Donde arde la traición CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Llevaba once días siendo Sebastián Luna a tiempo completo y ya había olvidado lo que era no estar en guardia.

De las siete de la mañana a las nueve de la noche el piso de presidencia lo consumía con esa voracidad que él conocía bien: reuniones que empezaban antes de que el café enfriara, proyecciones que cambiaban de color según quién las presentara, el teléfono vibrando con una insistencia que no distinguía entre urgencia real y urgencia fabricada.

Augusto presidía desde su despacho con la paciencia calculada de quien sabe que el tiempo juega a su favor.

Alejandro circulaba por los pasillos con esa sonrisa nueva que Sebastián había aprendido a leer como lo que era: la sonrisa de alguien que guarda una carta y disfrutaba que los demás lo supieran.

Lo que Camila preparaba en silencio, enterrado bajo capas de documentación corporativa que nadie más en el piso de presidencia entendía del todo, era un contrato que su padre nunca habría aprobado y que Alejandro no debía ver antes de que estuviera firmado.

Una estructura diseñada para elevar a Renata Sandoval como socia principal del proyecto de Chapinero, con control real sobre su marca, su edificio y su cocina, antes de que el Grupo Luna pudiera ejecutar la hipoteca y convertir Lumbre en otro activo sin cara ni historia.

Si el contrato llegaba a firmarse, su padre se encontraría ante un hecho consumado: Lumbre integrado al proyecto, pero intacto, con Renata adentro con poder real, no como adquisición sino como centro.

Augusto podría enfurecerse, podría intentar revertirlo, pero legalmente tendría las manos atadas.

Lo que no cabía en ninguna estrategia era Renata.

La había visto tres veces en esos once días.

Siempre de noche, siempre con esa sensación de que el tiempo disponible era menos del que necesitaban.

Ella no preguntaba por el trabajo, respetaba el límite que él había dibujado con torpeza en el apartamento aquella noche, pero Sebastián veía en su mirada el peso de lo que no se decía.

Renata Sandoval no era una mujer que esperara indefinidamente y él lo sabía.

Lo que más le costaba no era la doble vida.

Era la distancia entre las dos versiones de sí mismo.

En el piso de presidencia era el vicepresidente del Grupo Luna, el hombre que movía fichas con frialdad y que su padre había aprendido a respetar, aunque no terminara de confiar.

En el apartamento de Renata, o en los ratos robados entre semana, era otro hombre, uno que todavía no tenía nombre útil pero que se sentía más real que cualquiera de los títulos grabados en su tarjeta de presentación.

El problema era que esos dos hombres estaban usando el mismo cuerpo y el cuerpo empezaba a acusar el peso.

Esa tarde, después de una reunión de tres horas con el equipo jurídico en la que Alejandro había sonreído demasiadas veces sin razón aparente, Sebastián salió del edificio con la chaqueta en la mano y caminó dos manzanas antes de darse cuenta de adónde iban sus pies.

Lumbre quedaba a doce minutos.

Sebastián llegó pasadas las tres.

Entró por la puerta de personal, dejó la chaqueta doblada sobre el brazo y saludó con un gesto a Mateo que arreglaba unos espárragos en la estación de verduras. Julián levantó la vista desde una tabla de corte.

—Mira quién aparece —dijo Julián, sin el calor de antes, pero sin hostilidad—. Creí que los de oficina no salían antes de las seis.

—Depende de la oficina. ¿Está Renata?

Mateo señaló hacia arriba con el cuchillo.

—Lleva quince minutos con un proveedor. Garrido, el de las carnes. Subió con cara de traer problemas y no ha bajado.

Sebastián asintió y tomó las escaleras.

La puerta de la oficina del ventanal estaba entornada. Las voces llegaron antes de que terminara de subir el último escalón.

—El contrato es claro, señora Sandoval. Sin firma no hay suministro para el sábado.

—No alcanzamos el cupo porque ustedes entregaron tarde, Garrido. Fue un error logístico de su parte.

