cima de la piedra, con el viento abriéndoles la piel y el mundo tan lejos.

—Vamos a bajar —dijo—. Antes de que me ponga filosófica y tú creas que esto es una cita trascendental en nuestras vidas.

Sebastián la miró.

—¿No lo es?

Renata empezó a caminar hacia las escaleras.

—Es solo una excursión con riesgo cardiovascular, Torres.

Él la siguió, sonriendo como si esa respuesta, de alguna manera absurda, le hubiera bastado.

**

Almorzaron en un restaurante con una terraza de madera con vista al agua, en una mesa apartada cubierta con un mantel sencillo y el olor a pescado frito, limón, cilantro y hogao caliente.

Renata se sentó con una satisfacción casi infantil, todavía recuperándose de la bajada.

—Voy a pedir media carta y esta vez invito yo.

Sebastián tomó el menú con una solemnidad exagerada.

—Me parece razonable. Solo avisaré a la cocina que mi acompañante viene con hambre, resentimiento y una ligera tendencia a culparme de sus decisiones.

—No te burles. Subí una piedra por ti.

—Por la vista.

—Por ti. La vista fue una compensación razonable.

El mesero se acercó y Renata empezó a preguntar por los platos con la curiosidad de una niña y que a Sebastián le hizo sonreír: qué pescado usaban, cómo preparaban el hogao, si los patacones venían delgados o gruesos, si la mazamorra era muy dulce.

Cuando el mesero se fue, Sebastián la observó con una calma que ella notó enseguida.

—¿Qué? —preguntó, tomando agua.

—Te cambia la cara cuando hablas de comida. En Lumbre hablas de comida mientras calculas costos y tiempos. Aquí acabas de interrogar a ese pobre hombre como si le estuvieras sonsacando un secreto familiar.

Renata miró hacia el agua.

—Antes era así todo el tiempo.

—¿Y qué pasó?

Ella se quedó un momento siguiendo el movimiento de una lancha a lo lejos.