CAPÍTULO 26
El sábado tomaron un vuelo hacia Medellín a media mañana. Al llegar, alquilaron un auto y salieron rumbo a Guatapé con las ventanas parcialmente abiertas, dejando entrar al vehículo el aire tibio de Antioquia con su olor a montaña, tierra húmeda y carretera.
Renata miraba las montañas unas sobre otras al otro lado de la ventana, pero su atención no estaba del todo en el paisaje.
Estaba en Sebastián. En la forma en que conducía como si conociera cada curva antes de verla.
En la seguridad con que había resuelto el vuelo, el carro, la casa alquilada.
En esa manera tan suya de cuidarla sin que nadie se lo pidiera y, al mismo tiempo, no dejar que nadie se acercara demasiado al lugar donde guardaba sus respuestas.
—Estás muy pensativa —señaló él.
Sebastián mantenía la vista en la carretera, pero por dentro el nudo se apretó.
Mientras Renata miraba las montañas sin saber que era el centro de una guerra silenciosa, Sebastián calculaba cuánto tiempo le quedaba a él antes de que su padre o Alejandro descubrieran lo que Camila y él preparaban en silencio en su oficina.
Había puesto en manos del investigador lo encontrado en la oficina de Renata, la propuesta de una empresa inmobiliaria que ya había visto en alguna parte.
Alejandro había planeado el movimiento del proveedor con un cálculo que Sebastián tenía que reconocer, aunque le revolviera el estómago. Todavía no había ejecutado la jugada, lo que significaba que la guardaba para el momento en que más daño pudiera hacer. Sebastián tenía que llegar antes.
La miró de reojo. Renata observaba las montañas con una tranquilidad que le resultaba cruel.
No iban a destruir el negocio; iban a desgastarla a ella.
Al descubrir en sí mismo una lealtad que no venía del apellido, Sebastián entendió con claridad su nueva realidad: haría cualquier cosa antes de verla quebrarse.
—Estoy calculando si este auto se paga con ahorros, con milagros o con algún delito menor —dijo Renata, sin apartar los ojos del paisaje.
—Ningún delito que pueda probarse.
Renata giró hacia él despacio.
—Yo habría disfrutado más el paisaje si me hubieras dejado pagar la mitad del alquiler.
Sebastián tamborileó dos dedos sobre el volante.
—No hacía falta.
—Esa frase —Renata alzó una ceja— además de machista, es sospechosa. Práctico habría sido dividir gastos como dos adultos. Sospechoso es que un cocinero alquile un auto de gama alta como si estuviera comprando tomates.
Él mantuvo la vista en la carretera. Algo en su postura cambió, una rigidez mínima que Renata alcanzó a leer antes de que él la escondiera.
—Tienes razón —dijo al fin, más bajo—. Debí preguntarte.
La admisión la desarmó más de lo conveniente. Renata cruzó los brazos, tratando de recuperar la superioridad moral que acababa de resbalársele entre los dedos.
—No uses la sensatez para confundirme —le advirtió, apartando la vista hacia la ventanilla—. Es una táctica muy baja.
La carretera se curvó entre laderas verdes. Sebastián redujo la velocidad y la miró de reojo.
—Acabo de darme cuenta de algo. Eres un erizo.
Renata volvió lentamente la cabeza.
—¿Perdón?
—Un erizo precioso, para ser exactos —insistió él, sin perder la media sonrisa—. Uno se acerca con buena intención y sales con todas las púas listas.
—A lo mejor no estás acostumbrado a salir con una mujer que no necesita de ti.
—Estoy seguro de que necesitas algo de mí.
Ella lo miró de arriba abajo con apreciación.
—Entonces estás conmigo por mi físico —concluyó él, con serenidad insolente.
Renata soltó una carcajada antes de poder evitarlo.
—Eres un imbécil.
—Uno atractivo, al parecer — añadió, divertido. Ella intentó liberar la mano. Él la sostuvo apenas, sin fuerza, solo lo suficiente para recordarle que podía irse cuando quisiera. Renata no se fue.
—No te emociones —murmuró.
—Algo tarde, chef — sentenció él, cerrando el trato.
Condujeron un rato así, con las manos enlazadas y el paisaje abriéndose al otro lado del vidrio. Luego Renata habló sin mirarlo.
—¿Hay alguien en tu vida? Una mujer. Una novia escondida en algún lado.
Él giró la cabeza hacia ella con una sorpresa tan patente que, por un instante, Renata casi se arrepintió.
—No —respondió, demasiado rápido para sonar calculado—. Ya te lo había dicho antes, ¿recuerdas?
—Un hombre puede decir muchas cosas en ciertos momentos o antes de ciertos momentos —ella soltó una risa seca y apoyó la cabeza contra la ventanilla, observando el rastro de humedad sobre el cristal—.
Sabes que eres demasiado guapo para tu bien.
No me importa decirlo, pero me molestaría estarte compartiendo con alguien.
—Estoy muy seguro de que, si tuvieras la leve sospecha de que hay una mujer en mi vida, no estarías sentada a mi lado en este momento.
—¿Cómo puedes estar seguro de eso?
—Eres una mujer de principios. —Sonrió ladino—. Conque demasiado guapo, ¿eh?
—¡Dios que hice!
