CAPÍTULO 3 #2
Sebastián observó el reflejo fragmentado de la calle en el cristal del restaurante.
—Estoy pensando que desde afuera sería más lento.
—Entendido.
Cortó la llamada, si iba a doblegar ese lugar, primero tendría que entender por qué seguía pensando en él como si estuviera vivo.
**
La mañana siguiente Sebastián Luna terminaba el café sin azúcar que Camila le había dejado servido antes de llegar.
La mujer había aterrizado desde Ciudad de México la noche anterior, era su asistente desde hacía tres años, inteligente, ambiciosa, con ganas de aprender, y la única persona que lo conocía lo suficiente como para permitirse incomodarlo sin consecuencias.
Bajita, trigueña, con una mirada inteligente de color café cubierta por unas gafas que cada día eran de colores diferentes, había logrado atravesar las capas de su jefe a base de trabajo duro e intuición.
Cuando entró al comedor con la tableta en la mano, él ya estaba vestido para salir. Camisa blanca, chaqueta oscura, jeans. Había pasado parte de la noche pensando en el manejo de cierto restaurante y en los ojos de la mujer que defendía su legado.
Camila dejó una carpeta con documentos frente a él.
—No me gusta cuando haces esa cara.
Sebastián alzó la vista.
—¿Cuál?
—La que pones cuando ya tomaste una decisión y todavía no me has dicho cuál es.
Él apartó la taza con calma excesiva.
—Lo sabrás en breve. Háblame de lo que encontraste.
Camila soltó una exhalación breve, algo entre resignación y fastidio profesional. Abrió la Tablet y empezó a recitar.
—Lumbre tuvo más rotación de personal en cocina de la que aparenta.
No en puestos altos. En línea. Dos salidas en ocho meses, una licencia larga por lesión y un practicante de cocina que duró menos de tres semanas.
Nada escandaloso, pero sí lo bastante para obligar a Renata Sandoval a cubrir más turnos de los que le convendrían.
Sebastián abrió la carpeta. No tardó en reconocer el patrón. Horarios extendidos. Refuerzos temporales en eventos. Un pequeño desfase entre la estabilidad que el restaurante vendía y la presión interna que estaba absorbiendo el equipo.
—También encontré esto —añadió Camila, señalando una hoja—. Rechazaron tres solicitudes recientes para pruebas de cocina. No por falta de perfiles sino por falta de tiempo para supervisarlas.
Sebastián recorrió el documento en silencio.
—¿Y ahora sí me vas a decir qué estás armando? —preguntó ella.
Él levantó una comisura de la boca, sin humor real.
—Estoy armando una entrada.
Camila cruzó los brazos.
—Eso ya lo había entendido. Lo que quiero saber es si piensas hacerlo desde el mismo lugar en el que cualquier persona sensata lo haría.
—No.
—Por supuesto que no.
Sebastián guardó silencio un instante mientras observaba los documentos abiertos sobre la mesa.
—Desde afuera tardaría meses y me obligaría a depender de errores que Renata no parece cometer con frecuencia.
—Así que vas a meterte en la cocina.
—Voy a meterme donde el restaurante vibra de verdad. Desde adentro tendré el control.
Camila lo observó con la paciencia fatigada de quien llevaba años trabajando con hombres brillantes y una tolerancia cada vez menor por sus impulsos mal gestionados.
—¿Con qué identidad?
—Una que no tenga nada que ver conmigo. Necesito credibilidad. Un perfil técnico. Buen manejo de cocina caliente. Experiencia suficiente para no parecer improvisado, pero nada que invite a buscar demasiado.
—Un hombre útil —dijo Camila.
—Un hombre que no llame la atención hasta que ya sea tarde.
Camila bajó la mirada a la tableta y deslizó una ficha hacia él.
—Tengo uno posible. El nombre ya me lo diste. Sebastián Torres. Treinta y dos años. Cocinero de línea. Formación buena, recorrido irregular, sin nada demasiado notable en los últimos años.
Sebastián tomó la hoja.
—Sirve —dijo.
Camila lo miró con fijeza.
—Renata Sandoval no parece ingenua. Si decide buscarte, ¿qué va a encontrar? Tu rostro sigue teniendo el apellido Luna.
Sebastián repasó la hoja sin prisa.
—Torres no tendrá nada que ver con Luna. No va a encontrar nada.
Camila entrecerró los ojos detrás de las gafas y soltó una exhalación breve.
—Tu primo lleva años alimentando revistas y entrevistas mientras tú haces desaparecer cualquier rastro personal. A veces olvido que eso también fue deliberado.
