Donde arde la traición CAPITULO 16 #2
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CAPITULO 16 #2

—La próxima vez que me uses para apagar un incendio, asegúrate al menos de decirme qué piso del edificio ya está ardiendo. Porque no voy a volver a quemarme por tus secretos.

Esta vez no esperó respuesta. Simplemente salió, dando un portazo que dejó temblando los cristales del despacho.

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Sebastián estaba apoyado en la pared de ladrillo del callejón con una caja de hierbas frescas abierta frente a él.

Apenas unas horas antes había estado de pie en el despacho de su padre, asimilando el peso de una verdad que le había cambiado el tablero por completo.

Recordar la advertencia de Augusto le revolvía el estómago; su propia familia forzaría la transacción de Lumbre por desesperación económica, y él seguía allí, atrapado en un delantal, ganando tiempo en una cocina mientras el Grupo Luna se desangraba por detrás.

Ahora más que nunca tenía que callar decirle la verdad a Renata sería la muerte financiera para los dos, necesitaba encontrar una solución eficaz para que todos se vieran beneficiados, por ahora guardaría silencio por un bien mayor.

El sonido de unas zancadas pesadas quebró el silencio.

Julián dobló la esquina desde la entrada lateral y se detuvo a pocos pasos, era uno de los mejores amigos de Renata, leal a ella y a Lumbre de una manera que a veces envidiaba. Dejó que el silencio pesara un instante antes de hablar.

—Huele raro aquí fuera —dijo—. No sé si es adrenalina o el rastro de lo que te llevaste anoche de la cocina.

Sebastián bajó la vista a la caja, acomodó un manojo de perifollo con calma y se incorporó despacio hasta quedar frente a él.

—Si vienes a decir algo, dilo.

Julián soltó una sonrisa breve, sin humor.

—Perfecto, porque no me gustan los rodeos.

—Metió las manos en los bolsillos y lo miró de frente—.

Renata es mi familia. De la que se gana, no de la de sangre, que a veces vale menos.

La he visto levantarse cuando nadie más lo hacía.

La he visto sostener este lugar incluso cuando apenas se sostenía a sí misma.

Así que te lo voy a dejar fácil: si estás aquí jugando a ser cocinero, matando el tiempo, probando qué se siente meterte en la cama de una mujer que no se parece a ninguna de las que sueles tocar, paras ahora.

Sebastián no se movió. Sostuvo la mirada con esa expresión contenida que era disciplina al borde de romperse.

—No estoy jugando.

Julián dio un paso al frente, invadiendo su espacio.

—Eso dicen siempre los hombres antes de hacer daño.

Un músculo saltó en la mandíbula de Sebastián.

—No la toqué por capricho —dijo, y la voz le salió baja, áspera, más peligrosa por eso—. Tampoco me acosté con ella para probar algo.

Julián lo observó un segundo, midiendo el peso real detrás de las palabras.

—Entonces explícame qué haces aquí.

La pregunta quedó suspendida entre ellos, como si tuviera forma y de pronto ocupara un gran espacio. Sebastián miró un instante hacia la puerta trasera de Lumbre, como si allí estuviera la única respuesta que podía darse sin mentir del todo.

—Estoy aquí por muchas razones —dijo al fin—. Pero anoche no tuvo nada que ver con ninguna de ellas. Anoche fue ella. Solo ella.

Julián entrecerró los ojos.

—Eso no me tranquiliza tanto como crees.

—No busco tranquilizarte.

Esa respuesta, seca y sin adornos, arrancó en Julián una exhalación corta que era mitad fastidio, mitad reconocimiento.

—Bien. —Se cruzó de brazos—. Entonces hablemos claro.

Renata se entrega de verdad cuando cruza esa línea.

No hace teatro. No colecciona noches por deporte.

Y tú —su mirada lo recorrió despacio, deteniéndose en la camisa impecable, en la postura demasiado segura para alguien de su puesto— pareces un hombre acostumbrado a esconder cosas.

Así que te lo pregunto una sola vez: ¿vas a convertir esto en una herida para ella?

Sebastián sintió el golpe ir directo al único punto que él mismo llevaba horas evitando mirar de frente.

—No —dijo.

Julián no apartó la vista.

—Más te vale que lo digas en serio.

—Lo digo en serio.

Algo cambió apenas en la expresión de Julián. La hostilidad no desapareció, pero cedió un grado.

—Te voy a decir una cosa más. —Su voz bajó—.

A mí me da exactamente igual de dónde vienes, quién eras antes de esta cocina o qué demonios escondes detrás de esa cara de hombre que nunca suda.

Lo único que me importa es ella. Si la haces dudar de sí misma, si la ensucias con medias verdades, si conviertes lo de anoche en una grieta más en lugar de algo que la sostenga, te vas a tener que ver conmigo.

Sebastián sostuvo la amenaza sin pestañear.

—No me voy a ir.

Julián no se movió.

—No te estoy pidiendo que te vayas. —La voz bajó un grado, sin perder filo—. Te estoy preguntando algo muy distinto.

Hizo una pausa. Sebastián esperó.

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te importó lo suficiente como para que te diera miedo perderlo?

Sebastián abrió la boca y la cerró. No porque no tuviera respuesta.

La tenía, y era concreta y reciente y vivía exactamente en el lugar donde Torres terminaba y Luna empezaba, ese borde que llevaba semanas pisando sin caerse y que ese día, por primera vez, sentía genuinamente inestable.

Pero decirla en voz alta en este callejón, frente a este hombre, habría sido nombrar algo que todavía no tenía derecho a nombrar. Así que no dijo nada.

Julián lo observó durante ese silencio con la atención de alguien que sabe leer lo que no se dice. asintió una vez.

—Ya entendí —dijo, con una frialdad más calculada que la anterior—. Solo recuerda algo, cocinero: hay mujeres que sobreviven a una decepción. Renata también. Pero eso no significa que tenga que pagarte a ti el precio.

Lo señaló con dos dedos, sin aspavientos, y se dio la vuelta.

—Procura ser el hombre que ella necesita en este momento.

La puerta metálica se cerró detrás de él con un golpe seco.

Sebastián se quedó solo en el callejón con el aire frío del atardecer pegándosele a la nuca y el olor de las hierbas subiendo desde la caja abierta. Durante un momento no se movió.

Julián no se había equivocado en lo esencial. La honestidad de Renata no era una pose ni una virtud ornamental. Era el núcleo de lo que ella era y él se había metido con ella llevando todavía puesto un nombre a medias, una historia torcida, una verdad retenida entre los dientes.

El calor de la cocina de Lumbre nunca lo había intimidado; pero el momento en que tuviera que mirarla a los ojos y dejar de esconderse prometía quemarlo mucho más que cualquier brasa, reduciendo a cenizas todas las barreras que con tanto cuidado había levantado.