CAPÍTULO 22
En la sala de juntas el aire estaba frío tal como las decisiones que se tomaban allí.
Augusto presidía la mesa con la atención de un halcón.
A su derecha, Alejandro, impecable y demasiado silencioso.
La presión en la sala era invisible pero aplastante; Sebastián sabía que detrás de las carpetas de proyecciones se ocultaba la desesperación de su padre por tapar el desangre de los treinta y ocho millones de dólares.
—Llegas a tiempo —soltó Augusto sin levantar la vista.
—Es lo normal —replicó Sebastián ocupando su lugar en la mesa.
La reunión avanzó entre cifras, proyectos y proyecciones. Sebastián habló con su frialdad habitual, pero cada vez que alguien mencionaba rentabilidad sentía el peso de la noticia que llevaba encima. Augusto pasó una página del informe.
—¿Qué pasa con Lumbre? —preguntó el viejo, clavando sus ojos de zorro en la mesa—. Teníamos el reporte de que estaban a punto de entrar en terreno delicado por la deuda. ¿Cuándo será el momento de que el banco apriete para empezar a negociar su suelo?
Sebastián se tensó. Quiso decirle que Renata Sandoval no era una ficha fácil de mover.
Que era más orgullosa, más difícil y bastante más peligrosa de lo que ellos alcanzaban a ver.
Sostuvo la mirada de su padre mientras recordaba las palabras de Renata en el restaurante, Emilio había bloqueado la hipoteca.
El hueco financiero que Augusto esperaba usar como soga ya no existía.
—El panorama cambió desde ayer —dijo Sebastián con voz neutra cuando tomó la palabra—. El banco les dio tiempo. Tienen seis semanas de margen y el acuerdo está firmado. Ya no hay forma de presionarlos por esa vía. Hasta que transcurran esas semanas.
Augusto alzó la vista y entrecerró los ojos.
—Eso es muy conveniente. ¿Cómo lo hicieron? ¿Y por qué me entero hasta ahora?
—Ajustes internos y un aval, supongo —mintió Sebastián sin pestañear, protegiendo el rastro de Emilio—. El caso es que legalmente están protegidos por las próximas seis semanas.
Alejandro dejó la pluma sobre la mesa con una lentitud calculada.
—Qué curioso, primo. Hace tres días estaban muertos y hoy están protegidos. A diferencia de nosotros, tú pareces estar muy bien informado sobre la vida y los milagros de esa cocina. Habrá que pensar una nueva forma de negociación.
Sebastián giró la cabeza hacia él. No le gustaba el tono ni la mirada de Alejandro, demasiado alerta y cínica. Notó que la noticia no tomó por sorpresa a su primo.
—Mi trabajo es estar informado y Lumbre no es de tu incumbencia, Alejandro. Eso ya había quedado claro.
Se arrepintió en cuanto lo dijo. La expresión de su primo se endureció hasta volverse una máscara de hielo.
—¿No es de mi incumbencia? —repitió Alejandro con tono velado—. Qué respuesta tan defensiva para alguien que, se supone, tiene todo bajo control.
Sebastián cambió de tema con una indiferencia que no sentía.
Alejandro no lo había expuesto hasta el momento, algo que no lo sorprendió, estaba seguro de que esperaba un momento algo más dramático.
Al terminar la reunión, con la adrenalina exigiéndole acción, fue directo a la oficina de Camila y entró sin tocar.
—Necesito saber quién ha estado curioseando en las cuentas de Lumbre. No los accesos oficiales del holding. Quiero saber quién ha entrado por fuera para revisar su deuda con el banco.
Camila levantó la vista del ordenador, frunciendo el ceño.
—Eso suena menos a rutina y más a problema, Sebastián.
—Suena a que alguien en este piso mete las manos donde no debe —sentenció él, pensando en Alejandro y su actitud durante la reunión—.
Necesito máxima discreción. Quiero que nadie de este piso pueda ver los papeles de Lumbre sin que yo me entere primero.
Si alguien pregunta, necesito saberlo antes de que terminen de colgar el teléfono.
