CAPÍTULO 18
Renata había terminado de limpiar la cocina veinte minutos antes.
Ese era su ritual de domingo a lunes, el único momento de la semana en que esa cocina pequeña y obstinada era completamente suya.
Se había entregado a preparar una ganache de frutos rojos, solo por el placer de observar el brillo del chocolate al fundirse, esa emulsión sedosa que el ritmo frenético de Lumbre rara vez le permitía disfrutar.
Había aparcado su oficio de pastelera para hacerse cargo del restaurante, pero en esa soledad, entre el aroma a azúcar tostada y el fuego lento, recordaba que su verdadera naturaleza era crear, no solo resistir.
Se había sentado en el único taburete que cabía junto a la barra con una copa de vino tinto y el firme propósito de no pensar en Sebastián.
Llevaba tres días con ese propósito y tres días incumpliéndolo con una obstinación que empezaba a resultarle humillante.
Dejó la copa cuando llamaron a la puerta.
Miró el teléfono por instinto, sin notificaciones, y caminó hacia la entrada pensando en su vecina del 3B. Abrió con la cadena puesta, vio el trozo de pasillo, y algo en el pecho se le acomodó de una manera que no supo si era alivio o el principio de un problema.
**
Quitó la cadena y abrió del todo. Sebastián estaba ahí, apoyado en el marco de la puerta, con el abrigo oscuro puesto y una expresión demasiado contenida para esa hora de la noche. Renata lo recorrió con la mirada un instante.
—Sebastián —pronunció, midiendo la distancia.
—¿Puedo pasar? —la voz le salió baja, arrastrando la tensión de la jornada.
Ella no respondió enseguida. Sostuvo el pomo de la puerta, evaluando la invasión antes de dar el primer paso.
—¿Cómo sabes dónde vivo?
Él no desvió los ojos.
—Lo averigüé.
—Eso ya lo supuse —replicó ella, endureciendo el gesto—. Pregunté cómo.
Sebastián exhaló apenas, un sonido casi imperceptible en la penumbra del pasillo.
—Tengo facilidad para encontrar información.
Renata entrecerró los ojos.
—Eso no suena nada tranquilizador.
—Probablemente no —admitió él.
El silencio se instaló entre los dos durante un segundo que pareció estirarse.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella al final, bajando el tono.
Sebastián bajó la vista un instante antes de volver a mirarla de frente. El aroma del postre saturó sus fosas nasales.
—Necesitaba verte.
Ella soltó una risa corta, desprovista de humor.
—Interesante momento para necesitarlo —le soltó, cruzándose de brazos—. Porque en Lumbre llevamos tres días actuando como si lo ocurrido en la oficina hubiera sido un error.
Sebastián se pasó una mano por la mandíbula, visiblemente agotado.
—Hay cosas en mi vida que en este momento no dependen solo de mí —soltó al fin.
Renata lo observó en silencio. Ahí estaba otra vez esa sensación maldita: la de estar hablando con un hombre que en ocasiones dejaba una puerta cerrada bajo llave detrás de cada frase.
Ella apretó los brazos contra el cuerpo.
—¿Estás casado? Tu hoja de vida dice que eres soltero, ¿hay alguien importante?
—No, no es eso. —señaló Sebastián sorprendido.
—Empiezo a cansarme de hablar contigo y sentir que a nuestra conversación siempre le falta la mitad de la información.
Sebastián bajó la cabeza, como si hubiera esperado esa acusación exacta, dio un paso acortando la distancia.
—Solo quería verte, Renata.
—¿Para qué, Sebastián?
La pregunta salió más suave y por eso más peligrosa.
Él le sostuvo la mirada durante tanto tiempo que el espacio empezó a llenarse de verdades incómodas que ninguno se atrevía a pronunciar. Sebastián se detuvo, mirándola con una honestidad desarmante.
—Tú eres el único lugar donde dejo de pensar como si estuviera apagando incendios todo el tiempo.
Renata asintió, lo invitó a pasar y cerró la puerta a sus espaldas. Sebastián no avanzó mucho más; se quitó el abrigo oscuro y lo dejó sobre el brazo del sofá.
—¿Tus complicaciones tienen que ver con el restaurante? —comenzó Renata, apoyándose en la barra de la cocina, buscando mantener la distancia física que su cabeza le exigía.
Sebastián se giró. La luz tenue de la sala le marcaba las líneas duras de la cara.
—No —mintió él, sosteniéndole la mirada con una fijeza que le costó un precio alto—. Tiene que ver conmigo. Me salió otra oferta de trabajo aquí en la ciudad que no puedo rechazar.
Renata guardó silencio, procesando la información. Sintió en el estómago, un vacío que la tomó por sorpresa y que la irritó de inmediato.
—¿Otra oferta? —repitió, con una voz que recuperó el filo de la cocina—. ¿Me estás diciendo que dejas Lumbre?
—Tengo que dejarlo, Renata. Mañana es mi último turno. Voy a entrar como chef administrativo para una cadena de restaurantes. Ya no estaré en la cocina, me encargaré de costeo, proveedores y estandarización de menús desde una oficina.
Ella soltó una risa seca, cruzándose de brazos.
