Donde arde la traición CAPITULO 16
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CAPITULO 16

Sebastián empujó con un golpe seco la puerta del despacho privado de Augusto Luna, ni siquiera esperó a ser anunciado por su secretaria.

Augusto permanecía detrás del escritorio, revisando documentos con la misma parsimonia y seriedad de siempre.

Caminó hasta el escritorio y dejó la carpeta con el informe técnico de Barranquilla sobre la madera pulida y se plantó frente a él, con los puños cerrados a los costados y la respiración contenida.

—Camila me acaba de confirmar el rastreo de Barranquilla —soltó Sebastián, con voz de hielo—. El banco rebotó el pago de Madreperla. No por burocracia, padre, por falta de fondos en nuestra cuenta puente. ¿Qué pasó?

Augusto pasó una página con una lentitud insoportable antes de responder, sin mirarlo.

—El fondo mexicano pidió una revisión anticipada de garantías para el proyecto Aurum.

Sebastián sintió un pequeño endurecimiento detrás de las costillas. Sabía lo que significaba aquello.

—¿Por qué?

Augusto levantó finalmente la vista. Sus ojos, apagados y calculadores, sostuvieron la furia de su hijo.

—Porque alguien filtró información sobre los retrasos en la consolidación del corredor de Chapinero. Alejandro cometió un error con los cronogramas y los mexicanos amenazaron con retirar el capital en cuarenta y cinco días si no consolidamos el suelo.

Alejandro. El nombre flotó en el aire cargado de desprecio. Sebastián avanzó un paso más, invadiendo el perímetro del escritorio.

—¿Qué hiciste exactamente para frenarlos?

Su padre le pasó una serie de documentos.

Sebastián abrió la carpeta de pie, devorando las páginas.

Lo que encontró no era un retraso ni un error contable.

Era un castillo construido sobre deudas cruzadas, con las propiedades de Barranquilla y Cartagena metidas como garantía para tapar un hueco que su padre había cavado en silencio.

Entonces vio la cifra final en la columna de liquidez del Grupo.

El aire pareció volverse más pesado alrededor. La sospecha de la mañana se convirtió en un abismo real bajo sus pies.

—¿Comprometiste la liquidez operativa de todo el grupo? —preguntó sin levantar la vista, con el pecho agitado—. Dejaste vacías las cuentas de los proyectos en desarrollo. ¿Cuánto desviaste para sostener Aurum a escondidas de la junta?

—Es una medida temporal —respondió Augusto, sin pestañear.

Sebastián alzó lentamente la cabeza, y la mirada de miel que Renata había descrito como tranquila se transformó en una llamarada de rabia visceral.

—¿Cuánto, padre?

—Cincuenta y ocho millones de dólares.

El silencio cayó seco en mitad de la oficina. Incluso para el estándar del Grupo Luna, la cifra era una demencia que bordeaba la ilegalidad.

—Aurum no vale tanto, ¿qué más errores has cometido que has tenido que comprometer el patrimonio del Grupo?

—Hice un par de inversiones que no dieron los resultados esperados y no voy a hablar más del tema. Lo solucionaremos cuando tengamos los terrenos aledaños a Lumbre y por supuesto a Lumbre.

Todo el peso del grupo dependía de una sola pieza y esa pieza tenía nombre, dirección y una mujer adentro que no sabía que era el único muro que separaba al Grupo Luna del colapso. Lumbre.

Sintió algo oscuro y violento subirle lentamente por el pecho. El universo entero de Renata estaba a punto de ser triturado por una maquinaria que él mismo había ayudado a mover.

—¿Cuándo pensabas decirme esto? —siseó Sebastián, apoyando ambas manos sobre el escritorio, obligando a su padre a mirarlo de frente—. ¿Cuándo estuviera firmado el embargo?

—Cuando fuera necesario. Cuando hubieras traído la firma de Renata Sandoval y esto se hubiera solucionado.

Sebastián soltó una risa seca. Sin humor. Sin la más mínima paciencia.

—¿Necesario? —repitió lentamente, con una ironía corrosiva—. Me trajiste desde Ciudad de México para apagar un incendio del que ni siquiera me estabas mostrando el tablero completo. Me usaste como un títere, padre.

Augusto no respondió.

—¿Sabes qué fue lo mejor? —continuó Sebastián, acercándose apenas, con la mandíbula tan tensa que las palabras le salían cortadas—.

Hacerme parecer un imbécil en esa primera reunión con Vértice y Altavera, obligándome a defender proyecciones limpias mientras todos en esa sala ya sabían que el grupo estaba desangrándose por detrás.

La mandíbula de Augusto se tensó apenas, reconociendo el límite que su hijo acababa de cruzar.

—Modera el tono, Sebastián. Sigo siendo el presidente.

—No. —Esta vez Sebastián sí lo interrumpió de golpe—.

Llevo semanas intentando entender por qué demonios varios proyectos empezaron a retrasarse en la liberación de capital, por qué ciertas líneas de crédito se movían raro y por qué Camila no lograba cuadrar los flujos internos y resulta que estabas usando el dinero de los contratistas para sostener el capricho de Aurum y quien sabe otra inversión más, mientras Alejandro seguía vendiendo humo como si nada estuviera pasando.

