CAPÍTULO 17
La oficina de Alejandro Luna en Bogotá estaba en penumbra. El investigador Vargas entró con retraso y dejó un sobre de manila en el escritorio.
—La próxima vez que llegue tarde, mejor no entre —sentenció Alejandro con voz gélida.
Vargas deslizó varias fotografías de Lumbre. La última congeló el aire: mostraba a un hombre con uniforme de cocina y perfil inconfundible.
—Personal nuevo —explicó Vargas—. Se registró como Sebastián Torres.
—Dios mío, primo. Qué torpe —Alejandro soltó una risa seca—. ¿Ella sabe quién es?
—No. Lo trata como a uno más.
Vargas puso otra foto en la que Renata y Sebastián reflejaban una tensión ajena al trabajo. Al verla, Alejandro intuyó una oportunidad estratégica.
—¿Informará a su tío Augusto?
—No —dictaminó Alejandro—. Siga investigando. Quiero turnos, registros, firmas...
—¿Quiere que lo exponga?
—No. La audacia es una virtud solo cuando funciona; si fracasa, se llama imprudencia. Si lo saco ahora, pierdo la pieza del tablero. —Tomó en sus manos la fotografía sin poder creer el descaro de su primo.
—Vamos a ver cuánto te dura la inteligencia, Sebastián, cuando ella empiece a importarte.
Vargas se retiró. Alejandro revisó el expediente de adquisiciones de la zona.
Tenía arrinconado al señor Pardo, un florista endeudado por el juego de su hijo, a quien extorsionaba de forma anónima para obligarlo a vender su lote que estaba dentro del proyecto Aurum.
Sacó su teléfono y le escribió: «¿Cuándo podemos firmar? » .
La respuesta llegó de inmediato: «Esta semana. Pero quiero garantía de que lo otro desaparece» .
Alejandro dejó el teléfono boca abajo. Esa ventaja no se soltaba antes de necesitarla; se guardaba para después.
Con ese terreno cerrado, el valor de la zona se duplicaría y el Grupo Luna tendría que comprárselo a su propia empresa fantasma.
A su precio. Era un movimiento limpio que su tío Augusto jamás le reconocería por estar cegado con Sebastián.
Lo único que le incomodaba era Lumbre. Meses atrás, antes de que el proyecto fuera público, Alejandro había usado a Inmoval —una firma fachada— para tantear la compra, pero Renata Sandoval los rechazó tajantemente.
El problema era que Sebastián, si empezaba a escarbar en Lumbre, era el tipo de hombre capaz de rastrear ese hilo invisible hasta él.
Apagó la lámpara. Tendría que moverse antes de que su primo mirara en esa dirección.
**
El domingo llegó como una tregua necesaria en su doble vida.
Llevaba tres días sintiéndose mal consigo mismo. Tres días desde la oficina de Lumbre, desde que el cuerpo de Renata se había fundido contra el suyo, y desde entonces ella había hecho exactamente lo contrario de lo que la parte más idiota de él había esperado.
Había levantado una distancia que a ratos sentía humillante.
Le hablaba lo necesario. Le daba instrucciones con una voz totalmente neutra.
Lo miraba el tiempo justo para confirmar un emplatado, una orden de salida.
Lo que más le irritaba no era el rechazo sino no entenderlo del todo.
Ella actuaba como si necesitara volver a colocarse la piel profesional a toda costa, como si lo de esa noche le hubiera dejado algo más incómodo que el cuerpo revuelto, y él no podía decirle que tenía razón de estar en guardia.
Eso habría implicado decirle todo lo demás.
Llevaba tres días funcionando con el humor de un hombre que siente una piedra dentro del pecho y no termina de decidir si quiere arrancársela o hundirla más.
No le gustaba la forma en que pensaba en ella cuando no estaba cerca.
Tampoco le gustaba que el cuerpo le reaccionara al simple sonido de su voz al otro extremo de la cocina, seca y profesional, como si no hubiera jadeado su nombre contra una mesa tres noches antes.
Lo que menos le gustaba era la evidencia de que no se trataba solo de deseo.
El deseo se manejaba. Había pasado media vida convirtiendo en otra cosa todo lo que no le convenía.
Pero lo de Renata tenía un margen distinto.
Le molestaba lo suficiente como para querer alejarse, sí, y al mismo tiempo le despertaba una clase de hambre que no tenía nada que ver con el sexo.
Quería entender qué había detrás de la dureza de ella.
Quería verla aflojar otra vez. Quería que lo volviera a mirar como esa noche.
Sebastián conducía por Bogotá bajo el cielo de ese gris indeciso que hacía a la ciudad verse, en apariencia, tranquila.
Giró por una calle arbolada y pensó, no por primera vez, que nadie en su vida entendería por qué diablos seguía yendo a Lumbre.
Podría haber enviado a alguien y haber levantado el informe sobre el restaurante desde una oficina, tomado la decisión sin pisar esa cocina ni una vez.
Era lo que habría hecho con cualquier otro activo, pero Lumbre le había dado una excusa para volver a esa versión de sí mismo donde se permitía soñar y todo era más simple.
Para el resto del mundo, Lumbre era solo un negocio en crisis, un activo posible para los balances del Grupo.
