CAPÍTULO 14
Sebastián llegó a las tres.
Renata lo supo antes de verlo, por el cambio de aire que siempre precedía su entrada, era un efecto que ella se negaba a nombrar y que su cuerpo reconocía de todas formas, lo que le molestaba bastante.
Lo oyó saludar a Mateo desde el otro lado de la cocina, y ella siguió cortando lo que tenía delante con una concentración que era puro artificio.
Lo dejó instalarse y ponerse el uniforme, revisar su estación y orientarse en el ritmo de la tarde, porque necesitaba ese margen para decidir exactamente cómo iba a disculparse sin que le temblara la voz ni ocurriera ninguna de las otras cosas que su cuerpo llevaba amenazando con hacer desde el día anterior.
Cuando se acercó, él estaba de espaldas.
—Sebastián.
Él se giró. La miró y esperó.
Renata había ensayado sus disculpas, pero meditó que lo mejor era la economía de palabras.
—Fui injusta contigo ayer —dijo.
La frase salió exactamente como la había planeado. Lo que no había planeado fue lo que vino después, que fue seguir hablando.
—Descargué algo que no tenía que ver contigo en el lugar más equivocado posible y delante del equipo. —Hizo una pausa—. De mi equipo. —Otra pausa—. Eso no estuvo bien.
Sebastián no respondió enseguida. La miró con atención.
—¿Terminaste? —preguntó.
—Sí.
—Bien. —Asintió una vez, con la misma calma de siempre—. Acepto la disculpa.
Él volvió a sus cuchillos.
Renata no se movió, quería que él dijera algo más. y aunque una parte de ella reconocía que era exactamente lo que merecía, otra quería que él dijera algo más. No sabía qué. Solo más.
—¿Eso es todo? —preguntó, antes de poder evitarlo.
Sebastián dejó el cuchillo que tenía en la mano sobre la tabla. Se giró hacia ella otra vez, con una lentitud que tenía el peso de alguien que está decidiendo cuánto mostrar.
—¿Qué quieres que diga?
La frase fue tan directa que Renata no tuvo respuesta. Allí estaba de pie frente a él sin el escudo de la indignación que escondía lo que de verdad le pasaba. Su orgullo estaba saliendo de esta contienda algo magullado.
—No voy a responder eso aquí —dijo Renata. Luego, con la voz baja y el tono neutro que usaba para dar órdenes que no admitían discusión—. Ven.
No esperó a que respondiera. Cruzó la cocina con el paso de siempre, sin mirar atrás, porque mirar atrás habría sido una pregunta y ella no estaba preguntando. Subió las escaleras y empujó la puerta de la oficina y la dejó abierta lo justo.
Sebastián entró y cerró la puerta.
La oficina tenía un ventanal que daba a cada estación de la cocina.
Un escritorio un ordenador, dos sillas, archivadores, la pantalla del sistema de reservas parpadeando en un ángulo de la pared.
Olía a café y a papel y a ese perfume suyo que en ese espacio reducido no tenía ningún lugar donde diluirse.
Renata se giró hacia él.
—¿Por qué te pusiste nerviosa ayer en el pasillo? —preguntó él, antes de que ella pudiera hablar.
El silencio que siguió fue de esos que tienen una textura propia.
—Eso no es… —empezó ella.
—Renata.
Sebastián se acercó. Un paso. Luego otro paso, fue una acción que cruzó una línea que, hasta ese momento había existido entre los dos, con la claridad tácita de todo lo que ninguno había dicho en voz alta, y Renata no retrocedió, no quería volver a hacer eso.
Sebastián le rozó la mandíbula con los nudillos, apenas un susurro de contacto.
Se quedó clavado en el sitio, desarmado por la suavidad inesperada de su piel.
Había buscado ese roce para desafiarla, pero terminó siendo él quien cayó al vacío al descubrir que, bajo el uniforme y la distancia, ella era puro fuego y terciopelo.
La besó despacio.
El beso carecía de urgencia, a pesar del hambre acumulada, aunque ambas fieras estaban ahí debajo, arañando la superficie con una presión que Renata sintió replicarse, pesada y ardiente, en su propio vientre.
Fue un beso de una deliberación aterradora, que tomaba posesión y que decía, con claridad meridiana, que sabía exactamente lo que estaba haciendo y quería que sintiera cada milímetro de lo que le iba a hacer.
Renata no se movió durante el primer segundo. El shock la congeló, con el aliento atrapado en la garganta mientras la boca de él, firme y cálida, reclamaba la suya sin prisa.
Luego, lo hizo. Sus manos, traicionaron cualquier rastro de lógica, subieron por la tela de su chaqueta, buscando desesperadamente el calor de su cuello, mientras su cuerpo se inclinaba hacia él, anulando la poca distancia que quedaba.
El gemido que él soltó contra sus labios fue sordo, posesivo, una pérdida en su control que hizo que el pulso de Renata se disparara.
Cuando se separaron, el único sonido era el ruido apagado de la cocina al otro lado de la puerta.
Ese mundo que seguía existiendo con total indiferencia frente al incendio silencioso que acababa de desatarse en este cuarto, y que amenazaba con consumirlos a los dos. Sebastián la miró. Renata lo miró a él.
