CAPÍTULO 4
Renata Sandoval llevaba ese miércoles en Lumbre desde antes de las siete.
A esa hora el restaurante carecía del brillo seductor de la noche y de la cadencia segura del servicio en marcha. Había inventarios a medio revisar y pedidos apuntados con prisa en una libreta.
—El proveedor del cordero volvió a cambiar la entrega para la tarde —dijo Julián apenas la vio cruzar la cocina—. Y Natalia llamó. Tiene fiebre. No viene al almuerzo.
Renata dejó el bolso en la pequeña oficina vidriada, ni siquiera se quitó el abrigo del todo antes de responder.
—¿Quién cubre su estación?
—Podríamos mover a Mateo, pero entonces nos queda floja la zona de emplatado.
Ella asintió una vez ya haciendo cálculos.
—No. Deja a Mateo donde está. Yo cubro el pase de entrada y refuerzo cuando arranque el servicio.
Julián frunció el ceño.
—Llevas dos semanas cubriendo demasiado.
Lo miró mientras se recogía el cabello con un movimiento rápido.
—Y tú llevas dos semanas diciéndomelo como si pudieras resolverlo.
Eso arrancó una sonrisa breve en él, pero no quiso entrar en una discusión. Los dos sabían que Renata no estaba siendo cruel; estaba cansada.
Ella abrió una nevera, revisó cajas, marcó con bolígrafo una etiqueta que alguien había puesto mal.
—¿Qué pasó con el chico que iba a venir hoy a la prueba?
—Confirmó anoche que aceptó otra cocina.
Renata cerró la puerta del refrigerador con más fuerza de la necesaria.
—Perfecto —olfateó en el aire y señaló a Mateo con una espátula—. Se te quemó la salsa, es algo temprano para tus inventos.
—Nunca es temprano cuando podríamos tener entre manos la mejor receta de salsa de la ciudad. —señaló Mateo revisando una libreta.
—Sigue trabajando entonces, que no se diga que no apoyo el talento nacional. —dijo mientras revisaba un mensaje en el móvil—. El proveedor me dejó en visto. Un miércoles normal.
Julián apoyó una mano sobre la mesada de acero.
—Podrías contratar ayuda fija. Harías bien en aprender a delegar.
Renata lo miró como si acabara de sugerirle que dejara abierta la puerta de una caja fuerte.
—Delegar no es el problema. El problema es entregar pedazos de este lugar a gente que no entiende lo que está sosteniendo.
—Su voz bajó—. Emilio está en Nueva York.
Mi madre cree que todavía podemos con todo.
Los proveedores huelen sangre. La prensa está esperando que tropiece y tú me dices que me siente a confiar.
Él no respondió enseguida. Había en Renata ciertos momentos en los que la tensión se notaba en el tono con que pronunciaba cada palabra.
—No dije eso —murmuró.
Ella bajó la mirada a la lista de pedidos. Después soltó el aire y la dureza se le aflojó apenas en los hombros.
—Ya sé.
Durante un segundo quiso decir algo más.
Un comentario menos a la defensiva, pero la verdad era simple: llevaba meses durmiendo a medias, repasando costos en la cabeza incluso cuando lograba cerrar los ojos, sosteniendo el nombre de su hermano y el suyo propio como si ambos pendieran de la misma cuerda, pero no lo hizo.
En vez de eso, tomó una caja de hierbas frescas y empezó a revisarlas una por una.
—Después del servicio revisamos hojas de vida otra vez —dijo—. No voy a meter a cualquiera.
—Te llegó una nueva esta mañana —dijo Julián—. De un cocinero de línea con experiencia. Quiere saber si seguimos abiertos a una prueba rápida.
Julián le tendió la impresión del correo. Renata la leyó de pie, con expresión inescrutable. Presentaba al candidato con sobriedad poco usual y mencionaba disponibilidad inmediata para la prueba, incluso esa misma tarde si era necesario. Renata volvió a leer la ficha breve anexa. Sebastián Torres.
Algo se movió en su memoria cuando leyó el nombre. Renata dejó la hoja sobre la mesada con un movimiento deliberadamente tranquilo.
—Pídele que venga a las cuatro —dijo.