Sebastián dejó la ficha sobre la mesa.
—Las cámaras le gustan más a Alejandro que a mí.
—Sí, bueno. La diferencia es que él disfruta que lo encuentren.
A ti no, y eso es conveniente para lo que quieres hacer.
—Hubo un breve silencio—. Te conozco hace años como para fingir que no veo lo que está pasando —dijo ella pensativa —.
Esta idea me recuerda a una serie de policías encubiertos.
No suele terminar bien. Convendría que no pierdas tu objetividad.
Él ni siquiera pestañeó. Sebastián dejó la hoja sobre la mesa con el gesto de quien evita un gesto más brusco por puro control.
—No la perderé.
Camila inclinó la cabeza, como si aceptara la respuesta sin concederle del todo el beneficio de la duda.
—Bien. —Volvió a activar la pantalla—. Puedo hacer que reciban la solicitud hoy mismo. Hay un evento privado el viernes y el equipo de cocina viene justo de manos. Si ella acepta hacer una prueba, sería rápido. ¿Quieres que prepare una referencia directa o un contacto previo?
Sebastián se puso de pie.
—No. Que llegue por el camino correcto.
Camila lo siguió con la mirada.
—Me parece bien que guardes las formas y le tengas respeto.
Él se acomodó la chaqueta.
—No confundas método con respeto.
—¿La reunión con tu padre fue tan agradable como de costumbre?
Sebastián asintió y tomó las llaves que descansaban junto al teléfono.
—Haz la gestión antes del mediodía y revisa los apuntes de la junta que te envié.
—Ya lo hice… siempre te llaman cuando alguien más rompe algo.
—Me llaman porque lo arreglo.
Salió del apartamento sin añadir nada más.
**
Esa misma noche, Sebastián había abierto el dossier de Torres sobre la mesa del apartamento y lo había cerrado sin leerlo.
No necesitaba releerlo. Conocía el perfil de memoria porque era el suyo, despojado de todo lo que lo hacía reconocible. Treinta y dos años. Cocinero de línea. Formación buena, recorrido irregular. Lo bastante sólido para entrar a una prueba. Lo bastante opaco para no levantar preguntas.
En Lyon, Sebastián había pasado seis meses entrando antes que el sol a una cocina donde nadie pronunciaba su apellido y nadie se impresionaba con él.
Allí fue el último de la fila: el que limpiaba hierbas, cargaba cajas, pelaba kilos de chalotas hasta que los dedos le ardían y recibía órdenes cortas de hombres que no sabían que, al otro lado del océano, él estaba destinado a dirigir un imperio.
Aquella humillación silenciosa le enseñó algo que ninguna sala de juntas pudo darle: que una cocina no se conquistaba desde arriba, sino desde el sudor, la obediencia y el respeto.
Por eso, cuando tomó la decisión de entrar a Lumbre como un cocinero más, no lo hizo solo para ocultarse.
Lo hizo porque sabía que, si quería entender lo que Renata defendía, tendría que empezar por el lugar más bajo de su mundo.
Se había quedado un rato mirando el techo con el apartamento en silencio y la ciudad sonando abajo con su ruido de siempre.
En algún punto sus recuerdos volvían a esa pequeña cocina francesa.
En la única vez que había entrado a una cocina sin tener nada que ganar en ella y fue también la única vez que había entendido de verdad lo que ocurría dentro de una.
Tenía veinte años y un apartamento que olía a humedad cerca del Ródano y un chef que llevaba tres semanas enviándolo a repetir el mismo corte hasta que sus manos supieran hacerlo sin que su cabeza tuviera que ordenárselo.
Era el tipo de aprendizaje que ocurría cuando uno dejaba de intentar demostrar algo y simplemente empezaba a escuchar lo que el trabajo tiene que decir.
Lyon había sido la única época de su vida donde el tiempo no estuvo medido por resultados. Donde había respirado por primera vez en años.
Después llegó la llamada de su padre, como siempre llegaba, y él con los años había dejado de examinar esa secuencia. Era más eficiente no hacerlo.
Lo que sí examinó esa noche, por primera vez en mucho tiempo, fue la mochila en el armario.
La había abierto, había sacado el estuche de cuchillos y lo había dejado sobre la mesa junto al dossier de Torres.
El cuero estaba gastado en los bordes con ese desgaste específico que producen los años y el uso real.
Los había conservado sin saber muy bien por qué, o sabiéndolo, pero sin nombrarlo.
Torres llevaría esos cuchillos a la prueba. Sebastián los volvió a guardar, cerró el estuche y apagó la luz.