Ninguno dijo nada durante un momento que duró lo suficiente para que ambos supieran que algo había cambiado de sitio de manera permanente.
Fue ella quien habló primero.
—Esto complica las cosas —dijo, con una voz que era más suave de lo que pretendía.
—Ya estaban complicadas —respondió él.
Renata miró la puerta. Luego volvió a mirarlo a él.
—Tenemos servicio en una hora.
—Lo sé.
—Así que ahora mismo, tú vuelves a tu estación y yo vuelvo a la mía.
—Bien —señaló, con la misma calma, y con algo en los ojos que era casi diversión.
Renata asintió una vez, se giró y abrió la puerta. Cruzó la cocina con el paso de siempre. Dio tres órdenes antes de llegar a su puesto. Corrigió una temperatura. Le preguntó a Lucía por las reservas de la noche.
Todo igual que siempre.
**
El servicio de esa noche fue impecable.
Renata se aseguró de eso con la misma energía con que se había asegurado de todo lo demás en los últimos tres años. Corrigió tiempos, ajustó emplatados, habló con la sala dos veces. Hizo todo lo que siempre hacía y lo hizo bien, como siempre.
Lo que no hizo fue mirar hacia la estación de Sebastián más de lo estrictamente necesario. Lo que no pudo evitar fue saber exactamente dónde estaba él en cada momento sin necesidad de mirarlo.
Era un problema nuevo o más bien era el mismo problema de siempre con una capa encima que lo hacía más difícil de ignorar, porque ahora había una memoria física instalada en su cuerpo que no tenía ninguna intención de sentirse ignorada.
Había esperado urgencia en aquel beso, y la urgencia era manejable. Lo que no esperaba era esa presión lenta y deliberada, el olor a madera oscura y a él llenando la oficina, ni el instante exacto en que su respiración cambió de ritmo sin que pudiera evitarlo.
—Pase, mesa doce —dijo, con la voz de siempre.
La cocina respondió con la precisión de siempre. Todo igual. Excepto que nada seguía igual.
**
Sebastián trabajó.
Era lo que sabía hacer cuando necesitaba no pensar en algo. Lo había aprendido hacía años, en lugares más duros que este, y esa noche le fue útil de una manera que no había anticipado necesitar.
El beso había sido un error.
Se lo dijo con claridad mientras reducía un fondo a la mitad de su volumen, mirando el hervor con la atención de quien no está mirando el hervor en absoluto porque había cruzado una línea que él mismo había trazado cuando aceptó aquel trabajo.
Renata Sandoval no era solo una mujer que le resultaba imposible de ignorar.
Era el objetivo. Era la persona cuyo restaurante él estaba, ayudando a desmantelar.
Eso no había cambiado esta tarde en esa oficina.
Eso no iba a cambiar porque él hubiera tomado una decisión que su cuerpo llevaba semanas pidiendo y su cabeza llevaba semanas negando.
Apagó el fuego bajo el fondo y lo coló con movimientos precisos.
Lo que había cambiado era que ahora ella lo sabía. Sabía que él la deseaba y eso era información que ella podía usar o no usar, y Sebastián no tenía manera de controlar ninguna de las dos opciones.
Eso era lo que lo inquietaba.
El beso había sido inevitable desde el pasillo, probablemente desde antes. Lo que venía después era otra cosa.
Fue el último en terminar. Sus pasos, se detuvieron frente a la puerta de la oficina. Ella no levantó la vista del vaso de agua que no estaba tomando.
—La cocina está cerrada —dijo él, desde el umbral.
—Lo sé.
—Tú sigues aquí.
Renata levantó la vista. Sebastián estaba en el umbral con la mochila al hombro, tenía el talante de alguien que ha pasado seis horas decidiendo algo y ya lo había decidido.
—Entra o vete —dijo ella—. El umbral no es un sitio para quedarse.
Él entró y cerró la puerta.
Dejó la mochila en el suelo sin apartar los ojos de ella y el gesto fue tan deliberado, que Renata sintió algo apretarse en el centro de su pecho antes de que ninguno de los dos hubiera cruzado el metro y medio que los separaba.
—¿Para qué viniste? —preguntó ella.
—A cerrar lo que quedó abierto esta tarde.
Renata dejó el vaso sobre la mesa. Se puso de pie despacio, porque quería que él supiera que ella también había decidido que lo que estaba a punto de ocurrir era una elección.
Se acercó ella primero.
Eso lo sorprendió y Renata lo vio en la fracción de segundo en que algo cambió en sus ojos antes de que volviera a ser él, con ese sosiego que ella sabía, escondía una temperatura debajo que esta vez no disimulaba y que la quemaría sin remedio.
Ella tomó la iniciativa y lo besó con la acumulación de todo lo que había sostenido durante seis horas de servicio.
Él respondió de inmediato, con las manos encontrando su cintura, atrayéndola hacia él con firmeza que mostraba la certeza de su deseo.
Renata sintió el largo de su cuerpo contra el suyo y pensó, con la última fracción de claridad que le quedaba, que había subestimado lo que esto iba a hacerle.
La mesa quedó detrás de ella sin que ninguno de los dos lo planeara.