CAPÍTULO 13
Renata estaba envuelta en una bata blanca, con una mascarilla verde que olía a pepino y algo vagamente medicinal, bebía de una botella de jugo de naranja a la que Tatiana había añadido un par de tragos de champaña y declarado oficialmente como acompañamiento obligatorio de toda conversación seria entre mujeres adultas.
Los hombros, por primera vez en días, no tenían el peso habitual encima.
El spa de Tatiana a las diez de la mañana de un miércoles tenía pocas clientas.
La música de fondo, que salía de los parlantes, estaba calculada para que la gente dejara de pensar, según decía Pablo.
Tatiana habló sobre una clienta de la semana anterior que había llegado tarde, exigido milagros y terminado diciéndole que el lugar era demasiado bueno para ser de un sitio tan discreto.
—Discreto —repitió, aplicando algo frío y aromático en el cuello de Renata—. Diez años construyendo esto y la palabra que eligió fue discreto.
—Quiso decir exclusivo y no supo cómo —dijo Renata.
—Quiso decir que le pareció caro y no quiso admitir que valió cada peso.
Renata sonrió sin abrir los ojos. Hubo un silencio cómodo. De esos que con Tatiana nunca necesitaban llenarse. El aire olía a lavanda y cera tibia y algo cítrico que Renata no habría sabido nombrar pero que era lo más parecido a la calma que había sentido en días.
—¿Cómo está lo del banco? —preguntó Tatiana, con el tono de voz tranquilo con que preguntaba todo.
—Mauricio está revisando el contrato completo. Hay una cláusula que no me gusta. Entregamos los documentos que pidieron, esperemos que se quede ahí.
—¿Y Emilio?
—Emilio está haciendo llamadas desde Nueva York con la culpa bien puesta y la distancia intacta.
Tatiana siguió trabajando. Renata supo que el silencio que vino después no era vacío, solo estaba esperando la próxima confidencia.
—Cuéntame qué más —dijo Tatiana al fin—. Me contaste lo del banco y Emilio. Eso es trabajo. —Una pausa—. ¿Qué ocurre?
Renata abrió los ojos y miró el techo.
—Nada más.
—Llevamos quince años siendo amigas y sé perfectamente cuándo estás guardando algo que no tiene nada que ver con facturas. —Le dio un golpecito suave en el hombro—. Cierra los ojos y habla. Nadie te está mirando.
Renata cerró los ojos. Guardó silencio el tiempo suficiente para volverse incómodo.
—Hay un cocinero nuevo en Lumbre —dijo al fin, empezando por donde le parecía más seguro—. Lleva más de tres semanas. Trabaja bien. Demasiado bien para el perfil que envió.
—Ajá —señaló Tatiana, con una neutralidad tan cuidadosa que era casi provocadora.
—Ayer tuvimos un problema en la cocina y yo fui injusta con él. Julián me lo dijo después y tenía razón.
—¿Por qué fuiste injusta?
Renata tardó.
—Porque me estaba poniendo nerviosa.
—¿Por qué te ponía nerviosa un cocinero que trabaja bien?
Otra pausa. Más larga.
—Porque no es solo eso.
Tatiana dejó de moverse. Lo suficiente para que el cambio se notara.
—Sigue —dijo, y la voz ya no tenía nada de neutral.
—Es que… —Renata soltó el aire—. Es ridículo.
—Lo más interesante siempre empieza siendo ridículo. Sigue.
—El hombre es extraordinariamente guapo, Tati.
—Lo dijo de una vez, como quien arranca un vendaje—.
No guapo de manera conveniente o manejable.
Guapo de esa manera que te resulta un problema porque no puedes ignorarlo, aunque quieras, y créeme que quiero.
Alto, cabello oscuro, esos ojos color miel que te miran como si tuvieran todo el tiempo del mundo, y además huele de una manera que debería estar regulada por algún organismo de salud pública porque es completamente injusto.
Tatiana soltó una carcajada que resonó en todo el cuarto.
—Organismo de salud pública. Dios mío, Renata.
—No te rías.
—Me río porque llevas dos minutos describiéndome a un hombre con la atención de alguien que ha estado mirando con mucha, mucha calma y todavía lo llamas el cocinero nuevo.
Renata se cubrió la cara con las manos, cuidando la mascarilla por puro reflejo.
—Se llama Sebastián.
—Sebastián —repitió Tatiana, saboreando el nombre con una satisfacción que Renata encontró completamente innecesaria—. Cuéntame más de Sebastián.
