CAPÍTULO 8
El reporte de Camila llegó a las ocho y cuarenta de la mañana.
Sebastián estaba en la cocina del apartamento con un batido a medio hacer cuando el teléfono vibró sobre la isla. Lo tomó sin apresurarse y leyó de pie, con el pelo sin peinar.
El banco acaba de moverle el piso a Lumbre. Le están pidiendo papeles. Tiene quince días para responder.
Había calculado que el movimiento tardaría más, pero el engranaje se había adelantado.
Terminó de preparar el batido. Lo bebió despacio junto a la ventana, con Bogotá abriéndose al otro lado del vidrio en su luz blanca de mañana.
El movimiento de la financiera era legal y limpio, nada que Renata pudiera rastrear hasta el Grupo Luna.
Era la ejecución eficiente que su padre habría aplaudido, pero esta mañana la palabra le dejó un sabor extraño.
No era culpa, o al menos eso se dijo; era la incomodidad de notar que el objeto que empujaba tenía más peso del que los documentos indicaban.
Renata recibiría el requerimiento del banco en algún momento del día.
Lo leería con la expresión de quien procesa los golpes sin acusar el impacto, daría órdenes, cerraría el servicio y luego, de noche, se quedaría sola en esa oficina pequeña cargando una presión que él había ayudado a construir.
Sebastián dejó el vaso sobre la isla. Tomó el móvil con reticencia y respondió el mensaje de Camila:
Recibido. Seguimos el cronograma.
Guardó el teléfono, tomó la mochila con los cuchillos y salió.
Seis horas después, tras pasar otra mañana enterrado entre reuniones, proyecciones y cifras que empezaban a parecerle humo caro, llegó a Lumbre quince minutos antes de su turno.
Llevaba el uniforme gris en la mochila y los cuchillos envueltos en un paño.
Entró por el pasillo que daba a la cocina y casi de inmediato sintió el cambio de temperatura pegándosele a la piel.
Mateo fue el primero en verlo. Levantó la barbilla mientras limpiaba una tabla.
—Mira quién volvió. Pensé que te habías asustado.
Sebastián dejó la mochila en el locker y entró en la cocina
—Con este recibimiento, estoy reconsiderando irme.
Mateo soltó una risa por la nariz y siguió limpiando la tabla sin apresurarse.
—No te preocupes. Todavía no hemos empezado. Aún hay tiempo para arrepentirte.
Julián apareció con una caja de hierbas en brazos.
—No le metas miedo tan pronto. Que primero sobreviva al turno y luego ya vemos.
Sebastián fue al cuarto aledaño a cambiarse. Se lavó las manos, se remangó, se acomodó el paño al costado. La cocina seguía armándose alrededor de él. Lucía cruzó la puerta con un manojo de reservaciones impresas. Todo se movía con esa cadencia que él empezaba a reconocer.
Entonces llegó la voz de Renata desde el fondo. Baja, sin necesidad de alzarse para hacerse obedecer.
Él siguió secándose las manos un segundo más antes de girar.
Renata entró en la cocina con una carpeta delgada bajo el brazo y el teléfono en la otra mano.
Llevaba la chaquetilla negra, mangas remangadas, el cabello recogido, caminaba revisando todo con la naturalidad que a él le resultaba irritante en el sentido más inconveniente de la palabra .
Esa clase de autoridad tranquila le resultaba incómodamente familiar.
Levantó la vista y lo encontró junto a Mateo. No se detuvo.
—Llegaste —dijo.
No sonó a bienvenida. Él no supo bien por qué eso fue suficiente para que algo en su pecho se moviera.
—A las tres, como me dijiste.
Renata dejó la carpeta sobre la mesa de acero y fijó la atención en él.
—Se terminó el reconocimiento. Hoy vas al fuego.
—Perfecto.
—No he dicho dónde.
—Tampoco he dicho que me importe.
Mateo soltó un sonido entre carcajada y tos. Julián giró la cabeza con interés. Renata sostuvo la mirada de Sebastián un instante, con un gesto de cansancio que llevaba algo de cautela.
—Carnes —dijo al fin—. Con Mateo al inicio. Después te muevo. —La comisura de su boca se movió. No llegó a ser una sonrisa—. Aquí no me interesa que seas brillante, Torres. Me interesa que no estorbes y que fluyas.
