CAPÍTULO 17 #2
—Es la dueña del restaurante que necesitamos para cerrar Aurum.
El silencio cayó entre los dos. Elena dejó la servilleta sobre la mesa con calma peligrosa.
—Entonces no le quitaste solo información, Sebastián. —Lo miró directo a los ojos—. Le quitaste la posibilidad de decidir con libertad quién estaba entrando a su vida.
El reproche fue certero. Sebastián bajó la vista un segundo. Por primera vez en días sintió algo parecido a vergüenza real atravesándole el pecho.
—No fue así al principio.
—Las cosas más peligrosas casi nunca empiezan pareciendo peligrosas.
Él se pasó una mano por la mandíbula, incómodo.
—Intenté mantener la distancia, pero todo se complicó. El proyecto empezó a hundirse, aparecieron problemas financieros que ni siquiera yo conocía y ahora… —soltó el aire con frustración— ahora resulta que mi padre está dispuesto a arrasar con lo que sea para salvar el Grupo.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué tan mal están?
Sebastián soltó una risa breve y agotada.
—No tienes idea.
Y ahí estuvo por primera vez el verdadero cansancio. No el del ejecutivo. No el del hijo obediente. El de un hombre sosteniendo demasiadas cosas al mismo tiempo.
Elena lo observó con atención.
— Tienes cara de hombre atrapado, Sebastián. —La voz se suavizó apenas—. Ten cuidado, hijo.
Él sostuvo la mirada de su madre y por un instante sintió el impulso infantil de negar todo. De decir que podía manejarlo. Que todavía tenía el control, pero estaba demasiado cansado para mentirle a ella también.
—Si esto explota, ella va a pensar que me acerqué para manipularla y honestamente… no podré culparla por su reacción cuando descubra quién soy y lo que mi familia quiere hacer con su restaurante.
Elena guardó silencio unos segundos antes de hablar.
—Los hombres de esta familia siempre creen que el silencio compra tiempo. Tu padre hizo lo mismo durante años. Convencerse de que ocultar ciertas cosas era protegernos. Pero la verdad no desaparece porque la encierres. Solo crece en la oscuridad por eso fracasó nuestro matrimonio.
Sebastián apretó la mandíbula. La frase lo afectó más fuerte de lo que esperaba porque llevaba días pensando exactamente eso sin atreverse a ponerle palabras.
—No quiero parecerme a él.
Elena sostuvo su mirada con una tristeza lúcida.
—Entonces deja de decidir por ella qué verdad puede soportar. No quemes los puentes como hizo tu padre.
El aire pareció espesarse alrededor de la mesa.
Afuera el viento movía las hortensias del jardín, pero Sebastián apenas las veía.
Todo en su cabeza volvía a Renata. A la oficina.
A su confianza. A la forma brutalmente honesta en que ella se entregaba a las cosas que amaba y a la certeza insoportable de que él seguía entrando a Lumbre cada día llevando un apellido escondido entre los dientes.
—No quiero hacerle daño —dijo al final, más bajo.
—Lo sé. —Elena estiró la mano y rozó la de él un segundo—. Pero el daño no siempre empieza cuando alguien quiere destruirte, hijo. A veces empieza cuando alguien te ama lo suficiente como para convencerse de que mentirte es la única forma de protegerte.
Sebastián cerró los ojos un instante.
Porque por primera vez entendió algo que lo dejó helado.
No era solo que Augusto hubiera construido el Grupo Luna sobre el control.
Era que él estaba empezando a hacer exactamente lo mismo con Renata.
—No sé si ella me dará la oportunidad de hablar.
—Eso ya no está bajo tu control. Tu única decisión es si, cuando llegue el momento, hablarás desde tu esencia o desde la máscara que te resulta más cómoda usar.
Él mantuvo la mirada fija en su madre mientras la tarde decaía.
Cuando llegó el momento de despedirse, Elena le acomodó el mechón de cabello con ese gesto rescatado de la infancia.
—No llegues tarde a tu propia vida.
Sebastián caminó por la calle, hasta su auto, con algo que no era paz, pero se le parecía: la claridad incómoda de quien ya no tiene excusas. Antes de arrancar, consultó el teléfono. La pantalla vacía le devolvió la ausencia de mensajes de Renata.
Sebastián encendió el motor. Mientras sus pensamientos volvían a Lumbre y buscaba alguna solución donde todos ganaran.
Si había una manera de que el proyecto de su familia funcionara de verdad, una manera que no dependiera de aplastar lo único auténtico que tenía cerca, pasaba por Lumbre intacto y por Renata con poder real, no como adquisición sino como centro y construir alrededor de lo que ese lugar ya era en lugar de convertirlo en otra cosa que su padre pudiera controlar.
Era un pensamiento sin forma de plan todavía, que le decía que había una manera de que las dos cosas no fueran incompatibles, el proyecto y Renata, pero que esa manera requería algo que él nunca había hecho en su vida profesional.