Para él, era el último territorio donde volvía el recuerdo de cuando había sido el dueño de su propio destino, antes de que el apellido, el deber y las implacables expectativas familiares lo arrastraran hacia los trajes hechos a medida y las guerras de poder en salas de juntas.
Si Andrés no estuviera postrado en la cama de ese hospital, atrapado en un coma que se sentía como una sentencia para ambos, Sebastián habría tenido la valentía de mandar todo al diablo.
Habría defendido su derecho a elegir. Pero el accidente lo había cambiado todo: con su hermano fuera del tablero, la soga familiar se cerró en torno a su propio cuello.
No quedar al frente del Grupo habría sido una traición a la memoria en vida de Andrés.
Así que guardó los cuchillos, apagó su propia luz y se puso la armadura corporativa.
Lumbre era el único lugar en el mundo donde se había vuelto a sentir liviano, despojado de la soga que su familia le había tejido desde la cuna.
Volver a Lumbre no era solo una estrategia empresarial; era su manera desesperada de mantener vivo al Sebastián que Andrés siempre protegió, antes de convertirse en el hombre implacable que ahora le tocaba ser.
El problema era que no había calculado a Renata y lo que empezaba a sentir por ella. Apretó la mandíbula cuando el semáforo cambió a rojo.
**
Elena abrió antes de que él tocara por segunda vez. Vestía un traje color mandarina y llevaba el cabello recogido con elegancia. Le sostuvo la cara entre las manos un segundo, como siempre.
—No has dormido bien.
—Hola a ti también.
La casa olía a romero, limón y algo horneado. Sebastián dejó la chaqueta en el gancho de la entrada y la siguió hasta el comedor.
Comieron los primeros minutos en una calma engañosa. Siempre había una capa debajo, el nombre que no se mencionaba al principio, la ausencia que se sentaba con ellos, aunque nadie pusiera un tercer plato. Fue Elena quien la rozó primero, con la misma naturalidad con que pasaba la fuente.
—Fui a ver a tu hermano el viernes. Le cambiaron la medicación.
—¿Cómo lo viste?
—Igual. —Elena apoyó los dedos alrededor de la copa sin beber—. A veces pienso que, si dejo de ir una semana completa, algo terrible va a pasar y yo no voy a estar. Como si todavía pudiera perderme el momento decisivo.
La frase salió neutra, pero llevaba dentro una herida vieja que Sebastián sintió abrirse apenas entre los dos.
—Mamá…
Elena levantó una mano.
—No lo digas. No estoy preparada todavía.
Sebastián sostuvo su mirada un instante. La luz oblicua de la tarde le marcaba en el rostro las huellas de los años, esas arrugas que hablaban de una honestidad ganada a pulso de aciertos y errores.
—No iba a decirte nada —dijo. Era mentira y los dos lo sabían.
—No quiero tu compasión. Mientras Andrés siga igual, hay esperanza.
Igual. La palabra quedó ahí. Un estado que se había tragado años enteros.
Sebastián bebió agua despacio y el silencio entre los dos se llenó de cosas que no se decían a la hora del almuerzo.
La conversación cambió de tono con la misma parsimonia con que se transformaba la luz a media tarde. Hablaron de su viaje a Europa, de un restaurante que había conocido, de su escapada de tres días a Portugal. Elena dejó el cubierto junto al plato.
—¿Cómo va todo? Y no me respondas con el bien de siempre.
—Trabajo y más trabajo, mamá.
—No te pregunté por tus balances. Ambos sabemos lo que significa vivir bajo el yugo de Augusto.
Sebastián miró hacia el jardín, donde las hortensias se doblaban ante el viento.
—Lo manejo bien. Como siempre.
—¿Hay alguien en tu vida?
Él soltó una risa corta, cansada.
—No tengo quince años, mamá.
—No, pero tienes la misma expresión que ponías de joven cuando jurabas que nada te importaba, justo antes de estallar. —Elena tomó la copa por fin—. Ahora ya no das portazos. Ahora te cierras mejor. Y nunca eres así por los negocios, por más complicados que sean, así que pienso que hay alguien.
Sebastián apartó el plato y soltó el aire. Durante un instante miró hacia el jardín, como si allá afuera pudiera ordenar algo de lo que llevaba días rompiéndosele por dentro.
—Sí, la hay. —La admisión salió más baja de lo que esperaba—. No estaba buscando nada, mamá. Pero ella… me descoloca. No sé cómo estar en la misma habitación que ella sin sentir que todo lo demás pierde volumen.
Elena no habló. Esperó.
Sebastián giró lentamente la copa entre los dedos.
—Hay un problema. —Soltó una risa seca, sin humor—.
Bueno, varios. Ella no sabe realmente quién soy.
Entré a su vida con otro nombre porque al principio todo esto era un movimiento estratégico del grupo.
Un análisis. Una negociación. Y ahora llevo semanas atrapado dentro de una mentira que ya no sé cómo sostener sin destruirlo todo cuando salga.
Elena permaneció inmóvil unos segundos. No hubo sorpresa en su rostro. Solo una tristeza antigua.
—¿Ella qué representa dentro del negocio?
Sebastián levantó la vista apenas.