—Yo no provoqué nada. Yo apliqué las pautas del contrato.

Sebastián se detuvo un segundo en el umbral. Vio a Renata de espaldas, con los hombros tensos y las manos apoyadas sobre la mesa. Al otro lado, un hombre de traje gris con una carpeta y una sonrisa que no tenía nada de negociación.

—Puede discutir todo lo que quiera. Sin firma no hay Angus para el evento del sábado.

Sebastián empujó la puerta y entró.

Garrido lo recorrió de arriba abajo con la mirada rápida que la gente usa para calcular a quién tiene enfrente. Vio la camisa sin corbata, los pantalones oscuros, los zapatos que no eran de cocina. No supo qué hacer con eso.

—¿Y usted quién es?

—Alguien que acaba de oírlo amenazar a una clienta para forzar una firma —dijo Sebastián, acercándose a la mesa con calma—. Ella no va a firmar nada.

Renata lo miró un segundo. Había algo diferente en él, no era el Torres que preguntaba dónde se guardaban las bandejas. Era otro hombre usando el mismo cuerpo.

—No es una amenaza —dijo Garrido, recuperando terreno—. Es el contrato.

—También está en el contrato el plazo de entrega de la semana pasada. —Sebastián tomó el documento sin pedir permiso y lo leyó de pie, con la velocidad de quien sabe exactamente qué está buscando—. Ustedes incumplieron primero. Eso cambia la conversación.

Garrido lo miró de arriba abajo.

—¿Usted quién es exactamente? ¿Su abogado?

—No. —Sebastián le devolvió el papel con una calma insoportable—.

Soy alguien que entiende que, si cortan el Angus para el sábado, Lumbre puede rechazar la penalización, reclamar daños por el evento y añadir incumplimiento de su parte.

Esa cuenta le va a salir bastante más cara que esta conversación.

El hombre tragó saliva.

Renata vio cómo sus dedos se cerraban sobre la carpeta con menos seguridad que antes.

—Tendría que consultar con la central.

—Hágalo —dijo Sebastián—, y cuando consulte, mencione que la notificación llegó después de que su empresa fallara en la entrega, y que la conversación ocurrió frente a testigos.

Garrido miró a Renata buscando alguna clase de vulnerabilidad. No la encontró.

—El Angus llega mañana a las diez —dijo ella, aprovechando el silencio—. Completo y sin recargos y si vuelve a mandarme una amenaza envuelta en papel membretado, la próxima llamada la contesta él.

Garrido recogió sus papeles y salió con la dignidad rota en varios dobleces.

La puerta se cerró. Renata cerró el despacho despacio. Se quedó mirando a Sebastián como quien está catalogando una pieza que no terminaba de encajar en el inventario.

—Uno aprende cosas —dijo él, sosteniéndole la mirada sin moverse—. Trabajando en distintos lados.

Renata no respondió. Lo observó un segundo más de la cuenta y luego giró hacia la cocina.

—Tengo servicio.

—Lo sé. —Sebastián recogió su chaqueta del respaldo—. Te espero aquí cuando termines. Tengo algo que proponerte.

Ella no preguntó qué. Asintió y desapareció por la escalera.

Se sentó, revisó el teléfono, respondió dos mensajes de Camila. Desde arriba vio a Renata reintegrarse al servicio con la velocidad de quien no se permite el lujo de que un contratiempo le dure más de lo necesario. Julián le dijo algo al pasar. Ella negó con la cabeza sin detenerse.

Sebastián apartó los ojos y miró el escritorio.

Había una carpeta delgada sobre un grupo de documentos apilados al borde, como si alguien la hubiera dejado ahí sin archivar. La etiqueta era manuscrita: Inmoval / Propuesta inicial.

La abrió sin pensar demasiado. Una carta formal, membrete de una inmobiliaria, fecha de hacía ocho meses. Oferta de compra discreta sobre el inmueble de Lumbre. Cifra razonable, lenguaje neutro, sin firma visible.

