CAPÍTULO 14 #2
Sebastián le pasó las manos por los brazos, despacio. Le encontró el cuello con la boca y Renata cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás entregando ese ángulo sin que nadie se lo pidiera.
—Sebastián —jadeó ella, y su nombre fue una rendición absoluta. Era la única palabra que su mente aturdida por el deseo lograba articular.
Él estaba allí, contra su piel, y su voz, baja y áspera, vibró profundamente en el pecho de Renata, llegando a un rincón de su ser donde el cuerpo ya no existía, solo la pura necesidad.
—Aquí estoy —respondió, y el sonido fue un compromiso sellado con fuego—.
Me enloquece tu jodido olor... llevo días como un animal en celo, siguiendo este rastro, perdiendo la cabeza por ti.
—Inspiró profundamente, pegando la nariz a su cuello, saturando sus sentidos con su aroma, como si intentara poseer su esencia misma.
Sus dedos, los mismos que manejaban un cuchillo con destreza, se deslizaron ahora con una calma devastadora por la abotonadura de la chaquetilla de Renata, con determinación implacable, pero con lentitud deliberada.
Renata, sin embargo, no tenía su paciencia. Le arrancó la chaquetilla a él con una honestidad visceral que delataba el hambre que la consumía por dentro. Sebastián soltó una respiración entrecortada contra su hombro, un sonido que era lo más parecido a una risa que ella le había oído jamás.
—¿Algo gracioso? —murmuró ella, con la respiración entrecortada.
—Nada —dijo él, y su mirada era un pozo oscuro—. Todo lo contrario.
La despojó de su ropa, se deleitó en sus curvas, sacó un preservativo de la billetera y se lo puso con celeridad, ella lo miraba con la curiosidad y el anhelo grabados en su expresión.
Sebastián era grande, por un momento pensó que la falta de sexo por largos meses le dificultaría la penetración, pero él, tal vez adivinando sus pensamientos la preparó con armas de amante diestro, humedeció su sexo con manos y boca y solo entró en ella cuando tuvo la certeza de que estaba lista para recibirlo.
Las manos de Sebastián, una vez más, la desarmaron.
Aprendían los contornos de su cuerpo con paciencia e intensidad que la destrozaba, explorando cada curva, cada zona sensible, con un conocimiento intuitivo y despiadado que ella tuvo la certeza de que la arruinaría.
Lo que siguió fue un torbellino de sensaciones, un desborde de pasión que no tuvo nada de contenido.
El escritorio de madera oscura, se convirtió en el escenario de su encuentro.
La lampara de techo proyectaba sombras danzantes sobre sus cuerpos entrelazados, y el olor a vainilla se mezclaba con el aroma a sudor, y al olor de su propio deseo.
Ella respondía con franqueza que la sorprendía, sus propias manos descubrían la fuerza en sus hombros, buscaban los lugares exactos donde la armadura de Sebastián se desmoronaba y los encontró.
Cada empuje era una chispa, que los encendía más, cada caricia una llama que amenazaba con consumirlos a ambos.
Sus cuerpos se buscaban, se exigían, se reclamaban mutuamente en una danza frenética de piel, jadeos y una necesidad que bordeaba el dolor.
Hubo un momento, cerca del punto de no retorno, en que él la miró. Solo eso. La miró con la intensidad quieta y penetrante, ahora despojada de cualquier barrera que el deber les imponía. Era la verdad cruda y sin filtros.
Renata le sostuvo la mirada, sin parpadear. Apartar los ojos habría sido una mentira y ella no mentía. En ese intercambio silencioso, se lo dijeron todo: la locura, la necesidad, y el lazo inquebrantable que acababan de forjar en la oscuridad de esa oficina.
Lo que vino después fue una coreografía de sombras y piel que no entendió de treguas ni de relojes.
Se buscaron una y otra vez, sobre la mesa, contra la pared de ladrillo, en el suelo frío que la intensidad de sus cuerpos lograba ignorar.
Hicieron el amor con la urgencia de quienes se saben en territorio prohibido y con la lentitud de quienes no quieren que el mundo exterior vuelva a existir jamás, agotando cada gramo de resistencia hasta que solo quedó el rastro de sus respiraciones acompasadas en la penumbra.
Después, el silencio de la oficina tenía una calidad diferente.
Renata recogió su chaquetilla del suelo. Se la puso despacio.
Sebastián se vistió con calma. La miró cuando terminó, apoyado contra la pared, con ese pelo oscuro ligeramente deshecho que era el único signo visible de lo que había ocurrido en este cuarto.
—¿Estás bien? —preguntó.
La pregunta la tomó desprevenida por el tono utilizado ya que no era por protocolo sino algo que quería saber de verdad.
—Sí —dijo ella, y era verdad.
Sebastián asintió.
Ninguno de los dos habló durante un momento conscientes de que algo había cambiado de sitio de manera permanente y los dos lo sabían y ninguno de los dos iba a fingir lo contrario.
Fue ella quien habló primero.
—Mañana hay servicio —dijo.
—Lo sé.
—Las cosas siguen siendo complicadas.
Sebastián la miró con un gesto que esa noche tenía algo que ella no le había visto antes, algo que no era exactamente paz, pero se le parecía, mezclado con otra cosa más oscura que él guardó tras el escudo con que se protegía.
—Lo sé —repitió.
Recogió la mochila. Se la colgó al hombro.
—Buenas noches, Renata.
—Buenas noches.
Salió y cerró la puerta con el mismo cuidado de siempre.
Renata se quedó sola en la oficina con el flexo encendido y algo instalado en el pecho que no era arrepentimiento. Era más parecido a la sensación de haber cruzado una frontera sin señalización, sin saber todavía qué clase de territorio había al otro lado.
Apagó las luces y salió.