Volvió a su apartamento. El teléfono vibró cuando todavía estaba en el parqueadero. Era un mensaje de portería: Visita en recepción, es el señor Alejandro Luna, dice que es urgente.
Alejandro estaba apoyado en el mostrador con la postura suya de quien lleva el tiempo suficiente esperando como para que su sola presencia se sienta como una amenaza. Vestía de oscuro, llevaba una carpeta negra bajo el brazo y una sonrisa que no tenía nada de amable.
—Tu vida social debe dar pena si estás aquí un domingo en la noche esperándome.
—Reconozco que no es tan interesante como la tuya últimamente.
Sebastián lo miró con gesto de fastidio.
—Habla.
—Lo que tengo que decir es mejor hacerlo arriba. —Alejandro ladeó la cabeza con indolencia—. Es sobre tu nuevo trabajo. El uniforme de cocinero te queda mejor que las corbatas Hermès, por cierto.
Sebastián sintió una piedra fría instalándose en el centro del pecho. Lo invitó a subir en silencio.
En cuanto se cerró la puerta del apartamento, Alejandro abrió la carpeta y extendió las fotografías sobre la mesa de cristal sin apresurarse, con la parsimonia de quien lleva semanas disfrutando este momento.
Sebastián con uniforme gris. Sebastián descargando cajas.
Sebastián demasiado cerca de Renata en la entrada de proveedores, con una luz mortecina que hacía que la imagen se viera más íntima de lo que había sido.
Sebastián no las tocó.
—¿Cuánto tiempo llevas con esto?
—El suficiente —dijo Alejandro, sin perder la sonrisa—. Es interesante verte en esas lides, primo.
—Desaparece esas fotos ahora mismo.
—No sabes pedir favores. —Alejandro se acomodó en el sofá con frialdad—. Pero entiendo tu urgencia. Tienes la cara del que se metió en un hoyo demasiado profundo.
Sebastián cruzó la estancia en dos zancadas, lo agarró de las solapas y lo levantó de la silla con una violencia que llevaba semanas acumulando.
—Vuelve a ponerle una cámara encima —siseó, con la mandíbula a centímetros de su cara— y te juro que no vas a necesitar un informe para amenazarme delante de mi padre. Te reviento la cara aquí mismo.
Alejandro, lejos de asustarse, soltó una risa ahogada.
—Interesante. Ella sí te importa.
Sebastián lo soltó con un empujón y retrocedió, asqueado de sí mismo tanto como de Alejandro. Su primo se compuso la chaqueta con una lentitud teatral y volvió a la carpeta.
—He vinculado a uno de los proveedores de Renata con irregularidades sanitarias menores —dijo, deslizando otra hoja sobre la mesa—.
Nada que cierre el local, pero sí lo suficiente para que la prensa y los inspectores empiecen a oler sangre y ahí estás tú, el heredero de los Luna, bajo un nombre falso, recibiendo esa mercancía.
Qué combinación tan exquisita para un titular.
Sebastián sintió el frío reptando por su espalda.
—Es una trampa. Ella no sabe nada de los proveedores.
—No —dijo Alejandro, inclinándose sobre la mesa—. No quiero destruirla. Quiero desgastarla. Quiero que llegue tan cansada de defenderse que firme lo que le pongan enfrente sin mirar la letra pequeña.
—No te vas a acercar a ella.
—Alguien tiene que mover una ficha mientras tú te dedicas a hacer reducciones.
—Alejandro recogió los papeles con calma—.
Tú tienes tus propios problemas esta noche.
—Señaló las fotografías—. Piénsalo bien, primo.
Puedes seguir jugando al cocinero hasta que esto explote solo, o puedes tomar una decisión antes de que yo la tome por ti.
Sebastián no respondió.
—Vuelve a Lumbre —continuó Alejandro, ya en la puerta—. Decide si vas a ser el hombre que la salva o el peso que la hunde. De cualquiera de las dos formas, el reloj ya empezó a andar.
La puerta se cerró con un golpe suave que Sebastián sintió como un portazo.
Sebastián observó las fotografías que seguían sobre la mesa, con la imagen de Renata en la entrada de proveedores mirando en otra dirección, sin saber que alguien la estaba fotografiando desde la calle.
Alejandro acababa de quitarle lo único que le quedaba: la ilusión de controlar el tiempo.
Tomó las fotos, las partió en cuatro sin mirarlas y las dejó en el fondo del cubo de basura.
Su madre le había dicho no llegues tarde a tu propia vida.
Alejandro acababa de confirmar que tarde ya era esta noche.
Tomó el teléfono. Menos de diez minutos después, Sebastián había conseguido la dirección.
Una llamada a su asistente, una excusa que ni siquiera había necesitado terminar de formular. La facilidad del proceso lo había incomodado más que cualquier otra cosa. Veinte minutos después aparcó frente a un edificio de fachada discreta en el norte sin saber qué diablos estaba haciendo allí.
Bajó del coche. Subió los cuatro pisos por las escaleras. Se detuvo frente al 4B con los nudillos ya levantados antes de que terminara de decidirlo.