CAPÍTULO 15
Sebastián se recostó en la silla, intentaba descifrar un gráfico en la pantalla portátil, pero su mente lo arrastraba a lo vivido unas horas atrás, a la penumbra de la pequeña oficina de Lumbre, al momento exacto en que la distancia entre los dos se rompió definitivamente.
No había sido un impulso fácil; había sido casi una colisión de voluntades.
Cuando sus manos la tocaron por primera vez allí, con el silencio del restaurante flotando al otro lado de la puerta y el olor a café mezclándose con su perfume, Sebastián había sentido una especie de vértigo que no experimentaba en los negocios desde hacía años.
Con Renata no había estrategia que valiera, ni un movimiento que pudiera anticipar.
Sobre ese escritorio de madera oscura había descubierto una vulnerabilidad limpia, una urgencia que lo afectaba por completo.
Ella se había entregado con la misma intensidad feroz con la que defendía su negocio, y él, por primera vez en su vida, se había olvidado del tablero, de su apellido y del Grupo Luna.
Había sido simplemente un hombre fascinado por la verdad de una mujer.
El sonido del móvil sobre la mesa de la sala rompió el silencio de la mañana, arrancándolo de golpe del recuerdo.
Era Camila. Sebastián contestó al segundo tono, carraspeando para recuperar la voz y obligándose a ponerse la máscara de frialdad que la noche anterior se había quitado.
—Dime que el banco ya liberó los fondos de Barranquilla —soltó, intentando aferrarse a su fachada de ejecutivo de alto nivel.
Al otro lado de la línea, el silencio de Camila duró un segundo demasiado largo. Cuando habló, su voz no tenía la eficiencia habitual; sonaba extrañamente tensa, casi disculpándose.
—El banco no está reteniendo el dinero, Sebastián.
Sebastián frunció el ceño, dejando la taza de café sobre la mesa.
—Habla claro, Camila. Les di un tiempo determinado ayer.
—Ya hablé con el gerente regional. Me envió el rastreo técnico obligatorio.
El dinero no estaba congelado en su sistema porque los fondos nunca salieron de la cuenta puente del Grupo Luna en Bogotá.
El banco rebotó la orden automática por falta de liquidez disponible en nuestra línea de crédito principal.
Sebastián se quedó completamente inmóvil, con el teléfono pegado a la oreja.
El eco de las palabras de Camila tardó en procesarse en su cerebro, chocando de frente con la calidez de la oficina de Renata que aún le recorría el cuerpo.
¿El Grupo Luna rebotando un pago de obra por falta de fondos? Era una locura.
—Eso es un error de contabilidad —dijo él, aunque una pequeña y fría sospecha se le instaló detrás de las costillas—. O una falla del sistema central.
—Revisé la cuenta operativa del holding global, Sebastián.
Está en mínimos —insistió Camila en un susurro apresurado—.
Alguien del piso de arriba autorizó un movimiento masivo de capital a finales del mes pasado.
Bloquearon nuestras alertas internas para que los directores no viéramos el vacío en las gráficas.
Están desviando todo el flujo para sostener algo más grande.
Sebastián sintió el impacto del golpe directo en el pecho. La crisis de Barranquilla ya no era un retraso de obra; era la confirmación de una hemorragia interna. Si su padre y Alejandro estaban desangrando las cuentas del Grupo a escondidas, significaba que el imperio estaba al borde del abismo.
La presión sobre Lumbre ya no sería una estrategia de negocios fría. Augusto y Alejandro iban a ir a cazar a Renata por pura desesperación financiera.
Miró el portátil cerrado. El olor de Renata todavía lo perseguía, pegado a su piel, y ahora la verdad quemaba más que nunca.
—Quédate en la oficina y congela cualquier otra salida de información —ordenó Sebastián, con una voz que ya era puro hielo—. Voy para allá. Voy a sentar a mi padre en su despacho y me va a mostrar el tablero completo de una buena vez.
Cortó la llamada. El apartamento se quedó en un silencio sepulcral. Acababa de compartir en encuentro íntimo con la mujer que lo tenía obsesionado, y acababa de descubrir que su propia familia tenía una soga preparada para el cuello de ella.
**
El ritmo de la carrera era constante, el sonido de las zapatillas golpeaba el pavimento húmedo marcando una cadencia que, por momentos, Renata deseó poder meterse dentro de ella y desaparecer.
Corría intentando dejar atrás no solo la noche anterior, sino también la mujer en la que se había convertido durante ese breve espacio de tiempo, pero no podía.
No había distancia suficiente para escapar del recuerdo de lo ocurrido en su oficina con Sebastián.
A su lado, Julián mantenía el paso sin esfuerzo, con la resistencia de quien parece haber nacido corriendo. Llevaban años compartiendo esos kilómetros, esas madrugadas robadas antes del caos de Lumbre.
