CAPÍTULO 23
Cuando Julián se fue, el apartamento quedó en silencio.
Renata miró la torta sobre la encimera; el olor a vainilla y pera flotaba en el aire con la persistencia de los recuerdos que se instalan porque no tienen donde más ir.
Se cambió de ropa con movimientos mecánicos.
La mujer que encontró en el espejo, con el cabello suelto y una blusa de punto suave, se veía demasiado expuesta. Lo dejó así de todas formas.
El timbre sonó, rompiendo la calma.
Sebastián estaba en la puerta. Llevaba un suéter oscuro y la expresión contenida que ella empezaba a descifrar. Sus ojos la recorrieron despacio, deteniéndose un segundo de más en sus labios.
—Hola —dijo él, con una voz que arrastraba el peso de los últimos días.
—Hola.
Renata se hizo a un lado con una mezcla de timidez y desconcierto. Él entró despacio, cerró la puerta a sus espaldas y el aroma de la cocina lo alcanzó de inmediato. Giró la cabeza hacia la encimera antes de volver a mirarla.
—Huele delicioso.
Renata cruzó los brazos sobre el pecho, más por no saber qué hacer con las manos que por una verdadera defensa.
Estaba confundida. La última vez que lo había visto había sido en esa cena a mitad de la semana pasada; después de eso, él simplemente había desaparecido de su cotidianidad para hundirse en sus nuevos horarios de oficina.
Su ausencia en la línea de cocina de Lumbre le había dejado un vacío extraño que todavía no sabía cómo nombrar.
—¿La hiciste tú? —preguntó Sebastián, y su tono bajó una octava mientras se acercaba a la barra.
—No hay nadie más aquí a quien culpar.
La comisura de su boca se movió, no lo bastante para llamarlo sonrisa, pero sí lo suficiente para suavizarle las líneas duras del rostro.
Se acercó a la encimera, tomó un tenedor y probó un trozo de masa sin pedir permiso.
Renata contuvo el aliento, observando la fijeza de su perfil.
Sebastián se quedó quieto un instante, procesando el sabor, y luego levantó la vista hacia ella.
—Sabe a ti —susurró él, sosteniéndole la mirada—. A la parte que no dejas ver en el restaurante.
Renata sintió un calor súbito subirle por el cuello, desarmada por la intimidad de sus palabras.
—¿A qué viniste, Sebastián?
—Necesitaba verte —contestó él, y la seguridad en su voz la hizo dar un sutil paso atrás—.
Vine porque llevo una semana entera intentando convencerme de que alejarme de Lumbre y mantener la distancia era lo inteligente.
Solo logré pasarme los días contando las horas para volver a verte.
No soporto pasar un día más actuando como si no recordara el sabor de tu boca.
Sebastián dio un paso decisivo hacia ella, acorralándola contra el borde de la encimera sin tocarla todavía.
Renata pudo sentir el calor que irradiaba su piel antes de que las manos de él encontraran el acero inoxidable a ambos lados de su cuerpo, atrapándola en su espacio personal.
La confusión de Renata se mezcló con el latido acelerado de su propio pulso; tenerlo así de cerca borraba cualquier duda lógica.
Renata alzó la barbilla, sosteniéndole el desafío y la mirada.
—¿Quieres que me vaya? —murmuró él—. Porque si me quedo, no te voy a dejar salir de la cama hasta que de este fuego no queden ni los rescoldos.
—No quiero que te vayas —dijo ella—. Pero por favor, no me hables como galán de telenovela mexicana.
Los dos soltaron la carcajada al mismo tiempo.
—No tienes muchas relaciones, por lo que veo —dijo ella.
—Soy más de aquí te pillo, aquí te mato. No soy buen material para una relación.
—Somos más parecidos de lo que pensé.
Se miraron. Entonces Sebastián no esperó más.
La besó con una urgencia que no tenía nada de su elegancia habitual.
Fue un beso de hambre acumulada, de rabia y de alivio.
Sus manos bajaron a su cintura, pegándola a su cuerpo con firmeza que a él le recordó que esto era lo único real en el tablero de mentiras.
Ella se enredó en su cuello, tirando de él, sintiendo el latido frenético de dos corazones que habían dejado de fingir.
El sabor de la vainilla se mezcló con el sabor adulto de él.
Sebastián la levantó, sentándola sobre la encimera entre los ingredientes y la torta olvidada, profundizando el beso hasta que el mundo alrededor de la cocina dejó de existir.
—Eres un problema —murmuró ella al separarse lo justo para respirar—. Esto es exactamente por lo que no quería verte.
Sebastián rozó con su aliento la comisura de sus labios.
—Mentira. Querías que viniera. Solo no querías terminar tan rápido contra el mesón.