Sebastián inclinó la cabeza.
—Haré mi mejor esfuerzo.
Ella ya se había girado. Mateo esperó a que Renata estuviera fuera del alcance de su voz.
—Te odio un poco. A mí me costó días lograr que me hablara así.
—Todavía tiene tiempo para hacerme pedazos. —Desenrolló su estuche de cuchillos alineados, sacó un par y dejó el estuche en la repisa superior.
—Seguro —dijo Mateo, acomodando una bandeja—. Aunque ya te está mirando demasiado y eso, con Renata, siempre significa problemas.
Sebastián no respondió. Bajó la vista a la estación. Mateo le lanzó un delantal limpio.
—Póntelo y deja de mirarla así.
—¿Así cómo?
—Como si no supieras si quieres besarla o llevarle la contraria. Guarda esa cara, porque Renata te va a hundir igual por una cosa que por la otra.
A las seis y diez, Lumbre ya estaba lleno.
Sebastián trabajó los primeros cuarenta minutos junto a Mateo sin dar motivo para comentarios. Marcó tiempos, corrigió puntos, detectó una reducción pasada de fuego antes de que el olor se volviera problema y sacó tres órdenes de cordero seguidas sin que nadie tuviera que decirle nada.
Mateo empezó a mirarlo distinto a la tercera orden.
—Voy a dejar de tratarte como novato porque me estás haciendo quedar mal.
Sebastián soltó apenas aire por la nariz.
—Qué tragedia.
Julián apareció, tomó dos platos y los revisó de un vistazo.
—La siete sale ya. La nueve me aguanta sesenta segundos. ¿Quién cerró el puré?
—Yo —dijo Sebastián.
Julián probó la punta de una cuchara. Alzó una ceja y dejó el plato.
—Molestamente bien.
—Gracias.
Julián se alejó con una media sonrisa.
Renata había hablado poco durante todo ese rato, pero Sebastián era demasiado consciente de cuándo lo miraba. No ocurría seguido, pero cada vez que levantaba la vista y la encontraba observando una estación o corrigiendo una orden, algo en él se tensaba con un borde inconveniente.
Entonces llegó el problema.
Lucía entró desde el salón con la respiración apenas más corta.
—Mesa dieciocho acaba de sentarse. Son seis, vienen con el menú de degustación cerrado y uno de ellos pidió hablar con Renata.
Ella levantó la vista de inmediato.
—¿Quiénes?
Lucía dijo el nombre. Mateo soltó un insulto en voz baja. Julián dejó un plato sobre el pase con más fuerza de la necesaria.
—¿Hoy?
—Hoy —dijo Lucía.
Renata cerró los ojos un segundo. No de derrota, sino de cálculo.
—Perfecto. ¿Qué más?
—Se cayó una reserva grande en la ocho, pero entraron dos sin reserva en la once y Eduardo dice que la dieciocho quiere cambios en tres tiempos antes de empezar.
Mateo murmuró otra grosería. Renata ya estaba moviéndose.
—Julián, el primer pase lo cierras tú. Mateo, la carne de la dieciocho tiene que ser perfecta o nos matan gratis en redes mañana. Lucía, diles que en cinco minutos salgo, y alguien me explica por qué nadie me avisó que esa mesa venía.
—Porque lo acaban de confirmar hace seis minutos —dijo Lucía.
—Maravilloso.
Se giró hacia la línea de carnes justo cuando Sergio uno de los cocineros del fondo dejó escapar una maldición. Todos miraron. El muchacho tenía la mano en alto, roja, y la bandeja de reducción en el piso.
—Se quemó —dijo Natalia.
—No me jodas —murmuró Mateo.
Renata cruzó la cocina en tres zancadas y le miró la mano al cocinero.
—¿Puedes seguir?
—Sí, pero…
—No. Lucía, hielo y botiquín. Sácalo cinco minutos.
—Renata, la reducción para la dieciocho — empezó Mateo.
—Lo sé.
La cocina se tensó alrededor de esa frase. No era una reducción cualquiera. Era la base de dos tiempos del menú cerrado. Sin ella, la mesa importante lo iba a notar y eso sería suficiente.
