Donde arde la traición CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Renata siguió trabajando y cerró el servicio con la misma eficiencia de siempre. Nadie habría podido decir, mirándola desde fuera, que algo la estaba ocupando por dentro con una persistencia que no cedía.

Pero cuando la cocina quedó vacía y ella se sentó por fin en la oficina, supo que Julián tenía razón y supo, con la misma claridad incómoda de siempre, que tendría que hacer algo al respecto.

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Sebastián llegó al apartamento pasadas las once. Había ido a un bar había tomado un par de tragos para relajarse y dejar el momento de mierda atrás, no había funcionado.

Entró en el baño y abrió el grifo de la ducha, esperando que el agua hirviendo borrara las últimas horas. Se quitó la chaqueta de chef, tirándola al suelo con desdén. Al quedar frente al espejo, vio el rastro del cansancio y la frustración en su rostro que solo una persona le provocaba.

Se metió bajo el chorro, dejando que el agua golpeara su espalda con fuerza. Apoyó las manos contra el azulejo frío, cerrando los ojos.

Fue entonces cuando Renata invadió el cubículo de cristal.

Era una evocación sensorial completa. Sebastián olió el perfume sutil, esa mezcla de vainilla dulce y flores frescas que siempre parecía fuera de lugar en la cocina de Lumbre, pero que a él lo perseguía como una condena y ahora se colaba por sus sentidos desafiando el vapor de la ducha.

Recordó la forma en que su mandíbula se tensaba cuando probaba una salsa, en sus labios, que ella mordía con frecuencia cuando estaba estresada o se entreabrían apenas unos milímetros antes de que la cuchara tocase su boca.

Inspiró profundamente, como si pudiera succionar el rastro de ella de sus propios pulmones.

Con una lentitud agonizante, envolvió su miembro con la palma de la mano, apretando el puño justo lo necesario para sentir el pulso acelerado de su sangre.

No era un movimiento rápido; era una caricia pesada, ascendente, que subía desde la base hasta la punta, recreando en su mente la fricción de la piel de ella contra la suya.

No buscaba el alivio rápido, sino prolongar el castigo de imaginarla. Apretó los dedos, sintiendo el latido firme de su propia sangre contra la palma, y continuó con un movimiento pausado, una caricia ascendente que recorría cada centímetro de su piel tensa.

En su mente, no era su mano la que lo envolvía.

Era la suavidad de esa boca que siempre le gritaba órdenes, ahora silenciada por el peso de su cuerpo.

Imaginó el contraste de su piel contra la de ella; visualizó la curva de su espalda arqueándose en una rendición absoluta, perdiendo la rigidez para entregarse al placer.

Cada roce de su mano era un recordatorio de la fricción que deseaba encontrar en ella: el calor húmedo, la resistencia que cede, el sonido de su respiración quebrándose justo antes de que la liberación la destruyera.

Se imaginó acorralándola contra la pared, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello para embriagarse de su aroma mientras ella se tensaba.

Visualizó sus dedos hundiéndose en medio de sus muslos, deshaciéndola en caricias hasta que solo quedara el temblor de la rendición.

Quería que su aroma se mezclara con el sudor de ambos mientras ella, finalmente, dejaba de dar órdenes para suplicar por más.

Se detuvo un segundo, apretando con fuerza en el punto más sensible, dejando que el deseo físico compitiera con el tormento de saber que, por ahora, ella solo existía en el calor de su propia mano.

Segundos después de barrer el último vestigio de su placer con jabón, cerró el grifo con un movimiento brusco. El silencio repentino fue ensordecedor.  Salió de la ducha y se secó rápidamente, sin delicadeza.

Se sirvió un whisky. Se sentó en el sofá con el vaso en la mano y la ciudad al otro lado del ventanal y se dijo, con toda la claridad de la que era capaz a esa hora, que no iba a volver.

Abrió el portátil.

Las cifras de Aurum estaban donde las había dejado esa mañana: el cronograma de presión sobre la financiera, las proyecciones, el perímetro del lote con sus cuatro propiedades y el hueco en el centro que todavía era Lumbre.

Todo perfectamente legible. Todo en orden.

Cerró el portátil . Porque seguir mirando las cifras con esta distancia era un ejercicio sin resultado, y él no hacía ejercicios sin resultado.

El plan no lo necesitaba en esa cocina. El plan era que el banco siguiera presionando, que Emilio no encontrara la manera de resolver la deuda desde Nueva York y que los socios y él mantuvieran el cronograma.

Nada de eso requería que Sebastián Luna se pusiera un uniforme todas las tardes y trabajara bajo las órdenes de una mujer que acababa de atacarlo delante de su equipo por razones que iban más allá de un cuchillo mal puesto.

No iba a volver. Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

Sus palabras habían sido injustas, reconoció para sí, dichas allí, frente a su equipo, había sido también una forma de exponerla, y eso, le gustara o no, no había sido del todo ecuánime. Había sido un acto de poder, una respuesta cruel a su crueldad.

Se recostó en el sofá y cerró los ojos. Lo último que pensó, antes de que el sueño llegara, no fue en Aurum ni en Alejandro ni en el plazo ni en ninguna de las cosas que debería haber estado pensando.

Fue en una boca que se moría por besar.