Salió de allí creyendo que todavía tenía margen de maniobra.
Veinte minutos después, el teléfono de Alejandro vibró en su oficina. Era un mensaje de su contacto en la financiera, alguien que le debía demasiados favores como para no mantenerlo al tanto de los movimientos de la familia Luna.
«Alguien acaba de blindar el expediente de Lumbre desde la oficina de presidencia. No solo cancelaron el acceso, sino que instalaron un rastreador para monitorear quién entra a mirar la deuda.»
Alejandro dejó la taza a un lado y observó cómo el vapor se deshacía en el aire de la oficina. En esa reunión de comité habían estado solo tres personas. Augusto no escondía nada. Él tampoco.
Eso solo dejaba a Sebastián.
Su primo estaba moviendo hilos corporativos para proteger el restaurante de los Sandoval, y Alejandro sabía que en esa familia el interés nunca era filantrópico; casi siempre terminaba llevando un nombre propio de mujer.
Sonrió para sí mismo, abriendo el cajón de su escritorio donde descansaban las fotos de Sebastián en la cocina de Lumbre. Aquel rastro invisible en el banco fue la pieza final. Sebastián, sin saberlo, empezaba a cavar su propia tumba corporativa.
**
Era martes en Lumbre y Renata operaba en modo automático, saltando entre proveedores y crisis de reservas con su eficiencia de siempre. Todo parecía bajo control hasta que llegó el postre.
El plato estaba bien pensado. Bien ejecutado también, y tal vez por eso mismo le costó un segundo más encontrar lo que le incomodaba.
Tomó la cuchara y probó. Saboreó y volvió a probar.
—La pera está perfecta —dijo al fin.
Aurora asintió, atenta.
—Pero la crema está demasiado correcta.
Hubo un silencio breve.
—¿Demasiado correcta? —repitió Aurora.
—En la pastelería menos obediencia, nos puede sorprender, como un punto más de sal, o menos dulzor en la base. Algo que haga que la vainilla resalte con un sabor nuevo.
Tomó una cuchara limpia, corrigió dos cosas con movimientos mínimos y volvió a probar. El cambio fue pequeño, casi invisible, pero estaba ahí.
—Se te olvidó avisarnos que todavía podías hacer eso —señaló Mateo al pasar.
La frase no tuvo mala intención y precisamente por eso le afectó más. Renata dejó la cuchara a un lado.
—Mándame los costos de ese postre y la ficha técnica. Los revisaré desde casa.
—¿Te vas? —preguntó Mateo, sorprendido.
Renata ya estaba quitándose el delantal.
—Por un par de horas. Si pasa algo grave, me llamas. Si no, sobrevivan sin mí.
Mateo la miró como si acabara de anunciar que iba a renunciar para irse a criar cabras al monte.
Lucía apareció desde el restaurante y la miró salir con un gesto que no necesitaba palabras. Cuando la puerta se cerró, se volvió hacia Mateo.
—Esto sí no lo vi venir.
—¿Cuándo fue la última vez que se fue antes del cierre? —inquirió Lucía.
Mateo pensó por unos segundos.
—No me acuerdo.
—Yo tampoco lo recuerdo. —respondió la joven volviendo a su puesto.
**
Sacó el molde de cobre del mueble, lo dejó sobre la encimera, y se quedó mirándolo.
La cocina de su apartamento estaba en silencio. La voz de su madre todavía resonaba: ¿A quién estás cuidando realmente, Renata?
Sin pensarlo mucho, sacó harina, mantequilla y huevos.
Se recogió el cabello, se cambió de ropa por algo cómodo y se sirvió una copa de vino.
No tenía una receta. Tenía la necesidad de sentir texturas y olores sin pensar en nóminas ni en respuestas que nadie parecía dispuesto a esperar.
Al principio la masa no respondió y aquello le irritó más de lo razonable.
El teléfono vibró. Era Julián.
—Mateo me dijo que saliste de la cocina con cara de querer incendiar un convento —dijo sin saludar.