Renata sintió una punzada de calor tan violenta que apretó la mano contra su pecho.
—Qué insoportable eres.
—Lo soy. Hazte a la idea.
La mano de ella subió de forma instintiva por su cuello.
—No te acostumbres a ganar tan fácil.
—Fue de todo menos fácil, Renata —él sostuvo su mirada, serio por completo—. No te estoy ofreciendo algo tibio.
Sebastián tomó otro trozo de torta con el tenedor y lo probó sin apartar los ojos de ella, como si el sabor se hubiera vuelto más intenso.
—No puedo prometerte claridad ahora mismo, Renata. Pero te prometo que no voy a volver a salir por esa puerta a menos que me eches tú misma.
Cuando la llevó a la habitación el aire ya cargaba con todo lo que habían retenido durante una semana.
La desvistió despacio, con la misma atención que le prestaba a cualquier cosa que valiera la pena. Renata estaba a punto de acercarlo hacia sí cuando él se detuvo.
—Espera —dijo, con los ojos brillando de una forma que ella no le había visto antes.
Regresó un minuto después con el plato de la torta.
El contraste de verlo así, tan fuera de lugar con un postre entre las manos, sentado en el borde de la cama, hizo que algo en ella cediera de una manera que no tenía nombre útil.
—Una vez te escuché decir que querías crear algo que rompiera la perfección —murmuró.
Tomó un poco de la crema con la yema de los dedos. Renata lo observó con el cuidado que reservaba para los procesos que le importaban.
—La técnica la tenemos. Sabemos cómo montar una crema y cómo pochar una pera. —Deslizó el dedo por la curva de su hombro, dejando un rastro de crema sobre su piel—. Pero la intención es otra cosa.
Bajó la cabeza y buscó con la lengua el camino que sus dedos habían trazado.
El frío del dulce contra el calor de su boca hizo que Renata arqueara la espalda.
Sebastián no se detuvo: saboreó cada centímetro de su cuello bajando hacia el nacimiento de sus pechos con una parsimonia que era puro suplicio.
Mezclando el dulce con la suavidad de su piel.
—Sebastián… —el nombre fue un suspiro quebrado.
Él la tumbó sobre las sábanas y el aroma a vainilla y fruta cocida se mezcló con el olor a deseo. Usó las manos y la lengua para explorar cada ángulo de su cuerpo con la atención de quien no tiene prisa porque sabe exactamente lo que busca. Sus labios volvieron a reclamarla.
—Tenías razón —dijo él, con la voz rota, mientras sus manos recorrían sus muslos—. No deja recuerdo si no hay riesgo.
—Volvió mi galán de telenovela.
Sebastián la besó otra vez, y el beso sabía a vainilla, a fruta y a esa semana entera que los dos habían desperdiciado extrañándose. Renata se aferró a sus hombros y hundió los dedos en su espalda mientras él la reclamaba con una intensidad que borró cualquier duda.
Después se quedaron quietos en la oscuridad con el olor a dulce todavía flotando en el aire, tan doméstico e íntimo que a ninguno de los dos les resultó fácil saber qué hacer con él.
Renata miró el techo, pensó en el rastro de torta sobre su piel, en el molde de cobre y en la pregunta de su madre que seguía sin respuesta.
Sebastián le pasó la mano por el cabello una vez, despacio, sin decir nada.
Cuando Renata abrió los ojos, lo primero que sintió fue el calor atrapado en las sábanas. Alargó la mano hacia el otro lado de la cama y solo encontró frío.
Se incorporó despacio; el aire frío le erizó la piel.
—Perfecto —murmuró, llevándose una mano a la frente—. Un hombre con talento para descolocarme antes del café.
Se duchó de prisa y salió de la habitación con una camiseta que escasamente cubría sus piernas.
El apartamento olía a la bebida recién hecha.
Sebastián estaba de espaldas en la cocina, con las mangas de la camisa remangadas.
Al oírla, giró la cabeza y la recorrió con una mirada despojada de la urgencia de la noche, pero cargada de una atención peligrosa.
—Iba a llevarte el café a la cama —dijo, alzando apenas la taza—. Aunque sospecho que, si entraba ahí, no habríamos salido antes del mediodía.
Renata dio un paso al frente, ignorando el rastro de calor que esa frase le dejó en el vientre.
—Qué considerado —replicó, arrebatándole la taza con un movimiento seco—. Vamos a evaluar si el café compensa que sigas en mi casa porque de momento vas perdiendo.
Sebastián se apoyó contra la encimera con su mirada atenta a los labios de había besado con ganas la noche anterior.
—Tus ganas de pelear son casi tan evidentes como el hecho de que no has dormido nada.
