Donde arde la traición CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El servicio terminó pasada la medianoche. Fue una de esas noches que dejan a todo el mundo en pie, pero un poco más irascible por dentro.

Lucía salió primero. Dos cocineros más se despidieron desde el fondo. Mateo se llevó una bandeja a la zona de lavado y Julián se quedó revisando inventario con cara de querer matar a un proveedor en silencio.

Renata entró en la oficina pequeña del fondo con la tablet bajo el brazo y cerró la puerta sin llegar a atrancarla del todo.

Se dejó caer en la silla, abrió el sistema de cierres y empezó a revisar cifras con la cabeza todavía demasiado llena de ruido, de fuego, de tiempos y, peor aún, de un hombre al que no le convenía prestarle tanta atención.

Se frotó la frente y tomó el teléfono por rutina. Tenía una llamada perdida de hacía menos de una hora de Mauricio Roldán, su contador. A esa hora, Mauricio no llamaba por una factura mal cargada. Marcó de vuelta y él contestó al segundo tono.

—Perdón por la hora —dijo, y el tono de su voz la obligó a enderezarse en la silla.

—¿Qué pasó?

—Me escribió el banco esta tarde —dijo Mauricio—. Piden una actualización adicional sobre el inmueble. Un soporte nuevo de valoración y unos anexos que no estaban en la solicitud anterior.

Renata cerró la aplicación de cierres en la tablet. Ya no estaba viendo la pantalla.

—Ya mandamos la del trimestre pasado, Mauricio. Esto no es algo normal. ¿Te dijeron por qué?

—Lo presentaron como una revisión interna. No es para alarmarse, pero hay que cumplir el requerimiento.

Renata dejó caer la espalda contra la silla, con la vista fija en el reflejo tenue de la lámpara sobre la madera.

—Mándamelo todo. Lo reviso mañana temprano.

—Ya te reenvié el correo. Renata... prefiero que no lo dejemos pasar.

—Yo tampoco. Descansa.

La llamada terminó.

Renata dejó el teléfono sobre el escritorio y abrió el correo reenviado. Lo leyó una vez. Luego otra. Algo no le cerraba del todo. Levantó la vista hacia la puerta entreabierta justo cuando una sombra se detuvo al otro lado.

Sebastián.

Seguía en uniforme. El cabello un poco más revuelto que al inicio del turno, las mangas dobladas, una mano apoyada en el marco y la otra sosteniendo un vaso de agua.

—¿Puedo pasar o eso cuenta como invasión de propiedad privada?

Renata parpadeó una vez, como si necesitara un segundo para volver del correo al mundo. Dios santo ese hombre era guapo hasta decir basta, ya Natalia y Aurora habían empezado a suspirar por él.

—Depende de lo que vayas a decir.

Él alzó el vaso.

—Mateo me mandó a dejarte esto antes de que te olvides de seguir siendo un ser humano.

Ella lo miró un instante y tomó el vaso. Los dedos de los dos se rozaron en un contacto breve. Renata apartó la mano en primer lugar y bebió sin decir nada.

—Dile a Mateo que le debo una.

—Creo que preferiría un aumento.

Eso, a pesar suyo, le arrancó una risa corta.

—Entonces definitivamente no le debo nada.

Sebastián sonrió. Solo un poco, y eso fue como si hubiera sonreído de verdad porque se fue antes de que ella pudiera decidir qué hacer con ello.

—La dieciocho salió bien —dijo—. No te desordené la cocina.

Renata asintió con el incómodo pensamiento de qué sentiría si esa mandíbula cuadrada y con asomo se barba se refregara en su piel. Fue un pensamiento tan inoportuno que le dañó el genio enseguida.

—No demasiado ¿Vienes por una medalla? O ¿una palmadita en la espalda?

Él bajó la vista al vaso en su mano y luego volvió a ella. Renata sostuvo esa mirada con el cansancio pegado a la espalda y la incomodidad de estar sola con él en una oficina pequeña a esa hora.

—No exageres con tus flores —dijo él.

Renata tuvo la respuesta en la punta de la lengua, una frase sarcástica, pero graciosa para hacerlo sentir bienvenido, pero no confiaba ni en él ni en ella.

—No te equivoques. Sigo pensando que no encajas del todo.

—Eso me tranquiliza.

—¿Por qué?

Sebastián se apoyó un momento en el marco antes de responder.

—Hay cosas peores que no encajar del todo.

Sebastián se apoyó contra la mesa mientras Renata extendió las facturas de los proveedores con el ceño fruncido.

—Si cambias el ángulo del corte en el lomo y usas los recortes para un fondo reducido de veinticuatro horas para el especial del almuerzo, recuperas un doce por ciento del margen de la proteína —soltó él como quien no quiere la cosa.

Renata levantó la vista, sorprendida por su audacia.

—¿Perdón? Torres, te contraté para ejecutar mis platos, no para darme lecciones de economía doméstica.

—En los hoteles donde trabajé, si no cuidabas el costo por gramo, estabas fuera en una semana. Solo digo que estás tirando dinero a la basura, chef.

