Donde arde la traición CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Tatiana ya estaba sentada junto a la ventana cuando Renata llegó al restaurante. La examinó con la lentitud profesional de dieciséis años de amistad.

—Bueno —soltó en cuanto Renata se hundió en la silla—. Esa cara no es de cansancio normal. O dormiste poco, o no te dejaron.

—Anoche vino Sebastián a mi apartamento —Renata se quitó las gafas de sol y las dejó sobre la mesa—. Se quedó a dormir. Esta mañana estaba en mi cocina haciendo café como si llevara años allí.

Tatiana apoyó la barbilla en la mano, sonriendo apenas.

—Eso sí es grave. El deseo lo manejas con sarcasmo, pero la domesticidad te pone en guardia. Siempre te ha hecho salir huyendo.

Renata apretó los labios. Tatiana no sabía nada de la semana de silencios que había precedido a esa noche, ni que por primera vez el miedo a que él se fuera era mayor que el miedo a que se quedara.

—Ese es el problema —admitió Renata en voz baja—. Que no quiero huir. Además... me dijo que pasaría por la clínica a ver a su hermano, que está enfermo desde hace tiempo. No sabía que tenía uno.

—Eso te inquietó por lo que veo —sentenció Tatiana—. No digas que esto es simple sexo para proteger tu orgullo, porque ya te metiste en lo profundo al preocuparte por sus problemas personales. ¿Crees que es de fiar?

Renata pensó en el café perfecto y en la sombra que cruzó la mirada de Sebastián al hablar de su hermano.

—Creo que hay algo que no me está diciendo y eso debería detenerme, pero no lo hace.

Renata partió un trozo de pan sin ganas.

—No desaparezcas otra vez dentro de una gran responsabilidad como es Lumbre ni de un hombre —dijo Tatiana, sin esperar respuesta.

—Qué dramática.

Tatiana le apretó los dedos sobre la mesa en un gesto de apoyo antes de cambiar de ritmo.

—Julián me contó que Pablo encontró algo sobre el edificio de Lumbre. Un historiador cree que tiene valor patrimonial y que la fachada podría protegerse. Podría darte un blindaje extra frente a los buitres.

—Emilio nos consiguió seis semanas con el banco desde Nueva York, así que no estamos con el agua al cuello, pero hablaré con Julián —cedió Renata, suspirando—. No quiero ilusionarme con teorías heroicas.

El restaurante siguió moviéndose a su alrededor. Alguien pidió la cuenta. Un niño tiró algo al suelo y la madre lo recogió suspirando.

—Bien. Cambiando de tema, ¿qué pasó con el acercamiento del Grupo Luna? —preguntó Tatiana, cruzándose de brazos—. Julián me habló de algo serio.

Renata soltó el aire.

—Me mandaron una carta formal. Una propuesta de "reunión exploratoria". La ignoré. La última vez que quisieron sentarse conmigo terminé en una rueda de prensa diciéndole a media ciudad lo que pensaba de ellos.

—Esta carta no suena igual, según me contó Julián —insistió Tatiana, inclinándose hacia delante—. ¿Qué tan malo sería escuchar? Escuchar no es ceder. Sentarte en esa mesa con el respiro que te dio Emilio y con la historia de Lumbre detrás, no es lo mismo que negociar desde la desesperación.

Renata miró por la ventana la calle húmeda, sintiendo el peso de la lógica de su amiga.

—No confío en ellos. No sé qué querrían realmente.

—Esa —concluyó Tatiana con una sonrisa tranquila— es exactamente la razón para ir a averiguarlo.

Renata tomó las gafas y las dobló sobre la mesa sin ponérselas. Tatiana no añadió nada más. Sabía cuándo una semilla necesitaba silencio para germinar. La cuenta llegó y ninguna de las dos habló durante el tiempo que tardaron en pagarla.

**

Esa mañana Sebastián llevaba más de dos horas despierto.

Había dado a Renata un beso largo antes de salir y había caminado por la ciudad con su sabor todavía en la boca y la certeza incómoda de que lo que ocurría entre ellos ya no cabía en ninguna categoría que le resultara útil.

En su apartamento se sirvió un vaso de agua sin revisar el teléfono; sabía que tenía mensajes acumulados de Augusto, del equipo jurídico y de Alejandro. Los dejó todos apilados en la pantalla.

Necesitaba ver a Andrés primero. No porque fuera a encontrar respuestas en esa habitación aséptica donde el tiempo llevaba siete años detenido, sino porque cada vez que la vida empezaba a cerrársele alrededor del cuello, el único lugar donde podía permitirse no fingir era al lado de su hermano.

La clínica estaba más silenciosa que de costumbre. Subió en el ascensor con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y, al mirarse en el espejo opaco de la puerta, reconoció la mandíbula tensa y un cansancio tan viejo que ya no parecía de una sola noche.

Andrés seguía igual. Su hermano estaba tendido con esa quietud impecable que tantas veces había hecho que Sebastián sintiera ganas de romper algo, solo para obligarlo a reaccionar.