—No son ganas de pelear. Es instinto de supervivencia. No se puede bajar la guardia dos veces en menos de ocho horas.
Él puso una mano sobre el asa de la taza que ella sostenía, cubriendo sus dedos. Solo sostuvo el peso del objeto y el de su mirada.
—Bébetelo —susurró—. No confío en tu sentido común antes del primer café.
Renata tiró de la taza para romper el contacto. Bebió un sorbo. El café era perfecto: oscuro, intenso, exacto. Lo miró con desconfianza.
—Eso también me irrita. Que el café te haya salido bien.
—Ya he cometido suficientes errores en esta casa como para añadir uno voluntario —el tono de Sebastián se volvió serio, maduro—.
No me quedé para armar una escena de convivencia improvisada, Renata.
Me quedé porque no quería que despertaras sola y pensaras que había vuelto a huir como la última vez.
El tono de voz empleado hizo que a Renata le faltara el aire.
—No cantes victoria, todavía estoy decidiendo si esto cuenta como una mejora o como una reincidencia con mejores modales —logró decir, con la voz más quebrada de lo que pretendía.
—Esa parte tuya... —Sebastián cruzó los brazos, acortando la distancia—. La que lanza piedras cuando se siente acorralada para no admitir que está incómoda porque alguien la ha visto sin defensas, me conmueve.
—Debes de creer que, por haberme visto desnuda, entiendes cómo funciono por dentro.
—No, para nada, por eso sigo aquí. Todavía estoy estudiando el mapa.
El silencio cambió de textura. Sebastián miró su reloj de pulsera.
—Tengo que irme. Voy a pasar por la clínica a visitar a mi hermano antes de meterme en la oficina.
Renata frunció el ceño.
—No sabía que tenías un hermano.
—No sabemos muchas cosas de nosotros.
—¿Está enfermo?
Sebastián hizo una pausa breve. Una herida real en su control.
—Sí. Desde hace un tiempo.
No añadió nada más. Renata sintió que había abierto una puerta solo un centímetro antes de volver a cerrarla.
—Lo siento —dijo ella.
—No hace falta, pero gracias.
Esa vulnerabilidad sin artificios la dejó pensativa. Él no usó el dato para acercarse; simplemente lo dejó ahí y ella lo atesoró como una de las pocas cocas que él dejaba entrever.
—Bien. Tienes diez minutos para desaparecer de mi apartamento antes de que vuelva vestida y sensata —sentenció, caminando hacia la habitación.
—¿Diez minutos exactos? —la voz de él la siguió por el pasillo—. Qué generosa.
Cuando Renata regresó vestida para la jornada y con el cabello recogido, él esperaba junto a la puerta. La intimidad seguía allí, pero menos voraz.
—Te queda bien esa versión tuya que finge que no pasó nada —dijo él, deteniéndose en su postura—. Pero me gustaba más la otra.
—Qué pena. Esa tenía horario limitado.
Él puso la mano en el pomo, pero no abrió.
—No voy a hacerte promesas cómodas. Tampoco voy a facilitarte la huida.
El corazón de ella golpeó con fuerza.
—No me facilites nada —respondió, sosteniéndole la mirada—. Solo no me mientas.
Algo cambió en la expresión de Sebastián. Fue una sombra mínima, un retraso ínfimo antes de que su control regresara. No fue suficiente para entender qué ocultaba, pero sí para notar que había algo.
—Nos vemos luego —dijo al final.
Le dio un profundo beso de despedida. Abrió la puerta y salió.
Renata se quedó mirando la madera vacía. Apoyó la frente contra ella y cerró los ojos.
Voy a pasar por la clínica a visitar a mi hermano.
Había sido una frase sencilla y, sin embargo, algo en la forma en que Sebastián la había dicho le dejó una inquietud difícil de nombrar. No era el dolor por el hermano enfermo, ese dolor había sido real. Lo había visto cruzarle la mirada, breve y cortante, antes de que él volviera a ponerse entero.
Lo extraño era lo demás.
Sebastián sabía dar pedazos de sí mismo en los momentos menos pensados: una herida aquí, una confesión lo bastante íntima para perturbarla, pero nunca lo suficientemente completa para explicarlo. Era como si dejara que ella tocara las cicatrices, pero no el arma que las había causado.
Tal vez estaba exagerando, pero había algo en él que no encajaba con la historia sencilla del cocinero que había llegado a Lumbre buscando trabajo.
Algo en sus silencios, en su manera de mirar una habitación antes de entrar, en ese talante demasiado educado para alguien que supuestamente vivía improvisando.
Desconfiar de él ya era una carga, pero el verdadero problema era saber que su partida no le traería ninguna paz.
Sentía ganas de que volviera.