—¿Qué pasó?
—Eso iba a preguntarte yo. ¿Dónde estás?
—En mi casa.
Hubo un segundo de silencio y luego el sonido de una batidora estrellándose contra un recipiente.
—¿Ren qué es ese ruido?
Renata frunció el ceño.
—¿Qué ruido?
—El de alguien peleándose con un bowl o con su estabilidad emocional. Ella bajó la vista al batidor y a la harina sobre la encimera.
—No empieces.
—Ah, no. Entonces sí estás cocinando. Llevo queso y llego en veinte —dijo Julián, y colgó antes de que ella pudiera protestar.
Cuando Julián llegó, entró con su llave de emergencia, una bolsa de papel, buen vino y una barra de queso. Se detuvo en seco al verla con el cabello mal recogido y harina en la mejilla. No dijo nada durante dos segundos.
—Mírate. Casi me pongo sentimental.
Renata ni siquiera giró.
—Todavía estás a tiempo de largarte.
—Ni muerto. —Dejó la bolsa en la isla y miró el molde de cobre—. Dios mío. Esto no es un impulso, es una recaída.
—¿Vas a ayudarme o vas a narrarlo como documental?
—Las dos cosas. Soy un hombre versátil.
Julián se quitó la chaqueta y sirvió dos copas de vino sin preguntar.
—Empieza a hablar —le ordenó, tendiéndole el vaso.
—Qué mandón te pones cuando traes buen vino —replicó ella con una sonrisa esquiva, buscando refugio en el primer sorbo—. Encontré ese molde el domingo. Mi madre me llevó al mercado de antigüedades.
—Es precioso —dijo Julián, examinando el cobre gastado—. Y peligrosísimo, al parecer. Pablo se habría puesto insoportable con esto.
—Pablo se pone insoportable con cualquier cosa que tenga más de treinta años —sentenció Renata, cortando una pera por la mitad.
—No seas injusta, también con las de menos. Es un talento amplio.
Renata soltó una risa breve, relajando los hombros. Julián dejó el molde, adoptando un tono más serio.
—El otro día Pablo estuvo hablando de Lumbre como si fuera una pieza de museo. Dice que el edificio tiene más valor del que creen. Arquitectura republicana, memoria gastronómica... esas frases largas que usa la gente para justificar una pared con humedad.
—Ojalá ese tipo de memoria gastronómica pagara proveedores —replicó Renata, hundiendo el cuchillo con fuerza en las peras dispuestas para su receta.
—No los paga —admitió él con suavidad—. Pero a veces evita que los buitres entren con una retroexcavadora y una sonrisa de inversionista.
Renata se quedó quieta una fracción de segundo, con el cuchillo suspendido en el aire.
—No empieces con teorías heroicas —le advirtió—. Hoy apenas intento recordar cómo se hace una torta sin convertirla en un drama.
—Está bien —cedió Julián, demasiado obediente para ser sincero—. Solo digo que quizá Lumbre no es únicamente una deuda con sillas bonitas. Quizá es una historia que nadie se ha tomado el trabajo de defender.
Renata no respondió, pero la frase le caló hondo. Se concentró en el sonido limpio del filo contra la tabla de picar.
—No es el molde —suspiró al fin—. Había olvidado lo bien que me hacía esto.
Julián la observó con la atención que solo reservaba para lo que de verdad le importaba.
—No lo habías olvidado —le dijo con suavidad—. Solo elegiste muy bien qué parte de ti sacrificar primero.
—Lumbre no se sostiene solo —replicó ella, defendiéndose—. Alguien tenía que quedarse con la parte fea.
—El problema es que te quedaste tanto tiempo con la parte fea que empezaste a hablar como si esa fuera toda tu vida. —Se acercó a la isla, cortó un trozo de queso y la miró fijamente—. Te acostumbraste a pensar que, si no te ocupabas de todo, estabas fallando.
Renata bajó la mirada, afectada por sus palabras.
—Mi mamá me preguntó si estoy cuidando a Lumbre… o a la memoria de mi papá —confesó al fin.