Sebastián le guiñó el ojo y soltó una risa franca que aceleró el corazón de Renata.
—Eres un erizo adorable.
—Entonces, ¿qué buscas?
Sebastián mantuvo el silencio durante unos metros. Luego llevó la mano de Renata hacia sus labios y le rozó los nudillos con un beso breve, demasiado sobrio para ser una distracción y demasiado íntimo para no significar nada.
—Dos días —dijo—. Busco que tengas dos días sin sentir que debes sostener el mundo con las dos manos.
**
A medida que descendían por las curvas que llevaban al embalse, el verde se volvía más intenso y el aire, cargado de una humedad dulce, empezó a limpiarles la cara.
Cuando se detuvieron frente a la casa, Renata se quedó sin habla.
Era una construcción de piedra bruta y madera oscura integrada en la falda de la montaña de tal forma que parecía haber brotado de la misma tierra. Una terraza inmensa de tablones gastados colgaba directamente sobre el agua color esmeralda del embalse.
—¿Alquilan este tipo de vivienda? —dijo, bajando del auto. Cerró los ojos un momento para recibir el aire frío que bajaba de los cerros.
Sebastián bajó el equipaje sin mirarla directamente.
Había tardado menos de una hora en encontrarla en internet, una casa de alquiler que el propietario promocionaba discretamente para grupos pequeños.
Pidió que no hubiera empleados durante el fin de semana.
El resto lo había resuelto él solo, como resolvía casi todo: sin explicaciones innecesarias.
Entraron en la penumbra fresca. El interior olía a cedro y a chimenea apagada. Renata dejó la bolsa sobre la encimera.
—La encontraste en internet como cualquier mortal —dijo, sin mirarlo—. Eso me hace sentir mejor o peor, no lo sé todavía.
—Mejor —dijo él—. Significa que cualquiera podría estar aquí. Tú simplemente tuviste mejor suerte.
—Esto es ridículamente bonito.
Sebastián cerró la puerta detrás de ellos.
—¿Ridículamente bonito es bueno? —preguntó, divertido.
—Es sospechoso —replicó ella, sin mirarlo.
—Todo es sospechoso para ti.
—La experiencia me ha hecho una mujer prudente.
Sebastián bajó la cabeza y rozó con los labios el punto debajo de su oreja. Renata dejó escapar una respiración lenta, inútilmente digna.
—Tenemos que desempacar —dijo ella, haciendo un esfuerzo por concentrarse.
—Ajá.
—Almorzar —insistió.
—Por supuesto.
—Comportarnos como dos adultos funcionales que vinieron a descansar.
Sebastián la hizo girar hacia él. Sus ojos tenían esa fijeza oscura que a Renata le anulaba media inteligencia.
—Podemos intentar eso más tarde —murmuró contra sus labios. Ella apoyó una mano en su pecho. El contacto no detuvo nada. Solo agravó el problema.
—Eres una pésima influencia.
—Tú abriste la puerta —le recordó él, acortando la distancia.
—Tú pusiste esta casa.
—Entonces compartimos responsabilidad.
Renata quiso reír, pero Sebastián la besó antes. Dejaron las bolsas a medio desempacar sobre la encimera de piedra, ignorando el frío de la tarde que empezaba a filtrarse por las rendijas.
Comieron de pie, compartiendo pan campesino y queso madurado de la despensa con un silencio cargado de electricidad de quien cumple un trámite biológico antes de lo verdaderamente importante. Luego los arrastró a la habitación principal casi por instinto.
**
Era un espacio amplio con un ventanal que enmarcaba el Peñol a lo lejos, teñido por los colores malvas del atardecer. El único sonido era el golpeteo rítmico del agua contra los pilotes del muelle.
Se deshicieron de la ropa con una torpeza febril, sin la elegancia contenida que ambos solían fingir en la ciudad.
Cada prenda que caía era un peso menos. Sebastián recorrió la espalda de Renata con una fijeza casi devota, trazando con los dedos las marcas invisibles que el estrés había dejado en sus hombros.
Ella se aferró a él con la fuerza de quien se agarra a un madero en mitad del naufragio, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello, aspirando su olor a madera y piel.
Fue una inmersión en un presente absoluto donde el tiempo dejó de ser una línea de crédito para convertirse en un pulso.
Sebastián no era el hijo de Augusto Luna y Renata no era la chef de un restaurante en peligro.
Eran solo dos cuerpos borrando las marcas del cansancio, escribiendo una historia que, aunque ambos lo sospecharan, la realidad volvería a reclamar con intereses más adelante.
Cuando el ritmo de ambos se acompasó con el vaivén del agua bajo la casa, el silencio se volvió denso, casi protector. Se quedaron entrelazados con la luz azulada del crepúsculo dibujando sombras sobre la cama.
Renata apoyó la mejilla en el pecho de Sebastián. Le pasó los dedos por una cicatriz casi invisible en el costado.
—¿Siempre eres tan silencioso después? —murmuró.
Sebastián le acarició la espalda con el pulgar.
—Estoy intentando no decir algo que arruine el momento.
—Eso suena a que tienes varias opciones.
—Demasiadas.
Renata levantó la cabeza para mirarlo. Estaba despeinado de una forma casi ofensiva, con la mandíbula relajada y una sombra cansada bajo los ojos que lo hacía parecer menos invencible.