Donde arde la traición CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—Cuéntame una —pidió.

Sebastián tardó. Miró hacia el ventanal, a ese pedazo de cielo que ya empezaba a oscurecer.

—Pensé que no volvería a encontrar un lugar donde poder dejar el mundo afuera.

La frase no fue romántica, pero la tocó de otra manera por ese tono bajo, casi confidencial que él había utilizado. Renata apoyó la barbilla sobre su pecho.

—Eso no arruinó el momento.

—Dale tiempo.

Ella le dibujó un círculo pequeño sobre la piel, cerca de una cicatriz, abajo del pecho.

—¿Qué pasó con tu hermano?

Sebastián se quedó quieto, como escuchando a alguien que oye abrirse una puerta que llevaba años evitando.

—Andrés —dijo al fin.

Se tensó un segundo, luego relajó los hombros.

—Era el sol de la casa. El tipo que no pedía permiso para brillar. —Su voz sonó más profunda en la penumbra—. De niño era el primero en llegar a cualquier sitio y hacer que todo girara en torno a él.

—¿Y tú?

La sonrisa de Sebastián fue breve y sin alegría.

—Yo era el que observaba cómo lo hacía.

Renata no dijo nada. Su mano se quedó abierta sobre su pecho. Sebastián la cubrió con la suya.

—Era adicto a la adrenalina. El parapente era su forma de sentirse vivo. Pero un golpe de viento, un error de cálculo, lo dejó en una cama de la que no ha vuelto a levantarse. Lleva años ahí, detenido en un tiempo que ya no nos pertenece.

—Lo siento mucho —murmuró Renata, apretándole la mano.

—Eso rompió a mis padres. No pudieron soportar mirarse y ver el reflejo de la tragedia.

Llevan separados casi el mismo tiempo. —Hizo una pausa—.

Mi padre es un hombre difícil. Vive encerrado en su trabajo, convencido de que el control es la única forma de evitar que las cosas se rompan.

Mi hermana Paula trata de mantener el equilibrio.

—¿Paula es la que trabaja con comunidades?

Él asintió, sorprendido de que ella recordara ese detalle de algo que él le había contado una noche. Lo que él no sabía era que Renata atesoraba esos pincelazos de su vida, tal vez por lo reservado que era.

—Sí. Tiene esa costumbre incómoda de intentar arreglar el mundo, aunque el mundo insista en no dejarse.

—Me caería bien.

—Demasiado. —levantó su rostro para mirarla—. Eso me preocupa.

Renata sonrió.

—¿Lo visitas mucho?

Sebastián respiró hondo. Miró hacia el ventanal, donde el embalse empezaba a oscurecerse.

—Cuando necesito acordarme de quién era antes de que todo se volviera complicado.

La frase se quedó entre ellos como una puerta entornada.

—Eso fue muy específico.

Ahí estuvo la oportunidad. Una rendija. El sitio exacto por donde la verdad pudo haber entrado.

Sebastián no la abrió.

—Las familias tienen ese talento —dijo, con una sonrisa sin alegría—. Vuelven complicado hasta lo que debería doler de forma sencilla.

Renata no apartó la vista enseguida. Algo en ella se movió, inquieto, pero la tarde estaba demasiado quieta y la mano de Sebastián demasiado cálida sobre la suya.

—Siempre usas frases bonitas para esquivar preguntas.

Sebastián bajó la vista a sus dedos entrelazados. Le acarició el nudillo con el pulgar, despacio.

—Será que todavía no sé responder sin arruinar esto.

Renata sintió la advertencia, aunque no entendió el tamaño.

Podría haber insistido. Quizá debió, pero Sebastián tenía la mirada de un hombre que acababa de abrir una herida y no sabía si podía soportar otra, y ella, que llevaba años aprendiendo a no empujar a la gente cuando estaba a punto de caerse, decidió dejarlo respirar.

