CAPÍTULO 18 #2
Fue entonces, cuando el aire empezó a faltar y el roce de sus cuerpos se volvió una necesidad física, Sebastián se detuvo apenas un milímetro. La miró a los ojos, sintiendo el peso de la mentira que había llevado hasta su puerta.
—No tengo protección —dijo él, y su voz sonó más como una advertencia de peligro que como una precaución—. No venía preparado para esto, Renata.
Ella lo sujetó por la nuca, obligándolo a sostenerle la mirada.
—Tomo la píldora. Soy meticulosa con mis cosas, Sebastián. En la cocina y fuera de ella.
—Estoy sano —añadió él, con una gravedad casi confesional, como si esa pequeña verdad pudiera limpiar el fraude mayor—. De eso puedes estar segura.
—Lo sé —respondió ella, y sus dedos se enterraron en su pelo—. Sé cómo cuidas cada detalle. Por eso te quería en mi estación y te quiero en mi cama.
Él sintió una punzada de culpa. Ella confiaba en su orden, e iba a confiar en la imagen de hombre impecable que él le había vendido.
Cuando finalmente se unieron, el impacto fue sísmico.
Sebastián se hundió en ella con una estocada lenta y profunda, sintiendo cómo el calor de Renata lo envolvía como un guante de seda y fuego.
Ella se arqueó, con las uñas clavadas en sus hombros y las piernas enredadas con fuerza en su cintura, reclamando cada centímetro de él.
El sonido del roce de sus cuerpos, el ritmo pesado y constante contra el colchón, se mezcló con los gemidos entrecortados de ella.
Sebastián perdió todo rastro de estrategia y engaño, solo existía el sabor a sal en la piel de su cuello y la forma en que el centro de ella pulsaba en torno a él, exigiéndole una entrega que él no podía fingir.
—Dilo otra vez —exigió ella, arqueando la espalda cuando él finalmente se hundió en ella—. No me trates como si fuera tu jefa. No me trates como si estuviéramos en la línea de fuego.
—Aquí no eres la chef —le gruñó él al oído, mientras la poseía con intensidad que hacía vibrar la cama debajo de ellos—. Y eso es lo que más me está jodiendo.
A medida que avanzaban los embistes, el calor de sus cuerpos hizo que el deseo se volviera denso, casi tangible.
Cada vez que Renata cerraba los ojos, Sebastián sentía que ganaba una batalla que no quería ganar y entonces, ella pronunció su nombre como una letanía, fue un sonido roto, íntimo, que le atravesó las costillas.
En ese instante, Sebastián no sintió solo deseo. Sintió una punzada de pánico absoluto. Era la confirmación de que ya no estaba en la orilla, sino en medio de una corriente demasiado profunda. Cualquier movimiento para salvarse implicaría, inevitablemente, romperse por dentro.
Pero en lugar de retroceder, hundió el rostro en el hueco de su cuello y se quedó.
El pánico seguía allí, instalado en la base de su garganta, pero el hambre era mayor.
Se quedaron enredados en el silencio de la habitación hasta que el olor del postre en la cocina empezó a filtrarse por debajo de la puerta.
Era un aroma doméstico, real, que los devolvió a la tierra.
Renata cerró los ojos. El aroma dulce y familiar, le rozó la memoria como una mano puesta sobre el hombro.
—El postre —susurró ella contra su pecho, pero no se movió— ¿Quieres probarlo?
—Sí, yo voy —dijo él, aunque terminaron yendo los dos, descalzos, con la piel todavía encendida y la ropa olvidada en algún rincón.
En la cocina, bajo la luz cruda de la campana extractora, la dinámica cambió de nuevo, luego de que ella pusiera la ganache sobre la mesa del comedor.
Cuando volvió por un par de platos y los utensilios para servir el postre.
Sebastián la arrinconó contra el metal frío del mesón de acero inoxidable.
La sentó sobre la superficie, apartando algunos elementos con un estruendo que a ninguno le importó.
Allí, rodeados de los instrumentos de su engaño, la amó con una urgencia que no tenía nada de lenta.
Fue un encuentro de choques y roces ásperos, con las manos de ella aferradas al borde del mesón y él empujando contra su cuerpo como si quisiera borrar con placer la mentira que le quemaba la lengua.
—Eres mía, eres mi jodida perdición.
Renata respondió con un gemido que fue una orden, envolviéndolo con sus piernas, reclamando ese territorio que Sebastián ya no sabía cómo abandonar.
Cuando el sudor empezó a enfriarse sobre su piel, terminaron en la ducha.
El espacio era pequeño, apenas un cubículo donde el vapor se volvió tan denso que Sebastián sintió que se asfixiaba.
Renata se arrodilló sobre el azulejo frío, ignorando el agua que le golpeaba la espalda, y lo tomó con una seguridad que lo dejó sin aliento.
Sebastián había imaginado mil escenarios con ella desde que entró en Lumbre, pero nada lo preparó para la técnica y la devoción de su boca.
Fue el mejor sexo oral de su vida porque no había artificio, solo una exploración voraz y precisa que lo obligó a echar la cabeza hacia atrás contra la pared, con los ojos cerrados y los dedos enredados en el cabello empapado de ella.
En ese momento, desarmado por el placer y el vapor, Sebastián estuvo a punto de soltar la carga, de rendirse de verdad.
Pero cuando el agua se cerró y el silencio regresó, solo quedaba el ruido de su propia respiración. Renata se envolvió en una toalla, lo miró con esa mezcla de autoridad y ternura que lo estaba matando, y Sebastián comprendió que la noche no había terminado con su deseo.
Renata se quedó dormida con la cabeza apoyada en su brazo, la respiración lenta, el pelo extendido sobre la almohada con el desorden que era el único desorden que él le había visto. Afuera la ciudad hacía sus ruidos nocturnos y la lluvia que había empezado sin avisar.
Sebastián no durmió.
La miró durante un tiempo que no midió, con la lucidez cruel que viene después de la intimidad.
Ella confiaba en el hombre que él había construido con cuidado durante semanas.
Ese hombre existía. El problema era que existía sobre una base que Renata no conocía y que esta noche, con ella dormida sobre su brazo, pesaba de una manera que no había pesado antes.
Antes podía nombrarlo como operación. Esta noche no encontraba ese lenguaje.
Lo que encontraba era el olor a cacao y a ella mezclados en el aire de esa habitación pequeña.
La cicatriz en su muñeca que había besado sin pensar, como si los detalles de ese cuerpo le pertenecieran de una manera que no le habían dado permiso de reclamar.
Se pasó una mano por la cara en la oscuridad.
Él había facilitado estratégicamente el movimiento del banco y, sin intervenir directamente, había construido el contexto para que ocurriera y luego había mirado hacia otro lado para que se ejecutara el trabajo sucio.
Sebastián cerró los ojos, pero segundos después los volvió a abrir.
Se levantó despacio, con cuidado de no despertarla.
Se vistió en la penumbra y salió en silencio.
Bajó los cuatro pisos a pie y caminó bajo la lluvia torrencial, dejando que el agua fría le golpeara la cara como un castigo por su mentira.
Arrancó el motor y condujo de regreso a una vida que, por primera vez, le quedaba pequeña.