Julián la miró con sorpresa genuina.
—¿En serio?
—En serio. Si resulta inútil, lo sabremos en veinte minutos. Si sirve, nos ahorramos tiempo. —Tomó la caja de hierbas y siguió hacia la cámara—. Y si resulta que estoy equivocada, por lo menos tendré a alguien nuevo a quien vigilar.
—Qué alivio trabajar bajo un liderazgo tan inspirador.
Ella lo fulminó con una mirada que no alcanzó a ser feroz porque el cansancio le limó el filo.
—Muévete, Julián.
Él obedeció sonriendo y Renata volvió a la lista de pendientes.
Aurora estaba inclinada sobre la mesa de acero inoxidable decorando pequeñas láminas de chocolate oscuro cuando Renata apareció a su lado revisando las comandas pendientes del segundo turno.
El aire olía a mantequilla tibia, café recién molido y azúcar caramelizada.
Renata tomó una de las comandas y frunció el ceño.
—La mesa doce sigue esperando el cambio del menú degustación.
—Ya salió —respondió Aurora sin dejar de mover la manga pastelera—, y antes de que preguntes, sí, el coulant quedó mejor que ayer.
Renata soltó una exhalación breve, algo parecido a una aprobación en su idioma personal. Entonces miró el postre que Aurora estaba terminando.
Chocolate oscuro. Avellana. Una línea mínima de sal marina. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal. Aurora lo notó.
—La gente sigue preguntando cuándo vas a volver a hacer pastelería de verdad.
Renata volvió la vista a las comandas.
—Esto es cocina de verdad.
—Sabes a qué me refiero.
Ella guardó silencio mientras reorganizaba los papeles sobre la mesa.
—Lumbre necesitaba otra cosa.
Aurora dejó la manga pastelera a un lado.
—No. Lumbre necesitaba ayuda. Hay una gran diferencia.
Renata levantó finalmente la mirada hacia ella. No estaba molesta, solo cansada de una conversación que parecía regresar cada cierto tiempo con distintos disfraces.
**
A las tres y cuarenta y siete, Sebastián entró al café donde Camila lo esperaba junto a la ventana. Venía del apartamento de Rosales vestido para desaparecer: chaqueta sencilla, reloj común, zapatos sin la pulcritud arrogante de las salas de juntas.
Camila alzó la vista del portátil y lo observó.
—No digas nada —dijo él.
—No pensaba hacerlo.
—Camila.
—Solo confirmaba que puedes parecer mortal cuando te esfuerzas. Aunque sigo pensando que esto es una mala idea.
Sebastián alisó la chaqueta gastada y tomó asiento.
—No necesitas preocuparte.
—Mi labor como tu asistente incluye decirte que, si algo en ese lugar empieza a importarte más de la cuenta, salgas antes de complicarlo. —Hizo una pausa—. No conviertas esto en algo difícil de controlar.
Sebastián dio el sorbo a una bebida humeante que una jovencita puso sobre la mesa.
—No necesito que me repitas lo que ya sé.
Camila lo sostuvo con la mirada un momento y luego asintió.
—Bien. Entonces entra, mira lo que tengas que mirar y recuerda quién eres cuando salgas.
Sebastián se levantó un par de minutos después, cogió la mochila donde llevaba su juego de cuchillos básicos que conservaba desde su verano en un restaurante de Lyon y una muda neutra de cocina.
—Eso nunca ha sido el problema.
Pero al decirlo su voz sonó menos firme de lo que esperaba. No se detuvo a examinarlo. Pagó las bebidas, salió a la calle y caminó las últimas dos cuadras bajo una llovizna fina que apenas empezaba. Bogotá olía a humo húmedo y a pan tibio.
Al girar la esquina y ver la fachada de Lumbre, sintió el mismo ajuste incómodo en algún lugar entre el estómago y el pecho. Se negaba a llamarlo nerviosismo.
Al día siguiente, tal vez ya sabría cómo tomar ese lugar.
Empujó la puerta y entró.
El ambiente del salón lo envolvió enseguida. Una camarera se acercó.
—Vengo por la prueba de cocina. Me dijeron que preguntara por Renata Sandoval.