Sebastián miró la bandeja en el suelo, el reloj, las proteínas ya marcadas, la cara de Renata haciendo cuentas demasiado rápido.
—Puedo rehacerla —dijo.
Ella giró hacia él.
—No da el tiempo.
—Sí da si dejamos de hablar.
Medio segundo de silencio.
Mateo soltó el aire.
—Ahora mismo lo amo un poco.
Renata ya estaba decidiendo.
—¿Qué necesitas?
Sebastián bajó la vista al área de trabajo.
—Vino, fondo, cebollas moradas, mantequilla y el romero nuevo. Y que nadie me cambie el orden.
—Hecho.
Ella misma empezó a mover cosas. Empujó una sartén limpia hacia el fuego, tomó el cuchillo, apartó lo que estorbaba, abrió el vino. Demasiado cerca.
El calor subió de golpe. No solo por la hornilla.
—No estás en sala —dijo Sebastián, tomando la chalota.
—No me digas dónde estoy.
—Entonces deja de respirar encima de mi mise en place.
Renata le lanzó una mirada mientras le tendía el romero.
—Haz tu maldito trabajo.
—Ya lo estoy haciendo.
Las cebollas cayeron al fuego. El vino entró después con un golpe limpio. La cocina volvió a respirar alrededor de ellos.
Sebastián terminó la reducción en un tiempo absurdo y se la tendió.
—Pruébala.
Ella tomó la cuchara. Probó. Bajó la cuchara, volvió a probar. Después dejó salir el aire por la nariz.
—Bien —dijo al fin.
—¿Eso es lo mejor que tienes?
—No te emociones. Sigue siendo una reducción.
Pero el tono ya no sonó igual que antes. No más suave, pero sí más consciente de algo que ninguno de los dos estaba nombrando.
Renata tomó el plato final de la estación, corrigió la salsa con un movimiento rápido y lo dejó en el pase.
—Sale la dieciocho.
Se volvió hacia la siguiente orden, pero Sebastián vio el segundo exacto en que ella ajustó la mandíbula, como si se obligara a regresar por completo a la noche.
—Sale la dieciocho.
Su voz llegó limpia, estable, intacta. Pero cuando se volvió hacia la siguiente orden, Sebastián vio el segundo exacto en que ella ajustó la mandíbula, como si se obligara a volver por completo a la noche.
Julián apareció al otro lado del pase y revisó el plato.
—Bien. Muy bien. No quiero volver a vivir esto hoy.
—Entonces deja de invocar desgracias —dijo Mateo.
—No las invoco. Las administro.
Lucía pasó a toda velocidad con dos órdenes impresas y les lanzó una mirada entre divertida y sospechosa que no se detuvo lo suficiente para ser comentario, pero sí lo bastante para que nadie allí pudiera fingir que no había visto nada.
**
Renata se apartó al fin. El espacio entre ellos volvió a existir.
—Torres —dijo sin mirarlo.
—¿Sí?
—No te confundas. Que hayas salvado una reducción no significa que confíe en ti.
Sebastián secó el borde de una sartén con un paño. Esperó un momento antes de responder.
—Aunque me lo digas así no significa que no te haya impresionado.
Renata lo miró entonces, de frente y sin disimulo. Durante una décima de segundo él creyó que lo iba a mandar al infierno, pero lo que hizo fue peor: lo recorrió con mirada breve, completa, completamente consciente de lo que estaba haciendo.
—No te adelantes —dijo en voz baja—. Apenas estás aprendiendo a no desordenarme la cocina.
Salió hacia el comedor.
Mateo soltó un silbido casi inaudible.
—Hermano…
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Piensa más bajo, entonces.
Mateo sonrió y siguió limpiando la tabla.
—No sabía que te ibas a poner interesante tan rápido.
Sebastián volvió al fuego sin responder. Se obligó a no mirar hacia donde ella había ido . El problema era que empezaba a sentirse demasiado cómodo dentro de Lumbre.
Sebastián volvió al fuego sin responder, obligándose a no mirar hacia donde ella había ido. Limpió la estación con su meticulosidad de siempre, guardó los cuchillos en el estuche y dejó todo exactamente donde Renata exigía. Todo funcionaba mejor cuando había orden.