Se volvió hacia la estufa y removió una preparación que no necesitaba tanta atención, solo por mantener las manos ocupadas.
—Qué pregunta tan injusta —dijo él en voz baja.
—Las madres tienen doctorado en eso —respondió Renata. Sonrió, pero el gesto se desarmó rápido—. No sé en qué momento se volvió más importante una nómina que crear un postre. Me repetía que era temporal, pero ese momento nunca llegó.
—No ha llegado porque no le has dado permiso. —Julián se sirvió más vino, dejando que el silencio asentara sus palabras—. ¿Quieres que te diga algo feo?
Renata lo miró de reojo, sosteniendo la cuchara de madera a medio camino.
—Eres tan buena siendo indispensable para todos que casi te convenciste de que ya no te hacía falta esto.
Renata se permitió quedarse quieta, respirando el aroma a mantequilla y vainilla que durante años fue su forma de respirar. Recordó a su padre robando cucharadas de crema de las recetas que ella inventaba de niña, convencido de que ella era mejor de lo que ella misma creía.
—Yo era más feliz cuando algún postre salía perfecto —murmuró.
Julián la miró.
Ahí estaba. No la dueña de Lumbre. No la mujer que cruzaba el salón con un problema distinto pegado a cada paso. Sino la otra. La que todavía sabía ponerse sentimental por el brillo correcto de un caramelo.
—Eso no se te ha quitado. Solo lo dejaste encerrado.
**
El celular vibró sobre la encimera. Renata alargó la mano, pero se detuvo a mitad del movimiento al ver el nombre en la pantalla: Sebastián . No abrió el mensaje enseguida. Julián siguió el curso de su mano, leyó su expresión y arqueó una ceja.
—Ah —dijo con una calma odiosa—, mira tú. —Julián se sirvió más vino con paciencia insolente—. Voy a asumir, por tu cara de muda, que no es el domiciliario.
—No digas nada —lo fulminó ella, dejando el dedo flotando sobre la pantalla.
Habían intercambiado mensajes durante toda la semana, no lo había vuelto a ver desde la noche en el restaurante coreano.
—No he dicho nada, pero tu pulso acaba de delatarte.
Renata tomó el teléfono de una vez. El mensaje era breve: ¿Estás en casa? Quiero hablar contigo. Una mezcla de nervios y fastidio se le acomodó en el estómago; la verdadera molestia era admitir que llevaba días esperando exactamente ese texto.
—Dice que necesita hablar.
—Qué petición tan atractiva —ironizó él. Ella dejó el teléfono boca abajo.
—No estoy de humor.
—Mentira. Estás en pánico, que es otra cosa.
Renata le lanzó el paño de cocina. Julián lo atrapó en el aire con un reflejo limpio, entre risas.
—¿Qué hago? —preguntó ella, odiándose por decirlo en voz alta. Julián dejó la copa, borrando la sonrisa.
—La pregunta real no es esa. La pregunta es si quieres verlo.
Renata sostuvo su mirada. La respuesta estaba ahí, clara y visceral: sí .
—Vamos —ordenó Julián, dándole su copa—. Tómate esto mientras finges que todavía tienes el control.
—Eres insoportable.
—Y tú vas a responderle. Así que estamos a mano.
Ella volvió a mirar la pantalla. Los dedos le temblaron unos momentos antes de teclear: Sí. Estoy en casa. Envió el mensaje y el teléfono vibró casi enseguida: Voy para allá.
Dejó el celular sobre la mesa como si quemara. Julián alzó su copa hacia ella.
—Por ti, que siempre encuentras la manera más bonita de arruinarte la calma.
—Ojalá te atragantes con el queso.
—Qué romántica te pone la incertidumbre —Julián tomó el batidor y se acercó a la encimera—. Bueno, tenemos el tiempo justo para terminar esta base, poner las peras a enfriar y evitar que recibas a ese hombre oliendo a crisis existencial. Vamos, jefa, muéstrame si todavía sabes hacer magia.