CAPÍTULO 30
Sebastián salió del apartamento de Renata antes de que ella despertara.
Salió porque necesitaba las horas de silencio antes de ponerse el traje de ejecutivo, y porque esa mañana no podía permitirse el lujo de quedarse mirándola dormir con la propuesta de la junta todavía sin terminar.
Se duchó en su apartamento, se hizo un café como era debido y abrió el portátil sobre la mesa del comedor.
Los planos del proyecto Aurum llevaban días esperándolo en una carpeta que había ido llenando de notas sueltas, cifras revisadas, preguntas sin responder.
Los había abierto y cerrado varias veces sin terminar de sentarse de verdad frente a ellos, porque sentarse de verdad implicaba admitir que lo que estaba construyendo ya no era una variación del plan de su padre sino una declaración de guerra contra él.
Esta mañana los abrió y no los cerró.
Tenía cuatro días. Herrera había confirmado la noche anterior que estaba interesado en la nueva versión del proyecto, con una sola frase: si los números te dan la razón, hablaremos, agenda una cita para el domingo en la noche.
El grupo mexicano seguía sin confirmar, pero Camila tenía una reunión con su representante esa tarde y Sebastián había aprendido a leer el silencio de ese lado como una negociación, no como un rechazo.
Cuatro días para que la propuesta estuviera lista. Tres para que Augusto no la viera venir.
Trabajó durante tres horas con la concentración de quien ya tomó la decisión y solo le queda armar el argumento.
No era un documento corporativo todavía, no tenía el formato de las presentaciones que se llevaban a junta, pero tenía algo más importante: una lógica que el plan original de su padre nunca tuvo.
Aurum sin Lumbre en el centro era un proyecto de lujo intercambiable, ambicioso y bien ejecutado, idéntico a una docena de proyectos similares en cuatro ciudades del país.
Con Lumbre como ancla cultural, el proyecto tenía algo que ningún arquitecto podía diseñar y ningún presupuesto de marketing podía comprar: una historia que el sector ya reconocía como suya.
Pero para que eso funcionara, Renata no podía ser una adquisición.
Tenía que ser una socia. Con autonomía real sobre la cocina y la narrativa, con control sobre lo que Lumbre era y lo que podía llegar a ser, con un contrato que no la absorbiera, sino que la protegiera.
El proyecto Luna construyendo alrededor de lo que Lumbre ya era, no al revés.
Escribió durante una hora más, afinando números, anticipando las objeciones que su padre iba a plantear, construyendo los argumentos con la misma frialdad con que había construido todas las operaciones anteriores.
Salvo que esta vez la frialdad le costaba más, porque detrás de cada cifra había una cara que conocía y una voz que había aprendido a escuchar en la oscuridad y porque si esto salía mal, no solo perdía la empresa.
Cuando cerró el portátil eran casi las once.
Tenía una llamada con Camila a las doce y la reunión con el grupo mexicano pendiente de confirmar.
Miró el teléfono. Ningún mensaje de Renata todavía, lo que significaba que acababa de despertar o que estaba en Lumbre con la cabeza en el servicio, exactamente donde debía estar mientras él terminaba de construir la única forma que se le ocurría de no perderla.
**
Paula contestó al segundo tono.
—Qué raro. Normalmente esperas a que yo llame.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días. —Una pausa breve—. ¿Qué pasó?
Sebastián se apoyó en el respaldo de la silla y miró el techo.
—Necesito contarte algo. No todo, todavía, pero sí lo suficiente para saber si estoy tomando la decisión correcta.
Del otro lado hubo un silencio de los que en Paula nunca estaban vacíos.
—Habla —dijo al fin, y la voz le salió con esa mezcla de cautela y atención que ella reservaba para las conversaciones que sabía que iban a importar.
Sebastián le contó lo de la propuesta. No lo de Renata, no todavía, aunque Paula era suficientemente inteligente para leer entre líneas lo que él no decía.
Le habló del proyecto Aurum, de lo que Lumbre valía realmente, de la diferencia entre absorberlo y construir con él.
Le habló de su padre y de Alejandro y del tiempo que ya no era suyo.
Paula lo escuchó sin interrumpir, que en ella era siempre señal de que estaba tomando notas mentales.
—¿Cuándo vas a presentárselo a nuestro padre? —preguntó cuando él terminó.
—Pronto. Antes de que Alejandro mueva otra ficha.
—¿Cuándo vas a hablar con Renata?
Sebastián no respondió enseguida.
—Después de la presentación.
Paula guardó silencio un momento. Sebastián esperó el empujón que conocía de memoria, el de ve a hablar con ella primero, el de la honestidad antes que la estrategia. No llegó.
—¿Por qué después? —preguntó ella, y el tono era genuino, no retórico.
—Porque si le digo la verdad ahora y nuestro padre no acepta la propuesta, ella queda expuesta sin nada que la proteja.
El mecanismo sigue operando, la hipoteca sigue ahí, el Grupo sigue moviendo las fichas.
—Hizo una pausa—. Confesarle sin tener nada concreto que ofrecerle no es honestidad.
Es descargarme la conciencia a su costa.
Paula no respondió de inmediato.
—Eso tiene lógica —dijo al fin—, y también es conveniente para ti.
—Lo sé también.
—Que las dos cosas sean verdad al mismo tiempo es exactamente el tipo de situación que te va a perseguir después, Sebastián. Aunque salga bien.
—Lo asumo.