—No hay nada que contar. Es un cocinero en mi restaurante y yo soy su jefa y eso es todo lo que hay y todo lo que puede haber.
—Claro —dijo Tatiana, con serenidad que no engañaba a nadie—. Por eso ayer fuiste injusta con él delante de todo el equipo.
Renata bajó las manos.
—Julián te llamó.
—Julián me mandó un audio de cuarenta y cinco segundos que terminaba con un emoji de palomitas de maíz. —Tatiana retomó el masaje con una calma olímpica—. Así que cuéntame tú la versión larga y sin las palomitas.
Renata cerró los ojos y le contó todo, la absurda atracción. El ataque injusto, la frase de él antes de irse, la conversación con Julián.
Cuando terminó, Tatiana guardó silencio un momento.
—Entonces lo atacaste porque en ese pasillo tu cuerpo decidió algo que tu cabeza todavía no había aprobado.
—Básicamente.
—Él se dio cuenta y te lo dijo en voz baja, delante de todos, con la tranquilidad que describes como si fuera un defecto de carácter cuando claramente es todo lo contrario.
—Tatiana.
—Estoy resumiendo, no juzgando. —Una pausa—. ¿Y qué sientes tú, más allá de lo evidente?
Renata pensó en eso con honestidad, sin el escudo habitual.
—Curiosidad —dijo al fin—. Eso es lo que más me descoloca.
No sé qué hay debajo. Cocina como alguien que aprendió de verdad, en algún lugar que le costó algo, pero llegó pidiendo una prueba en mi cocina como si no tuviera nada mejor que hacer.
Es inteligente, se nota en todo lo que hace, ha hecho muy buenas sugerencias para el negocio, sabe de lo que habla, pero no presume.
Es seguro sin ser arrogante. No intenta caerme bien y sin embargo… —Se detuvo.
—Sin embargo —la empujó Tatiana.
—Sin embargo, hay momentos en que lo miro y tengo la sensación de que hay algo allí que podría interesarme de verdad y eso sí me da miedo. El físico lo manejo.
—¿Lo manejas? —preguntó Tatiana, con ese tono que prometía que la pregunta iba a algún lado específico.
—Sí.
—¿Con qué frecuencia lo manejas últimamente?
Renata abrió un ojo.
—¿Perdón?
—Pregunta legítima. —Tatiana estaba sonriendo, eso se oía, aunque Renata no la viera—.
Porque si llevas el tiempo que llevas sola y encima aparece un hombre extraordinariamente guapo que huele de manera regulable por organismos de salud y encima te genera curiosidad intelectual, lo que tu cuerpo está experimentando tiene nombre y solución, Renata.
—No empieces.
—Estoy siendo práctica.
—Estás siendo Tatiana, que es peor.
—Oye. —Se inclinó hacia ella con la familiaridad de dieciséis años—. ¿Te acuerdas de la despedida de Mariana el año pasado?
Renata cerró el ojo que había abierto.
—No.
—Sí te acuerdas.
—No voy a tener esta conversación.
—El vibrador plateado con tres velocidades y una garantía de dos años que ganaste en el bingo de regalos y que guardaste en la bolsa con la cara de quien acababa de ganar un televisor, pero no podía decirlo en voz alta.
Renata se cubrió la cara otra vez.
—Tatiana, por el amor de Dios.
—Pregunta legítima: ¿ha salido de la caja?
Demoró varios segundos en responder.
—El silencio que acabas de hacer es una respuesta.
—Es una negativa a participar en esta conversación —señaló Renata, sin confesar que ese dichoso aparato llevaba semanas siendo la única forma que tenía de dormir desde que Sebastián había puesto un pie en Lumbre.
—Renata. —Tatiana le retiró las manos de la cara con gentileza que era simultáneamente afectuosa e implacable—.
Escúchame. No hay nada de malo en que tu cuerpo quiera cosas.
Llevas años funcionando a una velocidad que no le ha dejado espacio a nada que no sea el restaurante.
Ahora aparece un hombre que te despierta algo que claramente afecta tus capas y tu primera reacción fue atacarlo en tu lugar de trabajo.
Eso no es fortaleza. Es pánico disfrazado de profesionalismo.
Renata no respondió.
—Lo que sientes no te hace menos capaz ni menos seria ni menos tú —siguió Tatiana, con la voz más baja—. Te hace humana y las humanas necesitamos cosas. Las del trabajo y las otras.
—Las otras son complicadas cuando la persona en cuestión trabaja en tu cocina.