¿Qué carajos quieres que solucione si no tengo la información real?

Augusto sostuvo su mirada sin moverse, recuperando esa quietud peligrosa que usaba como armadura.

—Estoy dándotela ahora. Tienes el control de la estrategia.

Sebastián soltó otra risa breve, apartándose de golpe hacia el ventanal que daba al norte de Bogotá.

—Ahora. Claro. Cuando el proyecto tiene una pistola en la cabeza y las cuentas operativas están vacías.

Bogotá brillaba húmeda abajo, Bajo la lluvia que empezaba a arreciar.

Por un instante cerró los ojos. Solo uno.

El tiempo suficiente para que la imagen de Renata en su oficina, entregándose a él sin saber que dormía con el verdugo de su negocio, le destrozara la última pizca de obediencia que le quedaba.

—¿Alejandro sabe el estado real de las cuentas? —preguntó, de espaldas.

El silencio detrás de él duró apenas demasiado y ahí estuvo la respuesta.

Sebastián abrió lentamente los ojos, mirando su propio reflejo en el vidrio.

—Perfecto —murmuró con peligrosísima calma, girándose despacio—. Así que mi primo conoce lo suficiente para seguir jugando con gasolina, y yo era el único idiota sentado en esa mesa sin entender el tamaño real del problema.

—Alejandro no conoce todos los detalles de la reestructuración de los bancos —intentó justificar Augusto.

—Pero conoce lo suficientes para saber que, si Lumbre no cae en cuarenta y cinco días, estamos quebrados.

Augusto no respondió. Otra confirmación silenciosa.

Sebastián asintió, absorbiendo el golpe pieza por pieza y por primera vez en toda su vida profesional, algo parecido al cansancio de alguien que acababa de confirmar que llevaba años siendo el hombre al que llaman únicamente cuando el edificio ya se incineró, cruzó fugazmente su rostro.

Augusto rodeó lentamente el escritorio, intentando recuperar el control psicológico de su hijo.

—Si Aurum se cae ahora, los socios mexicanos se van y se llevan su dinero. Después de eso, los bancos empiezan a preguntar cosas que no tienen respuesta limpia. No perdemos un proyecto, Sebastián. Perdemos todo. Necesitamos ese restaurante para que esto no se derrumbe.

Sebastián bajó la vista otra vez a los documentos de la carpeta negra y entonces entendió finalmente el tamaño real de la trampa. No era solo dinero. Era poder. Era el tipo de riesgo corporativo que atraía depredadores oliendo la sangre.

—¿Qué tan expuestos estamos realmente con la Financiera del Centro? —preguntó Sebastián, con una voz que ya no pertenecía al hijo, sino al ejecutivo implacable que acababa de cambiar de bando en silencio.

Augusto tardó un segundo demasiado largo en responder.

—Más de lo que me gustaría. Si Sandoval no vende por las buenas, el banco tendrá que forzar el vencimiento anticipado de la hipoteca. No hay otra opción.

Eso sí consiguió alterar algo profundo dentro de Sebastián, pero no de la forma que Augusto esperaba. Cerró lentamente la carpeta negra con un golpe seco que cortó el aire.

—Entonces frena cualquier presión sobre la deuda de Lumbre —sentenció Sebastián, clavándole los ojos a su padre—. No vas a tocar ese banco.

Augusto levantó una ceja, extrañado ante la firmeza de la orden.

—¿Por qué? Es la herramienta más rápida que tenemos.

—Porque si Renata Sandoval siente que están intentando asfixiarla financieramente de forma hostil, va a convocar a los medios otra vez y va a preferir quemar el restaurante antes de dárselo al Grupo Luna.

Si eso explota, Vértice y Altavera se retiran al día siguiente por el escándalo de reputación.

Estoy intentando evitar que tu desesperación convierta una negociación difícil en un suicidio corporativo.

Augusto dio un paso más cerca, analizando la rigidez en el rostro de su hijo con una quietud que se volvió amenazante. Sus ojos de viejo zorro detectaron una vibración que no pertenecía a los números.

—Estás empezando a involucrarte más de lo recomendable —El comentario de Augusto fue preciso y directo al mentón—. No confundas proteger el proyecto con proteger a la mujer.

Sebastián sostuvo la mirada de su padre sin moverse un solo milímetro.

La máscara de hielo regresó a su rostro, pero el silencio posterior duró un segundo demasiado largo.

Tomó los documentos que había llevado con gestos pausados, pero con la mente maniobrando a mil, pensó en Renata Sandoval.

En Lumbre. En las noches en su oficina, en el desastre que crecía cada día que seguía callando, y en la certeza de que ahora tenía que salvarla de su propia familia y para hacerlo ahora más que nunca tendría que guardar silencio.

Cuando llegó al umbral de la puerta, se detuvo y miró a Augusto por encima del hombro.

—Voy a arreglar el bache económico del grupo para tener liquidez y para que los proyectos y todo lo demás no se detengan —dijo, con una tranquilidad que helaba la sangre—. Pero con Lumbre se va a hacer bajo mis reglas y una cosa más, padre...

Augusto levantó la vista, atento.