La mujer asintió y le pidió que esperara.
Él se quedó de pie con la mochila colgando del hombro, oyendo el pulso amortiguado del restaurante en esa hora intermedia en que el servicio respiraba antes de volver a tensarse. No tardó en verla aparecer al otro lado del pasillo que conectaba el salón con la cocina.
Renata avanzó con una libreta en la mano, el cabello recogido y la expresión concentrada.
Dio dos pasos hacia él antes de frenarse, era el mismo hombre de la tarde anterior.
Lo recordó en la barra, la forma en la que él la miraba, como rebatió cada una de sus preguntas y la forma en que la había mirado.
Como alguien que mide a las personas con la misma atención fría con que ella medía sus propios platos antes de sacarlos al salón.
Lo reconoció. Él lo vio en la fracción de segundo en que ella recalibró algo en su postura antes de seguir caminando.
Sebastián sostuvo ese reconocimiento sin moverse.
—Sebastián Torres —dijo ella.
No fue una pregunta. Fue una comprobación.
—Sí.
Renata inclinó la cabeza hacia un lado.
—Ya decía yo que ayer no estabas aquí solo por curiosidad.
—Me gusta saber dónde me meto antes de ofrecerme para una cocina.
Ella dejó que el silencio pesara entre ellos.
—Ayer lo llamaste curiosidad. Hoy resulta que era previsión.
—Puede ser ambas.
Renata lo estudió un instante más. Seguía sin gustarle del todo la sensación que le producía. Había algo implícito en él, algo demasiado medido. Pero el restaurante necesitaba manos y ella no estaba en posición de despreciar ayuda antes de verlo trabajar.
—Soy Renata Sandoval —dijo al fin, aunque la presentación llegara tarde—. Si viniste por la prueba, espero que cocines mejor de lo que observas.
Una chispa mínima cruzó el rostro de él.
—Eso intento.
Renata giró sobre los talones.
—Ven. Si vas a hacerme perder la tarde, al menos que valga la pena.
Sebastián la siguió hacia la cocina.
El cambio de temperatura fue inmediato. Más calor. Más vida disciplinada bajo presión. Lumbre, visto desde dentro, confirmaba lo que ya había sospechado: funcionaba porque cada pieza estaba sostenida por una intensa disciplina, y porque en el centro de esa disciplina estaba ella.
Renata caminaba rápido, sin mirar atrás para asegurarse de que él la seguía. Daba por hecho que lo haría. Saludó a dos personas, corrigió el montaje de una estación con apenas una frase, tomó una bandeja que alguien había dejado mal apoyada y la reubicó sin interrumpir el paso.
Sebastián lo registró todo.
Ella se detuvo junto a una mesa de acero y dejó la libreta a un lado.
Cuando él se acercó, llegó el perfume: vainilla, pero no la vainilla de las reducciones.
Más limpia. Más baja. Como si la hubiera dejado reposar sobre la piel en lugar de hervirla.
Sebastián no se movió, pero lo registró con una sensación que prefirió no examinar.
—Vas a cocinar algo simple, no significa que sea fácil.
Él dejó la mochila en el suelo.
—Nunca lo es.
Eso arrancó una mirada breve de Julián, que estaba a pocos metros fingiendo ordenar recipientes mientras escuchaba más de la cuenta.
Renata ni siquiera sonrió.
—Tienes cuarenta minutos. Quiero ver orden, criterio, velocidad y mano. Si una de las cuatro falla, no me sirves.
—¿Qué quieres que prepare?
Ella le señaló los ingredientes que ya estaban dispuestos sobre una mesa auxiliar.
—Proteína, guarnición, salsa. Sin espectáculo y no intentes impresionarme con humo.
La frase debería haber sonado sarcástica, pero en boca de Renata sonó honesta. Sebastián se arremangó sin prisa.
—Impresiono con resultados, chef.
Renata sostuvo su mirada un segundo más.
—Eso también está por verse. —Se hizo a un lado—. Empieza.
Sebastián tomó el cuchillo y, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo peligrosamente parecido a estar otra vez frente a un jurado, con cuarenta minutos en el reloj y la incómoda certeza de que perder aquella prueba le importaba más de lo que debería.