Sebastián frunció el ceño.

Inmoval.

El nombre le sonaba. No de forma concreta, sino con esa vaga familiaridad de algo que había cruzado por su radar periférico en alguna reunión o en algún documento que no había terminado de leer. Lo intentó ubicar un momento y no pudo.

Cerró la carpeta, la deslizó debajo del resto de los documentos y lo dejó pasar.

Había cosas más urgentes esa noche.

**

Renata subió cuarenta minutos después.

Traía el cabello suelto y una expresión que era mitad cansancio y mitad guardia todavía en alto. Se quedó en el umbral de la puerta, como si necesitara el marco para no acercarse demasiado.

—¿Qué querías proponerme?

Sebastián se puso de pie y cruzó el espacio entre los dos sin apresurarse. Se detuvo frente a ella, lo suficientemente cerca para que tuviera que elegir entre retroceder o quedarse. Renata se quedó.

Él le pasó una mano por la cintura, despacio, sin urgencia, y la atrajo hacia él hasta que la distancia entre los dos dejó de existir. Ella apoyó las manos en su pecho con un gesto que era mitad rendición y mitad advertencia.

Sebastián bajó la cabeza hasta rozarle la sien con los labios.

—Quiero tenerte para mí —murmuró, con la voz muy baja, casi solo para el hueco de su oído—. Sin servicio, sin proveedores, sin que nadie te necesite cada cinco minutos. Solo tú y yo y un lago que no sabe quiénes somos.

Renata se apartó apenas lo suficiente para mirarlo.

—Dios mío —dijo, con esa media sonrisa suya que llegaba antes que el sarcasmo—. ¿Siempre hablas así o es que preparas los discursos con antelación?

Sebastián la miró aparente calma que era puro fuego contenido.

—Puedo dejarte sin palabras de otras formas, pero estamos en tu oficina. Aunque eso no me detuvo antes.

Renata sintió el calor subirle por el cuello antes de que pudiera impedirlo. Lo empujó levemente con las palmas, sin convicción real.

—Alquilé una casa en Guatapé —continuó él, sin moverse—. Dos días, el lago, silencio. Nada que te exija ser la jefa de nadie.

—¿Cuándo la alquilaste?

—Esta semana.

Ella no respondió enseguida. Eso era lo que más la confundía de él, que a veces la cuidaba de una forma tan silenciosa que solo lo notaba cuando ya era demasiado tarde para defenderse.

Pensó en Julián diciéndole esa tarde, sin venir al caso, que la última vez que la había visto así de tensa fue cuando murió su padre.

Pensó en Mateo mirándola salir, fuera de horario, la semana pasada como si fuera un acontecimiento histórico.

Pensó en Garrido saliendo con la carpeta rota y en el hombre que tenía delante.

—Dos días —dijo al fin.

Sebastián la besó despacio, sin prisa, tomándose el tiempo necesario que a ella siempre le resultaba más peligroso que la urgencia. Cuando se separaron, Renata tardó un segundo en abrir los ojos.

—Paso por ti el sábado temprano.

Ella se detuvo lo justo al pasar junto a él.

—Si roncas, duermes en el coche.

—No ronco ya lo has comprobado.

—Eso dicen todos los hombres con exceso de confianza.

—Y todas las mujeres inteligentes terminan comprobándolo —dijo él, con la voz rozando ese registro bajo que no era para la oficina.

Él dio un paso más, acortando la distancia antes de cruzar el umbral.

El beso esta vez fue breve pero no ligero.

Él le sostuvo la cara con una mano, con el pulgar rozándole el pómulo, y ella cerró los dedos sobre la solapa de su chaqueta —que él ya se había puesto despacio mientras la escuchaba—, solo para tener algo donde quedarse por más de un segundo.

Cuando se separaron él no se alejó de inmediato. La miró desde cerca, con expresión ilegible.

—El sábado —confirmó ella en un susurro.