Otro silencio. Más largo esta vez.
—¿Cuánto tiempo necesitas para convencer a nuestro padre?
—Días, quizá menos si muevo la reunión de junta antes de lo previsto.
—¿Y si Alejandro se adelanta?
—Es el riesgo que estoy corriendo.
Paula soltó el aire, con ese cansancio suyo que no era rendición sino el peso de llevar demasiado tiempo siendo la persona que veía las cosas con claridad en una familia que prefería no verlas.
—Está bien —dijo—. Entonces muévete rápido. No porque la estrategia sea perfecta, que no lo es, sino porque cada día que pasa sin que ella sepa es un día más de deuda que vas a tener que pagar después y esa deuda no se paga con un buen proyecto.
—Lo sé.
—Sebastián, cuando llegue el momento de decírselo, no lo conviertas en una presentación. No le lleves cifras ni argumentos ni la propuesta debajo del brazo como si eso fuera a suavizar el golpe. —Una pausa—. Llégale como persona. No como heredero de los Luna con un plan alternativo.
Sebastián miró el portátil cerrado sobre la mesa.
—No sé si sabré hacer eso.
—Ya lo sé —dijo Paula, y por primera vez en la conversación la voz le salió con algo parecido a la ternura—. Por eso te lo estoy diciendo ahora, para que vayas practicando.
Cortaron.
Sebastián se quedó con el teléfono en la mano mirando la pantalla oscura durante más tiempo del necesario. Luego lo dejó sobre la mesa, se puso de pie y fue a cambiarse.
Eran casi las dos y media.
**
Sebastián llegó a Lumbre pasadas las tres con la propuesta casi terminada en el portátil y la necesidad poco estratégica de verla antes de que el día se cerrara del todo.
Entró por la puerta de servicio. La cocina estaba en pleno servicio, densa de calor y movimiento. Mateo lo vio primero y levantó la barbilla en saludo sin interrumpir lo que hacía. Julián no levantó la vista, pero tampoco lo ignoró del todo.
Renata estaba en el pase, de espaldas, con la chaquetilla negra y el cabello recogido en ese moño alto y descuidado que Sebastián había aprendido a preferir sobre cualquier peinado de salón.
Julián se acercó antes de que él pudiera llegar a ella.
—Está en el cierre del segundo tiempo. Va para veinte minutos más.
Sebastián asintió.
—Le dices que subo a esperarla.
Julián lo miró un segundo con esa atención suya que nunca era casual.
—La oficina está abierta.
Sebastián subió las escaleras. La oficina de Renata conservaba ese desorden organizado que ya empezaba a reconocer como parte de ella.
Carpetas abiertas. Notas adhesivas pegadas junto al monitor.
Una taza de café olvidada junto a una libreta llena de cuentas escritas a mano.
Se sentó en la silla frente al escritorio.
Esperó.
Para matar el tiempo, recorrió con la mirada el caos de la mesa. Fue entonces cuando reparó en una hoja doblada a la mitad que sobresalía de forma descuidada entre dos carpetas pesadas, como si la hubieran ocultado a la prisa.
Llevado por la curiosidad, Sebastián estiró la mano y tiró suavemente del papel para acomodarlo. Iba a dejarlo sobre el montón cuando el membrete le saltó a la vista.
Grupo InverNorth Desarrollos.
Se quedó quieto un segundo.
Lo desdobló.
Era una nota breve. Fechada cinco meses atrás.
El mismo tipo de acercamiento discreto, el mismo lenguaje neutro de quien tantea antes de atacar, la misma propuesta de conversación privada antes de iniciar acercamientos formales.
Firmada por un tal Eduardo Mendoza, asistente de dirección, un nombre que no le decía nada, pero InverNorth sí.
Estaba en la lista que Camila le había pasado días antes.
Una de las sociedades que aparecían comprando lotes antes de que el Grupo Luna entrara oficialmente a negociar en cada proyecto.
Distintos nombres, distintos representantes, mismo comportamiento.
Compras anticipadas, reventas infladas, un rastro demasiado limpio para ser casualidad y demasiado sistemático para ser coincidencia.
Inmoval había contactado a Renata también. Esa carta la había visto en la oficina del ventanal semanas atrás y la había archivado sin terminar de conectarla. Ahora tenía dos empresas distintas, dos momentos distintos, el mismo patrón apuntando al mismo lugar.
Esto no era un competidor externo tanteando el mercado.
Era alguien de adentro preparando el terreno mucho antes de que nadie dentro de la junta supiera que Lumbre iba a ser necesario.
Dobló la carta con cuidado y la dejó exactamente donde la había encontrado.
Escuchó los pasos de Renata en las escaleras.
Guardó el teléfono en el bolsillo y cuando ella apareció en el umbral con la chaquetilla todavía puesta y una expresión que era mitad cansancio y mitad sorpresa de encontrarlo ahí, Sebastián le sostuvo la mirada con la calma de quien acaba de sumar la última pieza a un rompecabezas que llevaba semanas sin cerrarse.
—Julián me dijo que te invitó a subir —dijo ella, apoyándose en el marco.
—Quería verte antes de que cerrara el día.
Renata lo estudió un segundo con esa atención suya que siempre lo ponía en alerta.
—¿Pasa algo?
—No —dijo él, y esta vez la mentira le salió más limpia de lo que merecía—. Solo quería verte.
Afuera Bogotá seguía con su indiferencia de siempre. Sebastián tenía tres días. Quizás menos.