La miró de reojo.
—Vas a fundir el asfalto, Ren. —soltó el aire, sin perder el ritmo—. Corres como si te persiguiera algo o lo mejor no sabes qué hacer con lo que pasó anoche cuando todos nos fuimos.
Renata no se detuvo, pero el ritmo le flaqueó un segundo.
—No sé de qué hablas —dijo, y le salió sin fuerza.
Julián soltó una risa corta.
—Claro, y yo soy el monje cartujo. —Se giró hacia ella sin dejar de correr—. Renata, te conozco desde hace demasiado tiempo como para notar cuando se te cambia hasta la manera de pisar.
Ella exhaló con brusquedad y se apartó un mechón de la sien.
—¿Fue muy evidente que Sebastián se quedó conmigo un rato? Pensé que estábamos solos.
Julián ladeó la cabeza, como si evaluara cuánto podía disfrutar antes de responder.
—Para los demás no creo. Para mí, sí. Tuve que volver porque había dejado un postre para Pablo en la cámara fría, y cuando pasé cerca de la oficina —hizo una pausa— escuché tus gemidos. Así que hice saqué mis propias conclusiones.
Renata cerró los ojos un instante. Quiso morirse y a la vez reír, quiso volver atrás doce horas y al mismo tiempo repetirlas enteras.
—Pasó, Julián. —Tomó aire—. Por fin pasó. Con Sebastián.
Julián soltó una carcajada limpia, de esas que celebran.
—¡Lo sabía! Tenías esa cara desde el calentamiento. Cara de mujer que dejó una parte de sí anoche en una superficie horizontal y probablemente poco apropiada desde el punto de vista logístico. —La miró de lado—. ¿Y bien? ¿El novato resultó tan diestro como parece con el cuchillo?
Renata dejó escapar una risa ahogada, pero el calor le trepó por el cuello de todas formas.
—Fue peor.
—Eso no suena prometedor.
—Peor para mí —aclaró, y esta vez la voz se le asentó en la honestidad—. Me desnudó y no hablo solo de la ropa. Me miró de una forma que me dejó completamente expuesta. Como si hubiera visto todo lo que intento esconder cuando estoy en Lumbre, cuando doy órdenes y finjo que sé qué hacer.
Julián ya no bromeó. La escuchaba con atención real, sin apartar la vista del camino.
—Me hizo sentir viva. Jodidamente viva. —Tragó saliva—. He pasado demasiado tiempo moviéndome en automático y anoche alguien me arrancó del pecho esa especie de peso que llevo ahí desde hace años.
—¿Y ahora? —preguntó él, en voz baja.
—Ahora tengo que entrar ahí y mirarlo a la cara como si nada.
Darle órdenes de servicio al hombre que anoche me hizo pedazos.
—Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano—.
¿Cómo se supone que le grito que revise un punto de sal cuando sé exactamente cómo suena su respiración cuando pierde el control?
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue de esos que se ganan.
Julián aceleró de pronto, apenas unos metros, obligándola a seguirlo, y cuando los dos bajaron el ritmo hasta caminar, con el vapor de la respiración mezclándose con el frío de la mañana, se giró hacia ella.
—Mírame, Ren.
Ella lo hizo.
—Llevas años construyendo un muro de cristal.
Transparente e impecable, pero muro, al fin y al cabo.
Dejas que la gente vea lo suficiente para admirarte, para seguirte, incluso para quererte, pero nunca lo bastante para tocarte de verdad.
—Le sostuvo la mirada—. Necesitabas a alguien con la fuerza suficiente para romperlo.
Renata apartó la vista un segundo, incómoda con la exactitud del comentario.
—No sé si eso es algo bueno.
—Romperse nunca se siente bonito —dijo él—. Pero a veces es la única manera de volver a ver las cosas desde otro sitio.
Ella soltó el aire, mirándose las manos antes de llevarlas a la cintura.
—¿Y si sale mal?
Julián sonrió, sin sarcasmo.
—Renata, casi todo sale mal antes de encontrar la forma correcta. Tú deberías saberlo. Has salvado servicios enteros a punta de intuición y cafeína. —Le dio un leve empujón con el hombro—. No lo disecciones como si fuera una receta o un inventario de riesgos. Solo deja que ocurra.
Renata bajó la cabeza con una sonrisa pequeña, todavía incrédula.
—Hablas como si esto no pudiera incendiarme la vida.
—Puede —dijo Julián, encogiéndose de hombros—. Pero también puede ser la primera vez en mucho tiempo que algo no viene a quitarte sino a devolverte y francamente, ya era hora.
Renata se quedó callada.
Lo que no le dijo, porque no encontró las palabras o porque le daban demasiado miedo, era que Sebastián ya le había devuelto algo y que eso era exactamente lo que más la asustaba.