De niño, Andrés era el primero en llegar a cualquier sitio y hacer que todo girara en torno a él: el hijo brillante, el preferido, el que Augusto Luna nombraba con orgullo delante de cualquier mesa.

Ahora era un cuerpo sostenido por máquinas tras aquel accidente de parapente que lo cambió todo.

Sebastián arrastró la silla hasta la cama y se sentó, mirando las manos inmóviles de su hermano sobre la sábana.

—Hola, hermano —murmuró, dejando el abrigo en el respaldo de la butaca—. Vine temprano. Solo necesitaba recordarte que sigo siendo el guapo de la familia por descarte.

La broma cayó sin respuesta, como siempre.

—Anoche estuve con una mujer —dijo al fin, sin rodeos, porque jamás había tenido sentido adornar nada delante de Andrés—. Y mira que me jode venir a contarte algo así cuando llevas años aquí, pero también me jodería más fingir que no importa. Se llama Renata.

Pronunció el nombre más bajo de lo necesario, molesto de que el simple sonido le tocara algo demasiado vivo en el pecho.

—No debería estar pasando nada con ella.

Eso sería lo sensato para alguien que está metido hasta el cuello en un problema moral del tamaño de una catedral.

No sé en qué momento Lumbre y ella dejaron de ser una complicación estratégica y se convirtieron en el único espacio donde siento que puedo ser yo mismo.

Es chef, terca e incómoda; te habría gustado.

Tiene la costumbre de mirarme como si pudiera ver exactamente la parte de mí que más me esfuerzo por mantener bajo llave.

Anoche me miró como si me escogiera a pesar de quien soy.

El problema es que ella no sabe quién soy.

Sebastián se levantó y caminó hacia el ventanal, apoyando dos dedos contra el vidrio empañado por el rocío de Bogotá.

—Hice algo por ella —confesó, mirando el reflejo de Andrés—.

Su hermano Emilio movió una ficha desde Nueva York y frenó el embargo del banco por unas semanas, pero yo no me quedé de brazos cruzados.

Le ordené a Camila blindar el expediente financiero.

Además, estoy planeando darle un vuelco al proyecto, llevo varios días rondando una idea, ninguno tendría que perder, pero necesito del jodido tiempo.

Diseñé una estructura limpia para elevar a Renata como socia principal y necesito mover los hilos antes de que mi padre y Alejandro vean el movimiento completo.

Caminó de vuelta hasta los pies de la cama y apoyó la palma en la baranda.

—No sé qué harías tú. A veces pienso que sí.

A veces me convenzo de que habrías sido más práctico.

Más parecido a él cuando hacía falta. —Hizo una pausa—.

Luego te miro aquí y me doy cuenta de que llevo años construyendo versiones tuyas para no admitir que jamás tuve oportunidad de preguntarte la verdad.

Cerró los ojos un instante.

La aceptación le dejó un sabor metálico en la boca.

Era la clase de verdad que Augusto Luna usaría como una confesión de debilidad absoluta.

Volvió a la cama y se quedó mirando el monitor que marcaba la misma obstinación muda de siempre.

Entonces regresó la otra idea. La innombrable.

La que Paula le había puesto sobre la mesa días atrás. Desconectarlo.

—Paula me dijo que el médico volvió a insinuarlo —dijo Sebastián, y esta vez la voz le salió más seca—.

No lo dicen así, claro. Lo convierten en una conversación adulta con ella.

Una evaluación serena de la dignidad, de la voluntad presunta del paciente.

Como si vestirlo de palabras correctas hiciera menos brutal la pregunta.

Regresó a la silla y se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas.

—Por un momento entendí la lógica de Paula.

Pensé en lo mucho que habrías odiado esta vida.

En lo que dirías si pudieras ver a nuestro padre viniendo aquí a cumplir con el ritual de mirarte sin tocarte de verdad.

Pensé en si todo esto es fidelidad o cobardía.

En si te estamos reteniendo por amor o porque ninguno de nosotros, ni siquiera mi hermana, soporta el peso de firmar el final.

No quiero decepcionarte, más de lo que lo he hecho a la luz de esa conversación, pero presiento que se acaba el tiempo y tendremos que afrontarlo.

La culpa le apretó el pecho con una fuerza casi física, pero negó con la cabeza.

—No voy a hacerlo. No hoy.

Miró a su hermano largamente y una sonrisa rota, breve, le asomó en los labios.

—Me gustaría pensar que, si despiertas, vas a burlarte de mí por haberme enamorado de la mujer equivocada en el peor momento posible. Porque sí, Andrés... supongo que eso también.

La palabra quedó flotando entre ambos.

Enamorado. Sebastián no la retiró.

Se quedó hasta el mediodía hablándole de cosas pequeñas: del tráfico en la Séptima y de la lluvia indecisa.

Cuando salió de la habitación, se sentía igual de cansado pero distinto, como si hubiera dejado una parte de la armadura en la silla junto a la cama y no supiera todavía si eso era estupidez o alivio.