—Las otras son complicadas siempre. Eso no las hace menos necesarias.
Hubo un silencio.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Tatiana.
—Disculparme. Fui injusta y lo sé.
—Eso está bien. ¿Y después?
—Después ya veremos.
—También está bien. —Tatiana retomó el masaje—. Pero Renata. La próxima vez que ese hombre quede atrapado contigo en un pasillo estrecho, no lo ataques. Respira y si el cuerpo decide algo, déjalo decidir.
Renata soltó una risa breve que no pudo contener.
—Eres terrible.
—Soy tu mejor amiga. Es lo mismo. —Una pausa—. Espero que tu mejor amigo el vibrador esté cumpliendo su función estos días.
Renata se tapó la cara con la bata y esta vez sí se rio de verdad, con ese sonido que rara vez salía de ella fuera de esos cuartos y de esa amistad que llevaba dieciséis años siendo el único lugar donde podía ser ella misma.
—Te odio —dijo, desde debajo de la bata.
—Lo sé —respondió Tatiana—. Ahora cállate que te toca la mascarilla de los ojos y necesito concentración.
**
—Hay un problema en Barranquilla —dijo Camila apenas entró—. El contratista del Hotel Madreperla, suspendió obras esta mañana. Alega incumplimiento en el tercer pago.
Sebastián no levantó la vista del correo electrónico inmediatamente; sus dedos siguieron tecleando un par de segundos antes de detenerse.
—El pago salió hace ocho días —respondió con voz plana, sin alterar el ritmo de su respiración.
—Entonces no es un problema de tesorería —replicó ella, dando un paso firme hacia el escritorio.
—Es un problema de incompetencia. —señaló Sebastián— ¿Dónde está detenido?
—En el Banco intermediario. En una verificación de beneficiario.
Sebastián levantó la mirada con calma peligrosa.
—¿Cuánto nos cuesta cada día parado? —preguntó, fijando por fin sus ojos en ella.
—Cuarenta millones semanales en penalización desde el lunes —informó Camila, consultando los datos en la pantalla de su dispositivo.
—No pregunté la cláusula —la interrumpió él, con un tono extrañamente suave—. Pregunté cuánto dinero perdemos por cada día que alguien decide volverse lento.
Camila revisó la tablet rápidamente, deslizando el dedo por las hojas de cálculo.
—Cinco puntos siete millones diarios, aproximadamente —precisó—, entre obra, logística y retrasos de apertura.
Sebastián asintió una sola vez, asimilando la cifra.
——Eso es solo el costo directo —dictaminó—. Suma el fondo de inversión congelado y el interés de oportunidad de las cuentas corporativas que tienen retenidas. Para el Grupo Luna, la ineficiencia de ese banco nos cuesta cinco millones por hora en valor de mercado desde esta mañana.
Camila ya escribía antes de que él terminara la frase, anticipándose a las órdenes que conocía de memoria.
—Llama al gerente regional. No al ejecutivo —instruyó Sebastián, recostándose en su sillón—. No pidas explicaciones. Dile que tiene noventa minutos para liberar el pago antes de que el Grupo Luna retire la línea de inversión hotelera y congele la renovación de las cuentas corporativas.
—¿Quieres que legal intervenga? —preguntó ella, deteniendo los dedos un segundo sobre la pantalla.
—No todavía —dictaminó él, enlazando las manos—. Quiero que entiendan que esto es una cortesía antes de convertirse en un problema.
Camila levantó la vista, sosteniéndole la mirada.
—¿Y el contratista?
—Dile que el dinero se libera hoy y que si desmonta un solo andamio antes del viernes ejecuto la cláusula de abandono y lo saco de futuras licitaciones del Grupo Luna.
—Hizo una pausa breve, dejando que el peso de sus palabras llenara el espacio—.
Asegúrate de que entienda lo que significa quedar fuera de nuestros proyectos durante los próximos diez años.
—Entendido.
Sebastián volvió a mirar la pantalla, dando la conversación por concluida, aunque agregó un último matiz antes de que ella diera un paso atrás:
—Otra cosa. Quiero auditoría completa de los movimientos del intermediario. Si alguien está reteniendo pagos para ganar intereses flotantes con nuestro dinero, quiero nombres antes de terminar la semana.
—Me encargo —asintió Camila, guardando la tablet.
Salió de la oficina sin añadir nada más. Sabía perfectamente que en el Grupo Luna nadie confundía el silencio de Sebastián con calma; el verdadero problema empezaba cuando dejaba de levantar la voz.