La sospecha que Natalia había sembrado en su cabeza días atrás, cuando le advirtió que un cocinero con la técnica, y los modales de Sebastián no caía del cielo a buscar un sueldo básico, sino que era un chef de alta cocina camuflado intentando copiar su menú para otra apertura, cobró claridad en ese segundo.
—Vaya. El cocinero de línea impecable resultó ser un ave de paso —le soltó, con los ojos cargados de un reproche que no pudo ocultar...
Las advertencias de Julián cobraron una claridad hiriente en ese segundo, aunque su amigo se preocupaba más por sus sentimientos.
—Entraste pidiendo una oportunidad, revolucionaste mis números, te metiste en mi oficina, estuviste conmigo ¿y ahora resulta que lo tuyo eran los escritorios y los Excel?
—Nunca te dije que Lumbre fuera mi destino final —respondió él, y la crudeza de la frase sonó más defensiva de lo que pretendía.
—No, no lo dijiste. Tampoco me dijiste la mitad de las cosas que importan —Renata dio un paso hacia adelante, con la mandíbula apretada—. Viniste a despedirte, entonces, antes de empezar tu nuevo horario de oficina.
—No vine a despedirme —la interrumpió Sebastián, acortando la distancia entre los dos con una urgencia que rompió toda su calculada compostura.
Le tomó el rostro entre las manos, obligándola a mirarlo, impidiendo que levantara el maldito muro de cristal—.
Dejo el restaurante porque no puedo estar ahí dentro y mantener la cabeza fría después de lo que pasó, pero no voy a dejar de verte. No quiero dejar de verte, Renata.
Ella intentó apartarse, molesta por la electricidad que el contacto de sus manos le provocó en la nuca, pero Sebastián no cedió un centímetro.
—¿Y cómo se supone que funcione esto? —susurró ella, con la respiración entrecortada contra sus labios—. ¿Vas a ser el hombre que aparece algunas horas por la noche cuando tu nuevo horario te lo permita? No soy esa clase de mujer, Sebastián.
—Lo sé —dijo él, y sus ojos color miel se oscurecieron con una mezcla de frustración y un deseo que bordeaba la desesperación—.
Sé perfectamente quién eres. Solo te estoy pidiendo que confíes en mí unas semanas.
Te prometo que en cuanto resuelva lo que tengo entre manos, te daré la conversación entera. Sin que falte una sola línea.
Renata lo estudió, con el pulso acelerado y la ganache esperando en la encimera como un recordatorio silencioso de todo lo que tenía en juego.
Podía mandarlo al infierno en ese mismo instante; era lo lógico, lo seguro, pero el hombre no parecía un cínico jugando un juego.
Parecía alguien operando en territorio enemigo, desesperado por conservar el único lugar limpio que le quedaba.
—Cuatro semanas, Torres —condicionó ella, bajando las manos hasta el pecho de él, cediendo a la presión de sus cuerpos—. Si en cuatro semanas sigo sintiendo que duermo con un extraño que solo me cuenta las cosas a medias, no vuelvas a tocar a mi puerta.
Sebastián no respondió con palabras. La besó con la fuerza del que sabe que el reloj de arena ya empezó a correr, arrastrándola hacia la isla de la cocina, consciente de que acababa de firmar su propia sentencia: ahora tenía exactamente catorce días para usar su verdadero puesto de trabajo, salvar Lumbre y encontrar la forma de no perderla para siempre cuando ella descubriera la verdad.
Para Renata fue el beso de quien abraza un error con absoluta lucidez y decide cometerlo de todos modos.
Le sujetó la mandíbula con ambas manos mientras el borde de la barra se clavaba en su cadera y el sabor a vino tinto se mezclaba con todo lo demás.
Sebastián tardó exactamente un segundo en responder, luego la arrastró hacia él con las manos en su cintura y todo lo que lo atormentaba se disolvió sin dejar rastro.
Ella lo tomó de la mano y lo llevó por el pasillo.
La habitación de Renata era tan austera como el resto: la cama cubierta de sábanas blancas que parecían capturar la luz de la única lámpara.
El rumor de la ciudad les llegaba, ajeno a la rendición de Sebastián.
Ella se volvió hacia él y lo midió con la mirada, un último cálculo antes de quitarse la camiseta con una naturalidad que a él le resultó devastadora, sin artificios, solo piel y determinación.
Sebastián guardó silencio. Sus excusas, construidas durante días, se derrumbaron sin hacer ruido.
A diferencia de la urgencia de su primera vez, esto fue una invasión lenta.
Sebastián se desnudó con premura, pero se permitió aprenderla, bajando la guardia a medida que acariciaba su piel.
Sus manos se demoraban en el cuerpo de Renata, en la curva tensa de su hombro, el relieve de esa pequeña cicatriz en su muñeca que él besó como si fuera un secreto de estado.
Ella empezó a acariciarlo en medio de gemidos.
Con una fuerza que Sebastián no había medido, Renata le dio la vuelta y se puso a horcajadas sobre él, acarició su pecho y sus dedos rastrillaron el camino hacia abajo.
Lo miraba con codicia, con un deseo tan brutal que Sebastián tomó de nuevo el mando.