Apoyó la mejilla otra vez sobre su pecho y escuchó el latido de él, irregular, humano, mucho menos seguro de lo que pretendía ser.

Afuera el agua siguió golpeando suavemente los pilotes y por primera vez en mucho tiempo Renata se permitió quedarse quieta.

Sebastián giró la cabeza para mirarla antes de que el silencio se volviera demasiado pesado.

—Ahora te toca a ti. Cada vez que hablas de Lumbre hay algo debajo que no es solo el restaurante. Lo noto desde el primer día.

Renata tardó un momento.

—Era de mi padre —dijo al fin—. No en el sentido legal, aunque también.

Era suyo en la forma en que un lugar puede pertenecerle a alguien sin que nadie tenga que firmarlo.

Él lo construyó desde cero, con deudas pequeñas que parecían enormes y una cocina que se caía a pedazos, le dio un lugar importante en el mundo gastronómico de la ciudad y cuando murió, quedó flotando entre Emilio y yo como algo que ninguno de los dos sabíamos muy bien cómo cargar.

—¿Cómo era?

—Terco. Orgulloso. Insoportable cuando quería tener razón.

—La voz se le suavizó sin que ella lo decidiera—.

Pero sabía entrar a Lumbre y hacer que todos sintieran que estaban en una casa, no en un negocio.

Decía que un buen restaurante no se medía por cuánta gente entraba, sino por cuántos se resistían a irse.

Sebastián la escuchó sin apartar los ojos de ella.

—¿Lo extrañas mucho?

—Lo extraño en cosas tontas. Cuando alguien corta mal una cebolla.

Cuando una mesa se queda hasta el cierre hablando bajito y cuando bato la crema para alguno de mis inventos —Hizo una pausa—.

Por eso me da miedo perderlo. No solo el edificio.

Lo que se queda sin nombre cuando un lugar así desaparece.

Sebastián cerró la mano sobre la de ella.

Ahí estaba la verdad de Renata. No la que podía ponerse en números. Algo que dolía tocar.

—Luego está Emilio —dijo ella, y esta vez la voz bajó un tono—.

Mi hermano. Durante mucho tiempo Emilio sostuvo el restaurante, le dio un aire más sofisticado y triunfó, a costa de sus propios sueños, mientras yo vivía los míos, hasta que llegó Catalina y le devolvió la luz.

Ella le hizo ver que el mundo era más grande que esas cuatro paredes.

—Él hipotecó el restaurante para expandirse en Nueva York —continuó, mirando hacia el techo—.

Pensó, con esa lógica optimista que te da el estar enamorado, que los ingresos de Lumbre cubrirían la deuda y fui yo quien lo alentó a que lo hiciera.

Le dije que yo me encargaría, que no se preocupara.

Quería que fuera libre, aunque eso significara encadenarme a una deuda que ahora nos está devorando.

En ese momento quise demostrarme que era capaz de emular lo que hicieron mi padre y Emilio, lo que ninguno me dijo fue el precio a pagar.

Sebastián sintió un nudo en la garganta. La nobleza del gesto lo desarmaba. Ella no estaba peleando por codicia ni por un error ajeno, sino por el regalo de libertad que le había hecho a su hermano.

—A veces nos volvemos mártires por las personas que amamos —murmuró, acariciándole el cabello— sin darnos cuenta de que el fuego también puede consumirnos a nosotros.

Renata no respondió. Se acurrucó más contra él, agotada por haber puesto en palabras la magnitud de su apuesta.

Sebastián la rodeó con el brazo y cerró los ojos con fuerza.

En esa habitación de piedra y madera, rodeados por la paz engañosa del embalse, se quedaron dormidos.

Ella creyendo que había encontrado a alguien que entendía el valor del sacrificio.

Él sabiendo que su familia sería la dueña del lugar que Renata intentaba cubrir con su propia vida y que él tendría que darle forma a la idea que tenía de conservarlo, así con aquello, perdiera lo más importante.