El silencio que cayó después fue pequeño, pero no ligero.

Renata sintió el cansancio pegado a la espalda y a él de pie en su puerta como si su sola presencia viniera a complicarle una noche que ya estaba suficientemente llena.

—Vete a descansar, Torres.

Él sostuvo la mirada un segundo más.

—Buenas noches, Renata.

La forma en que dijo su nombre le dejó una sensación extraña, demasiado cálida para la hora y para todo lo demás.

Esperó a que se alejara antes de volver la vista a las facturas.

**

Renata llegó a su apartamento pasada la una.

Se quitó los zapatos en la entrada, dejó el bolso sobre la silla del comedor y fue a la cocina a servirse agua. Se sentó en el sofá con el vaso en la mano y el teléfono boca arriba sobre la mesa.

No pensaba hacer nada con él. Pero abrió el correo de todas formas. Leyó dos facturas y un mensaje del proveedor de vinos que podía esperar hasta mañana. Lo cerró. Abrió el navegador. Escribió: Sebastián Torres cocinero Bogotá.

Los resultados fueron exactamente lo que esperaba y exactamente lo que no quería: un perfil de LinkedIn con foto y recorrido coherente, una mención en un taller de cocina de fuego en Medellín dos años atrás, una reseña breve en un restaurante donde había trabajado como cocinero de línea.

Nada llamativo. Nada que justificara la incomodidad que llevaba pegada al pecho desde que él había dicho su nombre en la barra del restaurante.

Revisó el LinkedIn con más cuidado. Foto discreta, sin pose corporativa. Tres cocinas en cinco años, todas con cierre limpio. Sin contactos en común. Buscó las cocinas donde había trabajado. Existían. Tenían redes, presencia, reseñas reales. Cerró el navegador.

No había nada malo y ese era exactamente el problema.

Con algo malo habría sabido qué hacer, pero solo había un perfil limpio y un hombre que cocinaba de una manera que no se aprende en tres cocinas de línea y que la miraba con unos ojos color miel que no preguntaban nada y aun así lo decían todo.

El teléfono vibró en ese momento. Era Emilio. Contestó de inmediato.

—Dime que no estás despierta por trabajo —dijo él, con esa voz que sonaba igual a las dos de la tarde que a la una de la madrugada.

—Estoy despierta por el universo en general. Tuvimos un accidente en la cocina, uno de los chicos se quemó, pero salimos.

—¿Quemado cómo?

—La mano. Nada grave. —Renata apoyó la cabeza en el respaldo—. ¿Y tú?

Emilio guardó un silencio que ella reconoció de inmediato: el de quien mide si es el momento de soltar una mala noticia.

—Llamó Mauricio esta noche —dijo al fin—. Quería saber si yo tenía contexto sobre la solicitud del banco.

Renata se incorporó en la silla.

—¿Te llamó a ti? ¿Hay algo que deba saber, Emilio?

—Cuando hipotequé el local... había una cláusula. La financiera tiene vínculos con capital regional que no es del todo neutral. Cuando firmé no lo medí bien y ahora, con lo del Grupo Luna…

Renata cerró los ojos ante esa claridad repentina que siempre duele antes de ser útil.

—¿Crees que el Grupo Luna va a interferir?

—No lo sé. Hemos cumplido los pagos, pero si deciden llamar la deuda, el plazo es de noventa días.

—Mauricio no me habría llamado al final de un turno por una simple revisión —dijo ella, con la voz un grado más baja—.

Debiste decirme esto cuando firmaste, Emilio o cuando decidiste que Nueva York era más urgente que la realidad de este restaurante.

Si cobran la deuda, yo no tengo de dónde echar mano.

—Lo sé, Renata.

—No me sirve que lo sepas. Me sirve que no lo hubieras hecho. Tendrás que solucionarlo tú desde allá. Un crédito, lo que sea.

Hubo una pausa larga, cargada con el peso de la distancia.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó él en voz baja.

—Lo que siempre hago. Seguir trabajando.

—No tienes que hacerlo sola.

—Desde allí no puedes ayudarme, Emilio.

No lo dijo con crueldad. Solo con la voz cansada de quien llevaba demasiado tiempo nombrando las cosas como son.

—Voy a mover algunos contactos —dijo Emilio—. A ver si entiendo de dónde viene la presión.

Renata se quedó quieta en el sofá un momento después de despedirse de su hermano.

Luego se levantó, fue a la cocina y sacó harina, huevos, vainilla.

Cuando tenía ese tipo de ansiedad, la pastelería le hacía lo que ninguna otra cosa: la obligaba a medir, a mezclar, a esperar y le daba algo concreto que sostener en las manos.

Batió despacio mientras el apartamento se llenaba del olor a mantequilla y azúcar caliente.

Dejó la torta en el horno con la alarma puesta.

Se duchó, se puso el pijama y se acostó con la certeza de que iba a tardar en dormirse.

Luego oyó la alarma del horno, se levantó, sacó la torta y apagó la luz.